Capítulo 16
La mañana en la que decidí investigar la casa amaneció con una luz tan apagada que durante un buen rato tuve la impresión de seguir viviendo dentro de una de esas horas grises que no terminan de pertenecer ni a la noche ni al día, y quizá por eso me costó tanto reconocer que lo que iba a hacer tenía algo de impulso irracional y algo de necesidad práctica, porque llevaba demasiado tiempo acumulando pequeñas anomalías, imágenes fugaces y huecos de memoria como para seguir confiando solo en la explicación cómoda del cansancio.
Había despertado con la puerta negra aún demasiado presente en la cabeza, no como una visión nítida sino como una interrupción persistente en la manera de mirar la casa, y mientras desayunaba me descubrí repasando mentalmente todo lo que sabía sobre el lugar con la fría disciplina con la que una intenta ordenar un archivo desbordado, convencida de que tal vez si conseguía reconstruir la historia del sitio, si encontraba el nombre de quienes habían vivido allí antes, si entendía mejor la disposición de la finca y los cambios de manos de la propiedad, podría devolverle a la casa la condición de espacio explicable que había empezado a perder para mí.
No esperaba encontrar nada especialmente alarmante, o al menos me repetí eso con la convicción suficiente para no abandonar la idea antes de tiempo, pero algo dentro de mí ya había empezado a responder al impulso de buscar como si el simple hecho de acumular datos objetivos pudiera compensar la creciente inestabilidad de mi propia percepción.
Lo primero que hice fue revisar la carpeta de documentos que la mujer del alquiler me había dejado impresa junto con las llaves y el contrato, aunque ya la había leído una vez en la cocina de mi apartamento y otra al llegar, porque en teoría no había nada más que necesitar allí salvo las condiciones de uso, el número de contacto y la información básica sobre la finca.
Sin embargo, al leerla otra vez con más atención descubrí que los datos no eran tan precisos como habían parecido al principio, y esa falta de precisión me molestó de una manera casi íntima, como si la persona que me había recibido quisiera al mismo tiempo presentarse con cortesía y dejar fuera exactamente los detalles que podrían fijarla en una imagen más concreta.
El nombre que figuraba en el contrato era el de una empresa intermediaria, no el de una propietaria individual, y la dirección postal correspondía a una gestoría urbana situada en una ciudad cercana, lo cual en sí mismo no significaba nada extraño, aunque me sorprendió la ausencia de referencias claras a un propietario anterior o a una familia concreta, porque en una casa como aquella, tan cuidada y tan vacía a la vez, uno tiende a imaginar una continuidad de generaciones, una forma de herencia más o menos visible, no un vacío administrativo donde deberían aparecer nombres propios.
Seguí hojeando los papeles y encontré una nota manuscrita con instrucciones sobre la calefacción, otra sobre la recogida de basura y una última con el número de una persona de mantenimiento, pero ninguna mención útil a la historia de la casa, como si la función del lugar hubiera sido siempre la de servir a una estancia temporal y no la de contar su propia biografía.
Decidí entonces llamar a la oficina que aparecía en el contrato, aunque sabía que probablemente la respuesta sería vaga o burocrática, y aun así me aferré a la posibilidad de que una consulta simple aclarara mis dudas sin necesidad de convertir el día en una investigación formal.
Contestó una mujer con voz cansada, educada y bastante eficiente, que confirmó mi reserva, buscó mi expediente y me explicó con un tono profesional que la propiedad había pasado por varias manos antes de integrarse en la cartera de la agencia, aunque en cuanto intenté pedirle nombres concretos, fechas o cualquier referencia más precisa, empezó a responderme con una clase de cortesía evasiva que ya no me resultaba difícil reconocer.
Dijo que no disponían de ese tipo de información a pie de página, que la casa había sido reformada antes de ponerse en alquiler y que los datos anteriores no eran especialmente relevantes para el uso actual, frase que me molestó más por su amabilidad que por su contenido, porque había en ella una voluntad clara de cerrar la conversación sin llegar a decir nada que pudiera ser cuestionado.
Le pregunté si podía facilitarme algún dato sobre los antiguos propietarios, pero contestó que no tenía constancia de nombres concretos y que, en todo caso, la propiedad pertenecía ahora a una sociedad que gestionaba varios inmuebles rurales de la zona.
Nada más. Ni un apellido. Ni una fecha. Ni una historia mínima.
Ni siquiera una referencia verosímil a la persona que quizá había cuidado la casa durante años antes de que yo llegara a ocuparla durante una semana.
Colgué con la sensación desagradable de haber rozado algo que no estaba pensado para ser compartido, aunque tampoco podía asegurar que aquella resistencia significara nada más que una mala organización administrativa.
No me conformé con eso, por supuesto, porque cuando una se encuentra demasiado sola empieza a convertir cualquier indicio insuficiente en una invitación a seguir tirando del hilo, y yo llevaba ya varios días viviendo en un estado de atención tan tenso que una negativa vaga tenía más capacidad para excitar mi curiosidad que para detenerla.
Abrí el navegador del portátil y busqué el nombre de la zona, el de la carretera de acceso y cualquier combinación de palabras que pudiera conducirme a un registro público, una referencia catastral o incluso una fotografía antigua del terreno.
Encontré poco al principio, y lo poco que encontré resultó más frustrante que útil, porque la finca apenas aparecía mencionada en documentos dispersos, siempre bajo denominaciones cambiantes, como si hubiera sido absorbida por distintas versiones administrativas a lo largo de los años sin llegar nunca a fijarse del todo en una identidad estable.
Revisé archivos digitales, consulté mapas y abrí una serie de páginas locales donde se hablaba de reformas de viviendas, de pequeñas ventas rústicas y de propiedades rehabilitadas para alquiler temporal, pero ninguna de aquellas menciones me ofrecía una historia clara.
La casa existía, sí, eso estaba fuera de duda, pero su pasado parecía estar deliberadamente repartido entre capas imprecisas de gestión, venta y reconstrucción, y esa dispersión empezó a resultarme incómoda no por lo que revelaba, sino por lo que evitaba revelar.
Mientras seguía investigando encontré una referencia en un archivo municipal que hablaba de una antigua finca agrícola en aquella misma parcela, y al abrir el documento me llevé una sorpresa breve al leer que durante una parte del siglo anterior la vivienda había pertenecido a una familia con otro apellido distinto del que figuraba en una nota posterior de compraventa, documento que a su vez mencionaba una reforma profunda realizada décadas más tarde.
Hasta ahí todo podía seguir teniendo sentido, porque las propiedades cambian de mano, los apellidos se suceden y las casas sobreviven a sus habitantes con una indiferencia que no deja de ser lógica.
Lo raro vino después, cuando descubrí que uno de los expedientes hablaba de una ampliación del ala norte y otro, aparentemente posterior, negaba que esa ampliación hubiese existido nunca en los planos oficiales, como si el mismo terreno hubiera sido descrito por dos registros distintos y ninguno de los dos quisiera asumir la versión del otro.
Leí varias veces aquella contradicción y volví a los documentos con una atención más obstinada, porque la posibilidad de un error material me parecía más cómoda que la de estar leyendo una historia cuyas partes no encajaban entre sí por razones que yo no alcanzaba a comprender.
Sin embargo, las fechas, los sellos y las referencias topográficas se correspondían con suficiente exactitud como para descartar una simple confusión de archivo, y aun así los textos parecían dibujar dos casas distintas sobre la misma superficie, una con un corredor añadido que yo no había visto y otra sin él, una con una disposición de habitaciones más compleja y otra reducida a la estructura básica que conocía desde mi llegada.
Lo más inquietante no fue encontrar una discrepancia, sino comprobar que la discrepancia afectaba justo a la zona del piso superior donde yo había visto la puerta negra.
El plano más antiguo sugería una línea de paso que conducía a un espacio lateral no incluido en la versión reformada, mientras que otro documento más reciente parecía borrar esa posibilidad con una seguridad administrativa casi ofensiva, como si aquella parte de la casa hubiera sido vaciada de historia antes de entregarme las llaves.
Me quedé un largo rato mirando la pantalla sin moverme, intentando decidir si la información se debía a una remodelación mal documentada, a un cambio en la distribución interna o a la simple torpeza con la que a veces se archivan los proyectos de rehabilitación, pero cada explicación me parecía menos convincente que la anterior.
No era aún una prueba de nada, y precisamente por eso empezaba a tener la forma de algo más peligroso, porque cuando una contradicción no es lo bastante fuerte para demostrar un misterio, pero tampoco tan débil como para descartarlo, termina ocupando un lugar incómodo dentro de la mente y obligando a revisar todo lo demás con una sospecha nueva.
Cerré una pestaña, abrí otra, volví al plano, comparé medidas, revisé fechas y terminé convencida de que la casa había sido modificada al menos una vez de manera profunda, aunque las versiones públicas de esa reforma no coincidían entre sí y ninguna aclaraba con precisión qué parte había cambiado exactamente ni por qué.