Perpleja Capítulo 2
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Capítulo 2

La mañana siguiente amaneció envuelta en una claridad gris y uniforme que parecía haber borrado cualquier diferencia entre las horas.

Cuando abrí los ojos, tuve la impresión de no haber dormido en absoluto, aunque el reloj de la mesilla insistía en que habían transcurrido más de seis horas desde que me había acostado.

Aquella contradicción empezaba a resultarme familiar.

Últimamente el sueño se había convertido en una especie de territorio ambiguo del que regresaba cada mañana con la sensación de haber permanecido despierta durante todo el trayecto.

No recordaba haber soñado nada concreto, pero una fatiga persistente seguía adherida a mis pensamientos como una capa fina de polvo que ninguna cantidad de descanso parecía capaz de eliminar.

Permanecí varios minutos inmóvil, observando las sombras suaves que la luz de la calle proyectaba sobre el techo, mientras intentaba reconstruir mentalmente el recorrido de la noche.

Era una costumbre relativamente reciente.

Antes me levantaba sin pensar demasiado en ello; ahora dedicaba unos instantes a preguntarme cuántas veces me había despertado, cuánto tiempo había permanecido despierta entre un sueño y otro y si había olvidado algo ocurrido durante aquellas horas difusas que separan la vigilia del descanso.

Nunca obtenía respuestas claras. Lo único que conseguía era aumentar una sensación de incertidumbre que probablemente ya estaba presente antes de formular la pregunta.

Finalmente me incorporé y me dirigí a la cocina.

Mi apartamento no era especialmente grande, pero llevaba tantos años viviendo allí que conocía cada rincón con una familiaridad casi mecánica.

Podía recorrerlo con los ojos cerrados y saber exactamente dónde terminaba una alfombra, dónde comenzaba una pared o cuántos pasos separaban el dormitorio del salón.

Durante mucho tiempo aquella previsibilidad me había resultado reconfortante.

El orden tenía algo tranquilizador para una persona que trabajaba inventando historias, pasando los días dentro de escenarios imaginarios donde cualquier cosa podía suceder.

Sin embargo, con el paso de los años, aquella necesidad de orden había ido creciendo silenciosamente hasta ocupar más espacio del que me gustaba admitir.

Mientras preparaba café, recolocando por puro reflejo un azucarero que estaba apenas unos centímetros desplazado respecto a su posición habitual, fui consciente de que realizaba ciertos movimientos sin necesidad real.

Enderecé una revista sobre la mesa. Alineé dos tazas que ya estaban prácticamente alineadas.

Comprobé que la puerta de la despensa quedara completamente cerrada.

No era algo dramático ni incapacitante. Cualquiera que me hubiera observado aquella mañana habría visto simplemente a una persona ordenada.

El problema era que yo sabía cuánto alivio me producía completar aquellos pequeños gestos y cuánto malestar aparecía cuando intentaba ignorarlos.

Me llevé la taza al despacho y encendí el ordenador.

La habitación era probablemente el espacio más ordenado de toda la casa.

Las estanterías estaban organizadas según un sistema que solo yo entendía completamente.

Los cuadernos ocupaban siempre el mismo lugar.

Los bolígrafos permanecían dentro de un recipiente de cerámica que llevaba años utilizando.

Incluso los documentos digitales seguían una estructura obsesivamente clasificada en carpetas y subcarpetas que me permitían localizar cualquier archivo en cuestión de segundos.

A veces pensaba que aquel orden exagerado no era más que una forma de compensar el caos que experimentaba cuando intentaba escribir.

Abrí el manuscrito. Lo observé durante varios minutos. Después lo cerré.

No porque hubiera decidido dejar de trabajar, sino porque la sola visión de aquellas páginas empezó a provocarme una mezcla de agotamiento y rechazo difícil de describir.

Había días en los que todavía conseguía convencerme de que el libro existía.

Que solo necesitaba algunos ajustes más.

Un poco de tiempo adicional. Un último esfuerzo.

Sin embargo, aquella mañana el manuscrito me pareció el trabajo de una desconocida.

Reconocía las palabras. Reconocía las escenas.

Pero no reconocía el impulso que las había creado.

Buscando cualquier excusa para retrasar el momento de escribir, abrí el navegador y acabé haciendo algo que me había prometido no volver a hacer.

Busqué mi nombre.

La decisión fue tan automática que apenas fui consciente de ella hasta que los resultados comenzaron a aparecer en la pantalla.

Entrevistas antiguas. Artículos culturales.

Reseñas. Fotografías de festivales literarios.

Durante unos segundos navegué sin un objetivo concreto, saltando de una página a otra, hasta que encontré una crítica publicada varios años atrás, una crítica que había leído tantas veces que podría haber citado párrafos enteros de memoria.

No era la peor reseña que había recibido.

Ni siquiera estaba escrita con especial crueldad.

Lo que la volvía tan persistente era precisamente su tono razonable.

El crítico analizaba la novela con aparente equilibrio, destacando virtudes y defectos con la tranquilidad de quien cree estar formulando una opinión objetiva.

Sin embargo, entre aquellas observaciones había una frase concreta que se había quedado atrapada en mi cabeza desde la primera lectura.

«Quizá el mayor enemigo de Lara Valdés sea la expectativa creada por su propio talento».

La releí varias veces. Luego otra más. Y otra.

Sabía perfectamente lo absurdo que resultaba.

Habían pasado años desde la publicación de aquel artículo.

Mi carrera había continuado. Había recibido elogios mucho más importantes que aquella crítica.

Sin embargo, mi atención regresaba una y otra vez a la misma frase, como si dentro de esas pocas palabras se escondiera una verdad incómoda que todavía no había conseguido refutar.

Lo más irritante era que no estaba segura de estar en desacuerdo.

Cerré la página y me obligué a concentrarme en otra cosa, pero el comentario siguió acompañándome durante buena parte de la mañana.

Mientras respondía correos, mientras revisaba documentos antiguos e incluso mientras intentaba escribir un par de párrafos nuevos para la novela, aquellas palabras regresaban una y otra vez con la insistencia de una canción imposible de olvidar.

Alrededor del mediodía decidí salir a caminar.

El aire húmedo y el movimiento solían ayudarme cuando pasaba demasiadas horas encerrada.

Recorrí varias calles del barrio sin prestar demasiada atención al trayecto, concentrada en una cadena de pensamientos cada vez más repetitiva que giraba alrededor del libro, de la llamada con Claudia y del plazo imposible que acababa de aceptar.

Cuando regresé al apartamento una hora más tarde, dejé las llaves en el cuenco de la entrada y me dirigí automáticamente hacia la cocina.

Fue entonces cuando me detuve. Las llaves ya estaban allí.

Permanecí inmóvil durante unos segundos observando el cuenco.

No tenía sentido. Las sostenía en la mano cuando había abierto la puerta.

Lo recordaba perfectamente. Sin embargo, allí había otro juego de llaves idéntico al mío.

Tardé apenas unos instantes en comprender la explicación.

Las llaves que tenía delante eran las de repuesto.

Las guardaba siempre en aquel lugar y las había visto miles de veces.

La confusión había durado apenas un momento.

Pero el hecho de que hubiera existido me resultó desagradable. Me quedé observando ambas llaves unos segundos más antes de obligarme a seguir adelante.

Aquella tarde intenté trabajar durante varias horas.

Escribí poco. Borré mucho. Leí fragmentos antiguos de la novela y encontré una descripción que no recordaba haber escrito.

No era especialmente extraña. Tampoco estaba fuera de lugar dentro de la historia.

Lo único llamativo era la absoluta ausencia de recuerdos asociados a aquel párrafo.

Normalmente podía reconstruir, al menos de forma aproximada, el momento en que había escrito una escena determinada.

Recordaba la música que estaba escuchando o el estado de ánimo con el que me había sentado frente al ordenador. En aquella ocasión no había nada.

Supuse que era consecuencia del cansancio. La explicación parecía razonable. De hecho, todas las explicaciones disponibles parecían razonables. El problema era que empezaban a acumularse.

Cuando cayó la noche preparé algo de cena, vi media película sin prestar atención a la trama y terminé regresando al despacho por pura inercia.

El manuscrito seguía abierto en la pantalla.

Las palabras seguían allí. Inmóviles. Esperando.

Durante unos minutos observé el cursor parpadeando al final de una frase inacabada y pensé que aquel pequeño destello blanco se parecía inquietantemente a una cuenta atrás.

Me acosté cerca de las dos de la madrugada.

El sueño tardó en llegar. Como casi siempre, mi mente decidió aprovechar la oscuridad para repasar cada error, cada retraso y cada preocupación acumulada durante los últimos meses.

Intenté concentrarme en la respiración. Intenté vaciar la cabeza. Intenté no pensar en la novela.

Fracasé en las tres cosas. La última imagen que recuerdo antes de quedarme dormida fue la luz tenue del despertador marcando las 03:17.

A la mañana siguiente me desperté convencida de que había olvidado algo importante.

No sabía qué era. Ni cuándo había ocurrido.

Solo tenía la sensación persistente de que una pieza muy pequeña del día anterior se había desprendido de mi memoria durante la noche, dejando tras de sí un hueco tan discreto que cualquier otra persona lo habría ignorado.

Y quizá yo también lo habría ignorado. Si no hubiera empezado a sucederme cada vez con más frecuencia.