Capítulo 13
Durante varios días me esforcé por mantener una relación casi profesional con el manuscrito, como si la distancia emocional pudiera protegerme de la incomodidad que empezaba a producirme la sensación de estar leyendo algo que no solo había escrito yo, sino que además parecía estar dejando pequeñas marcas en la casa y en mis gestos con una precisión que me resultaba difícil de aceptar sin reservas.
Había encontrado, o eso creía, un ritmo de trabajo que me permitía avanzar con cierta soltura, y por eso mismo me molestó descubrir hasta qué punto me estaba acostumbrando a comprobar la realidad contra la novela, no porque pensara todavía que el libro tuviera alguna voluntad propia, sino porque empezaba a notar que cualquier coincidencia mínima adquiría dentro de mi cabeza un peso desproporcionado, como si la repetición de escenas, objetos o gestos bastara para volver sospechoso cualquier detalle cotidiano.
Me repetía que aquello era una consecuencia natural del aislamiento, de la concentración excesiva y de la manera en que un escritor acaba mezclando su vida con el material que trabaja durante muchas horas seguidas, pero la explicación, aunque razonable, ya no me tranquilizaba del todo, porque las cosas empezaban a parecer menos casuales de lo que deberían sin llegar a volverse imposibles, y justamente por eso resultaban tan incómodas.
La primera vez que noté esa incomodidad de forma clara fue con un detalle insignificante, casi ridículo, algo que en cualquier otro contexto habría olvidado al cabo de unos minutos y que, sin embargo, se quedó conmigo porque apareció en el manuscrito con una naturalidad demasiado exacta para que yo pudiera pasar de largo sin detenerme.
La protagonista de la novela, mientras trabajaba en la cocina de la casa, derramaba una taza de café y la dejaba caer al suelo, donde se rompía en varios fragmentos sin que la escena tuviera más importancia que la de subrayar un estado de distracción o de cansancio, y yo lo leí sin prestarle demasiada atención, convencida de que era uno de tantos gestos de ambiente que ayudan a dar textura a un personaje, hasta que esa misma tarde, mientras preparaba café en la cocina de la casa, el borde del asa chocó contra la encimera y la taza se partió con un sonido seco que me hizo mirar al suelo con una mezcla de fastidio y asombro que no habría reconocido como alarmante si no hubiera ocurrido después de haber leído el pasaje unas horas antes.
No me llevé un susto auténtico, no al menos en el sentido en que una se asusta ante algo verdaderamente inexplicable, pero sí experimenté esa mínima contracción interior que aparece cuando dos hechos separados comienzan a parecerse demasiado y una ya no sabe bien si está presenciando una coincidencia banal o si el orden entre lo escrito y lo vivido empieza a volverse más confuso de lo conveniente.
Recogí los trozos con torpeza, no porque me temblaran las manos, sino porque la escena me había dejado distraída, y mientras tiraba los fragmentos a la basura me obligué a pensar que estaba exagerando, que aquel tipo de paralelismos son inevitables cuando una pasa tantas horas escribiendo en el mismo lugar donde luego camina, come, se mueve y piensa, y que la mente, cuando encuentra una forma reconocible, tiende a repetirla en la realidad con una rapidez casi ofensiva.
Esa explicación me resultó suficientemente convincente para no detenerme demasiado en el asunto, y de hecho logré seguir trabajando durante un rato con una concentración bastante decente, aunque ya no pude evitar cierta vigilancia lateral sobre lo que hacía, como si el día hubiese adquirido una dimensión ligeramente más frágil de la que tenía la mañana anterior.
Me descubrí prestando atención a los objetos de la cocina, al sonido de mis propios pasos y a la manera en que el café se enfriaba sobre la mesa, con una conciencia extraña de que todo podía convertirse en material narrativo a la menor distracción.
En el fondo, aquella reacción me parecía muy propia de mí, y precisamente por eso no quise concederle demasiada importancia.
La segunda coincidencia llegó dos días después, esta vez al salir al exterior para despejarme después de una mañana larga frente al ordenador, porque la cabeza empieza a trabajar de una forma distinta cuando una permanece demasiado tiempo dentro de un mismo pensamiento y, al menos en mi caso, el paseo por los alrededores de la casa había empezado a convertirse en una de esas rutinas discretas que ayudan a no perder por completo la noción del cuerpo.
Caminaba con la atención medio puesta en la novela y medio en el terreno húmedo, observando cómo la hierba se volvía más espesa cerca de los árboles, cuando el pie se me quedó atrapado entre dos raíces invisibles bajo la superficie y estuve a punto de caer de la misma manera en que la protagonista del manuscrito se había desequilibrado en una escena que también había leído hacía poco, una caída breve, casi trivial, descrita con la misma naturalidad con la que podría haberse descrito un tropiezo cualquiera.
No me hice daño, ni siquiera llegué a tocar el suelo, pero sí tuve que llevar los brazos hacia delante con un gesto rápido para recuperar el equilibrio, y ese gesto, en lugar de tranquilizarme por haber evitado el golpe, me obligó a recordar el pasaje con una nitidez desagradable, como si la novela y el paseo hubieran pertenecido a una misma cadena de acontecimientos que yo no había sabido identificar a tiempo.
Cuando regresé a la casa lo primero que hice fue buscar la escena en el manuscrito, más por necesidad de ordenar la impresión que por auténtica desconfianza, y la encontré enseguida, escrita con esa claridad limpia que tienen las cosas que uno lee con suficiente distancia pero que, de pronto, dejan de parecer inocentes cuando la realidad ha decidido imitarles un gesto.
No era una coincidencia perfecta, y quizá por eso me costó más decidir qué hacer con ella, porque si la escena hubiera sido idéntica me habría resultaba más sencillo considerarla alarmante, mientras que así, al aparecer solo parcialmente reflejada en el paseo, conservaba todavía la posibilidad de ser una simple asociación mental, una de esas correspondencias que la memoria construye después para dar sentido a una experiencia que de otro modo parecería caótica.
Me quedé un rato frente al texto, leyendo y releyendo el fragmento, hasta que logré convencerme de que una caída en el campo era algo demasiado común como para atribuirle ningún tipo de significado oculto, y aun así la incomodidad no desapareció del todo, sino que se quedó detrás de mí con una paciencia silenciosa, como si hubiera decidido acompañarme sin exigir por el momento nada más que atención.
El episodio que terminó de inquietarme de verdad no tuvo que ver con un objeto ni con un movimiento del cuerpo, sino con la conversación que mantuve con Claudia por el teléfono fijo una mañana en la que yo ya venía con el ánimo ligeramente alterado por la cantidad de horas que llevaba escribiendo y por la dificultad, cada vez más evidente, de separar de forma limpia mi vida de la historia en la que estaba trabajando.
La llamada empezó de manera cordial, como casi todas las nuestras, pero no tardó en girar hacia el mismo asunto de siempre, el plazo de entrega, la necesidad de avanzar con más firmeza, las previsiones de la editorial y su insistencia, perfectamente comprensible, en que yo dejara de tratar cada capítulo como si fuera una operación de cirugía.
Claudia no me gritó, ni siquiera se mostró especialmente dura, aunque sí firme, y esa firmeza desencadenó en mí la respuesta habitual, una mezcla de defensa y cansancio que me llevó a justificar el retraso con argumentos que ya conocíamos las dos de memoria.
No recuerdo haber elevado la voz, pero sí haber sentido una irritación muy concreta, muy semejante a la que me producía cualquier discusión en la que alguien me recordaba que la novela aún no estaba donde debía estar y que seguir encerrada en la casa no bastaba para resolverlo todo.
Cuando colgué, todavía molesta, me senté frente al manuscrito con la intención de distraerme y fue entonces cuando encontré el fragmento que me dejó realmente incómoda, porque la protagonista mantenía una discusión con otra mujer que seguía una estructura emocional demasiado parecida a la conversación que acababa de tener con Claudia, no en las palabras exactas, que eso habría sido ya demasiado burdo, sino en el ritmo de la confrontación, en la sensación de una exigencia externa que el personaje interpretaba como injusta y en la respuesta defensiva, cansada, casi humillada, que ofrecía a cambio.
Leí el pasaje varias veces sin querer admitir que aquello me estaba afectando más de la cuenta, y cuanto más lo leía más me costaba decidir si la novela estaba anticipando algo de mi día o si yo estaba releyendo el texto a través de la molestia que me había dejado la llamada.
Esa duda, que en otro momento me habría parecido una muestra de madurez crítica, empezó a resultarme molesta porque no sabía en qué dirección se inclinaba.
Si la coincidencia era real, el problema era la novela; si era solo una proyección mía, el problema era yo; y en cualquiera de los dos casos no salía especialmente bien parada.
Lo que terminó de erosionar mi confianza no fue una gran revelación, sino precisamente la suma de esas pequeñas correspondencias que, aisladas, se podían explicar una por una y que, juntas, empezaban a formar una red demasiado densa para seguir considerándolas simples casualidades sin sentir cierta resistencia interna.
Había días en los que encontraba en el manuscrito una forma de caminar, de sostener una taza o de cerrar una puerta que me resultaba próxima porque la había visto en mí misma o en la casa, y otros en los que la protagonista parecía estar atrapada en una clase de agotamiento parecido al que yo arrastraba desde hacía meses, con esa necesidad de control que nunca había considerado grave y que ahora, expuesta sobre la página, adquiría un relieve menos inocente.
Seguí repitiéndome que era lógico, que la proximidad entre autora y personaje no solo era esperable sino incluso deseable en una novela psicológica, porque la verdad emocional nace muchas veces de la experiencia propia aunque luego se transforme por completo en la escritura, pero el razonamiento dejó de protegerme del todo en el instante en que empecé a comprobar las escenas con una atención casi supersticiosa, como si la novela estuviera dejando migas de pan para que yo pudiera reconocerlas después en la vida real.
A partir de ese momento ya no leía del mismo modo.
Cada vez que abría el documento lo hacía con una expectación extraña, no porque creyera que fuera a ocurrir algo sobrenatural, que todavía no era eso, sino porque había empezado a temer que cualquier gesto mínimo pudiera regresar a la realidad de una forma ligeramente deformada y obligarme luego a decidir si había sido yo quien lo había provocado o si simplemente estaba viendo más de lo que debía.
La sensación era sutil pero persistente, y me preocupaba sobre todo por la clase de disciplina mental que empezaba a exigir, porque una cosa es reconocer un parecido aislado y otra muy distinta vivir pendiente de si el café se va a caer, de si voy a tropezar al salir al campo o de si una discusión con Claudia acabará apareciendo en la página siguiente con un disfraz apenas suficiente.
Esa forma de vigilancia comenzó a instalarse en mí con una naturalidad inquietante, y quizá lo más peligroso no fue que me molestara, sino que empezara a parecerme una extensión razonable de mi trabajo, una consecuencia casi lógica de la inmersión narrativa, cuando en realidad ya estaba empezando a desgastarme por dentro.
Esa noche, antes de acostarme, me quedé un rato mirando las páginas abiertas del manuscrito con la impresión desagradable de que la novela ya no se limitaba a reflejar mi estado de ánimo o mis preocupaciones, sino que había comenzado a comportarse como un espacio de resonancia donde cualquier gesto cotidiano podía reaparecer con una nueva carga, apenas alterado, lo bastante parecido a la realidad como para no poder descartarlo y lo bastante distinto como para seguir siendo una amenaza tenue pero persistente.
No pensé todavía que el texto estuviera prediciendo nada, porque esa idea me habría parecido excesiva incluso dentro de mi propia cabeza, pero sí empecé a sospechar que la frontera entre lo escrito y lo vivido no era tan impermeable como yo habría querido creer, y esa sospecha, mucho más que las coincidencias concretas, fue la que me acompañó al apagar la luz.
Porque cuando las casualidades empiezan a repetirse con demasiado buen gusto, una deja de preguntarse si el mundo la está avisando de algo y comienza a temer que sea su propia mente la que, sin pedir permiso, está aprendiendo a escribir la realidad por delante de ella.