Perpleja Capítulo 15
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Capítulo 15

No sé en qué momento exacto empecé a sentir que la casa tenía una profundidad distinta de la que le atribuí al llegar, porque hasta entonces había creído conocerla con la misma clase de familiaridad provisional con la que una reconoce un hotel o una vivienda de alquiler, es decir, sabiendo dónde estaba cada cosa sin sentir todavía que el lugar pudiera responderme de vuelta, pero aquella tarde, mientras el día se iba apagando con una lentitud húmeda y el cansancio acumulado de las últimas horas me dejaba la cabeza un poco más ligera y un poco más vulnerable de lo habitual, tuve por primera vez la impresión de que los pasillos se estiraban cuando no los miraba y de que la casa guardaba una relación extraña con la distancia, como si algunas zonas quedaran más lejos de lo que deberían y otras, en cambio, parecieran acercarse de manera imperceptible cuando una no estaba prestando suficiente atención.

Llevaba demasiado tiempo leyendo, escribiendo y revisando los archivos de madrugada con una concentración que empezaba a rozar el agotamiento físico, así que al salir del despacho para bajar a la cocina y preparar algo sencillo de cenar no esperaba encontrar nada nuevo, ni siquiera una novedad tan trivial como una puerta mal cerrada o una corriente de aire, y precisamente por eso me costó tanto aceptar la sensación que me recorrió la nuca cuando, al girar por el pasillo del piso superior, me pareció ver algo al fondo que no encajaba del todo con la disposición de la casa.

Al principio no lo interpreté como una puerta, y quizá por eso la impresión me alcanzó con más fuerza que si hubiera sido inmediatamente reconocible, porque lo que vi fue más bien una interrupción en el orden habitual del corredor, un rectángulo oscuro allí donde yo esperaba encontrar la misma sucesión de paredes claras, marcos de madera y luz desvaída que había visto tantas veces desde que llegué.

Me detuve sin pensarlo del todo, con una bandeja de vasos todavía en la mano porque había subido a buscar agua y me había sorprendido distraída por la propia monotonía del lugar, y me quedé mirando hacia el fondo del pasillo con la sensación muy concreta de que algo se había desplazado en la geometría de la casa durante el breve instante en que yo había apartado la vista.

No fue miedo lo que sentí primero, sino desconcierto, una sospecha difícil de verbalizar que me obligó a entrecerrar los ojos para distinguir mejor la forma de aquello que tenía delante, y entonces el oscuro rectángulo se definió durante una fracción de segundo como una puerta cerrada, más ancha que las otras, completamente negra, sin brillo, sin pomo visible y sin el menor reflejo de la luz que llegaba desde la ventana del extremo contrario del pasillo.

La visión fue tan breve que mi mente tardó un instante en aceptarla como algo real, pero lo suficientemente nítida como para dejarme clavada en el sitio con una incomodidad que no se parecía a ninguna de las que había sentido hasta entonces.

No avancé de inmediato, porque una parte de mí seguía intentando convertir lo que acababa de ver en una explicación aceptable antes de concederle importancia, y la explicación más cómoda, como casi siempre, era la de haber confundido la sombra de la tarde con la silueta de una puerta o haber sobreinterpretado un cambio mínimo en la luz de la casa, pero esa idea no terminaba de cerrarse bien, sobre todo porque había algo en la negrura de aquella superficie que no se parecía a la simple oscuridad ambiental, sino a un negro más denso, más compacto, casi material, como si la puerta no absorbiera la luz sino que la negara de una manera activa y deliberada.

Seguí mirándola sin respirar del todo, con la mano aún suspendida alrededor de los vasos, y tuve la sensación absurda de que si parpadeaba demasiado tarde o giraba la cabeza antes de tiempo la imagen desaparecería, aunque no sabía todavía si eso me tranquilizaría o me inquietaría más.

Pensé fugazmente en la habitación vacía del piso superior, en la puerta corriente que había abierto días antes sin encontrar dentro más que una estancia desnuda, y la relación entre ambas imágenes me resultó tan improbable que enseguida me obligué a descartarla, porque no había ninguna razón para que una puerta negra apareciera donde antes no había nada y tampoco había motivos para darle forma concreta a una impresión que podía deberse simplemente al cansancio.

Aun así, la visión persistió lo suficiente como para adquirir una densidad inquietante, y en ese breve intervalo empecé a notar otros detalles que hacían menos fácil refugiarme en la idea de un error óptico, como la manera en que el pasillo parecía más estrecho al final, la ausencia de reflejo en la superficie oscura y el hecho de que la puerta no parecía pertenecer exactamente a la misma casa que el resto de la estructura, sino a una versión de la casa que yo no había recorrido todavía.

El pensamiento me molestó por su propia forma, porque sonaba a exageración incluso dentro de mi cabeza, y sin embargo no conseguí apartarlo del todo mientras avanzaba un par de pasos con cautela, como si acercarme pudiera aclarar el misterio o, en el peor de los casos, confirmar que había perdido una referencia espacial que hasta entonces había creído intacta.

No hubo ningún sonido, ninguna vibración, ningún golpe, nada que indicara que la puerta se estaba abriendo o cerrando, y precisamente por eso la escena me resultó todavía más extraña, porque una anomalía acompañada de ruido siempre ofrece al menos la posibilidad de culpar a algo externo, mientras que una aparición silenciosa obliga a enfrentarse a la evidencia de que el problema puede estar en la propia mirada.

Cuando levanté la cabeza otra vez, la puerta ya no estaba.

El final del pasillo mostraba únicamente la pared clara, la misma ventana lateral que dejaba entrar la luz gris de la tarde y la continuidad perfectamente normal del corredor, tan normal que durante unos segundos me sentí ridícula por haber dudado de lo que acababa de ver.

Miré a un lado y a otro con una rapidez que intentaba ser discreta y no conseguía del todo, volví sobre mis pasos, avancé de nuevo hacia el fondo del pasillo y comprobé que no había rastro de marco oscuro, ni de relieve, ni de una forma rectangular donde antes había jurado que había algo sólido y cerrado.

La pared estaba allí, limpia, uniforme, sin la menor alteración visible, y la confirmación de esa normalidad me dejó más inquieta que la visión anterior, porque si hubiera encontrado una puerta abierta, cerrada o incluso mal colocada todavía tendría a qué aferrarme, mientras que la ausencia total de cualquier prueba convertía mi percepción en el único material disponible, y mi percepción no era, en aquel momento, una fuente en la que me resultara fácil confiar.

Permanecí unos segundos inmóvil frente a la pared, intentando reconstruir lo sucedido con la precisión obstinada de quien sabe que la memoria reciente puede deformar lo que acaba de ocurrir si una no la obliga a fijar la secuencia, y fui repasando mentalmente cada detalle del pasillo, la bandeja en las manos, la dirección de la luz, el color de la madera, la sensación de frío en la nuca, hasta que todo empezó a parecerme menos una observación y más una interpretación apresurada de una sombra alargada.

Esa posibilidad me molestó porque no solo me devolvía al territorio conocido del cansancio, sino que además me obligaba a pensar que la casa quizás no había hecho nada en absoluto y que era yo quien estaba empezando a llenar sus espacios vacíos con formas que no estaban allí.

Me esforcé por aceptar esa explicación, aunque al hacerlo noté algo más incómodo todavía, una pequeña resistencia interna, casi corporal, como si una parte de mí no quisiera renunciar del todo a la certeza de que la puerta había existido durante un instante breve y exacto, con una negrura demasiado concreta para ser un simple efecto de la luz.

Bajé a la cocina con la bandeja todavía en la mano, pero ya no tenía la misma convicción de antes en mis movimientos ni en la utilidad de las cosas que me rodeaban, porque la casa había cambiado de textura en un solo parpadeo y ahora cada rincón parecía contener la posibilidad de una segunda lectura.

Preparé algo de cenar con una atención mínima y me senté a comer sin demasiado apetito, escuchando el silencio y tratando de convencerme de que lo ocurrido no era más que una combinación de fatiga, lectura obsesiva y soledad, porque ninguna de esas causas, por separado, justificaba una alucinación visible y, juntas, parecían mucho más plausibles que cualquier otra explicación.

Sin embargo, mientras comía, seguía viendo aquella superficie negra en el extremo del pasillo, no como una imagen exacta sino como una sensación de contraste, una interrupción del orden que ya no podía pensar sin que se me tensara un poco el estómago.

No era la puerta en sí lo que me inquietaba más, sino la forma en que había aparecido y desaparecido sin dejar huella, como si la casa me hubiera concedido la mínima fracción de un secreto y luego se hubiera apresurado a borrarlo antes de que pudiera reclamarlo como prueba.

Esa noche, ya en la cama, mientras intentaba encontrar una postura cómoda que me permitiera dormir sin volver a pensar en la escena, me di cuenta de que la imagen de la puerta negra no se parecía a una visión completa, ni siquiera a un recuerdo claro, sino a una interrupción en la continuidad de la casa, una especie de corrección súbita sobre el espacio, tan breve que podía pasar por accidente y tan precisa que resultaba imposible olvidarla del todo.

Y quizá por eso me costó más que de costumbre conciliar el sueño, porque había algo en aquel rectángulo oscuro que no me había asustado de manera abierta, pero que sí había empezado a alterar la confianza con la que hasta entonces había recorrido la casa, como si el lugar hubiera dejado de ser únicamente un refugio silencioso para convertirse en una estructura capaz de mostrarme durante un instante algo que no estaba preparada para entender y de retirarlo enseguida, dejándome sola con la duda de si realmente lo había visto o si, por primera vez desde mi llegada, la casa había empezado a mostrarme exactamente el tipo de grieta que una mente cansada puede convertir en obsesión.