Perpleja Capítulo 6
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Capítulo 6

La primera mañana en la casa me desperté con la sensación desconcertante de haber dormido mejor de lo que esperaba y peor de lo que necesitaba, una contradicción que, en los últimos meses, había terminado por convertirse en la forma más honesta de describir casi todas mis noches, porque el descanso ya no llegaba como una solución sino como una interrupción provisional del cansancio, y aun así, al abrir los ojos y ver la luz filtrándose por las cortinas del dormitorio, tuve durante unos segundos la impresión de que algo dentro de mí se había aflojado un poco, como si el simple hecho de no estar en mi apartamento, con sus paredes demasiado conocidas y sus objetos colocados en lugares que me resultaban al mismo tiempo reconfortantes y opresivos, hubiera permitido que una parte de mi cabeza respirara con una mínima libertad.

Tardé un rato en incorporarme, escuchando el silencio de la casa con una atención casi cautelosa, y no porque esperara encontrar nada extraño, sino porque en un lugar nuevo hasta el aire parece tener que ser interpretado antes de ser aceptado.

Cuando bajé a la cocina, todavía en pijama y con el pelo recogido de cualquier manera, me sorprendió la facilidad con la que el espacio parecía funcionar para mí, como si hubiera sido diseñado para reducir cualquier resistencia innecesaria al gesto más simple, y quizá por eso mismo me sentí ligeramente ridícula al experimentar alivio por algo tan banal como una cafetera bien colocada, una encimera despejada y una vajilla limpia guardada en su sitio.

Preparé café con una lentitud casi ceremonial, observando la luz gris de la mañana avanzar por los ventanales y atravesar el polvo mínimo que flotaba en el aire, y mientras esperaba a que el agua hiciera su trabajo me obligué a pensar en Claudia, en la fecha límite absurda que me había impuesto y en la posibilidad, no especialmente optimista pero tampoco ya completamente ridícula, de que el aislamiento me ayudara a salir del atasco en el que llevaba tanto tiempo instalada.

La idea seguía pareciéndome desesperada, pero al menos tenía una lógica; a veces, cuando una ha agotado todos los caminos razonables, hasta la desesperación empieza a adquirir la forma de una estrategia.

Desayuné en la mesa de la cocina con una disciplina que no sentía desde hacía semanas, quizá porque en la ciudad todo era demasiado accesible y demasiado lleno de distracciones, mientras que allí, rodeada por la tranquilidad casi solemne de la casa, el desayuno se convertía en un acto concreto y no en una transición difusa entre la cama y el ordenador.

Comí algo de fruta, una tostada y bebí el café despacio, mirando de vez en cuando hacia el jardín a través del cristal, donde el día continuaba creciendo sin prisa entre los árboles desnudos y la hierba húmeda.

Había una quietud en aquel lugar que resultaba difícil de clasificar, porque no era exactamente la paz de un entorno natural ni la calma artificial de una casa de vacaciones, sino una especie de orden silencioso que parecía extenderse por todas partes con una lógica propia, casi doméstica, y que me obligaba a preguntarme si el aislamiento me estaba proporcionando por fin la concentración que necesitaba o si, por el contrario, me estaba volviendo tan sensible al entorno que empezaba a fijarme en cosas que normalmente habría pasado por alto.

Decidí salir a caminar después de recoger la cocina, más por necesidad de movimiento que por verdadero entusiasmo, y al cruzar la puerta de la casa sentí el aire frío en la cara con una claridad que me recordó que llevaba demasiado tiempo encerrada entre superficies conocidas.

El terreno que rodeaba la casa parecía más amplio de lo que había imaginado la noche anterior, o quizá la impresión era esa porque durante la llegada apenas había prestado atención a los límites reales de la propiedad, demasiado ocupada en arrastrar la maleta, comprobar el teléfono y convencerme de que todo aquello era una idea sensata.

Sin embargo, en cuanto avancé unos metros por el camino de grava comprendí que la finca se extendía bastante más de lo que me habían descrito, con una parte trasera que descendía ligeramente hacia una zona de árboles y un sendero estrecho que parecía internarse en un tramo de terreno casi oculto por la vegetación.

No había nada amenazante en ello, ni siquiera nada especialmente llamativo, pero me sorprendió la amplitud real del lugar y la facilidad con la que la casa, vista desde fuera, podía parecer más pequeña de lo que era en realidad, como si estuviera ocultando su verdadero tamaño detrás de una fachada de serenidad.

Caminé despacio, respirando el olor húmedo de la tierra y observando los detalles del paisaje con la atención que una solo concede cuando todavía no ha terminado de decidir si un sitio le gusta o no.

Había ramas bajas, un viejo cobertizo al fondo, una hilera de piedras colocadas con demasiada regularidad junto a la zona de los rosales y, detrás de la casa, una especie de explanada donde el césped se abría hacia una linde de árboles que no dejaban ver demasiado lejos.

Me detuve allí unos minutos, escuchando el viento mover las copas y pensando que, si conseguía trabajar un par de horas sin distraerme, aquello podía convertirse en una semana útil, incluso productiva, una semana en la que la presión exterior quedara temporalmente suspendida y la voz de Claudia perdiera parte de su peso al no encontrarme rodeada por el ruido habitual de la ciudad.

No era exactamente esperanza, pero sí una forma bastante limpia de resignación, y a esas alturas me parecía suficiente.

Al volver al despacho, abrí el portátil con menos resistencia de la que había sentido en días anteriores y, para mi sorpresa, las primeras frases salieron con una naturalidad que casi me ofendió por su sencillez.

No quise confiarme demasiado, porque cuando una pasa demasiado tiempo bloqueada tiende a interpretar cualquier avance mínimo como una promesa excesiva, pero aquella mañana me encontré escribiendo con una fluidez que no recordaba haber sentido en meses, como si el cambio de espacio hubiese desmontado una parte de la rigidez acumulada en la cabeza y me permitiera entrar de nuevo en la historia sin pelearme con cada palabra.

No se trataba todavía de una buena sesión de trabajo, ni mucho menos de un triunfo, pero sí de algo mucho más importante para mí en aquel momento, que era la sensación de no estar golpeándome contra una pared invisible cada vez que intentaba avanzar.

Releí lo escrito varias veces, desconfiando de esa facilidad repentina, aunque cuanto más miraba la pantalla más me convencía de que la novela estaba respondiendo mejor allí, en aquella habitación luminosa y ordenada, que en mi apartamento, donde todo parecía empujarme de vuelta al fracaso.

Escribí durante bastante más tiempo del que había previsto y, cuando al fin me levanté para estirar la espalda, tuve que admitir que la casa me estaba sentando mejor de lo que me habría gustado reconocer.

Había algo en el silencio del lugar, en la forma en que las horas parecían distribuirse con más generosidad y en la ausencia de cualquier interrupción urbana que me permitía concentrarme sin las habituales fugas mentales, y aunque seguía sin querer hacerme ilusiones, no pude evitar sentir una pequeña gratitud casi infantil por la simple posibilidad de haber producido varias páginas seguidas sin borrarlas inmediatamente después.

Fue entonces, al abrir uno de los cajones del escritorio en busca de un cargador, cuando encontré la libreta.

Estaba al fondo, metida entre un juego de folios amarillentos y una carpeta vacía, una libreta pequeña de tapas oscuras, sin título y con el tipo de desgaste que indica que ha sido manipulada bastante más de lo que su aspecto sugiere a primera vista.

La saqué con cuidado y la abrí pensando que encontraría alguna nota práctica del antiguo inquilino, números de teléfono, listas de mantenimiento o instrucciones sobre la calefacción, pero las páginas estaban completamente en blanco, limpias, sin una sola línea escrita, y precisamente por eso me quedé mirándola un poco más de la cuenta, porque los objetos vacíos en una casa ajena tienen una cualidad extraña, casi incómoda, como si no estuvieran esperando ser utilizados sino recordados.

Pasé las páginas una a una, comprobando que no había nada entre ellas, ninguna anotación a lápiz, ningún apunte antiguo, ningún fragmento medio borrado, y luego la dejé sobre la mesa con la vaga sensación de que quizá no tendría ningún uso para mí, aunque por alguna razón no conseguía decidir si aquello me decepcionaba o me aliviaba.

Volví al manuscrito con un entusiasmo moderado, el suficiente para no estropear la impresión del avance y el suficiente también para no sentirme ingenua.

Escribí otra escena, luego una segunda, y fue en ese momento, mientras me absorbía en la construcción de un diálogo, cuando sonó el teléfono fijo.

El ruido me sobresaltó más de lo que habría querido admitir, no por el sonido en sí, que era limpio y bastante discreto, sino por la sensación inmediata de estar respondiendo a una presencia que no había esperado tan pronto, como si la casa acabara de recordarme que seguía teniendo mecanismos propios y que yo, por muy concentrada que estuviera, no era más que una visitante temporal.

Me levanté despacio y fui hasta el pasillo con el auricular en la mano, notando una leve aceleración en el pulso que me molestó precisamente porque no había motivo real para ella.

Antes de contestar dudé apenas unos segundos, lo justo para convencerme de que seguramente sería Claudia o alguien de la agencia, aunque la ausencia de cobertura en el móvil hacía que el fijo adquiriera una importancia casi ridícula, una especie de regreso a un modo de comunicación más antiguo y por tanto más vulnerable a las interferencias, a los fallos y a las llamadas sin interés.

Contesté.

Al principio no oí nada claro.

Solo un fondo tenue, una respiración lejana, o quizás el rozamiento de algo contra la línea, ese tipo de sonido que uno no sabe si pertenece a una persona al otro lado o al propio aparato trabajando con desgana.

Esperé unos segundos, apoyando el auricular contra el oído, y pregunté quién era con una voz más seca de lo que me habría gustado, aunque no hubo respuesta inmediata.

Lo único que escuché fue una especie de ruido difuso, algo parecido a interferencias muy suaves, y detrás de eso, apenas perceptible, una exhalación que pudo haber sido una coincidencia técnica o la presencia de alguien intentando decir algo sin conseguirlo del todo.

No era una llamada terrorífica ni mucho menos, pero sí lo bastante extraña como para obligarme a permanecer inmóvil con el auricular en la mano y el cuerpo tensado por una alarma todavía desprovista de forma.

—¿Hola? —dije de nuevo, y esta vez el sonido al otro lado cambió ligeramente, como si una respiración se hubiera acercado un poco más o como si la línea hubiera recuperado durante un instante una mínima estabilidad.

No entendí ninguna palabra, porque no llegó a haber palabras, solo un murmullo muy débil, casi inaudible, que pudo haber sido una voz o el efecto caprichoso del teléfono antiguo.

Me quedé escuchando, con la sensación incómoda de que no debía colgar demasiado rápido pero también con la certeza de que no estaba recibiendo nada útil al otro lado, y al final, como no sucedió nada más, cerré la comunicación y dejé el auricular en su base.

Permanecí un rato observando el aparato, intentando decidir si aquello había sido una llamada real, una interferencia o simplemente un problema de la línea, y aunque la explicación más sensata era sin duda la última, no pude evitar notar que me había dejado una impresión desagradable, leve pero persistente, como si el sonido respirado hubiera entrado en la casa antes que ninguna otra cosa.

Sin embargo, me obligué a no darle más importancia de la necesaria, porque hay experiencias que no se vuelven inquietantes hasta que una decide tratarlas como tales, y yo llevaba demasiado tiempo aprendiendo a no alimentar mi propio desorden mental con interpretaciones innecesarias.

Los teléfonos fijos de las casas viejas fallan, las líneas se cruzan, los cables hacen ruidos extraños y cualquier interferencia acaba pareciendo más misteriosa de lo que realmente es cuando una pasa la mañana sola, aislada y con la cabeza demasiado ocupada en asuntos que no terminan de resolverse.

Eso fue lo que me dije mientras regresaba al despacho, y casi conseguí creerlo, al menos durante el tiempo suficiente para sentarme de nuevo frente al ordenador y seguir trabajando un par de horas más con una concentración ya un poco más frágil, pero todavía suficiente para mantener a raya la sospecha.

Al caer la tarde tenía la impresión, no completamente injustificada, de que la casa estaba funcionando.

No en un sentido mágico ni espectacular, sino en uno mucho más simple y peligroso: estaba logrando que me sentara, que escribiera y que dejara de pensar durante largos tramos en el fracaso del manuscrito, en Claudia o en las críticas antiguas que seguían rondándome como una especie de ruido de fondo.

Había algo tranquilizador en aquella eficacia y, precisamente por eso, algo que me obligaba a permanecer alerta, porque en mi experiencia todo aquello que resulta demasiado eficaz durante demasiado tiempo acaba mostrando después una costura que no se había advertido al principio.

Aun así, aquella noche cené con una sensación cautelosamente esperanzada y me acosté convencida de que, por lo menos por ese día, había conseguido ganarle una pequeña batalla a la novela y a mí misma, aunque la voz del teléfono, o lo que fuera que hubiera sonado al otro lado, siguiera flotando en un rincón de la memoria con una persistencia demasiado tenue para llamar miedo y demasiado concreta para poder olvidarla del todo.