Capítulo 12
Volví a las grabaciones con una resistencia menor de la que me habría gustado admitir, no porque esperara encontrar algo nuevo, sino porque había empezado a ocurrirme una cosa bastante más incómoda que la mera curiosidad, y era que los audios se habían convertido en una especie de prueba privada de mi propio equilibrio, como si cada escucha pudiera confirmar que seguía siendo capaz de distinguir entre un ruido real y una interpretación nacida del cansancio.
Durante los primeros días de la semana había recurrido a ellos con la disciplina con la que una inspecciona una cerradura o comprueba el nivel de gasolina antes de un viaje largo, convencida de que estaba actuando con prudencia, pero ahora que los archivos se acumulaban y que la repetición empezaba a construir un tipo de intimidad malsana con aquel sonido, tenía la impresión de estar haciendo algo más peligroso que registrar llamadas extrañas: estaba entrenando mi mente para desconfiar de sí misma, y esa posibilidad me resultaba mucho más perturbadora que la presencia de una voz indescifrable al otro lado del teléfono.
Cuando una empieza a sospechar de su memoria, todo lo que la rodea adquiere una inestabilidad nueva, porque ya no se trata solo de lo que ocurre, sino de la forma en que queda guardado, alterado o incompleto dentro de la cabeza, y yo llevaba demasiado tiempo viviendo dentro de una versión de mí misma que necesitaba que las cosas fueran explicables para no deshacerse del todo.
Aquella mañana había intentado trabajar con la firmeza de los días anteriores, pero la novela se me resistía de una manera más sutil que en otras ocasiones, como si no se negara del todo a avanzar, pero tampoco quisiera entregarme la misma facilidad que me había regalado al principio del encierro.
Las frases seguían ahí, las escenas estaban bien encaminadas, incluso había una tensión útil en ciertos pasajes, pero yo no conseguía desprenderme de una sensación de fricción constante, como si la propia escritura hubiera empezado a exigir una vigilancia emocional que antes no necesitaba.
A mitad de la mañana cerré el documento y me quedé mirando la pantalla sin pensar realmente en la historia, porque algo en el cuerpo me pedía otro tipo de atención, una atención más incómoda y más íntima, y acabé abriendo la carpeta de grabaciones con una docilidad que me avergonzó un poco.
No lo hice por un impulso dramático, ni siquiera por verdadera alarma, sino por esa insistencia minúscula que empieza a roer a una persona cuando un detalle no termina de encajar y la mente se niega a soltarlo.
Si no hubiera estado tan sola, quizá habría podido distraerme con una conversación banal, con un paseo corto, con la visita de cualquier otro ser humano capaz de devolverle al día una escala ordinaria; pero la casa, tan limpia, tan ordenada y tan cerrada sobre sí misma, parecía favorecer en exceso ese tipo de pensamientos que crecen mejor en silencio.
La primera grabación que escuché aquella mañana era una de las más antiguas, la misma que había conservado por pura costumbre y por una especie de obsesión archivística que en otro contexto me habría parecido ridícula.
Me coloqué los auriculares con cuidado y dejé que el sonido llenara la habitación mientras apoyaba una mano sobre el escritorio, no tanto para sostenerme como para obligarme a permanecer quieta, a escuchar de verdad y no a convertir de inmediato cualquier ruido en una sospecha.
Al principio todo seguía resultando banal: la estática leve de la línea, una respiración apenas perceptible, el sonido de fondo de la casa, una pequeña interrupción que podía ser la silla al moverse o mi propia ropa rozando el micrófono.
Llevaba tanto tiempo oyendo esos mismos fragmentos que creía haberlos memorizado, y sin embargo aquel día algo me hizo retroceder mentalmente unos segundos, no por lo que oí, sino por la forma en que lo oí.
Había una vacilación en la cadencia, una especie de pausa que no recordaba haber notado antes, y esa diferencia mínima bastó para activar en mí una reacción que no fue exactamente miedo, sino una alerta más compleja, como si de pronto hubiera descubierto que podía revisar el mismo recuerdo y obtener de él una textura ligeramente distinta.
Rebobiné el fragmento una y otra vez, no porque el contenido me resultara diferente, sino porque la familiaridad que empezaba a sentirme en la boca del estómago se parecía demasiado a esa sensación que una tiene cuando reconoce una palabra a medias, cuando sabe que ya la ha leído o pronunciado en alguna ocasión, pero no consigue recuperar el contexto de su aparición.
La voz del audio era baja, tenue, casi absorbida por el ruido de la línea, y no había en ella nada que pudiera señalarse con el dedo como claramente alarmante; justamente por eso me costaba tanto apartarme del archivo, porque la amenaza, si existía, no se presentaba con forma de amenaza, sino con la máscara mucho más peligrosa de la ambigüedad.
A veces me parecía que estaba escuchando una respiración, otras que la sílaba final se parecía demasiado a una palabra que yo usaba con frecuencia cuando hablaba sola, y en un par de ocasiones estuve a punto de convencerme de que aquello no era más que el eco inevitable de mi propia sugestión.
Pero entonces volvía a pulsar el botón de reproducción y algo seguía rozándome la memoria de una manera difícil de precisar, como si una parte de mí insistiera en identificar una cercanía que la razón todavía no se atrevía a nombrar.
No me inquietaba solo la posibilidad de que el audio contuviera una voz conocida, sino el hecho de que la familiaridad no apareciera siempre en el mismo sitio, ni siquiera en la misma intensidad, lo cual hacía que la duda se desplazara de la grabación hacia mí con una rapidez que empecé a considerar injusta.
Si la coincidencia cambiaba de lugar cada vez que escuchaba el archivo, tal vez el problema no estaba en la cinta sonora sino en la forma en que yo la procesaba, y esa hipótesis me obligó a detenerme y a pensar en algo que llevaba tiempo evitando: la memoria no es un archivo limpio, sino una reconstrucción constante, una negociación continua entre lo que ocurrió, lo que se cree que ocurrió y lo que se desea recordar para mantener cierta coherencia interna.
Conocía esa teoría, la había leído, la había repetido incluso en entrevistas cuando algún periodista me preguntaba por la inspiración o por el papel de la experiencia personal en la ficción, pero una cosa es saber que el recuerdo es maleable y otra muy distinta comprobar que esa maleabilidad puede empezar a afectar a episodios recientes, a conversaciones cuya forma general debería seguir intacta y, sin embargo, regresan a mí con pequeñas grietas que no consigo sellar.
Era posible, pensé, que las llamadas fueran más banales de lo que yo las estaba convirtiendo dentro de mi cabeza; era posible que hubiera oído mal alguna sílaba, que la línea hubiese deformado un sonido, que mi cansancio hubiera añadido una capa de sentido a algo que no la tenía.
El problema de las explicaciones razonables es que rara vez consiguen ser tranquilizadoras cuando una empieza a sospechar que las necesita con demasiada urgencia.
Me levanté de la silla y fui a la cocina para prepararme café con la esperanza de que el movimiento me devolviera una sensación mínima de normalidad, pero lo único que conseguí fue escuchar otra vez, por dentro, el mismo fragmento de audio, como si el sonido se hubiera adherido al cuerpo con más persistencia de la que me gustaría reconocer.
Mientras esperaba a que la cafetera hiciera su trabajo, me descubrí revisando mentalmente la secuencia exacta de la última llamada, intentando recordar si había hablado, si había contestado algo más que el habitual “¿sí?” o “¿hola?”, si al colgar había sentido en la garganta la misma tensión que me parecía recordar en la grabación.
Y fue precisamente ese esfuerzo, tan simple y tan poco heroico, lo que empezó a preocuparme de verdad, porque no estaba intentando recordar un hecho remoto, sino una escena ocurrida hacía apenas unas horas, y aun así me costaba confiar por completo en la versión que guardaba de ella.
Si la memoria reciente empezaba a deformarse, ¿qué podía esperar de los días anteriores?
¿Y de los posteriores? ¿Y de todo lo que escribía mientras seguía convencida de estar en control?
Volví al despacho con el café y dejé el vaso junto al ordenador sin prestar atención al calor de la taza ni al hecho de que la novela seguía abierta, esperando una continuidad que yo no estaba siendo capaz de sostener.
Me puse los auriculares otra vez y escuché una segunda grabación, luego una tercera, esta vez no como quien busca una prueba concreta sino como quien intenta verificar si la impresión incómoda se repite o si fue un accidente aislado de mi percepción.
La repetición, sin embargo, no me dio claridad; me dio algo peor, que es la sospecha de que una sensación puede mantenerse sin convertirse nunca en certeza y aun así condicionar toda una jornada.
En un momento dado me pareció distinguir una entonación más próxima a la mía, no exactamente en la voz, sino en la respiración que la precedía, en la forma de dejar caer el final de una palabra, en esa pequeña falta de energía que aparece cuando una está cansada de verdad y habla sin darse cuenta de que su cansancio ya se ha convertido en un timbre reconocible.
No era suficiente para afirmar nada, ni siquiera para acusar a mi oído de estar engañándome, pero me obligó a apartarme un poco de la mesa y a mirar la habitación como si el espacio pudiera ofrecerme alguna salida racional de la que yo todavía no estaba al tanto.
La casa seguía en silencio, limpia, estable, y precisamente por eso la inquietud se volvió más difícil de soportar, porque la normalidad que me rodeaba no hacía sino aumentar la posibilidad de que el fallo estuviera en mí.
Aquella tarde dejé de escuchar las grabaciones con la esperanza de descansar un poco y me obligué a escribir durante varias horas, aunque ya no lo hice con la comodidad de los días anteriores, porque cada vez que levantaba la vista de la pantalla tenía la sensación de que la respuesta a mi duda seguía escondida en alguna parte entre los archivos de audio, como si el oído hubiera percibido algo que la cabeza todavía no había terminado de traducir.
Escribí frases correctas, incluso algunas buenas, y sin embargo sentía que trabajaba con una pequeña grieta abierta en el fondo de la conciencia, una grieta por la que se filtraba la sospecha de que estaba empezando a recordar mal algo muy simple.
Y esa sospecha, que en un principio me había parecido un detalle menor, fue adquiriendo poco a poco la forma de una amenaza más seria, no por lo que el audio pudiera contener, sino por la posibilidad de que mi mente estuviera reorganizando los hechos a su antojo mientras yo seguía creyendo que los estaba examinando con precisión.
Una voz parecida a la mía podía ser una mala pasada de la grabación, sí, pero también podía ser el primer síntoma de algo más amplio y más incómodo: que ya no supiera distinguir con absoluta seguridad entre lo que escuché, lo que interpreté y lo que reconstruí después para poder seguir funcionando.
Al final del día, cuando guardé los auriculares y apagué el ordenador, comprendí que el problema había cambiado de lugar sin pedir permiso.
Ya no me importaba tanto si la voz del teléfono era o no era mía, porque esa pregunta empezaba a parecerme demasiado pequeña frente a otra mucho más difícil de sostener: ¿y si la confianza que siempre había depositado en mi memoria estaba más deteriorada de lo que pensaba?
En una casa aislada, sin cobertura móvil, con una rutina basada casi por completo en mis propios pensamientos, aquella duda no era una simple molestia intelectual, sino una forma lenta de aislamiento dentro del aislamiento, porque empieza una cuestionando una grabación y acaba examinando la arquitectura entera de sus recuerdos como si fueran habitaciones que quizá nunca han sido lo que parecían.
Y yo, mientras cerraba la lámpara del despacho y escuchaba el silencio extenderse otra vez por la casa, ya no estaba segura de si lo que me asustaba era que alguien pudiera estar al otro lado del teléfono o, mucho peor, que no hubiera nadie y que aun así yo siguiera reconociendo algo de mí en el fondo de esa voz.