Capítulo 7
Pasé la mañana entera escribiendo con una facilidad que al principio me resultó sospechosa y que, a medida que avanzaban las horas, empezó a parecerme casi un milagro doméstico, como si la casa, con su silencio limpio y su forma tan ordenada de contener el día, hubiese conseguido apartar de mí una capa de resistencia que llevaba meses inmovilizándome.
No puedo decir que la inspiración llegara con una claridad repentina ni que de pronto las frases fluyeran sin ningún esfuerzo, porque eso sería mentir de una manera demasiado cómoda, pero sí puedo afirmar que, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que cada oración tuviera que ser arrancada de un lugar hostil, ni que cada página exigiera una pelea previa contra mi propia desconfianza.
Las palabras avanzaban con una continuidad extraña, casi tímida al principio, y luego con una seguridad creciente que me obligaba a leer lo escrito una y otra vez no para corregirlo, como hacía siempre, sino para comprobar que seguía siendo yo quien lo había puesto allí.
La pregunta, en realidad, no era del todo absurda, porque llevaba tanto tiempo sintiéndome separada de mi trabajo que el mero hecho de reconocer mi voz dentro de las páginas ya me parecía una pequeña victoria.
No me levanté apenas de la silla durante toda la mañana, salvo para ir a por agua o para apoyar la espalda unos segundos contra la pared del despacho, y aun así no tuve la sensación de estar castigándome como en otras ocasiones, sino de estar por fin recuperando una cadencia antigua, una forma de concentración que había creído perdida y que ahora regresaba con una naturalidad tan simple que casi me ofendía no haber confiado antes en la posibilidad de que el problema no fuera la historia, ni la presión editorial, ni siquiera el miedo a fracasar, sino el espacio mental desde el que estaba intentando escribir.
A mediodía ya había avanzado más de lo que había conseguido en varias semanas enteras en mi apartamento, y esa constatación me produjo una euforia tan franca que me obligó a caminar por la casa con una sonrisa incrédula, como si alguien me hubiera devuelto de golpe una parte esencial de mí misma sin pedirme nada a cambio.
Había veinte o treinta páginas nuevas en el documento, quizás más, y al releerlas me sorprendió no solo la cantidad sino también la calidad de lo que había salido de mis manos, una calidad imperfecta todavía, claro, pero viva, con una respiración interna que reconocía de mis mejores textos y que me había faltado demasiado tiempo como para recibirla con escepticismo.
Me preparé algo de comida sin demasiada atención y la dejé casi intacta sobre la mesa de la cocina, porque la sensación de avance era tan fuerte que no me apetecía interrumpirla con gestos prácticos que me devolvieran a la escala ordinaria del día, y en lugar de eso regresé al despacho con una energía casi juvenil que no recordaba haber sentido desde hacía años.
Seguí escribiendo por la tarde con una concentración tan intensa que el tiempo empezó a volverse borroso, no porque entrara en una especie de trance místico ni nada parecido, sino porque las horas se comprimieron en una secuencia muy simple de teclear, releer, corregir y volver a teclear, sin que apareciera en ningún momento la angustia habitual que solía obligarme a detenerme.
Había algo profundamente reconfortante en esa fluidez, una especie de alivio silencioso que me hizo pensar, por primera vez desde que llegué, que quizá Claudia había tenido razón y que el cambio de escenario era más importante de lo que yo quería admitir.
A veces una no necesita una revelación dramática, sino un lugar que deje de recordarle constantemente todo lo que no sabe hacer.
Cuando anocheció, y después de haber revisado varias veces las últimas páginas, me permití el lujo de sentirme satisfecha con lo escrito, una satisfacción cauta pero real, de esas que no nacen del orgullo sino de la sorpresa de haber llegado a un sitio sin perderse del todo por el camino.
Guardé el documento, cerré el portátil y me quedé unos minutos mirando la ventana del despacho con una sensación de ligereza que me resultaba casi extraña en el cuerpo, porque hacía mucho que no terminaba una jornada con la impresión de haber avanzado de verdad.
Pensé en Claudia de inmediato, en su tono práctico, en su mezcla habitual de exigencia y afecto, y supe que tenía que llamarla aunque fuera solo para darle una versión provisional de lo ocurrido, no tanto por compartir la buena noticia como por comprobar, al decírselo en voz alta, que el avance era real y no una ilusión producida por mi propio cansancio.
La llamada la hice desde el teléfono fijo, no porque quisiera darle una importancia especial al aparato, sino porque seguía sin tener cobertura suficiente en el móvil y porque, de algún modo, aquel teléfono antiguo, instalado en el pasillo como un vestigio de otra época, empezaba a formar parte de la lógica de la casa con una naturalidad que todavía me parecía un poco ridícula.
Claudia respondió casi de inmediato y durante los primeros segundos solo escuché el ruido habitual de fondo, algunos papeles moviéndose, quizá un ordenador, una puerta cerrándose en algún lugar de la oficina, hasta que su voz apareció al otro lado con la misma precisión de siempre, aunque esta vez con una nota de sorpresa que no tardé en reconocer.
Le dije que había avanzado mucho más de lo previsto, que por fin había encontrado el tono adecuado y que incluso había escrito varias páginas que me parecían sólidas, y mientras hablaba fui notando cómo cambiaba su respiración, cómo su escepticismo inicial daba paso a un interés real, casi entusiasta, que me hizo sonreír antes incluso de que terminara de responderme.
Claudia me pidió detalles, me preguntó por el enfoque, por los personajes y por el tipo de tono que estaba encontrando, y yo le contesté con una energía poco habitual en mí, explicándole que la historia había empezado a despejarse, que el aislamiento me estaba ayudando y que, por primera vez en meses, no tenía la sensación de estar arrastrando el manuscrito como un cuerpo muerto.
Ella se rió, sorprendida y aliviada, y me dijo que aquello sí era una noticia, que ya era hora de que dejara de castigarme con la misma conversación de siempre y que siguiera así, porque si había conseguido romper la inercia durante dos días seguidos quizá el resto empezara a encajar por sí solo.
No discutí con ella, en parte porque estaba demasiado contenta para hacerlo y en parte porque, en el fondo, aquella llamada reforzaba la idea de que el cambio de entorno estaba funcionando de verdad.
Le prometí enviarle algo en cuanto tuviera un bloque más cerrado, y cuando colgué me quedé con el auricular un segundo más de lo necesario, saboreando una pequeña euforia que no me producía culpa, sino una especie de alivio limpio, casi físico.
Volví al despacho con la intención de revisar las páginas nuevas antes de cerrar el día, y fue entonces, mientras leía una escena de transición que llevaba a la protagonista por un corredor silencioso de la casa donde vivía, cuando tropecé con una descripción que me hizo detenerme sin saber muy bien por qué.
No era una frase especialmente llamativa ni un párrafo brillante en términos literarios, pero había algo en la precisión de ciertos detalles, en la forma de enumerar una ventana, una mesa y una puerta interior, que me dejó durante unos segundos con la extraña impresión de haberlo visto antes en la realidad y no solo imaginado en la página.
Leí el fragmento otra vez, con más atención, y comprendí que la habitación descrita coincidía con una de las estancias de la casa, una de las habitaciones del piso superior que yo había visto al llegar y que luego apenas había vuelto a utilizar, quizá porque me parecía demasiado neutra, demasiado limpia, demasiado vacía para llamar la atención.
Me quedé mirando el texto un buen rato, porque la coincidencia me pareció curiosa pero no inquietante, y esa diferencia era importante para mí, ya que el cansancio y la sugestión pueden volver raras incluso las cosas más simples cuando una está demasiado tiempo sola, escribiendo y prestando atención a detalles que normalmente pasarían desapercibidos.
La explicación, de hecho, se me ofreció casi de inmediato, y fue una explicación tan razonable que me tranquilizó en lugar de alarmarme: seguramente había escrito esa descripción después de recorrer la casa, inspirándome en la habitación concreta que tenía delante, sin recordarlo luego porque toda la secuencia de trabajo de la jornada se había mezclado con el entusiasmo del avance y con la fatiga acumulada.
No le di mayor importancia. De hecho, me pareció perfectamente lógico.
Si llevaba horas escribiendo con una soltura que no tenía desde hacía meses, ¿por qué iba a sorprenderme que el entorno se colara de manera natural en la novela?
Era precisamente lo que debía hacer una escritora, observar, absorber y transformar en ficción aquello que la rodeaba.
Cerré el documento con la satisfacción serena de quien empieza a recuperar la confianza y dejé el portátil sobre la mesa con mucho más cuidado del que habría empleado unos días antes, como si de verdad creyera que algo bueno podía perderse si no lo trataba con la suficiente delicadeza.
Me fui a la cocina, me preparé una cena ligera y cené de pie, mirando por la ventana cómo la noche se instalaba sobre el terreno y convertía los árboles en una masa oscura que apenas se distinguía del cielo.
Había cansancio en mi cuerpo, sí, pero era un cansancio distinto, menos humillante que el de otros días, porque venía acompañado de una especie de satisfacción sobria, de la certeza agradable de haber recuperado el impulso.
Pensé que quizá la semana sí iba a servir para algo, que quizá la casa, con toda su calma cuidadosa, estaba desempeñando el papel que yo necesitaba, y me acosté con esa idea flotando en la cabeza como una promesa modesta pero suficiente, convencida de que al día siguiente podría seguir avanzando sin la costumbre amarga de pelearme con cada línea.
No fue hasta mucho más tarde, ya en la cama y con la oscuridad llenando el dormitorio, cuando volví a pensar en la descripción de la habitación y en lo familiar que me había parecido el detalle de la ventana, pero incluso entonces la idea no llegó a incomodarme del todo, porque seguía pareciéndome más probable que hubiera sido una coincidencia entre la imaginación y el espacio real que cualquier otra cosa.
Y, sin embargo, mientras el sueño tardaba en llegar, hubo un instante muy breve en el que me pregunté por qué había escrito aquella estancia con tanta precisión si todavía no recordaba haberme interesado por ella de una manera especial, y la pregunta quedó allí, suspendida, sin conseguir convertirse en sospecha, porque había días en los que la mente es lo bastante generosa como para dejar pasar un pequeño desajuste sin pedir explicaciones.
Todavía no sabía que esa benevolencia sería temporal.
Todavía no sabía que empezar a confiar en la casa era, quizá, la forma más elegante de perderle el miedo.