Capítulo 3
La llamada de Claudia llegó a media mañana, cuando yo aún seguía sentada en el despacho con la taza de café ya fría al lado del ordenador y la sensación cada vez más nítida de que la jornada había empezado mal incluso antes de que yo abriera los ojos, porque el cuerpo conserva a veces una memoria extraña y sabe anticipar ciertas conversaciones con la misma precisión con la que uno reconoce el olor de la lluvia antes de que caigan las primeras gotas.
No tuve que mirar la pantalla para saber quién era; llevábamos tantos años trabajando juntas que su nombre aparecía en mi cabeza con la misma regularidad con la que aparecía en el teléfono, y aun así vacilé un segundo antes de responder, más por cansancio que por verdadero temor, aunque en aquel momento las dos cosas empezaban a parecer demasiado parecidas.
Claudia no me saludó con la calidez de otras veces ni con esa ironía leve que solía utilizar para rebajar la tensión de nuestras conversaciones, sino con una voz más seca, más contenida, como si durante la noche hubiera decidido no seguir alimentando una paciencia que llevaba tiempo agotándose en silencio.
Me preguntó cómo iba, y yo le contesté con una vaguedad que ni siquiera era especialmente creativa, porque no estaba en condiciones de inventar una versión convincente de mí misma y porque, siendo honesta, tampoco tenía mucho que ofrecerle.
Le dije que estaba trabajando, que había avanzado algo durante la tarde anterior, que todavía necesitaba ajustar ciertas partes del arranque y revisar la estructura de un bloque central que no terminaba de funcionar, y mientras hablaba fui oyendo mi propia voz con una distancia incómoda, como si cada frase llegara de otro lugar y pasara por mí sin encontrar resistencia.
Claudia guardó silencio durante unos segundos que me parecieron innecesariamente largos y luego me recordó, con la amabilidad de quien ya no está dispuesta a disimular del todo el fondo real de una conversación, que la editorial llevaba demasiado tiempo esperando una entrega concreta y que los plazos, por flexibles que hubieran sido al principio, habían dejado de serlo.
No elevó el tono en ningún momento, y precisamente por eso me resultó más difícil soportarla, porque cuando alguien grita todavía existe una forma de defenderse contra la emoción ajena, mientras que la calma de Claudia tenía algo de sentencia administrativa, de documento que se firma sin entusiasmo pero que luego no admite apelaciones.
Le hablé entonces de la presión, de las interrupciones, del bloqueo y de la dificultad de volver a entrar en una historia que parecía deshacerse cada vez que intentaba acercarme a ella, aunque su respuesta fue tan simple como cruel en su lógica: todas las novelas difíciles terminan encontrando un camino, pero para encontrarlo hay que permanecer dentro de ellas el tiempo suficiente, y yo llevaba ya demasiado tiempo girando alrededor del mismo punto sin avanzar hacia ninguna parte.
Aquello me molestó más de lo que habría querido admitir, no porque creyera que Claudia estuviera equivocada, sino porque en el fondo sabía que estaba utilizando contra mí precisamente el argumento que yo misma repetía cuando intentaba obligarme a seguir escribiendo.
Le contesté con cierta brusquedad, cosa que me avergüenza reconocer porque no suelo ser una mujer especialmente temperamental, al menos no en apariencia, pero hay momentos en los que la combinación de sueño, frustración y esa humillación íntima que produce sentirse observada en el punto exacto donde una preferiría no ser vista termina por volver peligrosa cualquier conversación.
Le dije que no estaba parada, que estaba escribiendo más de lo que parecía, que el problema no era la falta de trabajo sino la imposibilidad de convertir ese trabajo en algo que no me resultara mediocre, y al oírme hablar con tanta soltura de mi propio fracaso comprendí, con una lucidez bastante desagradable, que la vergüenza ya había dejado de protegerme y empezaba a funcionar únicamente como una forma más refinada de cansancio.
La discusión no fue escandalosa ni dramática, y quizá por eso me dejó peor de lo que me habría dejado una pelea abierta, porque no hubo gritos, ni acusaciones directas, ni una ruptura clara que me permitiera situar el conflicto en un lugar concreto del que luego pudiera arrepentirme; solo una conversación cada vez más tensa, cada vez más precisa, en la que Claudia insistió en que yo no podía seguir alimentando una espera indefinida y yo insistí en que no era una cuestión de voluntad sino de forma, de ritmo, de encontrar de nuevo la voz adecuada para una novela que se resistía con una obstinación casi física.
Cuando finalmente colgamos, me quedé unos minutos mirando la pantalla del móvil como si esperase que la conversación continuara sola, pero lo único que encontré fue el eco de mi propia irritación y una molestia sorda en la nuca que ya empezaba a resultarme demasiado familiar.
Intenté escribir después de eso, porque no sabía muy bien qué otra cosa hacer y porque la discusión había dejado en mí una mezcla de culpa y rebeldía que solo podía canalizarse frente al ordenador, donde las emociones ajenas al texto suelen transformarse rápidamente en vergüenza útil o en bloqueo absoluto.
Abrí el manuscrito, releí el último párrafo y traté de seguir desde allí, pero las frases me parecían demasiado limpias o demasiado pobres, demasiado conscientes de su propia corrección, como si todas hubieran sido escritas por una versión de mí misma más paciente, más ordenada y, sobre todo, mucho menos asustada que la mujer que estaba sentada en aquel despacho intentando fingir que seguía teniendo control sobre algo.
Probé con una escena distinta, luego con otra, y después con una nueva entrada que pretendía ser más íntima y que terminó sonando impostada desde la primera línea, de manera que acabé borrándolo todo con una mezcla de fastidio y resignación que ya no me sorprendía.
A media tarde decidí revisar los documentos antiguos, más por desesperación que por método, con la absurda esperanza de que alguna versión anterior del libro contuviera la solución que yo no había sido capaz de encontrar todavía, y fue entonces, mientras abría carpetas, saltaba de un archivo a otro y leía fragmentos dispersos que en otro momento me habían parecido prometedores, cuando tropecé con un bloque de texto que no reconocí en absoluto.
No era una escena terminada, ni siquiera una escena especialmente buena; se trataba de un trozo intermedio, unas pocas páginas con descripciones de una mujer que caminaba por un pasillo en una casa silenciosa, una mujer que parecía moverse con cautela, como si conociera de antemano el peligro de tocar ciertas puertas, y lo inquietante no era solo el contenido, sino la certeza inmediata de que no recordaba haber escrito ni una sola de aquellas líneas.
Leí el fragmento una primera vez con la concentración disciplinada de quien busca una explicación técnica, pensando que tal vez lo había redactado en un momento de extrema fatiga y luego olvidado por completo, pero a medida que avanzaba por el texto iba creciendo en mí una sensación menos racional y más incómoda, la de estar examinando algo que no me pertenecía del todo, aunque llevara mi estilo, mis cadencias y una parte reconocible de mi voz.
Volví al principio del archivo, comprobé la fecha de modificación y encontré una hora de la madrugada que no me decía nada, una hora en la que, según mi memoria, yo estaba acostada en la cama intentando dormir, y aun así el documento seguía ahí, perfectamente guardado, con una extensión considerable y con varios párrafos en los que se describía una puerta negra al fondo de un corredor que, según recordaba vagamente, no formaba parte de ninguna versión anterior del libro.
Sentí entonces un sobresalto muy pequeño, casi vergonzoso, porque no había en aquello nada sobrenatural ni espectacular, solo una duda íntima y persistente, pero una duda basta a veces para inclinar el mundo entero hacia un lado que una no había previsto.
Cerré el archivo, lo abrí de nuevo, leí otro párrafo, esta vez con más atención, y reconocí detalles que me resultaban perturbadoramente familiares, no porque pertenecieran a una historia conocida, sino porque estaban redactados con una precisión que sugería una intención previa, como si alguien hubiera querido anticipar un lugar, un gesto o una escena que todavía no había ocurrido.
Me obligué a respirar despacio, a no sacar conclusiones absurdas, a recordar que el cansancio produce lagunas y que el miedo, cuando encuentra una rendija, se dedica a ensancharla hasta volverla una puerta.
Pero el problema era precisamente ese: que el texto no estaba vacío donde yo recordaba haberlo dejado, sino lleno de algo que no recordaba haber creado, y cuando pasé a la página siguiente descubrí una frase aislada, escrita en un tono distinto al resto, una frase breve que parecía más una advertencia que una línea narrativa y que, sin embargo, seguía perteneciendo al documento como si siempre hubiera estado allí.
La leí varias veces, intentando convencerme de que mi reacción era exagerada, de que no pasaba nada, de que la explicación lógica llegaría en cuanto descansara un poco o revisara el archivo completo con más calma, pero lo cierto es que el desasosiego ya se había instalado en mí con la discreción de las cosas que todavía no han empezado a asustarnos del todo y que, precisamente por eso, resultan más difíciles de expulsar.
Al final de la tarde seguía sin haber escrito una sola página nueva y, sin embargo, tenía la impresión de haber trabajado más que en cualquier otro momento de la semana, porque no era solo la frustración de no avanzar lo que me agotaba, sino la sospecha cada vez menos abstracta de que parte de la novela ya existía en algún lugar que no dependía enteramente de mí, y de que yo, en lugar de estar inventándola, quizá me limitaba a seguir el rastro de algo que había empezado antes de que yo supiera nombrarlo.
Cuando cerré el ordenador ya había anochecido y la casa parecía más silenciosa que de costumbre, aunque puede que fuera únicamente yo quien, después de leer aquellos fragmentos, había empezado a escuchar el silencio de otra manera, como si dentro de él hubiese una forma muy leve, todavía incompleta, de intención.