Capítulo 16 #2
Decidí entonces recorrer la casa con el documento abierto en el portátil, como si la correspondencia entre lo escrito y lo vivido pudiera ayudarme a fijar algo sólido, y subí al piso superior con una lentitud que no respondía al miedo sino a una especie de atención defensiva, porque lo que temía no era encontrar nada sobrenatural sino, por el contrario, descubrir que todas mis dudas tenían una explicación perfectamente corriente y que aun así yo no me estaba sintiendo tranquila.
Pasé por el pasillo, me detuve frente a la puerta vacía que ya conocía y examiné el tramo de pared donde el plano sugería una ampliación lateral que yo juraría no haber visto en ningún momento.
Seguí caminando, conté pasos, observé la disposición de los marcos y volví sobre mis pasos para verificar que la proporción del corredor seguía siendo la misma.
Todo parecía normal, incluso excesivamente normal, y sin embargo la contradicción entre los documentos y la percepción física de la casa me dejaba con la impresión de estar caminando dentro de una versión incompleta de algo que no terminaba de revelarse.
Si el archivo hablaba de una ampliación y yo no podía localizarla, cabía la posibilidad de que la reforma se hubiera ocultado durante la rehabilitación; si, en cambio, la versión actual había borrado ese espacio, entonces ¿por qué persistía la referencia en un plano oficial que debería haber sido corregido?
Pensé en llamar de nuevo a la agencia, pero ya no estaba segura de querer una respuesta inmediata, porque intuía que cualquier explicación demasiado rápida podría cerrar una pregunta que empezaba a ser importante precisamente por su falta de cierre.
A media tarde encontré otra contradicción, esta vez en un breve artículo local sobre una subasta de inmuebles rurales en la misma zona, donde se mencionaba la casa con un nombre ligeramente distinto y se sugería que había permanecido años deshabitada antes de su rehabilitación, algo que no encajaba con la pulcritud del interior ni con la sensación de orden casi reciente que yo había percibido desde el primer día.
Revisé la fecha de publicación, comparé la noticia con otros registros y empecé a notar que cada fuente ofrecía una versión parcialmente incompatible con la anterior, como si la casa hubiera pertenecido durante su historia reciente a varias narrativas que nunca se molestaron en coordinarse entre sí.
Uno de los textos hablaba de una herencia, otro de una venta forzosa, otro de una remodelación financiada por una sociedad anónima y otro, mucho más antiguo, aludía a una estancia prolongada de una escritora que había vivido allí durante una temporada sin que quedara del todo claro el motivo.
Esa última referencia me hizo fruncir el ceño, aunque no porque sonara imposible, sino porque aparecía mencionada con una vaguedad tan extrema que me resultó difícil saber si se trataba de una referencia real o de un apunte mal redactado en un archivo secundario.
Volví a leerlo varias veces, buscando un nombre, una inicial, una edad aproximada, cualquier detalle que me ayudara a decidir si estaba ante una pista útil o una mala coincidencia, y al no encontrar nada me dije que seguramente se trataba de una confusión documental más.
Pero la idea de la escritora se quedó flotando en el borde de mi atención con una terquedad molesta, como una nota que no resuelve la melodía, pero tampoco deja de sonar.
Cuando Claudia llamó aquella noche yo seguía sentada frente al ordenador con una montaña de documentos abiertos y una sensación de desorden interno que ya no tenía mucho que ver con el manuscrito, así que la conversación me encontró distraída y mucho menos receptiva de lo habitual.
Le hablé, de forma resumida, de los avances del libro, porque todavía no me parecía prudente mencionar la investigación sobre la casa ni las contradicciones que estaba encontrando, y mientras ella me preguntaba por el ritmo de trabajo yo asentía, aunque estuviera sola, como si la llamada pudiera concederme una mínima estructura en medio de la maraña de archivos.
No le conté que había pasado buena parte del día comprobando nombres de antiguos propietarios, ni que cada documento parecía corregir o desmentir al anterior, ni que la casa empezaba a adquirir para mí una historia tan poco fiable como la mía propia.
Y quizá por eso, mientras hablaba con ella y volvía de vez en cuando la vista hacia la carpeta abierta en el escritorio, tuve la sensación incómoda de que estaba avanzando en dos investigaciones distintas al mismo tiempo, una sobre la novela y otra sobre la casa, y que ambas se mezclaban cada vez con menos pudor en una región de mi pensamiento donde ya no estaba del todo claro si yo buscaba una explicación para el edificio o para mí misma.
Porque una contradicción archivística puede ser un simple error de gestión, pero cuando se acumulan demasiadas, cuando empiezan a afectar a un plano, a un corredor, a una puerta que aparecía y desaparecía y a una historia de propietarios que nadie parecía querer fijar con precisión, la mente empieza a hacer algo mucho más peligroso que creer: empieza a esperar que la siguiente discrepancia confirme que no ha estado equivocada al notar las anteriores.