Perpleja Capítulo 10
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Capítulo 10

La puerta apareció una mañana tan parecida a las anteriores que durante unos segundos no me produjo ninguna impresión especial, y quizá fue precisamente esa normalidad la que hizo que, al verla, sintiera una incomodidad tan sutil que casi podía confundirse con cansancio o con una mala interpretación del espacio, porque hay objetos que, por sí solos, no dicen nada y, sin embargo, alteran la forma en que una empieza a mirar una casa entera, como si de pronto cada pasillo, cada esquina y cada cambio de luz quedaran puestos en duda por la simple existencia de algo que, en teoría, siempre había estado ahí pero que, por la razón que fuera, no conseguía recordar.

No estaba escondida, ni oculta tras un mueble, ni situada en un rincón especialmente oscuro; al contrario, formaba parte del pasillo con una naturalidad casi ofensiva, pintada del mismo color que las otras puertas, con un pomo de latón apagado y un marco limpio, sin señales de humedad ni desconchones, como si la casa se empeñara en demostrarme que la rareza, cuando quería, también podía llevar traje de orden y aspecto respetable.

Me quedé quieta mirándola con una atención que no me parecía del todo voluntaria, y al hacerlo tuve esa sensación desagradable que aparece cuando una persona cree reconocer un detalle y, al mismo tiempo, sabe que no debería reconocerlo, como si la memoria hubiera colocado una pieza en el sitio equivocado y no quisiera admitirlo todavía.

Llevaba toda la mañana trabajando con una concentración bastante buena, al menos mejor que la de los meses anteriores, y por eso mismo me molestó que una simple puerta pudiera desplazar de pronto el centro de gravedad de mis pensamientos, porque en ese momento yo necesitaba seguir confiando en la eficacia de la casa y en la disciplina que me estaba imponiendo, no distraerme con esa especie de vacío mental que se abre cuando algo ordinario parece ligeramente fuera de lugar.

Había corregido varias páginas, reescrito un diálogo entero y avanzado en una escena que la noche anterior me había parecido torpe, así que lo último que esperaba era detenerme en mitad del pasillo por una intuición tan imprecisa que me avergonzaba incluso formularla en silencio.

Sin embargo, cuanto más la miraba, más clara se volvía una idea incómoda, y era que no recordaba haber pasado nunca por delante de aquella puerta durante los días anteriores, ni al subir al despacho ni al bajar a la cocina, ni siquiera en esos trayectos breves y distraídos que una hace por una casa nueva cuando todavía no la ha adoptado del todo como propia.

Recordaba la forma del pasillo, el sonido de la madera bajo mis pasos, la ventana de la esquina y las fotografías antiguas del otro lado, pero no aquella puerta concreta, y aquello, por sí solo, no significaba nada, aunque bastaba para que dejara de sentirme completamente segura de lo que tenía delante.

Me acerqué despacio, no porque esperara encontrar algo amenazante, sino porque quería comprobarlo con mis propios ojos y demostrarme que no estaba empezando a inventar anomalías donde solo había rutina, y en ese breve trayecto tuve la extraña sensación de estar haciendo algo que ya había hecho antes, no físicamente sino en una parte más difusa de la memoria, como cuando una palabra se queda suspendida en la punta de la lengua con una insistencia que la vuelve más molesta que importante.

La puerta seguía ahí, inmutable, perfectamente integrada en la arquitectura de la casa, y precisamente por eso resultaba tan difícil de mirar sin sentir que había algo en mi percepción que no terminaba de encajar.

Extendí la mano, toqué la madera, noté el frío del pomo y me sorprendió lo normal que era su temperatura, tan normal que casi me dio rabia haber dudado.

Luego giré con cuidado y la puerta cedió sin emitir más que un pequeño roce, el tipo de sonido que produce una bisagra bien mantenida, nada más.

Lo que había dentro era una habitación vacía, y al verla me invadió una decepción tan inmediata como absurda, porque una parte de mí, por pequeña que fuera, había estado esperando alguna forma de revelación que justificara la tensión previa, algún detalle imposible, algún objeto fuera de sitio, algo que permitiera a la mente agarrarse a una explicación más espectacular que el mero desconcierto.

Pero no había nada de eso. La estancia era completamente normal, incluso excesivamente normal, con paredes blancas, suelo de madera clara, una ventana al fondo y una lámpara apagada en un lateral, como si el cuarto hubiese sido preparado para permanecer vacío durante mucho tiempo o como si hubiera sido vaciado tan recientemente que todavía no hubiera tenido ocasión de adquirir una identidad propia.

No había muebles, ni cajas, ni polvo acumulado, ni signos de abandono, ni olor a cerrado, ni ninguna de esas pequeñas pistas que una espera encontrar cuando entra en una habitación que no parece corresponder del todo con el resto de la casa.

Solo vacío. Un vacío limpio, casi educado, que no ofrecía ningún tipo de resistencia a la mirada y, precisamente por eso, terminaba resultando más inquietante que cualquier desorden.

Entré unos pasos más, lo suficiente para comprobar que la estancia no ocultaba nada en sus esquinas, y cuanto más avanzaba más difícil me resultaba decidir por qué seguía sintiéndome incómoda, porque la habitación no tenía absolutamente nada que pudiera justificar una alarma real.

La ventana dejaba entrar una luz gris uniforme, el suelo estaba impecable y el armario empotrado, abierto a medias, mostraba un interior tan vacío como el resto del cuarto.

Pasé la vista por cada detalle con la paciencia de quien necesita asegurarse de que no se le escapa nada, y aun así no encontré la clase de rareza que habría convertido aquella escena en un problema claro; no había objetos desplazados, ni marcas, ni una presencia invisible, ni siquiera un contraste que permitiera pensar en una mala puesta en escena.

Todo era tan corriente que mi mente empezó a refugiarse de forma automática en la explicación más cómoda, que era la de haber pasado por alto aquella habitación desde el principio por puro despiste, y sin embargo esa misma explicación no terminaba de tranquilizarme, porque si realmente hubiera estado allí desde el primer día, ¿cómo podía no recordarla con una precisión suficiente como para descartarla sin dudar?

Me quedé un rato en el centro de la habitación, con una quietud casi ridícula, escuchando los pequeños sonidos de la casa al otro lado de las paredes, y tuve entonces la sensación de que el problema no era tanto el espacio como mi propio modo de mirarlo, porque había algo en aquel vacío que parecía obligarme a permanecer allí más de la cuenta, como si la ausencia de objetos exigiera una atención particular, una forma distinta de estar presente.

A veces los lugares vacíos no inquietan por lo que esconden, sino por lo que parecen esperar, y esa expectativa muda fue quizá lo que me hizo sentirme observada por una habitación que, objetivamente, no tenía nada que observar.

No había sombra, ni eco, ni variación de temperatura que me permitieran suponer otra cosa, y aun así percibí una tensión leve en el estómago, una alerta de baja intensidad que no podía justificarse con hechos concretos pero que se instaló de todos modos, como se instalan las dudas que no necesitan pruebas para empezar a erosionar la confianza.

Salí al pasillo y cerré la puerta con una lentitud innecesaria, casi cuidadosamente, y solo entonces, cuando la estancia volvió a quedar fuera de mi campo de visión, me pregunté si de verdad no había pasado antes por allí o si, por el contrario, llevaba días mirando aquella puerta sin registrarla como algo digno de atención.

La idea era molesta porque no daba pie a ninguna conclusión útil, solo a una incomodidad gradual, y sin embargo me acompañó mientras bajaba las escaleras y seguía con el día, porque una casa no se vuelve extraña por un único detalle, sino por la suma de pequeñas dudas que se van acumulando alrededor de él hasta que ya no es posible distinguir lo que una ha visto de lo que cree haber visto.

Me serví algo de comer sin prestar demasiada atención a la comida, volví al despacho y reanudé la escritura con la disciplina que me estaba sosteniendo desde que llegué, pero incluso mientras avanzaba en la novela había algo en la parte posterior de mi cabeza que seguía volviendo a aquella puerta, a la habitación vacía y a la improbable normalidad de un espacio tan limpio que parecía más una ausencia que un lugar.

Por la noche, cuando terminé la jornada y me preparé para dormir, la imagen de la puerta regresó con una claridad un poco más incómoda, no porque hubiera cambiado nada en ella, sino porque ya no conseguía decidir si el vacío que había visto era tranquilizador o si, al contrario, era precisamente esa normalidad absoluta la que resultaba perturbadora.

Pensé, con la sensatez casi automática que una utiliza para evitar alimentar sospechas innecesarias, que probablemente se trataba de una habitación de servicio, o de un cuarto sin uso, o de una estancia que la dueña de la casa habría olvidado mencionar en la conversación inicial del alquiler, y esa explicación seguía siendo la más razonable, pero ahora tenía una pequeña grieta por la que se colaba algo más difícil de nombrar.

No era miedo todavía, no del todo, sino una clase de atención envenenada por la duda, una forma de vigilar la propia memoria con demasiada intensidad, y quizá por eso, antes de apagar la lámpara, me descubrí deseando con una claridad bastante absurda que la puerta permaneciera exactamente donde estaba al día siguiente, porque si desaparecía o cambiaba de sitio ya no tendría una explicación cómoda a la que aferrarme.

Y, al mismo tiempo, comprendí que lo verdaderamente inquietante no era no saber qué había dentro, sino la posibilidad mucho más silenciosa de que no hubiera pasado nada en absoluto, de que todo fuese exactamente lo que parecía y de que, aun así, yo siguiera sintiendo que algo no terminaba de encajar.