Capítulo 14
La primera sospecha de que algo no iba bien no apareció como una revelación, sino como una incomodidad muy pequeña, casi doméstica, una de esas molestias que al principio uno atribuye al cansancio, a la costumbre o a la distracción y que solo más tarde, cuando ya han echado raíces, empiezan a parecer la señal de un problema más serio.
Había pasado la noche relativamente tranquila, o al menos eso creí cuando me acosté, y al despertar tuve la sensación engañosa de haber dormido lo suficiente como para recuperar algo de claridad, aunque aquella impresión se deshizo con rapidez en cuanto empecé a recorrer mentalmente el día anterior y descubrí que había zonas enteras de la tarde que no conseguía reconstruir con precisión.
No era exactamente un olvido completo, porque retenía fragmentos sueltos, imágenes aisladas y sensaciones dispersas, pero entre unos y otros se abrían huecos demasiado amplios para resultar naturales, y lo peor era que no podía decidir si esos huecos habían estado siempre ahí o si acababan de abrirse mientras dormía.
Me quedé sentada en la cama unos minutos, con la sensación de que mi cabeza estaba intentando ofrecerme una versión ordenada de la jornada sin lograr convencerme del todo, y mientras hacía inventario de lo poco que recordaba fui comprendiendo que no me bastaba con haber pasado la noche en la casa; también necesitaba saber qué había hecho exactamente después de cerrar el ordenador, a qué hora había bajado a cenar, si había vuelto al despacho, cuánto tiempo había permanecido despierta y en qué momento había decidido irme a dormir, porque la secuencia completa se deshacía cada vez que intentaba sujetarla.
Bajé a la cocina con la misma calma con la que una se mueve cuando todavía no sabe si debe preocuparse, preparé café y observé la mesa como si en ella pudiera aparecer una pista que justificara la laguna, aunque no encontré nada fuera de sitio ni ningún indicio evidente de que la noche anterior hubiera sido extraña.
El problema, precisamente, era ese, que no había señales visibles de desorden y que, sin embargo, mi memoria se negaba a rellenar un tramo entero de la tarde con la misma naturalidad con la que siempre había sido capaz de hacerlo.
Recordaba haber trabajado un buen rato en el manuscrito, eso sí, y también recordaba vagamente haber contestado el teléfono fijo una vez, pero todo lo demás comenzaba a fluctuar con una inestabilidad irritante, como si la mente hubiera decidido conservar solo los momentos útiles y borrar el trayecto intermedio.
Pensé en el cansancio, en la presión acumulada, en las horas de sueño irregular y en la forma en que la ansiedad puede convertir un día entero en una sucesión de escenas mal pegadas, y quise creer que aquella explicación era suficiente, aunque ya no conseguía sostenerla con la misma facilidad de antes.
Había llegado demasiado lejos en mis intentos de normalizar lo anómalo como para no notar que, a partir de cierto punto, las justificaciones empiezan a sonar menos convincentes incluso para quien las formula.
Subí al despacho para comprobar el historial del portátil casi por inercia, con una actitud que mezclaba la prudencia con una especie de superstición ligera, como si verificar los archivos me devolviera una estructura temporal más fiable que la de mi propia cabeza.
Abrí la pantalla, esperé a que cargara el escritorio y fui directamente a la carpeta de trabajo, donde el manuscrito seguía apareciendo como el archivo central de los últimos días, rodeado de versiones anteriores, notas sueltas y documentos que yo misma había ido creando a medida que avanzaba la escritura.
Al principio no vi nada llamativo, solo la continuidad habitual de un proyecto que seguía creciendo a base de revisiones y pequeños ajustes, pero entonces me fijé en varias modificaciones hechas de madrugada, y ahí fue donde la sensación de inquietud empezó a tomar una forma más concreta.
No se trataba de una simple apertura automática o de un guardado accidental provocado por el programa, sino de archivos nuevos, creados entre las dos y las cuatro de la mañana, con nombres que no recordaba haber puesto y con una extensión que me obligó a quedarme quieta, inmóvil, mirando la pantalla como si esperar que la evidencia cambiara por sí sola fuera una estrategia sensata.
Abrí el primero con cautela y me encontré con un bloque de texto que reconocí al instante como mío y, al mismo tiempo, no fui capaz de asociar a ningún momento real de escritura.
Era una escena de transición, una de esas piezas que normalmente redacto cuando necesito enlazar dos capítulos sin forzar demasiado la narración, y en ella la protagonista caminaba por un pasillo de la casa en mitad de la noche, incapaz de dormir, mientras repasaba mentalmente una conversación que había tenido horas antes.
Hasta ahí nada especialmente extraño. Lo perturbador llegaba después, en los detalles concretos, porque la descripción de la luz, la forma en que la madera crujía bajo sus pasos y la disposición exacta de una puerta entreabierta coincidían con una parte de la casa que yo había recorrido de madrugada sin prestar atención consciente, o al menos eso me pareció recordar al leerlo.
Seguí bajando por el documento y descubrí otras páginas donde se describía una taza apoyada sobre una mesa, una llamada telefónica breve y una sensación de vacío temporal muy parecida a la que yo acababa de experimentar esa misma mañana.
No eran pruebas de nada por sí solas, pero la acumulación de semejanzas me dejó con la impresión desagradable de estar leyendo un resumen literario de una franja de tiempo que mi memoria se había quedado sin registrar.
Abrí el segundo archivo y el tercero con una mezcla de rabia y ansiedad contenida, esperando encontrar una explicación técnica, un error del sistema o una sesión de escritura en la que hubiera trabajado medio dormida y luego olvidado por completo el esfuerzo, pero cuanto más avanzaba más difícil me resultaba sostener esa hipótesis sin fisuras.
En uno de los archivos aparecía incluso una serie de frases que yo no recordaba haber escrito y que, sin embargo, se leían con la naturalidad suficiente como para obligarme a detenerme varias veces, porque no solo estaban bien construidas, sino que además contenían pequeños detalles que parecían haber sido tomados del entorno inmediato, como si la casa hubiera entrado en el texto sin que yo mediara del todo en el proceso.
La habitación vacía del piso superior, el rumor de una llamada sin respuesta, la costumbre de colocar las llaves en el mismo sitio, el gesto de revisar dos veces la cerradura antes de irme a dormir; todo aquello iba apareciendo distribuido en escenas que no recordaba haber ensamblado durante la noche, y esa falta de recuerdo era mucho más molesta que el contenido mismo, porque me obligaba a escoger entre dos posibilidades igual de desagradables, o bien había escrito esas páginas en un estado de semiinconsciencia que empezaba a parecerme más grave de lo que quería admitir, o bien existía una franja de tiempo dentro de la cual mi cabeza había funcionado con una autonomía tan precisa que después se había negado a conservar ningún testimonio de ello.
Me levanté de la silla y empecé a caminar por el despacho con una impaciencia que intentaba parecer práctica, aunque en realidad respondía a una necesidad más básica, la de no quedarme demasiado tiempo sentada frente a una pantalla que estaba empezando a devolverme la imagen de una mente poco fiable.
Revisé la papelera, el historial de documentos, las versiones guardadas y hasta las notas temporales del programa de escritura, y todo parecía confirmar que no había habido ningún accidente informático ni ninguna manipulación externa, solo la normalidad exasperante de un trabajo que había continuado mientras yo, por razones que no lograba precisar, no había dejado constancia de él en la memoria.
Me costaba aceptar que unas pocas horas pudieran disolverse así, sin dolor ni violencia, dejando detrás únicamente archivos perfectamente ordenados y una sensación creciente de desconcierto, porque en teoría debería haber recordado al menos el cansancio de seguir despierta, el esfuerzo de teclear, el momento exacto en que decidí guardar el documento o incluso la imagen de la pantalla iluminando la habitación vacía.
Pero no tenía nada de eso. Tenía solo un vacío, y el vacío, cuando se instala en una franja tan concreta del tiempo, deja de ser un hueco inocente para convertirse en una pregunta muy difícil de soportar.
Volví a leer una de las escenas de madrugada con atención renovada, y en esa segunda o tercera lectura empecé a notar algo todavía más perturbador que el propio olvido, que era la sensación de que el texto no describía simplemente una acción o un espacio, sino una continuidad emocional muy parecida a la mía en ese preciso instante, como si quien lo hubiera escrito hubiera conocido de antemano la forma de mi desconcierto al despertar.
La protagonista no recordaba haber escuchado una llamada, tampoco sabía si había dormido o permanecido despierta durante horas, y pasaba de una habitación a otra con la vaga impresión de que la casa estaba modificando su percepción del tiempo.
Lo leí varias veces sin querer aceptarlo del todo, porque una coincidencia demasiado exacta siempre es tentadora cuando una está sola y cansada, pero cuanto más insistía más me resultaba difícil separar lo que acababa de leer de la forma en que yo misma me sentía al encontrarme frente a aquellos archivos.
No era solo que el manuscrito se pareciera a mis preocupaciones; era que parecía haber sido redactado desde una posición muy cercana a la pérdida de control, una posición que no recordaba haber ocupado cuando lo escribí, y eso me dejó con una impresión tan desagradable que tuve que apartarme de la mesa para respirar con mayor calma.
La mañana se fue gastando mientras yo seguía buscando una explicación a la desaparición de esas horas, y cuanto más la buscaba más evidente se volvía que la explicación más cómoda, la de la fatiga o la distracción, ya no bastaba por completo, aunque tampoco me atrevía a sustituirla por otra más grave.
Pasé un buen rato intentando reconstruir la noche a partir de indicios concretos, como si ordenar físicamente la casa, repasar mentalmente las llamadas o comparar la hora de los archivos con la del teléfono pudiera devolverme una secuencia limpia de lo ocurrido, pero el resultado fue apenas una serie de conjeturas contradictorias que me dejaban todavía más cansada.
Recordaba haber trabajado hasta tarde; recordaba también haber cerrado el portátil; recordaba, con menos claridad, un rato de deambular por la casa sin un objetivo concreto; y después, a partir de cierto punto, todo se fragmentaba en piezas demasiado pequeñas para formar una cadena coherente.
Esa fragmentación me resultó más inquietante que cualquier contenido extraño del manuscrito, porque no implicaba ninguna anomalía visible y, sin embargo, alteraba la confianza elemental que una necesita para vivir sin examinar cada gesto como si escondiera una trampa.
Al final cerré el portátil con una lentitud impropia de mi impaciencia habitual y me quedé unos minutos observando la pantalla negra, donde mi reflejo aparecía reducido a una versión borrosa y fatigada de mí misma, una versión que me obligaba a pensar, contra mi voluntad, que quizá estaba empezando a perder algo más que el hilo del trabajo.
No era todavía miedo, o no del tipo que se traduce en sobresaltos, sino una sospecha más silenciosa y difícil de rechazar, la de que algunas horas de mi vida habían transcurrido sin dejar huella accesible, y de que el manuscrito, lejos de ser solo un libro problemático, estaba empezando a funcionar como una prueba independiente de acontecimientos que mi memoria no había querido conservar.
Y esa posibilidad, todavía imposible de demostrar, me acompañó durante el resto del día con una constancia más pesada que cualquier llamada o cualquier puerta, porque si una persona comienza a dudar de lo que hizo mientras dormía, o de lo que escribió mientras estaba despierta, entonces la casa deja de ser simplemente un lugar aislado y pasa a convertirse en el escenario de una mente que tal vez ya no está reteniendo el mundo con la firmeza suficiente.