Perpleja Capítulo 5
19%

Capítulo 5

Llegué a la casa a primera hora de la tarde, después de varias horas de carretera que me dejaron una especie de cansancio mineral, profundo y silencioso, de esos que no se sienten solo en los hombros o en la nuca sino en la manera misma de mirar el mundo, como si cada cosa tuviera un poco más de peso del que debería.

El día había amanecido oscuro y así siguió durante todo el trayecto, con un cielo cerrado, bajo, que parecía a punto de romperse sin llegar nunca a hacerlo, y a medida que me alejaba de la ciudad me sorprendía la facilidad con la que el paisaje se iba vaciando de señales, de naves, de carteles, de cualquier indicio de vida humana que me recordara que todavía existía una continuidad entre mi apartamento, mi rutina y el lugar al que me dirigía.

La carretera se fue estrechando poco a poco, los campos aparecieron a ambos lados como una superficie indecisa entre el verde y el barro, y cuando por fin tomé el desvío que me había indicado la mujer del alquiler tuve la sensación extraña de estar entrando en una zona suspendida, un lugar que no pertenecía del todo al campo ni del todo al mundo de las casas habitadas, sino a una especie de frontera tranquila donde todo parecía seguir funcionando incluso sin testigos.

La vi antes de llegar a ella, porque la casa se alzaba un poco apartada del camino, rodeada de árboles desnudos y de un terreno que parecía haber sido cuidado sin demasiada ostentación, con esa paciencia de las propiedades antiguas que no necesitan demostrar nada para parecer importantes.

Desde lejos tenía un aire sobrio, casi severo, pero no desagradable, y al acercarme comprendí que era vieja y al mismo tiempo estaba muy bien conservada, como si alguien hubiese dedicado años a mantenerla en un estado de orden constante sin permitirse nunca el descuido ni la acumulación de ruina que suele acompañar a los lugares abandonados.

La fachada estaba limpia, la pintura aguantaba con dignidad el paso del tiempo y las ventanas, aunque pequeñas, reflejaban el cielo con una pulcritud que me produjo una impresión difícil de nombrar, porque era justo el tipo de cuidado que yo misma buscaba en mi apartamento y, sin embargo, allí, en mitad de ninguna parte, aquel exceso de atención me pareció más inquietante de lo que habría esperado.

Apagué el motor y me quedé unos segundos dentro del coche, con las manos sobre el volante y el móvil en la pantalla de bloqueo, intentando encontrar cobertura para avisar a Claudia de que había llegado sana y salva a mi exilio de una semana, pero la señal era una línea vacilante que aparecía y desaparecía sin llegar a fijarse nunca en el icono como si el propio lugar se resistiera a ser alcanzado desde fuera.

Lo intenté varias veces, moviendo el teléfono junto al cristal, saliendo un momento del coche, acercándome unos pasos al camino, pero el resultado fue siempre el mismo, una ausencia limpia de barras y una imposibilidad casi infantil de comunicar algo tan simple como que estaba allí.

Noté una punzada de irritación que se mezcló enseguida con el cansancio, y pensé que debería haberme alegrado de aquella desconexión, de la posibilidad de aislarme por completo, pero me fastidiaba más de lo que estaba dispuesta a admitir no poder enviar un mensaje breve a Claudia, no por necesidad real, sino porque la falta de cobertura convertía la distancia en una cosa demasiado literal, demasiado cerrada sobre sí misma, como si al cruzar aquel camino hubiera dejado de pertenecer al mundo habitual y me hubiese colocado fuera de alcance de una forma casi administrativa.

Cuando bajé del coche el aire estaba húmedo y frío, con ese olor a tierra a punto de llover que parece contener algo de promesa y de amenaza al mismo tiempo, y al coger la maleta sentí en seguida el dolor de los hombros, recordatorio inmediato de que llevaba demasiadas horas conduciendo y demasiado tiempo tensando el cuerpo sin darme permiso para descansar de verdad.

El silencio del entorno era notable, aunque no completo; se oían pájaros lejos, alguna rama moviéndose con suavidad, el murmullo de la vegetación empujada por el viento, y sin embargo todo aquello sonaba amortiguado, como si la distancia no solo separara la casa del resto del mundo sino también sus sonidos del punto exacto en el que yo me encontraba.

Crucé el pequeño jardín con pasos lentos, observando detalles sin querer hacerlo, la grava bien distribuida, los bordes limpios de los macizos, una hilera de plantas podadas con una exactitud casi obsesiva, y en algún momento me sorprendí pensando que no recordaba haber visto nunca una casa de campo tan deliberadamente cuidada, tan empeñada en parecer serena.

La llave estaba en una cajita de metal junto a la puerta, exactamente donde me habían dicho, y durante un segundo me quedé mirando el objeto con una atención absurda, como si la facilidad de acceder a una casa aislada en mitad del campo tuviera algo de sospechoso.

La puerta cedió sin resistencia y me recibió un interior sorprendentemente ordenado, más limpio de lo que esperaba, con un vestíbulo pequeño que conducía a una cocina amplia y a un salón luminoso donde los muebles, antiguos pero bien escogidos, parecían colocados por alguien que sabía muy bien cómo evitar cualquier sensación de abandono.

No había nada roto, nada cubierto con sábanas, nada desproporcionado o fuera de sitio, y precisamente por eso la casa me resultó en cierto modo más extraña de lo que habría resultado si hubiera tenido polvo, humedad o un olor excesivo a cerrado, porque aquel tipo de impecabilidad no ofrecía refugio a la imaginación; al contrario, la dejaba sin espacio para apoyarse.

Dejé la maleta cerca de la entrada y fui recorriendo las habitaciones con la prudencia mecánica de quien inspecciona un lugar nuevo no por curiosidad, sino por pura necesidad de ubicarse, y cuanto más avanzaba más evidente me parecía que la casa había sido cuidada con una dedicación tan minuciosa que bordeaba lo ceremonial.

La cocina estaba impecable, con los armarios cerrados, la encimera despejada y una vajilla que parecía colocada más para ser contemplada que para usarse, y al pasar junto a la mesa del comedor me di cuenta de que incluso la disposición de las sillas seguía una lógica exacta, como si alguien hubiese querido dejar claro que en aquella casa nada quedaba librado al azar.

En el salón había un reloj de pared detenido a una hora imposible de fijar a primera vista, una chimenea cerrada que no olía a ceniza y una estantería con algunos libros, no demasiados, elegidos con el mismo tipo de cuidado que el resto de objetos.

Me fijé en los pequeños detalles porque me resultaba más fácil hacerlo que pensar en la razón por la que estaba allí, aunque aquella pregunta ya empezaba a instalarse dentro de mí con la insistencia de algo que todavía no quiere ser formulado del todo.

La mujer que me había alquilado la casa había hablado de tranquilidad, de aislamiento y de un lugar perfecto para escribir, y ahora, al comprobar el nivel casi excesivo de mantenimiento, me pregunté si lo que ella entendía por tranquilidad era lo mismo que yo o si existía en esa casa una idea de la calma que pertenecía a otra persona, a otra forma de vivir, a una disciplina más rígida y menos humana que la mía.

El teléfono fijo estaba en una repisa del pasillo, junto a un cuenco vacío y una lámpara baja, y al verlo sentí primero alivio, porque su presencia me recordó que seguía existiendo algún tipo de conexión con el exterior aunque mi móvil insistiera en lo contrario, y luego una extrañeza inmediata que no supe explicar del todo.

El aparato era antiguo, de esos que probablemente habían sobrevivido más por costumbre que por utilidad, con una base de color oscuro y un auricular pesado, pero lo que me llamó la atención no fue su aspecto sino el hecho de que no tuviera botones, o al menos no botones visibles, porque la superficie frontal era lisa, casi completa, como si alguien hubiera retirado el teclado o hubiera diseñado el teléfono para cumplir una función decorativa más que práctica.

Me acerqué por pura inercia y pasé un dedo por el panel, buscando una rueda, unas teclas, cualquier cosa que me permitiera marcar un número, y durante unos segundos me quedé inmóvil, mirando el aparato como si la ausencia de botones fuese una broma que todavía no terminaba de entender.

Tuve una impresión fugaz, muy breve, de haber visto aquel mismo teléfono antes, en otro lugar que no conseguí ubicar, pero la idea se deshizo enseguida y no le presté demasiada atención porque el cansancio seguía pesando más que cualquier sospecha.

Subí luego al piso superior y encontré el despacho al final de un pasillo estrecho, una habitación clara con una ventana orientada hacia la parte trasera del terreno y una mesa amplia colocada junto al cristal, como si el único propósito del espacio hubiera sido escribir en él con cierta comodidad y sin demasiadas distracciones.

Allí estaban también una silla de respaldo recto, una pequeña estantería vacía y una lámpara ajustable que desprendía esa clase de luz funcional que no invita a la intimidad sino al trabajo, y durante un momento me sorprendió la precisión con la que el cuarto parecía haber sido preparado para mí, como si alguien hubiera imaginado de antemano la postura que yo adoptaría, el lugar donde dejaría el portátil y la manera en que apoyaría los codos después de un rato de escritura.

Volví a sentir una especie de déjà vu, no intenso ni dramático, sino apenas una vibración mental muy leve, una coincidencia de impresión que se me escapó en cuanto intenté fijarla, y lo dejé pasar porque llevaba semanas acostumbrándome a pequeñas sensaciones de desajuste que no llegaban a significar nada por sí solas.

Bajé la maleta al despacho, saqué el portátil y lo abrí con la esperanza un poco ingenua de que el cambio de escenario bastara para que algo se desbloqueara dentro de mí, como si el problema hubiera sido únicamente la costumbre de mirar siempre la misma pared desde el mismo escritorio.

Encendí el ordenador, esperé a que cargaran los archivos y abrí el manuscrito con una concentración que rozaba la tensión física, y en cuanto apareció la última página me invadió la misma mezcla de resistencia y desánimo que llevaba acompañándome desde hacía meses.

Empecé a teclear casi por obligación, probando una frase, luego otra, después una tercera, y todas me parecían excesivas o insuficientes, demasiado explicativas o demasiado vagas, como si estuviera intentando forzar el arranque de una máquina que había perdido la memoria de su propio funcionamiento.

Borraba más de lo que escribía. Reescribía una oración y la cambiaba de sitio.

Buscaba un tono que no encontraba. En algún momento me sorprendí diciendo en voz baja una frase que no me convencía ni siquiera mientras la formulaba, y al releerla sentí la humillación conocida del folio en blanco, esa sensación tan antigua y tan ridícula de que las palabras están todas escondidas detrás de una pared invisible y una, por muy famosa que sea, sigue siendo incapaz de sacarlas de allí.

La tarde fue oscureciendo muy despacio, con una paciencia casi ofensiva, y yo permanecí en el despacho durante un tiempo que fui incapaz de medir, rodeada por el zumbido tenue del portátil, la luz cada vez más fría de la ventana y la impresión de que la casa, sin hacer absolutamente nada, estaba escuchándome trabajar.

No era una sensación mística ni especialmente alarmante; más bien era una conciencia de espacio, de presencia, de orden, de esos lugares que parecen diseñados para que una se sienta observada por el simple hecho de estar sola en ellos.

Al final cerré el archivo, apoyé los dedos en las sienes y dejé escapar un suspiro largo, admitiendo sin decirlo en voz alta que la primera tarde en la casa había terminado exactamente como terminaban ya casi todas mis sesiones de trabajo, con una frustración silenciosa y la certidumbre de que la semana no iba a regalarme ninguna facilidad.

Aun así, antes de apagar la lámpara, volví a mirar la pantalla por pura inercia, y fue entonces cuando noté que el documento tenía algo distinto, una continuidad rara en una de las páginas que yo no recordaba haber alcanzado, como si una parte del texto hubiera quedado más adelante de lo que mi memoria me permitía aceptar.

No era una frase extraña, ni un giro imposible, ni nada que pudiera justificar una alarma inmediata; solo un fragmento escrito con una seguridad que me resultó incómodamente ajena, una pequeña extensión de páginas donde el tono parecía más preciso que el mío, más tranquilo, más seguro de lo que la escena exigía.

Me quedé mirándolo un rato sin moverme, no tanto por miedo como por la vaga sospecha de que el texto había empezado a comportarse con una autonomía leve, casi ridícula, que yo todavía no estaba dispuesta a nombrar.

Y precisamente por eso apagué el ordenador con un cansancio repentino, como si aquella casa, tan cuidada, tan ordenada y tan silenciosa, me hubiese recibido no solo para aislarme del mundo, sino para recordarme con una educación impecable que había cosas que empezaban a escribirse solas mucho antes de que una estuviera preparada para reconocerlo.