Capítulo 22
Encontré las fotografías casi por casualidad, aunque ahora que lo pienso con más calma empiezo a sospechar que en aquella casa lo casual nunca era del todo casual y que hasta los hallazgos más inocentes parecían obedecer a una clase de orden que yo solo alcanzaba a distinguir cuando ya era demasiado tarde para fingir que no me afectaba.
Estaba buscando otra cosa, quizá algún papel suelto entre los diarios o alguna referencia que me ayudara a fechar con más precisión la visita anterior a la casa, cuando vi una carpeta de cartón escondida detrás de un paquete de folios en la balda inferior de la estantería del despacho, y la abrí con esa atención distraída que una adopta cuando piensa que lo que va a encontrar no tiene importancia suficiente como para alterar el resto del día.
Dentro había varias fotos impresas, algunas en blanco y negro, otras en color ya ligeramente apagado por el tiempo, y al principio solo reconocí en ellas fragmentos del lugar, una esquina del salón, una parte del jardín, el borde de la mesa de la cocina, como si alguien hubiera querido guardar pequeños documentos visuales del estado de la casa antes de la reforma.
Pero en la tercera fotografía me vi a mí misma, o más exactamente vi a una mujer que era yo con una claridad tan brutal que durante unos segundos no fui capaz de entender qué estaba mirando ni por qué el simple acto de reconocer un rostro podía resultar tan ofensivo cuando aparece en un lugar donde jurarías no haberlo dejado nunca.
La imagen estaba tomada desde cierta distancia, quizá por otra persona, y en ella yo aparecía de pie junto a la ventana del salón, con la cabeza algo inclinada y una mano apoyada en el respaldo de una silla, vestida con un abrigo oscuro que no recordaba haber llevado en la casa actual pero que sí podía corresponder a otra época del año, a otro viaje o a otra versión de mí misma que todavía no sabía encajar del todo con la que seguía sentada frente a aquella carpeta.
No estaba sonriendo, aunque tampoco parecía abatida, y lo que más me impresionó no fue la expresión del rostro, sino la forma en que el cuerpo ocupaba el espacio, con una naturalidad tan reconocible que me obligó a fijar la vista en los detalles del fondo, porque si aquello era una foto tomada en la misma casa, entonces tenía que estar allí por una razón, y esa razón me resultaba mucho más inquietante que la posibilidad de haber olvidado el momento.
Detrás de mí se distinguía la misma pared del salón que ahora estaba a unos metros del despacho, el mismo ventanal, la misma disposición de la chimenea y un fragmento de una lámpara que luego habían cambiado o desplazado durante la reforma, y en un borde de la imagen aparecía incluso una mesa de madera sobre la que había un vaso, lo bastante borroso como para no saber si estaba lleno o vacío.
Me quedé observando la foto con la sensación de estar mirando un pasado que no me pertenecía del todo, aunque la evidencia de mi propio rostro dejaba muy poco margen para la duda.
Pasé a la siguiente fotografía con una lentitud casi solemne y en ella aparecía yo de perfil, de pie en el pasillo del piso superior, justo delante de la pared donde ahora sabía que había estado la habitación vacía y donde, en otra ocasión, había creído ver la puerta negra.
La imagen era mejor que la anterior porque estaba tomada con más luz, quizá a través de una puerta abierta, y permitía distinguir con claridad el trazado del corredor, la ventana del fondo y el ángulo exacto desde el que la cámara me había captado.
Lo perturbador no era solo que yo estuviera allí, sino la naturalidad con la que parecía formar parte del lugar, como si aquella visita no hubiese sido un accidente ni una excepción, sino un gesto conocido, una presencia que ya había ocupado la casa antes de que yo llegara de nuevo en mi propio coche, con mis maletas y mi impresión reciente de estar entrando en un sitio ajeno.
No recordaba esa escena. No recordaba haber estado en aquel pasillo con la ropa de la fotografía, ni haberme detenido ahí con esa expresión concentrada y tan cuidadosamente vacía de sorpresa.
Aun así, la imagen seguía existiendo con una contundencia casi insultante, y al verla comprendí que el problema ya no era únicamente mi memoria, sino la posibilidad de que la memoria hubiera sido retirada de una parte concreta de la vida con una precisión demasiado limpia para atribuirla sin más al agotamiento.
Revisé el resto de la carpeta con una mezcla de urgencia y prevención, y encontré otras imágenes menos centradas en mí pero igualmente comprometedoras porque ayudaban a situarme en la casa con una continuidad imposible de ignorar.
En una de ellas aparecía yo sentada en la cocina, con una taza entre las manos y una libreta abierta delante, en otra estaba de pie frente al jardín, mirando hacia el camino de grava como si esperara a alguien que no llegaba, y en una tercera, tomada aparentemente desde el umbral de una habitación, salía yo en la biblioteca improvisada que había empezado a utilizar para trabajar durante esta estancia, aunque la imagen era anterior a mi llegada actual porque los libros y algunos muebles estaban dispuestos de manera distinta, con una lógica que ya no correspondía a la distribución que yo conocía.
La sucesión de fotos me fue dejando una impresión cada vez más difícil de soportar, no porque mostraran nada fantástico o incluso especialmente dramático, sino precisamente por su sencillez doméstica, porque no había en ellas ningún gesto teatral ni nada que justificara el vacío de mi recuerdo; solo una continuidad de momentos normales que, vistos de golpe, empezaban a sugerir que la casa me había recibido antes y que yo había vuelto a ella sin llevar conmigo la escena completa de esa primera visita.
Me di cuenta entonces de que las fotografías no estaban desordenadas al azar, sino agrupadas con un criterio que parecía seguir una progresión muy precisa, como si alguien hubiese querido documentar no una estancia concreta, sino una secuencia de acercamiento, permanencia y salida.
En las primeras aparecía yo todavía con cierta rigidez, observando las habitaciones con una atención casi profesional, en las siguientes esa postura iba relajándose y se me veía ya sentada en la mesa de trabajo, escribiendo o revisando papeles, y en las últimas, que me obligaron a tragar saliva antes de seguir pasando las hojas, había un cansancio tan visible en el gesto que me resultó incómodo reconocerlo como mío.
No sé si fue por eso o por la combinación de todas las imágenes, pero empecé a notar una ligera tensión en la nuca y una molestia física muy concreta, como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza que estaba delante de una prueba más seria de lo que yo había querido admitir.
Las fotografías no probaban un delirio, ni una conspiración, ni siquiera una manipulación externa, pero sí demostraban algo que ya empezaba a pesar demasiado en el centro de la historia: yo había estado allí antes, había posado para la cámara, había recorrido la casa con la misma familiaridad incierta que ahora me sostenía y, aun así, no conservaba de todo aquello una memoria capaz de resistir la evidencia.
Busqué una fecha en los reversos, con la esperanza de encontrar una marca que me ayudara a ordenar el hallazgo dentro de una secuencia comprensible, y encontré varias anotaciones a lápiz, algunas casi borradas, otras apenas legibles, que situaban las fotografías en una franja temporal de varios meses antes de mi llegada actual.
No era una sola visita, sino varias, o al menos eso sugerían las fechas, dispersas entre sí lo suficiente como para que no parecieran parte de un único viaje.
Había una imagen fechada en primavera, otra a principios de verano, y una tercera que debía de corresponder a finales de un periodo anterior a mi estancia actual, todas ellas tomadas en la misma casa o en una versión casi idéntica de ella, con pequeñas modificaciones en el mobiliario y en algunos detalles del jardín que indicaban una continuidad real, no una ilusión.
Me quedé mirando esas fechas con una atención cada vez más desconfiada, porque si eran correctas, entonces mi relación con la casa había empezado mucho antes de lo que yo recordaba, y si no lo eran, entonces alguien había decidido fabricar una cronología falsa con una precisión tan minuciosa que el simple hecho de pensar en ello resultaba más agotador que tranquilizador.
La pregunta que apareció entonces no fue exactamente por qué estaba en la casa, sino qué había ocurrido entre aquellas visitas y mi llegada actual, porque las fotografías me mostraban un vínculo físico con el lugar que no se correspondía con mi recuerdo.
Pensé en los diarios, en las entradas que mencionaban la finca y en aquella visita previa que yo no era capaz de reconstruir, y la combinación de ambos hallazgos empezó a formar un dibujo más inquietante que cualquiera de las piezas por separado.
Si los diarios me decían que ya había venido aquí antes y las fotografías me lo confirmaban, entonces la laguna no era una omisión menor sino una ausencia estructurada, algo que había sido apartado de la memoria con suficiente eficacia como para dejar solo restos de reconocimiento, una familiaridad sin relato.
Y esa idea me produjo una incomodidad más honda que el miedo porque no había en ella nada sobrenatural ni especialmente espectacular, sino la posibilidad muy concreta de que mi vida estuviera llena de tramos perdidos que yo había ido sustituyendo por una continuidad falsa, más o menos cómoda, hasta encontrarme de nuevo en la misma casa sin recordar del todo el camino que ya había recorrido.
Durante un buen rato permanecí sentada en el suelo del despacho, con las fotografías extendidas delante de mí, repasando una y otra vez el rostro de aquella mujer que era yo y que, sin embargo, seguía pareciéndome una versión desplazada de alguien que conocía mal.
Intenté reconocerme en la expresión, en la postura, en la ropa, en el modo de apoyarme junto a la ventana o de sostener la libreta, pero cuanto más lo intentaba más me invadía una impresión difícil de explicar, como si las imágenes no fueran pruebas de una visita pasada sino de una familiaridad tan profunda que había sido interrumpida en algún punto por la memoria.
No estaba mirando a una extraña, desde luego, pero tampoco a una versión de mí que pudiera reclamar sin reservas.
Había algo en el conjunto de las fotos, una continuidad demasiado tranquila, que me hizo pensar por primera vez de manera seria que la casa no me estaba mostrando algo nuevo, sino devolviéndome una parte de la historia que llevaba tiempo evitando o que quizá había sido separada de mí con demasiada eficacia como para seguir confiando en mi recuerdo espontáneo.
Y aun así, incluso después de aceptar que las imágenes confirmaban una visita anterior, no conseguí sentirme del todo cerca de una explicación definitiva, porque las fotos no aclaraban nada sobre el motivo de aquella estancia, ni sobre quién me había traído, ni sobre lo que había ocurrido después de salir de la casa, ni mucho menos sobre por qué había regresado ahora con la sensación de estar empezando algo que en realidad ya había sucedido.
Esa ausencia de contexto era casi más inquietante que la propia prueba, porque obligaba a imaginar una secuencia rota donde las piezas estaban, pero no el gesto que las unía.
Cerré la carpeta con cuidado, como si al hacerlo fuera posible contener la proliferación de preguntas, y me quedé un rato inmóvil mirando el escritorio, con la impresión incómoda de que la casa acababa de mostrarme una de las grietas más delicadas hasta el momento: no era solo que yo hubiera estado allí antes, sino que las fotografías demostraban que una parte de mí sí lo había sabido, al menos lo suficiente para dejar constancia visual de ello, aunque luego esa misma parte se hubiera disuelto en un olvido tan limpio que ahora no podía distinguir si había sido un accidente, una defensa o una forma más sofisticada de mentirme a mí misma.