Capítulo 1
Desperté antes de que sonara el despertador y me quedé inmóvil durante unos segundos, observando la línea grisácea que se filtraba entre las cortinas del dormitorio.
Durante un instante no supe qué hora era ni qué día de la semana había dejado atrás la noche, pero sí reconocí inmediatamente aquella sensación familiar que llevaba meses acompañándome cada mañana: una presión leve y constante en el pecho, como si mi cuerpo hubiera aprendido a anticipar una preocupación antes incluso de que mi mente lograra ponerle nombre.
Había dormido poco. No era ninguna novedad.
Hacía tiempo que las noches completas se habían convertido en una excepción y no en una costumbre.
Lo habitual era despertarme varias veces, revisar la hora en el móvil, convencerme de que aún podía descansar unas horas más y terminar contemplando el techo mientras mi cabeza recorría los mismos pensamientos de siempre con la precisión obsesiva de quien conoce de memoria un camino demasiado transitado.
Permanecí unos minutos bajo las sábanas escuchando los ruidos del edificio.
Una cisterna descargándose en algún piso superior.
El ascensor subiendo lentamente. Una puerta cerrándose al fondo del pasillo comunitario.
Eran sonidos cotidianos, insignificantes, pero últimamente me aferraba a ellos con una atención que antes me habría parecido absurda.
El silencio había dejado de ser un refugio para convertirse en algo más ambiguo.
Durante años necesité silencio para trabajar.
Lo buscaba. Lo defendía. Lo convertía en una condición indispensable para escribir.
Ahora, en cambio, había momentos en los que me resultaba incómodo, como si el vacío sonoro ofreciera demasiado espacio a pensamientos que prefería mantener ocupados con cualquier otra cosa.
Me levanté, abrí las cortinas y observé la ciudad.
El cielo tenía ese color uniforme de las mañanas en las que parece que va a llover durante horas sin decidirse nunca a hacerlo.
Los edificios de enfrente aparecían cubiertos por una luz apagada y melancólica que convertía todas las ventanas en rectángulos de un gris casi idéntico.
Durante unos segundos apoyé la frente contra el cristal frío y contemplé aquel paisaje anodino sin pensar realmente en él.
Mi atención estaba puesta en otra parte. En la entrevista.
No era una entrevista importante. Ni siquiera estaba relacionada con un libro nuevo.
La emisora había organizado un pequeño espacio cultural aprovechando la reedición de una de mis novelas más conocidas y alguien había considerado oportuno invitarme.
En otro momento de mi vida aquello me habría parecido agradable.
Una conversación tranquila sobre literatura, lectores y escritura.
Nada especialmente complicado. Sin embargo, desde hacía algún tiempo cualquier aparición pública implicaba un esfuerzo que iba mucho más allá de desplazarme hasta un estudio y responder preguntas.
Había empezado a desarrollar una resistencia irracional hacia cualquier situación en la que alguien pudiera preguntarme por mi próximo libro.
Porque siempre acababan preguntándolo. Y porque yo siempre acababa mintiendo.
Preparé café mientras revisaba el correo electrónico desde el teléfono.
Encontré varios mensajes de lectores, una invitación para participar en un festival literario que llevaba semanas evitando responder y tres correos de la editorial.
El último procedía de Claudia. No necesitaba abrirlo para imaginar su contenido. Aun así, lo hice.
El asunto decía simplemente: «¿Cómo vas?». Ni una palabra más. Ni una exigencia. Ni una amenaza velada. Nada. Y, sin embargo, sentí un cansancio inmediato al leerlo.
Llevaba casi diez años trabajando con ella y conocía perfectamente aquella economía de lenguaje. Cuando Claudia escribía correos largos significaba que todavía estaba intentando convencerte. Cuando escribía correos breves era porque había dejado de buscar argumentos.
Miré la pantalla unos segundos antes de bloquear el teléfono y dejarlo sobre la encimera. ¿Cómo iba? Era una pregunta razonable. El problema era que ya no sabía responderla.
La novela ocupaba una carpeta enorme dentro de mi ordenador.
Había capítulos completos, personajes perfectamente definidos, escenas que me seguían gustando y páginas que probablemente conservaría hasta el final.
Sobre el papel parecía un proyecto avanzado.
La realidad era mucho más difícil de explicar.
Llevaba casi tres años trabajando en aquel manuscrito y seguía sin ser capaz de verlo como una obra terminada.
Cada vez que creía haber encontrado el camino adecuado aparecía una grieta nueva.
Un personaje que dejaba de funcionar. Un conflicto que perdía fuerza.
Una voz narrativa que de repente sonaba artificial.
Era como intentar construir una casa sobre un terreno que cambiaba de forma durante la noche.
Tomé el café en silencio, apoyada contra la encimera, mientras observaba la lluvia fina que finalmente había empezado a caer sobre la ciudad.
Durante mucho tiempo pensé que escribir consistía en resolver problemas.
Encontrar la palabra exacta. Corregir una estructura defectuosa.
Mejorar una escena. Ahora empezaba a sospechar que el verdadero problema era otro.
No sabía si había olvidado cómo escribir o si simplemente había dejado de confiar en mi capacidad para hacerlo.
La diferencia parecía pequeña, pero cada día me convencía más de que eran dos cosas completamente distintas.
La preparación para la entrevista me llevó más tiempo del necesario.
Cambié dos veces de ropa. Me recogí el pelo y volví a soltármelo.
Revisé el bolso varias veces para asegurarme de que llevaba las llaves, el móvil, la cartera y los auriculares.
En algún momento fui consciente de que estaba repitiendo comprobaciones innecesarias y aun así continué haciéndolas.
Era una costumbre antigua. Una de tantas pequeñas manías que había desarrollado con los años y que nunca consideré preocupantes porque siempre encontraba una explicación razonable para ellas.
La cuestión era que últimamente esas explicaciones empezaban a sonar menos convincentes.
Salí del apartamento con tiempo de sobra y conduje hasta la emisora bajo una lluvia cada vez más intensa. La radio permaneció apagada durante todo el trayecto. No tenía ganas de escuchar noticias ni tertulias ni música. Tampoco quería pensar. Pero mi cabeza rara vez pedía permiso.
Recordé mi primera entrevista.
Tenía treinta años y acababa de publicar una novela que nadie esperaba que funcionara.
Ni siquiera yo. Recuerdo haber llegado al estudio aterrada, convencida de que descubrirían inmediatamente que era una impostora.
Lo curioso era que, después de tantos años y varios libros publicados, la sensación seguía siendo prácticamente la misma.
La única diferencia era que ahora tenía más cosas que perder.
La periodista me recibió en recepción y me acompañó hasta el estudio.
Parecía amable y entusiasta. Había leído mis novelas.
Citó escenas concretas. Personajes secundarios que apenas recordaba haber escrito.
Aquello siempre me producía una mezcla extraña de gratitud y desconcierto.
Los lectores conservan detalles de tus libros que tú misma has olvidado años atrás.
A veces tienen una memoria más fiel de tu trabajo que tú.
La entrevista comenzó de forma previsible.
Hablamos de literatura, de hábitos de lectura, de las diferencias entre escribir hace quince años y hacerlo ahora.
Comenté algunas anécdotas relacionadas con mis primeras publicaciones y respondí a varias preguntas sobre la reedición.
Mientras hablaba, una parte de mí actuaba por inercia.
Sabía exactamente qué tono utilizar, cuándo introducir una broma y cómo construir respuestas que sonaran reflexivas sin resultar pretenciosas.
Había concedido suficientes entrevistas como para dominar aquella coreografía invisible.
Sin embargo, otra parte de mí permanecía tensa. Esperando. Porque sabía lo que iba a llegar. Y llegó.
— Tus lectores llevan tiempo preguntando por tu próxima novela. ¿Puedes adelantarnos algo?
Sonreí. No porque me apeteciera. Porque mi cuerpo sabía hacerlo antes que yo.
— Estoy terminándola —dije.
La frase salió con una facilidad aterradora.
La periodista asintió con interés y me pidió más detalles. Seguí hablando. Inventé una versión aceptable de la verdad. Expliqué que había sido un proceso largo, que necesitaba tiempo para madurar ciertas ideas y que esperaba tener noticias pronto.
Mientras me escuchaba responder, tuve la sensación incómoda de estar observando a otra persona.
Una escritora segura. Una profesional experimentada.
Una mujer que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
La imagen era tan convincente que durante unos segundos casi conseguí creerla yo también.
Cuando terminó la entrevista sentí alivio.
No satisfacción. Alivio. Como quien supera un examen para el que llevaba semanas preparándose.
Al salir del edificio la lluvia seguía cayendo y el aire húmedo me golpeó el rostro con una frescura desagradable.
Caminé hasta el coche sin prisa, disfrutando de aquellos minutos de anonimato entre el final de la entrevista y el inevitable regreso a la realidad.
La llamada de Claudia llegó antes de que pudiera arrancar el motor. Contesté.
Su voz sonó cálida al principio. Hablamos de la entrevista. De la periodista. De la reedición. Durante unos minutos casi pareció una conversación normal entre dos personas que llevaban demasiados años trabajando juntas.
Después llegamos al verdadero motivo de la llamada.
La novela. Claudia no elevó la voz en ningún momento.
Nunca lo hacía. Precisamente por eso resultaba tan difícil discutir con ella.
Me recordó los plazos. Las reuniones pendientes.
Las previsiones de publicación. Las expectativas de la editorial.
Yo respondí con los mismos argumentos que llevaba utilizando durante meses.
Cambios de estructura. Problemas narrativos.
Necesidad de más tiempo. Mientras hablaba fui consciente de que una parte de aquellas explicaciones era sincera.
La otra parte estaba compuesta por miedo.
Miedo a terminar el libro. Miedo a entregarlo.
Miedo a descubrir que después de tantos años la espera no había servido para nada.
Hubo un largo silencio. Después Claudia suspiró.
— Lara, necesito un borrador dentro de una semana.
Miré la lluvia deslizándose por el parabrisas. Una semana. Era absurdo. Imposible. Ridículo. Y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo tuve la sensación de que aquella imposibilidad era real.
Que se habían acabado las prórrogas. Que ya no quedaban más excusas.
Cuando colgué permanecí inmóvil durante varios minutos.
Noté la mandíbula tensa. Los hombros rígidos.
Un ligero temblor en los dedos que desapareció en cuanto cerré la mano sobre el volante.
Respiré profundamente. Después otra vez.
Y una tercera. No sirvió de mucho. Porque la ansiedad no desaparece cuando la reconoces.
Simplemente deja de esconderse. Arranqué el coche y me incorporé al tráfico con una única idea instalada en la cabeza.
Durante tres años me había repetido que el problema era aquella novela.
Por primera vez empecé a preguntarme si el problema era yo.