Capítulo 8
Aquel día empecé a trabajar después de desayunar sin prisa, con la sensación bastante agradable de que la casa seguía sosteniéndome la concentración con una eficacia que me resultaba casi indecente, como si por fin hubiera encontrado un mecanismo sencillo para recuperar una parte de mí que llevaba demasiado tiempo dispersa entre el cansancio, la presión y la desconfianza.
Me senté frente al portátil a una hora que habría podido precisar si hubiese mirado el reloj, aunque entonces no me interesó hacerlo, porque la mañana tenía una textura tranquila, una claridad gris que no exigía nada de mí y que me permitió avanzar en el manuscrito con la familiaridad de quien vuelve a una tarea conocida después de una larga interrupción.
Leí lo escrito el día anterior, corregí un par de frases, moví un párrafo de sitio y seguí escribiendo sin la resistencia habitual, de manera que, cuando levanté la cabeza por primera vez, tuve la impresión de haber estado sumergida en la novela apenas un instante, aunque la luz del despacho ya había cambiado y el silencio de la casa parecía más denso, como si el exterior hubiera estado moviéndose sin pedirme permiso.
Me levanté para estirar las piernas y fui a la cocina con una idea vaga de tomar un café, pero al pasar junto a la mesa me detuve al ver un plato cubierto con un paño limpio, colocado allí con una naturalidad tan evidente que durante unos segundos no supe si realmente me sorprendía o si simplemente estaba demasiado cansada para recordar cuándo lo había dejado.
Levanté el paño con una lentitud casi ridícula y encontré comida preparada, algo sencillo, una ración de tortilla y unas verduras salteadas que todavía conservaban una temperatura tibia, como si alguien acabara de servirlas.
Lo primero que pensé fue que lo había cocinado yo misma, aunque en ese mismo instante supe que no recordaba haberlo hecho, porque no conservaba en la memoria ni el momento de sacar la sartén ni el olor de la cocina ni la secuencia de gestos necesaria para convertir unos ingredientes en una comida lista para comer.
Permanecí inmóvil, mirando el plato con una extrañeza contenida, y después hice lo que cualquier persona razonable habría hecho en mi lugar: empecé a reconstruir la última hora de trabajo con la esperanza de encontrar algún hueco en el que la comida pudiera encajar sin esfuerzo.
No lo encontré.
Revisé la cocina entera con una atención metódica, como si el problema pudiera resolverse mediante un examen exhaustivo de la escena, pero todo seguía en orden, la encimera limpia, los utensilios colocados exactamente donde yo recordaba haberlos visto, la sartén ya fregada y el paño doblado con una precisión que me habría parecido tranquilizadora en cualquier otra circunstancia.
Lo inquietante no era la presencia de la comida, sino la absoluta normalidad con la que la casa parecía haber incorporado aquel gesto a mi rutina, como si no hubiera mediado ninguna laguna y yo misma hubiera aceptado sin problemas una secuencia de actos que mi memoria se negaba a reconocer.
Me obligué a comer algo para no empeorar el desasosiego con el estómago vacío, y mientras lo hacía fue creciendo en mí una sospecha incómoda, muy suave todavía, de esas que no se atreven a convertirse en alarma porque temen sonar exageradas incluso dentro de la cabeza que las produce.
Pensé en el cansancio, en las horas de sueño desordenadas, en la concentración sostenida durante demasiado tiempo, y acepté la explicación con la docilidad de quien desea creerla más de lo que desea refutarla.
Volví al despacho después de recoger la cocina y reanudé el trabajo con una obstinación algo automática, aunque desde ese momento empecé a mirar el reloj con una frecuencia que hasta entonces me habría parecido innecesaria.
Primero fue una comprobación casual, luego una costumbre, después una necesidad ligera y cada vez más persistente, porque había algo en la jornada que no terminaba de asentarse con la firmeza habitual, una elasticidad rara en el tiempo que me impedía saber con exactitud cuánto llevaba sentada, cuánto había escrito o cuánto había permanecido observando la pantalla sin avanzar realmente.
Creí que habían pasado dos horas, quizá dos horas y media, y al levantarme para abrir una ventana descubrí con sorpresa que el cielo había cambiado de color mucho más de lo que mi impresión sugería, que el día estaba ya avanzado y que la luz del exterior tenía esa cualidad opaca de las tardes que se precipitan sin que una las haya visto llegar.
Busqué el reloj del salón, luego el del móvil, y las cifras no coincidían con la sensación interna que había ido construyendo sobre la marcha, una sensación en la que el tiempo parecía haberse mantenido quieto mientras yo seguía trabajando, cuando en realidad la tarde avanzaba a una velocidad que me resultó desagradablemente difícil de asumir.
Decidí comprobar algo más concreto para tranquilizarme y abrí el historial del portátil, pensando que el registro de actividad me devolvería una versión exacta de la tarde, un mapa fiable de las horas que yo había perdido sin darme cuenta.
Navegué por carpetas, documentos recientes y páginas abiertas, esperando encontrar una señal que explicara mi confusión, quizá una interrupción larga, quizá varios archivos modificados durante el mismo tramo de tiempo, pero no apareció nada fuera de lo normal.
Los documentos mostraban una continuidad impecable, mis correcciones se sucedían de manera lógica y los archivos recientes correspondían a una secuencia de trabajo completamente plausible, de manera que el propio ordenador parecía negar la posibilidad de que algo extraño hubiese ocurrido.
Eso me desconcertó todavía más, porque no hay nada más irritante que una sospecha sin prueba y una memoria que se siente desautorizada por los hechos.
Me quedé mirando la pantalla con un cansancio renovado, más mental que físico, y terminé por convencerme de que simplemente había perdido la noción del tiempo como suele ocurrir cuando una trabaja con demasiada intensidad y en demasiado silencio, una justificación tan razonable que casi conseguí creerla por completo.
La tarde siguió avanzando y yo continué escribiendo con una concentración menos luminosa que la del día anterior, aunque todavía suficiente para impedir que me dispersara del todo.
Sin embargo, algo había cambiado en la manera en que observaba la casa, una variación mínima pero persistente, como si el lugar hubiera dejado de ser solo un refugio funcional y empezara a reclamar una especie de atención lateral que antes no necesitaba.
No ocurrió nada espectacular, ni siquiera especialmente raro, y precisamente por eso la inquietud se volvió más difícil de descartar, porque a veces la primera grieta no aparece como una ruptura sino como una leve alteración en la percepción del orden.
Me sorprendía mirando el pasillo con una intensidad innecesaria, escuchando ruidos que podían ser perfectamente normales, deteniéndome a medio gesto para recordar si había cerrado una puerta o dejado una taza en otro sitio, y en todos esos casos acababa encontrando una explicación simple, aunque cada explicación requería un esfuerzo un poco mayor que la anterior.
Por la noche, cuando la casa ya había adquirido ese silencio más profundo que la vuelve casi una estructura mental en lugar de un espacio físico, sonó el teléfono fijo y el sonido me hizo levantar la cabeza antes incluso de comprender que estaba oyéndolo de verdad.
Esta vez no me preparé con la misma curiosidad cauta con la que había respondido a la primera llamada, porque en el fondo seguía convencida de que el aparato era un mecanismo antiguo que podía producir interferencias sin que eso significara nada, así que crucé el pasillo con una serenidad más aparente que real y descolgué el auricular con una rapidez que intentaba parecer natural.
Al principio no oí absolutamente nada, solo el leve rumor de la línea, un fondo casi eléctrico que me obligó a apretar el teléfono contra el oído mientras esperaba alguna señal más clara.
Pensé que quizá era Claudia, o la mujer del alquiler, o alguien confundido, pero la expectativa se deshizo enseguida cuando una voz muy lejana apareció al otro lado con una nitidez demasiado débil para ser completamente fiable y demasiado concreta para ignorarla del todo.
—¿Sigues ahí?
La frase fue tan breve y tan simple que durante un instante no me produjo miedo, sino una incomodidad casi intelectual, como si la verdadera rareza estuviera en el tono más que en las palabras.
No había dramatismo, ni amenaza, ni rastro de la clase de extrañeza que una espera encontrar en una llamada inquietante; solo una pregunta banal, dicho eso con una suavidad tan pequeña que parecía más una comprobación de presencia que una advertencia.
No reconocí la voz, o quizá reconocí algo en ella que no me atreví a nombrar, pero lo cierto es que me quedé inmóvil con el auricular en la mano, escuchando el final de la frase repetirse dentro de mí con una insistencia desagradable, y cuando respondí nadie volvió a hablar.
Esperé unos segundos, luego otros más, y el silencio que siguió no fue el de una línea cortada, sino el de una ausencia que ya estaba ahí desde antes de que yo contestara.
Colgué despacio, casi con cuidado, y permanecí quieta junto al teléfono un tiempo que no sabría precisar, porque la pregunta seguía flotando en la cocina como si no hubiera sido pronunciada para mí sino para una versión de mí misma que se hallaba en otro lugar, en otro momento, en otro tramo de la casa que todavía no conocía.
No me gustó la sensación, aunque seguía sin parecerme suficiente para llamarla miedo, y precisamente por eso fue más difícil sacudírmela de encima.
Intenté explicarme el episodio con la misma disciplina con la que había explicado la comida y la pérdida de tiempo, buscando en el cansancio, en la línea defectuosa, en la necesidad absurda de mi cabeza de convertir cualquier sonido aislado en una anomalía, y conseguí sostener esa versión durante varios minutos, quizá porque seguía siendo la única que no exigía admitir nada grave.
Aun así, cuando volví al despacho y vi el manuscrito abierto en la pantalla, con aquellas páginas que seguían pareciendo cada vez más mías y un poco menos mías a la vez, tuve la impresión nada cómoda de que la casa estaba empezando a responderme con una delicadeza excesiva, como si quisiera evitar asustarme demasiado pronto sin dejar de avisarme, y comprendí que la jornada, pese a su aparente normalidad, había adquirido ya una textura distinta, una textura que todavía podía interpretarse de muchas formas, pero que no iba a desaparecer solo porque yo decidiera llamarla cansancio.