Perpleja Prólogo
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Perpleja

Perpleja

Por Adrian Sixto Lopez

© inepub.com

Prólogo

La lluvia llevaba varias horas golpeando los cristales con una constancia tan pareja que había dejado de parecer un fenómeno meteorológico para convertirse en una especie de fondo permanente, una presencia más de la casa, como la madera oscura de los zócalos, el olor tenue a polvo húmedo o el zumbido cansado de la lámpara que alumbraba el escritorio.

La mujer permanecía sentada frente al ordenador con la espalda algo vencida y una mano apoyada en la nuca, intentando aliviar una tensión que no era nueva pero que aquella noche se le había instalado en los músculos con una terquedad particularmente desagradable.

Había reescrito el mismo párrafo varias veces sin conseguir que la escena respirase como debía, y esa frustración silenciosa, tan pequeña en apariencia y tan corrosiva en el fondo, empezaba a hacerle pensar que tal vez no estaba corrigiendo un texto, sino persiguiendo algo que se negaba a ser comprendido.

El documento seguía abierto en la pantalla, iluminándole el rostro con una luz pálida que acentuaba las ojeras y le devolvía una versión de sí misma que no le gustaba demasiado, aunque llevaba tanto tiempo conviviendo con aquella imagen que ya no siempre era capaz de distinguir entre el agotamiento real y la costumbre de sentirse agotada.

Leyó otra vez las últimas líneas con la paciencia de quien sabe que el problema no está solo en las palabras, sino también en la forma de mirarlas, y por un instante tuvo la sensación incómoda de que la historia iba unos pasos por delante de ella, como si existiera una intención ajena dentro del manuscrito, una lógica propia que no dependía exactamente de su voluntad y que, sin embargo, seguía obedeciendo a algo que todavía no alcanzaba a nombrar.

Volvió a leer el párrafo del final, el que hablaba de una mujer caminando por un pasillo, de una casa en silencio y de una puerta que no terminaba de encajar en ningún sitio, y entonces apareció esa incomodidad difícil de explicar que no era exactamente miedo, pero sí una forma de desajuste, una leve certeza de que había algo en aquellas palabras que le resultaba familiar por razones que no conseguía recuperar.

Se inclinó un poco hacia la pantalla, frunció el ceño y apoyó los dedos sobre el teclado con la intención de corregir una frase que no terminaba de convencerla, pero en lugar de borrar la línea que ya había escrito añadió otra, casi sin pensarlo, como si una idea breve y torpe hubiese cruzado por su cabeza antes de que pudiera decidir si era suya o no.

La frase no parecía importante, y quizá por eso mismo la miró dos veces, con esa desconfianza íntima que solo aparece cuando algo demasiado sencillo empieza a parecer sospechoso.

Fue entonces cuando oyó el ruido. No un golpe claro, ni un crujido dramático, ni nada que pudiera hacer pensar de inmediato en una amenaza, sino un sonido breve y contenido, una pequeña vibración en algún lugar de la casa, como si la madera o la tubería o la propia estructura del edificio hubiera respondido a un movimiento leve y distante.

Levantó la cabeza despacio, casi con desgana, y se quedó mirando la puerta abierta del despacho, al otro lado de la cual comenzaba un pasillo estrecho que la oscuridad iba tragándose con paciencia.

La lluvia seguía cayendo fuera, la lámpara seguía zumbando junto a ella, y no había en realidad nada que justificara la sensación de alarma que empezaba a crecerle por dentro, aunque tampoco había nada capaz de disiparla del todo, porque a veces basta una incomodidad mínima para alterar el orden entero de una noche y volver sospechoso hasta el aire.

Pensó, como pensaría cualquier persona sensata, que estaba cansada, que llevaba demasiadas horas escribiendo, que probablemente había dormido mal durante varios días seguidos y que su cabeza estaba empezando a mezclar la tensión del trabajo con el silencio de la casa, tan limpio y tan viejo a la vez, como si ambas cosas pertenecieran a una misma categoría de desgaste.

Apartó la vista del pasillo y regresó a la pantalla con una disciplina casi automática, convencida de que al día siguiente, después de dormir un poco, todo aquello le parecería una exageración sin importancia, una de esas impresiones raras que nacen del agotamiento y desaparecen al amanecer.

Pero entonces vio que algo había cambiado en el documento, algo que no estaba allí un instante antes y que la obligó a quedarse inmóvil, con la respiración contenida y la mirada fija en una línea recién aparecida al final del texto, una línea que ella no recordaba haber escrito y que, sin embargo, estaba ahí, esperándola con una claridad que resultaba mucho más inquietante que cualquier sobresalto.

Leyó la frase una vez y luego otra, porque de pronto había dejado de entender no solo lo que significaba, sino también la razón por la que le producía aquella impresión tan precisa de amenaza, como si el aviso contenido en esas palabras tuviera algo de íntimo y de antiguo, como si no se tratara de una instrucción literaria sino de una advertencia dirigida exclusivamente a ella.

En la pantalla, el cursor parpadeaba al final de la frase con una calma insultante, y la mujer siguió mirándola en silencio mientras la lluvia continuaba deshaciéndose sobre las ventanas de la casa, como si en el exterior todo siguiera funcionando con una normalidad impecable y en el interior, en cambio, algo acabara de desplazarse por primera vez.