Perpleja Capítulo 4
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Capítulo 4

La mañana en la que decidí marcharme comenzó exactamente igual que las anteriores y quizá por eso mismo terminé comprendiendo que ya no podía seguir allí.

Durante unos minutos permanecí tumbada en la cama observando el techo del dormitorio mientras la luz gris del amanecer se filtraba entre las cortinas, consciente de que el día acababa de empezar y, al mismo tiempo, con la desagradable sensación de llevar horas arrastrándolo sobre los hombros.

Hacía semanas que todos los días parecían fabricados con los mismos materiales: insomnio, café, intentos fallidos de trabajar, ansiedad, correcciones interminables y una creciente incapacidad para distinguir entre los problemas reales del manuscrito y los problemas que yo misma proyectaba sobre él.

Había llegado a un punto en el que la novela ocupaba tanto espacio dentro de mi cabeza que cualquier pensamiento terminaba orbitando a su alrededor, incluso cuando intentaba concentrarme en otra cosa, y lo más inquietante no era la obsesión en sí, sino la forma en que había empezado a deformar el resto de mi vida.

Durante mucho tiempo me había convencido de que aquella situación era temporal, una fase desagradable pero inevitable dentro de un proceso creativo especialmente complejo.

Los escritores solemos encontrar consuelo en ese tipo de explicaciones porque nos permiten transformar el sufrimiento en una inversión de futuro, como si cada día de frustración acumulada garantizara de alguna manera la calidad del resultado final.

Sin embargo, empezaba a sospechar que llevaba demasiado tiempo utilizando esa idea para justificar una realidad mucho más simple y menos heroica.

La novela no avanzaba. Yo tampoco. Y cuanto más intentaba obligarme a continuar exactamente del mismo modo, más evidente resultaba que algo había dejado de funcionar.

Me levanté, preparé café y recorrí el apartamento en silencio.

La lluvia había desaparecido durante la noche, pero el cielo seguía cubierto por una capa uniforme de nubes que convertía la ciudad en una sucesión de colores apagados.

Mientras esperaba que la cafetera terminara su trabajo, observé la cocina con una atención extraña, como si la estuviera viendo por primera vez.

Todo permanecía exactamente donde debía estar.

Las tazas alineadas. Los utensilios ordenados.

Las superficies limpias. El pequeño cuenco de la entrada preparado para recibir las llaves cuando regresara por la tarde.

Aquella organización minuciosa me había proporcionado tranquilidad durante años, pero esa mañana me pareció más cercana a una rutina defensiva que a una verdadera necesidad.

Había construido un entorno perfectamente controlado y, sin embargo, era incapaz de controlar aquello que más importaba.

Intenté trabajar después del desayuno. Abrí el manuscrito, releí varios capítulos y tomé algunas notas en una libreta, pero antes de que transcurriera una hora ya me encontraba observando la pantalla sin leer realmente las palabras que tenía delante.

Mi atención regresaba constantemente a los fragmentos encontrados el día anterior, aquellas páginas cuya existencia seguía resultándome incómoda no porque fueran especialmente extrañas, sino porque no lograba asociarlas a ningún recuerdo concreto.

Había intentado encontrar una explicación razonable durante toda la noche.

Cansancio. Falta de sueño. Jornadas de trabajo demasiado largas.

Cualquiera de esas posibilidades parecía suficiente.

El problema era que ninguna conseguía disipar por completo la sensación de extrañeza.

Terminé cerrando el ordenador con más brusquedad de la necesaria y me dirigí al salón.

Allí permanecí un rato frente a las estanterías, recorriendo con la mirada los lomos de los libros acumulados durante años.

Había novelas que había releído media docena de veces y otras que apenas recordaba.

Había autores que me habían acompañado desde la adolescencia y autores que compré convencida de que cambiarían mi forma de escribir para descubrir después que apenas habían dejado huella.

Durante unos minutos me dediqué a extraer volúmenes al azar y hojear páginas sueltas sin llegar a leer realmente ninguna.

No buscaba una historia. Buscaba una sensación que había perdido.

Fue entonces cuando encontré una fotografía antigua guardada entre las páginas de una novela.

Aparecía yo, varios años más joven, durante la presentación de uno de mis primeros libros.

Sonreía a la cámara rodeada de ejemplares recién impresos, con una expresión de felicidad tan espontánea que me resultó difícil reconocerla como propia.

Me quedé observando aquella imagen durante más tiempo del necesario.

No porque sintiera nostalgia de aquella época, sino porque me costaba recordar cómo era vivir sin la sensación constante de estar defraudando a alguien.

El teléfono sonó poco después.

Era Claudia.

Durante un instante consideré la posibilidad de no responder, pero sabía que aquello solo conseguiría aplazar una conversación inevitable.

​—​       ¿Cómo estás? —preguntó.

No era una pregunta profesional. Lo noté inmediatamente.

​—​       Cansada.

​—​       Eso ya lo sé.

Su voz sonó menos dura que durante nuestra discusión del día anterior, aunque detrás de aquella aparente suavidad seguía percibiéndose la preocupación.

Hablamos durante varios minutos sin mencionar la novela.

De temas irrelevantes. Del tiempo. De una feria literaria a la que ninguna de las dos tenía intención de asistir.

De un escritor que acababa de ganar un premio importante.

La conversación avanzó con una naturalidad extraña, como si ambas estuviéramos rodeando deliberadamente el verdadero asunto.

Finalmente fue ella quien rompió el equilibrio.

​—​       Lara, ¿cuánto hace que no te alejas de ese apartamento?

La pregunta me desconcertó.

​—​       ¿Qué tiene que ver eso?

​—​       Respóndeme.

Pensé unos segundos.

​—​       No lo sé.

​—​       Sí lo sabes.

Y tenía razón. Lo sabía.

Había viajado por compromisos profesionales.

Había acudido a entrevistas. Había asistido a reuniones.

Pero llevaba mucho tiempo sin marcharme realmente a ningún sitio.

Mucho tiempo sin desaparecer durante unos días, sin correos electrónicos, sin llamadas constantes y sin la sensación de estar siempre disponible para todo el mundo.

​—​       Necesitas salir de ahí —dijo finalmente.

No respondí. Porque la idea llevaba semanas rondándome por la cabeza. Quizá meses.

La había rechazado cada vez que aparecía porque me parecía una forma elegante de escapar del problema.

Si la novela no funcionaba en mi propio despacho, ¿por qué iba a funcionar en otro lugar?

Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba, más evidente resultaba que permanecer allí tampoco estaba resolviendo nada.

​—​       Conozco a alguien que alquila una casa en el campo —continuó Claudia después de un silencio breve—. Nada especial. Tranquila. Aislada. Podrías pasar allí una semana.

​—​       ¿Una semana?

​—​       Una semana escribiendo y sin excusas.

Me acerqué a la ventana mientras ella hablaba. Desde el salón podía ver una parte de la ciudad extendiéndose hasta perderse entre edificios idénticos. Coches. Semáforos. Fachadas. Una sucesión interminable de elementos familiares que llevaba años observando sin prestarles atención.

​—​       No creo que cambie nada.

​—​       Quizá no.

​—​       Entonces, ¿para qué hacerlo?

Claudia tardó unos segundos en responder.

​—​       Porque lo que estás haciendo ahora tampoco está funcionando.

Aquella frase se quedó suspendida entre nosotras. No era una crítica. Ni siquiera era un reproche. Era simplemente una constatación. Y precisamente por eso resultaba imposible discutirla.

Cuando colgamos permanecí largo rato junto a la ventana.

La idea de marcharme seguía pareciéndome absurda.

Una solución demasiado sencilla para un problema demasiado complejo.

Sin embargo, cuanto más la examinaba, menos argumentos encontraba para rechazarla.

Había probado prácticamente todo lo demás.

Nuevos horarios. Nuevas estructuras. Nuevos enfoques narrativos.

Meses enteros de disciplina casi obsesiva.

Si nada de eso había funcionado, quizá el problema no estaba en la novela.

Quizá estaba en mí. En mi incapacidad para salir de un entorno donde cada habitación parecía contener un recuerdo relacionado con el fracaso de aquel libro.

Esa misma tarde llamé al número que Claudia me había enviado por mensaje.

La mujer que gestionaba el alquiler respondió casi de inmediato.

Me explicó que la casa se encontraba en una zona rural a varias horas de la ciudad, rodeada de campos y bosques, y que normalmente la alquilaban personas que buscaban tranquilidad o aislamiento temporal.

Mientras la escuchaba describir el lugar fui imaginando habitaciones silenciosas, caminos vacíos y jornadas enteras sin interrupciones.

No era una imagen especialmente atractiva.

De hecho, sonaba bastante parecida a la vida que ya llevaba.

Y aun así había algo en aquella posibilidad que me resultaba difícil rechazar.

Confirmé la reserva antes de que pudiera pensarlo demasiado.

Cuando terminé la llamada me quedé observando el teléfono durante unos segundos, sorprendida por la rapidez con la que acababa de tomar una decisión que llevaba semanas evitando.

Una semana. Solo una semana. Eso fue lo que me repetí. Una última oportunidad para terminar el borrador. Un cambio de escenario. Un intento desesperado antes de admitir la derrota.

Aquella noche preparé una pequeña maleta y reuní todo lo que pensaba necesitar para trabajar.

El portátil. Varias libretas. Documentación relacionada con la novela.

Algunos libros de referencia. Mientras colocaba cada objeto en su sitio tuve la sensación de estar organizando una expedición mucho más importante de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Antes de acostarme recorrí el apartamento por última vez. Apagué luces. Comprobé ventanas. Revisé dos veces la cerradura de la puerta principal. Después regresé al dormitorio y me senté unos minutos en el borde de la cama.

La ciudad seguía respirando al otro lado de las ventanas.

Durante años aquel lugar había sido mi refugio.

Por primera vez empezaba a parecerme una trampa.

Y aunque todavía no podía explicarlo, tuve la impresión de que marcharme no era exactamente una elección.

Era algo que llevaba demasiado tiempo posponiendo.