Capítulo 19
La idea de que todo podía encajar dentro de un trastorno disociativo no llegó como una revelación limpia ni como una conclusión elegante, sino como una de esas explicaciones tardías que aparecen después de haber agotado casi todas las demás y que por eso mismo adquieren una autoridad desproporcionada, no porque sean necesariamente verdaderas, sino porque llegan cuando una ya no dispone de más recursos emocionales para seguir resistiéndose.
Durante varios días había convivido con la posibilidad del brote psicológico con una mezcla de alivio y desconfianza, pero la palabra brote empezaba a resultarme demasiado vaga, demasiado dramática, demasiado parecida a una forma de resumir algo que en realidad no conseguía nombrar con precisión, y fue quizá esa incomodidad la que me llevó a buscar otras formulaciones más técnicas, más limpias, más aceptables, como si el hecho de desplazar el problema hacia un lenguaje clínico pudiera volverlo menos vergonzoso y, de paso, más manejable.
Pasé buena parte de la mañana frente al portátil, no escribiendo la novela sino leyendo artículos, notas médicas, testimonios de pacientes y explicaciones generales sobre depersonalización, desrealización, amnesias parciales, fugas breves de conciencia y episodios en los que la identidad se fragmenta lo suficiente como para dejar vacíos dentro de la continuidad del día, y cuanto más leía más me convencía de que quizá la palabra exacta no era brote, sino algo más preciso, más reconocible y, paradójicamente, más tranquilizador en su posible diagnóstico.
Me costó admitirlo incluso para mí misma, porque una parte de mi cabeza seguía rebelándose contra la idea de que todo lo que había sucedido en la casa pudiera reducirse a una alteración de mi propia experiencia subjetiva, como si aceptar esa hipótesis significara borrar de golpe el peso de lo visto, lo oído y lo escrito, pero al mismo tiempo no podía ignorar que cada uno de los síntomas descritos en los textos parecía tocar algún punto incómodo de mi rutina reciente.
El sueño fragmentado, la sensación de actuar en automático, los huecos de memoria, la desconfianza hacia lo que había hecho unas horas antes, la necesidad creciente de registrar cada detalle, la impresión de que el entorno a veces no terminaba de resultar real, todo eso aparecía repetido con diferentes nombres en los artículos que abría con una atención cada vez más absorbente, y la coincidencia entre mi estado y las descripciones clínicas acabó por instalar en mí una certeza tan serena que me produjo incluso un alivio vergonzoso.
Porque si lo que me ocurría era disociativo, entonces al menos existía una estructura, una explicación reconocible, una arquitectura del desorden que no dependía de fuerzas ajenas ni de una casa viva ni de un manuscrito con voluntad propia, sino de una mente sometida a demasiada tensión durante demasiado tiempo.
La hipótesis no me gustaba, pero empezaba a parecerme mucho más soportable que cualquiera de las otras.
Cerré el portátil durante unos minutos y caminé por la casa repasando mentalmente los signos que yo misma había ido archivando como si fueran pistas de una historia externa, y al hacerlo comprendí lo fácil que era reinterpretar todo aquello en clave de desconexión interna.
La puerta negra podía haber sido una percepción fugaz, un error momentáneo de enfoque en un pasillo mal iluminado.
Las llamadas podían ser una forma de sugestión auditiva alimentada por mi propia obsesión con el teléfono.
Los archivos creados de madrugada podían corresponder a un estado de semiinconsciencia, una escritura automática nacida del agotamiento extremo, una prolongación de las horas de vigilia que mi memoria había sido incapaz de fijar con claridad.
Incluso las contradicciones sobre la casa, tan inquietantes cuando las había estado buscando como si fueran parte de un entramado externo, empezaban a parecerme ahora el resultado lógico de un cerebro que, bajo presión, selecciona y organiza la información de forma imperfecta, rellenando huecos con asociaciones demasiado rápidas.
No era una explicación completa, ni mucho menos, pero tenía algo muy poderoso a su favor, que era la capacidad de poner orden en una secuencia de acontecimientos que empezaban a resultarme demasiado dispersos para seguir tratándolos como mensajes de una realidad exterior.
Aquella mañana me senté en el despacho y escribí en la libreta, con una caligrafía que me resultó más tensa de lo habitual, una lista de síntomas y de posibles interpretaciones, no porque quisiera hacer una evaluación médica improvisada sino porque el simple hecho de ordenar lo que sentía en términos concretos me ayudaba a soportar la idea de que la continuidad de los últimos días podía haberse visto afectada por algo más grave que el cansancio.
Anoté las lagunas de memoria, la percepción de tiempo fragmentado, la sensación de haber escrito sin recordar del todo el proceso, la coincidencia entre escenas del manuscrito y hechos cotidianos, y en cada línea fui descubriendo un tipo de calma distinta, no la calma de quien resuelve un misterio, sino la de quien logra por fin desplazar el misterio hacia un territorio donde la culpa, la vergüenza y la necesidad de ayuda dejan de ser abstractas para volverse practicables.
Era incómodo pensar en mí misma como una persona descompensada, claro que sí, pero era una incomodidad de un orden más humano y menos ominoso que la que me había producido imaginar durante semanas una casa capaz de distorsionar la realidad a su antojo.
Lo que más me molestaba de todo aquello era la facilidad con la que esa nueva explicación parecía absorber el resto de fenómenos sin necesidad de forzar demasiado la lógica, como si el cerebro, una vez abierto un poco de espacio a la posibilidad clínica, tuviera por fin el permiso para convertir lo extraordinario en un síntoma coherente.
No por eso dejó de incomodarme la idea de que podía estar equivocándome de nuevo, porque una de las peores consecuencias de pasar tanto tiempo sola es que la mente aprende a defenderse incluso de sus propias conclusiones y siempre encuentra una manera de volver a ponerlas en duda.
Pasé la tarde leyendo sobre episodios disociativos con una intensidad que rayaba ya la obsesión, fijándome sobre todo en los casos en los que las personas describían una sensación de extrañamiento respecto a sus propias acciones, como si hubieran estado presentes y ausentes a la vez durante parte del día, y en cuanto encontré varias descripciones de lo que parecía una escritura automática o de conductas realizadas sin integración completa en la memoria consciente, sentí esa clase de alivio incómodo que produce reconocer tus síntomas en una página ajena.
No me gustaba pensar que aquella era la respuesta, pero la respuesta tenía algo convincente precisamente porque no exigía creer en nada imposible; solo exigía aceptar que una mente bajo tensión puede dividir su atención, su percepción y su recuerdo hasta el punto de crear zonas opacas entre un momento y el siguiente.
Eso explicaba, al menos en apariencia, por qué había escrito ciertos fragmentos sin recordarlos después, por qué el manuscrito parecía adelantarse a mis propios movimientos y por qué las grabaciones del teléfono me resultaban familiares de una manera tan extraña.
Si había pasado por un episodio de despersonalización o de desconexión parcial, entonces el resto de la historia empezaba a convertirse en una construcción mental tejida alrededor de ese vacío central.
Por supuesto, no todo encajaba sin resistencia, y una parte de mí seguía reaccionando con desconfianza ante cualquier explicación demasiado limpia, porque el problema de las teorías que alivian es que a menudo alivian demasiado rápido.
Seguía habiendo en la casa una consistencia difícil de negar, una persistencia de la puerta negra, una densidad en los silencios y una precisión en ciertos detalles del manuscrito que me costaba atribuir de manera completa a una mente desregulada, pero incluso esos elementos empezaban a parecerme reinterpretables dentro del mismo marco, no como pruebas de lo sobrenatural sino como el tipo de material que una conciencia fracturada convierte en símbolos cuando intenta organizar lo que no entiende.
Me resultaba insoportable, aunque también un poco reconfortante, pensar que quizá había llenado la casa de significados con la misma facilidad con la que había llenado antes la novela, porque eso implicaba que la amenaza no estaba en el espacio ni en el teléfono, sino en la forma en que yo misma estaba siendo capaz de construir una lógica sobre un terreno mental cada vez menos estable.
La posibilidad me humillaba y me tranquilizaba a la vez, una combinación extraña que empezaba a ser muy propia de mi vida allí.
A media tarde llamé a Claudia desde el fijo y no le conté todo, pero sí lo suficiente para que la conversación me dejara una sensación de realidad más firme de la que había tenido en días anteriores.
Le hablé de la fatiga, de la acumulación de presión, de la dificultad para dormir y de la impresión de que quizá estaba atravesando algo que merecía ser revisado con seriedad, y aunque no pronuncié la expresión trastorno disociativo en voz alta, la tuve instalada en la cabeza durante toda la llamada con una claridad casi ofensiva.
Claudia me escuchó en silencio durante un buen rato, preguntó si quería volver a la ciudad, si necesitaba que la acompañara a ver a un médico y si estaba segura de no estar exagerando por puro agotamiento, y yo le respondí con evasivas cuidadosas, no porque quisiera mentirle, sino porque todavía me avergonzaba demasiado de la idea de estar admitiendo una vulnerabilidad que llevaba semanas intentando esconder bajo la apariencia de un retiro productivo.
Sin embargo, la conversación me hizo bien, o al menos lo suficiente como para afianzar la hipótesis que había ido construyendo durante el día.
No escuché en su voz ninguna insinuación de que el problema pudiera ser la casa; tampoco escuché ninguna negación tajante de que yo estuviera descompensándome.
Hubo simplemente la clase de cautela que se reserva para alguien cuya estabilidad ya no puede darse por hecha, y esa cautela terminó de empujarme hacia la explicación clínica como si fuera el suelo más seguro disponible.
Cuando colgué, la casa seguía exactamente igual que siempre, ordenada, silenciosa y demasiado limpia, pero yo ya la miraba de otro modo, no como una entidad que escondiera una voluntad secreta, sino como un escenario neutro donde una mente fatigada podía haber proyectado sus propias grietas hasta convertirlas en argumento.
Y esa reinterpretación, por incómoda que fuera, me resultaba aceptable porque al menos me devolvía una cierta agencia sobre la historia, la posibilidad de pedir ayuda, de detenerme, de salir de allí antes de que la fragmentación se volviera algo más serio.
Pensé incluso en hacer la maleta esa misma noche, no porque creyera haber resuelto nada de manera definitiva, sino porque el simple hecho de aceptar que lo mío podía ser un trastorno disociativo me permitía imaginar un siguiente paso concreto, humano, tratable.
No era una victoria, pero se parecía más a una salida que a una persecución.
Y, mientras me quedaba un rato frente al escritorio con la libreta abierta y la palabra disociativo latiendo debajo de todo lo demás, comprendí que tanto yo como el lector habíamos empezado a aceptar la misma conclusión: quizá no había una puerta que me vigilara, ni una voz que me llamara desde fuera, ni un guion oculto operando en secreto detrás de la novela, sino una mente exhausta que había aprendido a convertir su propio desorden en una historia lo bastante convincente como para parecer externa.
Esa certeza falsa, tan lógica y tan útil, fue la primera vez que me permitió respirar sin sentirme completamente atrapada, y precisamente por eso resultó tan peligrosa.