Perpleja Capítulo 11
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Capítulo 11

Las llamadas no dejaron de producirse después de aquella primera frase, sino que empezaron a formar parte de la casa con una obstinación cada vez más difícil de clasificar, como si hubieran encontrado una manera de instalarse en la rutina del lugar y de la mía sin necesidad de anunciarse de ningún modo especial, y pronto comprendí que lo más perturbador de su presencia no era la voz, ni siquiera la imposibilidad de identificar siempre quién estaba al otro lado, sino la manera en que el teléfono sonaba en momentos que parecían elegidos con una precisión demasiado íntima, como si alguien hubiese estudiado mis horarios, mis pausas y mis pequeños rituales diarios para interrumpirme justo cuando me encontraba más inmersa en la escritura o más desprotegida por el cansancio.

A veces la llamada llegaba por la mañana, cuando aún estaba intentando ordenar las ideas después de dormir mal; otras, por la tarde, en mitad de una sesión de trabajo en la que llevaba ya varias páginas avanzadas y no quería interrumpir el hilo, y en alguna ocasión incluso sonó cerca de la noche, cuando la casa había entrado en ese silencio más profundo que vuelve sospechoso cualquier ruido mínimo.

Nunca duraban demasiado, y quizá por eso resultaban más difíciles de descartar, porque una cosa es enfrentarse a una anomalía evidente y otra muy distinta convivir con una serie de interrupciones pequeñas que, por sí solas, no prueban nada, pero que juntas terminan ocupando un espacio demasiado grande en la cabeza.

La segunda vez que descolgué no escuché ninguna palabra, solo una respiración muy tenue y un fondo de interferencias que me obligaron a apartar un poco el auricular del oído para comprobar si el sonido procedía de la línea o de mi propia impaciencia, y la tercera vez ocurrió algo todavía más incómodo, porque durante unos segundos creí distinguir una sílaba al final de un murmullo casi inaudible, como si alguien estuviera intentando hablar desde muy lejos y se hubiera rendido antes de completar la frase.

No había en aquello nada espectacular ni abiertamente amenazante, y precisamente por eso me costaba explicar por qué seguía prestando tanta atención al asunto, pero había empezado a tomar notas mentales con una disciplina que en cualquier otro contexto me habría parecido absurda, registrando la hora aproximada de cada llamada, la duración, el tipo de sonido que escuchaba y la sensación que me quedaba después, como si acumular datos concretos pudiera sostener una explicación razonable y evitar que la imaginación llenara los huecos por su cuenta.

Al principio lo hice por pura necesidad de orden, más tarde por la preocupación de no estar interpretando mal la situación, y finalmente, aunque me avergüence admitirlo, porque empecé a sentir una especie de curiosidad defensiva, una necesidad de saber si aquellas llamadas obedecían a un patrón o si su única función era recordarme que la casa seguía teniendo zonas de contacto con algo que yo todavía no entendía.

Fue durante una de esas llamadas, después de colgar, cuando tomé la decisión de grabarlas.

No sé si lo hice por prudencia, por miedo a que nadie me creyera o por la parte de mí que ya empezaba a buscar pruebas antes incluso de decidir qué iba a hacer con ellas, pero lo cierto es que coloqué el móvil sobre la mesa del despacho, abrí una aplicación de grabación de audio y dejé la pantalla encendida mientras seguía trabajando, convencida de que, si la llamada volvía a producirse, quería disponer de algún tipo de registro que me permitiera escucharla después con distancia.

El gesto me resultó más incómodo de lo que esperaba, no por la acción en sí, sino por la lógica que la sustentaba, porque grabar algo implica admitir que lo que ocurra puede ser importante incluso si en el momento no se comprende del todo, y yo todavía me resistía a pensar que aquellas llamadas pudieran significar algo más que una sucesión de interferencias o de pruebas del sistema eléctrico de una casa vieja en mitad del campo.

Sin embargo, la idea de contar con una prueba también me tranquilizaba, y esa contradicción me pareció reveladora, porque empezaba a notar en mí una costumbre inquietante de buscar seguridad en aquello mismo que me inquietaba.

La primera grabación no aportó nada extraordinario y, por eso mismo, me dejó más descolocada de lo que habría querido admitir.

Escuché la reproducción varias veces, subiendo y bajando el volumen, pausando el archivo y rebobinando el tramo en el que se suponía que la voz había hablado, pero lo único que encontré fue un fondo de ruido muy suave, una respiración apenas perceptible y luego silencio, un silencio tan limpio que me hizo dudar incluso de mi memoria inmediata.

Me obligué a revisar también la hora exacta de la llamada y el nivel de batería del teléfono, buscando algún detalle técnico que justificara la ausencia de voz, pero no apareció nada fuera de lo normal, y esa normalidad de la grabación me dejó con una sensación extraña, no del todo desagradable pero sí bastante incómoda, como si el aparato se hubiera dedicado a desmentirme con una cortesía impecable.

Aun así, no lo interpreté como una derrota.

Pensé, como suele hacer una mente cansada cuando todavía quiere mantenerse razonable, que quizá había habido una interferencia demasiado breve para quedar registrada con claridad, o tal vez una mala cobertura, o incluso un fallo momentáneo de la aplicación, y me aferré a cualquiera de esas posibilidades con la gratitud de quien no desea dejar abierta ninguna puerta a explicaciones más inquietantes.

A partir de ese momento la grabación se convirtió en una costumbre, y con el tiempo dejó de parecerme una medida excepcional para integrarse en la estructura misma de mis días.

Cada vez que sonaba el fijo dejaba a un lado el trabajo, activaba el registro y contestaba con la misma cautela con la que una entra en una habitación oscura sin saber todavía si encender la luz va a tranquilizarla o a revelar algo peor.

Las llamadas no siempre repetían el mismo patrón, aunque sí compartían una clase de vacilación casi humana, como si al otro lado hubiera alguien que comenzaba a hablar y se detenía al momento siguiente, o alguien que respiraba lo bastante cerca del micrófono como para hacerme creer que se disponía a decir algo importante y luego no lo hacía.

En una ocasión escuché un murmullo que parecía una risa muy lejana, en otra una palabra aislada que no conseguí identificar ni siquiera al reproducir la grabación, y hubo también un día en que la voz sonó lo suficientemente clara como para obligarme a sentarme en la silla con la espalda recta y una atención que empezaba a parecerle exagerada incluso a mí.

No era una amenaza, ni una confesión, ni una frase inquietante en el sentido convencional; solo una pregunta banal, dicha con un tono tan neutro que casi resultaba más perturbador que cualquier advertencia explícita.

Grabé todas y cada una de aquellas llamadas, y cuantos más archivos se acumulaban en el móvil más difícil me resultaba negar que estaba tratando de convertir una experiencia confusa en una secuencia ordenada que me devolviera cierto control.

El problema era que, al escucharlas después, algunas empezaban a parecerme menos externas de lo que deberían, no porque la voz se pareciera claramente a la mía, que eso habría sido una señal demasiado evidente incluso para mi cansancio, sino por una cualidad más sutil, una cadencia, una pausa o una entonación que me obligaba a volver atrás con la incómoda impresión de que reconocía algo en ellas que prefería no formular.

En esos momentos me decía que era imposible, que estaba sugiriéndomelo yo misma, que escuchar varias veces una grabación produce a menudo sensaciones falsas y reordenamientos mentales que nada tienen que ver con la realidad, pero la duda seguía ahí, adherida a la escucha como una segunda capa de sonido.

Lo peor no era que las llamadas continuaran; lo peor era que empezaba a necesitar comprobarlas, como si en algún nivel más profundo me negara a admitir que el teléfono fijo formaba parte de una conversación cuya lógica todavía no estaba dispuesta a comprender.

Hubo una llamada en particular, sin embargo, que me dejó especialmente inquieta porque después de grabarla y volver a escucharla no encontré absolutamente nada que la diferenciara de las anteriores, y, sin embargo, tuve la certeza desagradable de que había ocurrido algo que no acababa de aparecer en el archivo, una pequeña alteración del ambiente, una respiración más cercana al final, un silencio demasiado largo antes de colgar, no sabría decirlo con exactitud, y esa incapacidad para fijar el detalle me molestó porque no era propia de mí.

Siempre he confiado, al menos en parte, en mi capacidad para reconstruir las cosas, para recordar escenas, tonos y gestos con suficiente precisión como para distinguir lo relevante de lo accesorio, pero en la casa esa habilidad empezaba a fallarme de una manera que me resultaba cada vez más difícil atribuir solo al agotamiento.

Abrí la grabación dos veces más, luego una tercera, y acabé aceptando que no iba a sacar nada en claro, aunque me llevó bastante más tiempo admitirlo de lo que habría debido.

Al final dejé de pensar en las llamadas como en un fenómeno aislado y empecé a verlas como una pieza más dentro de un sistema de pequeñas irregularidades que iba modificando mi percepción del tiempo, del espacio y de mí misma, y esa transformación me inquietaba menos por su posible misterio que por la rapidez con la que me estaba acostumbrando a ella.

Continué escribiendo, continué durmiendo mal, continué registrando cada nueva llamada en el teléfono como si al acumular pruebas pudiera contener el desorden, pero en el fondo de todo aquel proceso se estaba instalando una certeza poco elegante y bastante difícil de nombrar, la de que había empezado a usar la grabación no para comprobar lo que ocurría, sino para demostrarme que no estaba loca al notar que ocurría.

Y esa diferencia, que en principio parecía mínima, empezaba a ser importante, porque una cosa es buscar evidencia de un hecho extraño y otra muy distinta intentar proteger la propia versión de la realidad con pequeños archivos de audio que, cuanto más escuchaba, menos conseguían tranquilizarme y más me obligaban a preguntarme si no estaría, en efecto, oyendo siempre algo que ya estaba allí antes de que yo colgara el teléfono.