Perpleja Capítulo 17
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Capítulo 17

Escuché la llamada completa una tarde en la que la lluvia llevaba horas golpeando los cristales con una insistencia tan pareja que la casa parecía haberse encerrado sobre sí misma en una especie de respiración húmeda y lenta, y quizá fue esa coincidencia entre el sonido exterior y el estado de mi cabeza la que me llevó a ponerme los auriculares con una disposición menos defensiva de la habitual, porque después de varios días de investigar la historia de la casa, de comparar planos contradictorios y de pelearme con la sensación cada vez más incómoda de que había huecos dentro de mi memoria que no terminaban de cerrarse, empezaba a necesitar una explicación más concreta que la simple suma de cansancio, aislamiento y sugestión.

Había guardado la grabación en una carpeta aparte, no por una razón especial sino porque, a medida que las llamadas se acumulaban, habían dejado de parecerme una anomalía dispersa para convertirse en un pequeño archivo paralelo de mi vida en la casa, una secuencia de sonidos que no sabía si interpretar como un aviso, una interferencia o una prueba de que mi percepción estaba empezando a funcionar con una lógica demasiado propia.

Puse el archivo al principio, ajusté el volumen con cuidado y me quedé quieta frente al escritorio, mirando la pantalla como si de algún modo la pantalla pudiera prepararme para aquello que estaba a punto de oír, aunque en realidad lo único que esperaba era encontrar, una vez más, ese fondo de ruido tenue, alguna respiración dispersa, quizá una palabra incompleta, y luego nada más, como había ocurrido en varias de las llamadas anteriores.

Al principio no pasó nada que justificara mi tensión, porque la grabación arrancó exactamente con la clase de silencio que ya había aprendido a reconocer como el preludio de algo ambiguo, ese espacio breve en el que una no sabe si lo que viene a continuación será un ruido, una voz o simplemente otro error de la línea, y durante unos segundos escuché solo el fondo apagado de la habitación, el roce mínimo de mi respiración y el ambiente de la casa filtrándose por el micrófono con la misma neutralidad con la que lo hacía cualquier otro día.

Después apareció la voz. No de golpe, no como una presencia revelada, sino con una lentitud tan extraña que casi parecía dudar de sí misma antes de pronunciar el primer sonido, y fue precisamente esa vacilación la que me hizo incorporarme un poco en la silla, porque había algo en la manera de empezar la frase que no solo me resultaba familiar, sino íntimo de una forma desagradable, como si el oído estuviera a punto de reconocer algo que la mente todavía no quería admitir.

La voz dijo unas primeras palabras tan bajas que tuve que subir un poco más el volumen, y en cuanto lo hice sentí una contracción seca en el pecho que no se parecía al miedo puro, sino a la sorpresa física de escuchar una versión de mí que no tenía ninguna razón para estar ahí.

No diré que reconocí mi voz de manera inmediata, porque eso habría hecho la experiencia demasiado limpia y demasiado fácil de explicar, y lo cierto es que al principio dudé entre la posibilidad de estar oyendo una entonación parecida, un timbre maltratado por la línea o una coincidencia acústica que mi cabeza se empeñaba en exagerar, pero cuanto más avanzaba la grabación más difícil me resultaba sostener esa distancia prudente.

Había una cadencia en la forma de hablar, una pausa entre palabras, una respiración que se detenía en lugares concretos y un modo de arrastrar ligeramente el final de ciertas sílabas que yo conocía demasiado bien porque era el mismo modo en que yo hablaba cuando estaba fatigada, cuando la voz se me volvía más áspera al final del día o cuando me escuchaba a mí misma por accidente en una nota de audio y me sorprendía lo extraña que resultaba en comparación con la imagen mental que tenía de mi propia voz.

Sin embargo, aquello era distinto, no por evidente sino por acumulación, porque la voz de la grabación no sonaba exactamente igual que la mía, sino más cansada, más gastada, con una especie de edad añadida que la hacía parecer una versión de mí posterior, como si el tiempo hubiese depositado sobre ella una capa de desgaste que yo todavía no había vivido.

No era una voz joven imitando a una mujer cansada; era, más bien, la voz de alguien que ya había pasado por una tensión más larga que la mía, una tensión que la había vaciado de cualquier entusiasmo sobrante y la había dejado reducida a una forma muy seca y precisa de existencia.

Seguí escuchando sin moverme, porque en ese punto ya no me interesaba tanto la claridad de las palabras como el hecho mismo de que la voz avanzara con una seguridad tranquila, sin la vacilación de otras llamadas, y que lo hiciera con una naturalidad tan brutal que me obligaba a aceptar que, si no era mía, se le parecía de una forma mucho más inquietante que un simple parecido físico.

Dijo una frase, luego otra, y cada una de ellas me fue dejando en un estado más difícil de describir, porque ya no estaba segura de si lo que me molestaba era la semejanza o la sensación de estar escuchando algo que yo había dicho tiempo atrás sin recordarlo.

Había un cansancio en el tono, sí, pero no el cansancio ordinario de una mala noche ni el de una jornada demasiado larga; era un cansancio más profundo, más antiguo, de esos que parecen venir de haber repetido una misma situación demasiadas veces hasta convertirla en una especie de surco interior.

Mientras la oía hablar, pensé en las grabaciones anteriores, en la pequeña familiaridad que ya me había perturbado, y entendí con una claridad desagradable que aquello no era una voz simplemente parecida a la mía, sino una voz que pertenecía a alguien que me sonaba como una versión más madura, más desgastada y, sobre todo, más derrotada de mí misma.

Esa idea me resultó tan extraña que durante unos segundos tuve la tentación de detener el archivo y volver a escucharlo desde el principio, como si un segundo análisis pudiera corregir la sensación inicial y devolverme una explicación tranquilizadora.

No lo hice enseguida.

Seguía oyendo la respiración entre las frases, ese leve resoplido al final de algunas palabras, la manera en que la voz parecía tomar aire antes de continuar, y cuanto más avanzaba la grabación más me costaba deshacerme de la impresión de que esa voz no solo me pertenecía, sino que además sabía cosas que yo todavía no había admitido.

No decía nada explícitamente amenazante, ni mucho menos, y precisamente por eso la llamada me produjo una sensación más incómoda que un aviso abierto, porque la frase no estaba diseñada para asustarme sino para sonar cotidiana, casi neutra, como si la persona que hablaba al otro lado no quisiera hacer otra cosa que comprobar que yo seguía ahí.

Hubo un momento en que pensé que quizá se trataba de una versión futura de mi propia voz, una ocurrencia absurda que me avergonzó incluso pensada en silencio, pero la posibilidad se quedó flotando en el borde de mi atención con una insistencia imposible de expulsar, porque lo que me inquietaba no era tanto la fantasía en sí como la facilidad con la que mi mente empezaba a aceptarla durante unos segundos antes de rechazarla.

Rebobiné la llamada y la escuché otra vez, esta vez sin apartar la vista de la línea de tiempo del archivo, como si la tecnología pudiera ofrecerme un apoyo objetivo frente a la sensación cada vez más caprichosa de reconocerme en esa voz.

La segunda escucha no me tranquilizó; al contrario, añadió otra capa de desconfianza, porque en algunos tramos la voz me sonó incluso más fatigada, con una edad emocional que no lograba asociar a mi presente y que me obligaba a imaginar una versión de mí agotada por un proceso más largo que el que llevaba viviendo en la casa.

Pensé entonces, y no me gustó nada pensarlo, que una voz puede envejecer antes que la persona, o al menos volverse más vieja en la memoria de quien la escucha, y que quizá la razón por la que la identificaba con tanta incomodidad no era su semejanza física, sino el tipo de desgaste que transmitía, una especie de cansancio acumulado que yo todavía no me había permitido nombrar en mí misma.

Esa posibilidad me dejó inmóvil un rato, porque si la voz era mía pero más vieja, entonces la grabación no estaba mostrando solo una llamada extraña, sino una versión temporalmente desplazada de mí, una mujer que hablaba desde un lugar donde yo aún no había llegado o del que quizás ya había salido sin saberlo.

Apagué el audio, pero la sensación no desapareció; al contrario, siguió reverberando dentro de la casa con una claridad molesta, porque una vez que algo así se instala en la cabeza, el silencio del entorno deja de ser neutral y empieza a parecer una continuación de lo escuchado.

Me levanté para caminar por el despacho, luego por el pasillo, luego hasta la cocina, intentando recuperar la distancia que una necesita para pensar con cierta limpieza, pero la voz seguía conmigo, no como un recuerdo exacto, sino como una intuición sonora que se negaba a fijarse del todo en una sola interpretación.

No estaba segura de si lo que me había golpeado era la evidencia de que yo misma había hablado en la llamada o la sospecha más inquietante de que la voz pertenecía a una versión de mí que el tiempo había gastado de manera más violenta que a la persona que ahora caminaba por la casa.

En cualquiera de los dos casos, la consecuencia era igualmente incómoda, porque empezaba a ser imposible considerar el teléfono fijo como un simple canal de interferencias y no como algo que retenía, deformaba o devolvía una parte de mí que no sabía dónde encajar.

Esa noche volví a escuchar la grabación, no por curiosidad sino por esa necesidad patológica de confirmar una impresión que me negaba a aceptar del todo, y el resultado fue el mismo, una voz cansada, más vieja, con un fondo de desgaste que me parecía casi físico, como si la persona que hablaba llevara demasiado tiempo intentando decir algo sin encontrar nunca el momento exacto de hacerlo.

No descubrí ninguna palabra nueva, ninguna pista definitiva, ninguna frase que pudiera explicarlo todo, pero me quedé con una certeza incómoda que seguía creciendo mientras la casa se iba apagando a mi alrededor, y era que la voz ya no podía interpretarse solo como una rareza técnica o una mala pasada de la memoria, porque lo que tenía delante no era una simple llamada extraña sino la posibilidad de que la llamada me estuviera mostrando algo de mí que todavía no sabía reconocer sin ayuda.

Y esa idea, mucho más que la grabación en sí, fue la que me acompañó hasta la cama, donde tardé una eternidad en dormirme con la sensación insoportable de que había oído mi propia voz venir desde un lugar un poco más lejos del que debería existir, más cansada, más vieja, como si ya hubiera pasado por la parte de la vida que a mí todavía me quedaba por atravesar.