Perpleja Capítulo 9
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Capítulo 9

No fue hasta la mañana siguiente, mientras releía el manuscrito con la distancia un poco engañosa que siempre ofrece el descanso cuando una ha dormido a medias, cuando empecé a notar con claridad que la protagonista de la novela ya no se comportaba exactamente como yo la había concebido al principio, o quizá sería más preciso decir que se estaba acercando a una versión de mí que no había previsto conscientemente, una versión más tensa, más vigilante y más vulnerable, aunque en apariencia siguiera siendo la misma mujer que había imaginado desde el comienzo.

Al principio pensé que se trataba de una coincidencia menor, de esas que aparecen con relativa frecuencia cuando una escribe durante mucho tiempo sobre un personaje y acaba cargándolo de rasgos propios sin darse cuenta, porque al fin y al cabo no existe una escritura completamente ajena a quien la produce, y todos los autores, incluso los más disciplinados, terminan dejando huellas involuntarias en sus criaturas.

Sin embargo, a medida que avanzaba por las páginas, la acumulación de pequeños detalles empezó a resultarme demasiado precisa para seguir atribuyéndola sin más a una casualidad estilística, y fue entonces cuando la inquietud dejó de ser una impresión difusa y pasó a convertirse en una observación concreta que me obligó a detenerme varias veces, como si el texto estuviera devolviéndome una imagen que yo no había querido mirar con demasiada atención.

La protagonista del manuscrito dormía mal, o mejor dicho, no conseguía dormir de una manera limpia, continua, sin sobresaltos ni interrupciones, y aunque aquello en sí mismo no tenía nada de extraordinario dentro de una novela psicológica, lo llamativo era la forma en que el insomnio aparecía descrito, no como un síntoma narrativo sino como una experiencia casi física de vigilancia constante, una especie de vigilancia que se extendía incluso a los gestos más simples, a la manera de cerrar una puerta, de colocar un vaso sobre la mesa o de comprobar por segunda vez que una cerradura había quedado bien echada.

Leí una de esas escenas y me encontré pensando, con una claridad incómoda, que no recordaba haber construido a aquel personaje con tanta necesidad de control, y sin embargo cada vez que regresaba a esas páginas me resultaba imposible negar que estaba allí, con una intensidad tan parecida a la mía que empezaba a rozar lo indecente.

La mujer del manuscrito llevaba una libreta para anotar sus pensamientos, contaba las pastillas, revisaba las ventanas antes de acostarse, se levantaba varias veces durante la noche para comprobar que los objetos estaban donde los había dejado y mantenía una relación con el orden mucho más ansiosa que estética, exactamente igual que yo llevaba años haciéndolo en mi apartamento, aunque nunca hubiera pensado en aquella costumbre como algo digno de entrar en una novela.

Me obligué a seguir leyendo con una mezcla de fascinación y prevención, esperando encontrar pronto una diferencia evidente que me devolviera la tranquilidad, pero lo que encontré fue más bien lo contrario, una serie de matices psicológicos que no podían considerarse copia de mi vida ni retrato exacto de mi carácter, y que por eso mismo resultaban todavía más inquietantes, porque parecían haber sido destilados de una sensibilidad muy parecida a la mía, como si alguien hubiera tomado mis propios mecanismos de defensa y los hubiese colocado en otro cuerpo, en otra historia, bajo otro nombre.

La protagonista se angustiaba por pequeñas desorganizaciones, se sentía descolocada cuando un objeto cambiaba de sitio, no soportaba la sensación de perder el control de los espacios que habitaba y reaccionaba ante la incertidumbre con una mezcla de rigidez y agotamiento que yo reconocí enseguida, no por pura identificación literaria, sino porque llevaba demasiado tiempo conviviendo con esa clase de resistencia interna como para no verla reflejada cuando aparecía delante de mí.

Incluso sus pensamientos seguían una cadencia parecida a la mía, no en lo externo, que eso podría haberse atribuido a un estilo narrativo similar, sino en la manera de justificar cada emoción, de explicarse a sí misma por qué la ansiedad quizá no era ansiedad, por qué el cansancio podía tener causas razonables y por qué la confusión no tenía por qué significar nada grave.

Cerré el archivo un momento y me levanté del escritorio para caminar por la habitación, con esa inquietud contenida que aparece cuando una ha leído algo que no se puede olvidar de inmediato pero tampoco se desea convertir en certeza, y durante unos segundos estuve mirando la ventana, los árboles del exterior y la humedad todavía suspendida en el terreno, intentando convencerme de que aquello era solo una consecuencia natural del trabajo que llevaba semanas haciendo.

Al fin y al cabo, no sería la primera vez que un personaje absorbía rasgos de su autora, ni tampoco la primera en que la escritura funcionaba como una forma de autodescubrimiento tan incómoda como necesaria.

Había leído suficientes entrevistas y ensayos de otros escritores para saber que todos, en mayor o menor medida, acabamos proyectándonos sobre lo que inventamos, y que esa proyección no tiene nada de misteriosa mientras se mantenga dentro de límites reconocibles.

El problema era que yo no recordaba haber trazado esos límites de manera consciente, y la protagonista de la novela no solo me parecía cercana, sino que empezaba a exhibir mis mismos mecanismos de cansancio, mis mismas pequeñas estrategias de control y, lo que era peor, mis mismas lagunas emocionales, como si la distancia entre ella y yo se estuviera estrechando sin permiso.

Volví al manuscrito y me detuve en un párrafo donde la mujer despertaba en mitad de la noche con la certeza de que había olvidado algo importante, sin poder identificar qué era ni cuándo había ocurrido la pérdida.

La escena no tenía nada de espectacular; de hecho, en términos puramente narrativos, era casi banal, pero la precisión con la que estaba descrita me hizo bajar la vista despacio hacia la página siguiente, donde la protagonista revisaba mentalmente las horas del día, reconstruía conversaciones, analizaba desplazamientos de objetos y dudaba de su propia memoria con una cautela que me resultó insoportablemente familiar.

No era tanto que la protagonista se pareciera a mí como que parecía elaborada a partir de mi manera de responder al mundo, una manera que yo misma siempre había considerado prudente, metódica, algo obsesiva, pero nunca suficientemente problemática como para merecer atención.

Ahora, en cambio, observada desde la distancia de la ficción, aquella misma disposición empezaba a adquirir una forma mucho más incómoda, porque la novela me devolvía un espejo en el que el nerviosismo no era todavía patología, aunque sí empezaba a parecer una antesala.

Pensé en dejar el manuscrito de lado y trabajar en otra cosa, pero sabía que esa decisión no me llevaría a ninguna parte, así que continué leyendo hasta encontrar una nueva escena en la que la protagonista organizaba la habitación donde trabajaba con una minuciosidad casi absurda, separando papeles por colores, colocando la taza del café siempre en la misma esquina y evitando que cualquier objeto quedara fuera de su posición habitual.

Esa obsesión con el orden estaba narrada como un rasgo de carácter y no como una rareza llamativa, y precisamente por eso me produjo una impresión más fuerte que las llamadas del teléfono o la comida preparada del día anterior, porque no tenía nada de espectacular ni de simbólico, solo una afinidad psicológica muy concreta que me obligaba a aceptar que la novela estaba empezando a poblarse de una clase de intimidad que yo no recordaba haberle concedido.

Mi primera reacción fue, por supuesto, buscar una explicación profesional, y la encontré enseguida, porque la mente de una escritora siempre tiende a protegerse de sus propias sospechas mediante argumentos elegantes.

Era lógico que me resultara reconocible; después de todo, yo había creado aquel personaje y lo había moldeado durante meses, de manera que parte de mis hábitos mentales, de mis miedos y de mi forma de reaccionar ante la presión tenían que haber quedado inevitablemente impresos en él, como sucede con cualquier construcción narrativa sostenida durante tanto tiempo.

El razonamiento me tranquilizó solo a medias, porque aunque era cierto, también me obligaba a hacer una pregunta aún más molesta, que era hasta qué punto aquellas coincidencias eran el resultado normal de la escritura y hasta qué punto constituían un reflejo demasiado exacto de mis propias tensiones, especialmente ahora que estaba aislada en una casa donde cualquier pequeño desajuste parecía adquirir una profundidad innecesaria.

Había algo en el hecho de leer una versión literaria de mis hábitos que me hacía sentir observada, aunque no por la casa ni por ninguna fuerza exterior, sino por la propia historia, como si la novela estuviera empezando a mirarme con una atención que yo no había previsto.

Me obligué a sonreír ante la idea, porque sonaba excesiva incluso pensada en silencio, y sin embargo la sensación persistía, un poco ridícula, un poco molesta, lo bastante clara como para no ignorarla del todo.

Seguí adelante hasta llegar a un fragmento especialmente breve en el que la protagonista, tras una noche de insomnio, se sorprendía a sí misma repitiendo mentalmente una secuencia de comprobaciones que no le servían para nada salvo para calmar una ansiedad abstracta, una ansiedad sin nombre que se parecía mucho a la mía cuando revisaba el portátil, los cajones del escritorio, la posición de las llaves o el estado de las puertas antes de irme a dormir.

Cerré los ojos durante un instante y, al volver a abrirlos, comprendí que el problema no era que yo no reconociera esos rasgos en mí, sino que llevaba tanto tiempo tratándolos como simples manías funcionales que verlos organizados dentro de una narración me obligaba a aceptar que quizá eran más significativos de lo que yo había querido admitir.

Aun así, no me sentí amenazada, sino extrañamente confirmada, como si la novela, en lugar de devolverme algo inquietante, me estuviera diciendo que la manera en que había imaginado a esa mujer era más honesta de lo que esperaba.

La idea me produjo un alivio tan inmediato que casi me avergoncé de haber sospechado otra cosa.

Fue entonces cuando decidí que no debía dramatizarlo.

La explicación era obvia y perfectamente aceptable: estaba escribiendo un personaje psicológico y, por tanto, era lógico que absorbiera mis ritmos mentales, mis nervios y mis pequeñas obsesiones sin que eso implicara ninguna anomalía.

Además, el avance de los últimos días había sido real, y yo seguía demasiado contenta con la forma en que la novela había empezado a responder como para empañar esa mejora con una interpretación exagerada.

Tal vez, pensé, el simple hecho de haber salido de la ciudad y de haberme permitido trabajar sin el ruido habitual había desbloqueado no solo la escritura, sino también una parte de mí que llevaba tiempo demasiado reprimida, y esa liberación se expresaba en el manuscrito con una precisión más íntima de lo previsto.

No era una conclusión del todo falsa, ni tampoco especialmente peligrosa, y precisamente por eso me aferré a ella con alivio.

Pasé el resto de la mañana corrigiendo algunos pasajes y buscando una voz todavía más sólida para el personaje, convencida de que el parecido creciente con Lara podía ser una ventaja y no un inconveniente, porque cuantos más matices compartiéramos, más verdadera resultaría la narración.

En cierto modo me parecía incluso natural que la novela estuviera empezando a contener un espejo imperfecto de mi propio estado, ya que todo libro importante termina revelando algo sobre la persona que lo escribe, aunque esa verdad no se formule nunca de una manera del todo directa.

Lo que no sabía entonces, y no podía saberlo porque todavía me encontraba demasiado inmersa en el alivio de haber recuperado el impulso, era que empezar a leerme dentro del texto iba a costarme mucho más de lo que parecía, no por lo que el libro decía de mí, sino por la facilidad con la que yo estaba dispuesta a aceptarlo como algo normal.

Y, sin embargo, aquella mañana lo hice sin apenas resistencia, convencida de que la protagonista del manuscrito no era más que una prolongación útil de mis preocupaciones, una criatura literaria bien construida, un poco demasiado parecida a su autora, sí, pero todavía enteramente ficticia, todavía segura dentro de los márgenes razonables de la escritura.