Capítulo 18
La certeza de que algo estaba empezando a fallar dentro de mí no llegó como un susto ni como una intuición súbita, sino como una especie de cansancio moral que fue tomando forma a lo largo de varios días, hasta que dejó de parecer una sospecha difusa y empezó a ocupar el lugar de una explicación mucho más sólida que cualquiera de las que había ido construyendo hasta entonces.
Había pasado demasiado tiempo buscando correspondencias entre la novela y la casa, demasiadas horas revisando llamadas, planos, archivos, contradicciones administrativas y pequeñas coincidencias cotidianas que, por separado, todavía podían parecer casuales, pero que juntas empezaban a dibujar un patrón demasiado insistente como para seguir refugiándome en la idea de que todo era simple sugestión.
Y, sin embargo, cuanto más avanzaba en mi propia búsqueda, más me costaba no reconocer algo que ya había empezado a percibir en silencio, mucho antes de aceptar que las grabaciones, la puerta negra, los huecos de memoria y las escenas del manuscrito no solo podían pertenecer a una historia inquietante, sino también a una mente que estaba dejando de ordenar bien sus propias impresiones.
La idea no me golpeó de repente; se instaló despacio, con la prudencia de las cosas que no quieren ser admitidas demasiado pronto, y precisamente por eso tuvo más fuerza que cualquier revelación espectacular.
La mañana en la que lo comprendí estaba sentada en el despacho con los documentos abiertos sobre la mesa, el portátil encendido, las grabaciones ordenadas en carpetas cada vez más difíciles de revisar sin sentir una molestia física en el estómago, y una taza de café que llevaba demasiado tiempo enfriándose a mi lado.
Había pasado una hora entera intentando reconstruir la secuencia de una noche concreta, aquella en la que había desaparecido un tramo de tiempo y el manuscrito había generado archivos que yo no recordaba haber escrito, pero cuanto más forcejeaba con la cronología más evidente se hacía que mis recuerdos recientes ya no respondían con la firmeza habitual.
No era solo que me costara recordar ciertos detalles; era algo peor y más difícil de defender, que cuando trataba de fijarlos en una secuencia lógica, se reorganizaban con demasiada facilidad, como si mi cabeza no pudiera mantener juntos, sin esfuerzo, los fragmentos de un mismo día.
Recordaba el sonido del teléfono fijo, recordaba el pasillo, recordaba la taza rota, la puerta negra y la discusión con Claudia, pero no siempre en el orden correcto, y en algún punto de aquella mañana me di cuenta de que había empezado a necesitar apuntarlo todo, a escribirlo todo, a corroborar mis movimientos como si mi propia memoria ya no bastara para sostener el relato de lo que me ocurría.
Pensé entonces en el insomnio, en las primeras pérdidas de concentración, en la facilidad con la que me había acostumbrado a encontrar explicaciones razonables para todo lo raro que sucedía en la casa, y vi de pronto esos episodios no como sucesos aislados sino como los síntomas de una misma erosión, una lenta desorganización de la percepción que había ido avanzando mientras yo me empeñaba en seguir escribiendo como si el trabajo pudiera mantenerme a salvo.
Durante semanas me había repetido que el aislamiento estaba ayudando, que la novela avanzaba, que las llamadas eran interferencias, que la casa solo estaba llena de coincidencias incómodas y que las diferencias entre los documentos, las grabaciones y mis recuerdos podían explicarse mediante fatiga o sugestión, pero al mirar la libreta y comprobar lo laboriosamente que intentaba sujetar los hechos, empecé a sospechar que lo verdaderamente importante no era lo que ocurría en la casa, sino la necesidad creciente que tenía de ordenar un mundo que ya no estaba quedando del todo fijado dentro de mí.
Esa sospecha me resultó humillante, no por el diagnóstico en sí, sino porque me obligaba a considerar que quizá había pasado demasiado tiempo interpretando señales exteriores para evitar mirar el deterioro de cerca.
Pasé buena parte del mediodía revisando todo lo que había escrito en los últimos días, no solo el manuscrito, sino también mis notas, los apuntes improvisados, las palabras subrayadas, las horas guardadas en el móvil y las transcripciones parciales de las llamadas.
Y cuanto más comparaba unos textos con otros, más se parecía el conjunto a la documentación de una mente en tensión que intenta preservar una lógica interna antes de que se vuelva demasiado inestable.
Las coincidencias seguían allí, sí, pero la forma de observarlas había cambiado, porque ahora la hipótesis de que yo estuviera interpretándolo todo desde un estado alterado empezaba a explicarlo casi todo con una coherencia cruel.
La puerta negra podía haber sido un error de percepción, una imagen fugaz, una sombra organizada por el cansancio.
La voz del teléfono podía haber sido mía, deformada por la línea o por la obsesión de escucharme en cada grabación.
Las horas perdidas podían corresponder a un episodio de desconexión, de escritura automática o de sueño fragmentado.
Incluso los archivos creados de madrugada, que en otro momento me habrían parecido una prueba inquietante de algo externo, podían responder a un estado de semiinconsciencia más grave de lo que yo había querido reconocer.
Y cuanto más ordenaba esas posibilidades, menos necesitaba la historia una presencia oculta en la casa para volverse perturbadora.
Me levanté del escritorio y fui al baño, donde me quedé un rato frente al espejo mirándome con una atención que me resultó extrañamente impersonal.
No vi a una mujer rota ni a una desconocida; vi a alguien que empezaba a mostrar una fatiga más profunda de lo que había querido admitir, una expresión vigilante, unas ojeras marcadas y una tensión en la mandíbula que parecía haberse instalado ahí como parte del rostro.
La imagen no me asustó por su fealdad, sino por la serenidad con la que aceptaba la explicación que ya estaba creciendo dentro de mí.
Si estaba teniendo un brote, uno leve o uno más serio, si la presión, el insomnio y la soledad estaban construyendo una distorsión progresiva de la memoria y la percepción, entonces todo lo que había vivido en la casa adquiría una lógica menos extraordinaria pero infinitamente más desoladora.
La puerta negra ya no sería una anomalía física, sino una alucinación.
Las llamadas no serían advertencias, sino proyecciones.
El manuscrito no estaría escribiendo la realidad, sino absorbiendo mis propios desajustes y devolviéndolos con una precisión tan cruel que parecía revelación.
La idea me produjo una mezcla de alivio y vergüenza tan intensa que tuve que apoyarme en el lavabo con ambas manos.
Alivio, porque por fin había una explicación que no exigía fuerzas sobrenaturales, conspiraciones ni casas vivas; vergüenza, porque admitirla implicaba reconocer que llevaba semanas intentando sostener una interpretación demasiado elegante de un problema que quizá era mucho más íntimo y mucho más grave.
Pensé en lo fácil que había sido ir aceptando pequeñas anomalías mientras seguía escribiendo, en la manera en que cada hallazgo encajaba tan bien con el libro que había acabado pareciendo parte de una arquitectura mayor, y comprendí con una claridad bastante dolorosa que mi mente había estado buscando patrones por una razón muy simple: porque ya no confiaba en sí misma lo suficiente como para dejar un vacío sin cubrir.
Eso no anulaba lo que había visto ni lo que había sentido, pero lo devolvía todo a una zona más vulnerable, más humana, más difícil de defender.
Si estaba perdiendo estabilidad, entonces la casa ya no era un escenario neutro donde ocurrían cosas raras, sino el lugar perfecto para que una conciencia cansada las fabricara y luego las tomara por verdaderas.
Volví al despacho con una lentitud extraña, como si la explicación que acababa de construir necesitara unos minutos para asentarse en el cuerpo y no solo en la cabeza.
No había desaparecido el miedo, pero había cambiado de forma.
Antes me asustaba lo que pudiera estar ocurriendo en la casa; ahora me aterraba la posibilidad de estar fabricando yo misma una realidad fragmentada en la que cada coincidencia se volvía sospechosa y cada ausencia, significativa.
Me senté otra vez frente al portátil y abrí el manuscrito con una especie de resignación lúcida, porque si todo era un brote, entonces la novela podía dejar de ser una puerta hacia otra cosa y convertirse en el registro de mi desorden, en una proyección cada vez más afilada de mi deterioro.
Leí varias páginas seguidas con esa nueva hipótesis en la cabeza y, por primera vez desde que llegué, muchas escenas me parecieron menos misteriosas que trágicamente comprensibles.
La protagonista del manuscrito era una mujer que perdía el sueño, desconfiaba de sus recuerdos, buscaba control sobre el espacio y empezaba a percibir anomalías donde quizá solo había fatiga; era, con ligeras variaciones, el retrato de alguien que estaba cruzando una frontera mental sin saber todavía en qué punto exacto había comenzado a hacerlo.
No me gustó lo que esa lectura implicaba, porque todo empeoraba de golpe y sin embargo también parecía cerrarse sobre sí mismo con una coherencia terrible.
La puerta negra, la habitación vacía, el teléfono sin botones, las llamadas, los archivos de madrugada, los planos contradictorios y las lagunas de memoria ya no componían una red de signos externos, sino los síntomas de una mente que estaba intentando narrarse su propia descomposición con la esperanza de entenderla antes de que fuera demasiado tarde.
Y esa posibilidad, mucho más íntima que cualquier amenaza de fuera, fue la que me dejó sentada en la silla durante un rato largo, mirando la pantalla sin leer realmente nada, mientras la idea del brote psicológico se instalaba en mi cabeza con la fuerza engañosa de las cosas que por fin parecen encajar.
No había alivio verdadero en esa conclusión, solo una clase de calma provisional que acompaña a las explicaciones trágicas cuando aún no han sido puestas a prueba, y sin embargo me aferré a ella con la desesperación de quien prefiere una verdad dolorosa a una duda infinita.
Por primera vez desde que llegué a la casa, pensé seriamente en pedir ayuda, aunque no llegué a hacer nada todavía, porque incluso esa decisión, tan sensata en apariencia, me obligaba a reconocer lo que más me costaba nombrar en voz alta: que quizás ya no era capaz de distinguir con absoluta seguridad qué parte de lo vivido pertenecía a la casa y qué parte estaba siendo moldeada por mi propia mente en un momento de descompensación.
Y precisamente porque esa hipótesis explicaba casi todo, la acepté con una docilidad casi feroz, como si nombrar el brote fuera la única forma de no seguir cayendo hacia una interpretación todavía peor.
El lector también podría creerlo en ese punto.
Yo lo creía durante esos minutos. La casa seguía ahí, silenciosa y ordenada, pero la historia empezaba a adquirir otra forma, una forma mucho más triste, mucho más clínica y, sobre todo, mucho más probable.
Y lo peor de todo era que esa probabilidad, lejos de tranquilizarme del todo, me dejaba con una incertidumbre nueva y más cruel, porque si lo que me ocurría estaba dentro de mí, entonces no había puerta, llamada ni documento capaz de ofrecerme un lugar donde dejar de dudar.