Capítulo 45
—Léame otra vez la quinta.
Nuria Salvat llevaba veinte minutos sentada al otro lado de la mesa de Pilar Aizpún y era la tercera vez que lo pedía.
Nuria Salvat se obliga a no presentar nada de eso durante treinta días.
Y hay cinco causas de liberación automática, que es lo que ella pidió y lo que hemos discutido durante cuatro horas: que no se complete el lote y se administre; que no se transfiera el control; que se vuelva a retener a León Arce; que Helena Vives o Mercedes Vives manipulen, sustituyan o hagan desaparecer un solo documento del expediente; y que el treinta y uno de julio no esté iniciado el procedimiento de reparación a pacientes y donantes, con calendario y con cantidades.
Si ocurre cualquiera de las cinco, el depósito se levanta solo. No hace falta que ella lo pida, no hace falta que lo justifique y no hace falta que nadie esté de acuerdo.
Conserva copia íntegra fuera de mi alcance, en poder de su propia abogada, que es una mujer de Alcalá que no ha aparecido en esta historia y que me mandó dos correos muy correctos.
—Esto no es un pacto de silencio —me dijo, cuando terminó de leer la quinta por tercera vez.
—No.
—Yo lo que estoy comprando son treinta días para que no se mueran cuarenta y cuatro personas.
—Sí.
—Y el treinta y uno de julio, si esto no ha empezado, lo presento.
—Lo presenta.
—Y usted va delante.
—Yo voy delante. —Le pasé el bolígrafo—. Está en el folio nueve, con mi nombre.
Firmó a las cinco y cuarto.
Después bajamos a la planta menos dos y yo no entré.
Le abrí con mi tarjeta, le dije que él la estaba esperando, le dije que la puerta se abre desde dentro y que yo iba a estar en el pasillo, y ella entró y cerró.
Estuve cincuenta y ocho minutos sentada en el suelo de aquel pasillo, con la espalda contra la pared, debajo de la lámina del puerto, mirando el ascensor.
De aquella hora no sé nada y no lo voy a saber nunca, y así tiene que ser.
Lo que sí sé es lo que hice yo durante esos cincuenta y ocho minutos, y lo escribo porque es feo.
Los primeros veinte los pasé preparando lo que iba a decirle a Nuria Salvat si salía de allí diciendo que no firmaba. Tenía tres argumentos ordenados y un cuarto de reserva. El cuarto era su madre.
A los veinte minutos me di cuenta de lo que estaba haciendo, paré, y estuve los treinta y ocho restantes sin hacer nada.
Treinta y ocho minutos sentada en el suelo de un pasillo, con las manos quietas, es más tiempo del que yo he estado sin hacer nada desde 2019.
Se oía la máquina de la cámara del anexo, que arranca cada once minutos y para.
Se oía el ascensor, tres veces. No se oía nada de la habitación, porque esa puerta es de las de laboratorio y no pasa el sonido, y eso lo sé porque lo comprobé el catorce de junio por un motivo que ya no me acuerdo de si era bueno.
Cuando salió, a las seis y catorce, tenía la cara de alguien que ha estado llorando hace un rato y ha terminado.
Se quedó de pie a mi lado mientras yo me levantaba.
—Le he preguntado si podía haber parado aquello —dijo—. Me ha dicho que sí.
—Ya.
—Y le he preguntado por qué no lo hizo. —Se colgó bien el bolso—. Y me lo ha dicho.
—¿Lo mismo que a mí?
—Supongo. No se lo voy a repetir.
Anduvimos hasta el ascensor y esperamos los cuarenta segundos que tarda.
—No le perdono —dijo, mirando la puerta.
—No se lo he pedido.
—Ya lo sé. —Entramos—. Se lo digo porque quiero que quede dicho antes de firmar lo otro.
Lo otro se lo expliqué arriba, en mi despacho, a las seis y media, con el folio delante y sin prisa, porque era lo único de todo el domingo que dependía de que yo lo explicara bien.
Le dije que en el convenio que voy a firmar esta noche hay una cláusula que permite designar un sustituto de mi firma para el caso de que yo me muera o quede incapacitada.
Le dije lo que significa que alguien acepte eso.
Que cada veintiocho días hay una lista con cuarenta y cuatro nombres y menos dosis que nombres. Que las dosis se adjudican con dos firmas. Y que el día que yo falte, una de esas dos firmas será la de la persona que acepte.
—O sea que decidiría yo quién vive.
—Usted y él. Los dos.
—¿Y si no nos ponemos de acuerdo?
—No se pone la dosis.
Se quedó un rato mirando el folio.
—¿Y por qué yo?
—Porque es la única persona de todo esto a la que se le puede preguntar antes.
Nuria Salvat preguntó dos veces más. Preguntó si podía renunciar después y le dije que sí, en cualquier momento y sin motivar. Preguntó si podía consultarlo con alguien y le dije que sí y que yo esperaba.
Estuvo doce minutos con el móvil en el pasillo y volvió, y antes de sentarse hizo la única pregunta que a mí no se me había ocurrido.
—¿Él sabe que me lo está pidiendo a mí?
—No.
—¿Y lo va a saber?
—Cuando yo firme la designación. —Le puse el folio delante—. El mecanismo lo ha aceptado. El nombre lo pongo yo y se lo comunico al depositario, no a él.
—O sea que puedo estar años sentada en una lista sin que la otra parte sepa que existo.
—Sí.
—Eso es lo que hacía esta casa.
—Sí. —No aparté la mirada—. Con la única diferencia de que a usted se lo estoy contando ahora y de que puede levantarse.
Firmó la cláusula sexta a las siete menos diez.
Es la primera vez en setenta y dos años que alguien en esta casa pregunta antes.
Lo escribo así de plano y no lo voy a adornar, porque llevo cuatro semanas descubriendo lo contrario en cada carpeta que abro.
La cuarta causa la discutimos hora y media y es la que ella escribió de su puño.
Yo la había redactado como se redactan estas cosas: prohibición de destruir, alterar o sustituir documentación del expediente. Nuria Salvat leyó los tres verbos y dijo que faltaba uno.
—Poner —dijo.
—¿Cómo?
—Que tampoco puedan meter un papel nuevo. —Cogió el bolígrafo—. Porque lo que ustedes hacen no es quitar. Ustedes ponen otro encima.
Y escribió a mano, en el margen del folio cuatro, «ni incorporar documentación nueva al expediente sin comunicación previa al depositario», y rubricó, y yo lo acepté sin discutirlo porque tenía razón y porque llevaba cuatro semanas siendo la única persona de este asunto que no lo había visto.
Una profesora de secundaria le encontró el agujero a una cláusula mía en cuatro segundos.
A mi madre la dosis le entró a las siete y dos minutos de la tarde.
Se la puso Loreto, en la habitación doce de la segunda planta, con la cama subida y la ventana abierta, y yo estaba de pie a los pies de la cama y firmé el parte de administración en el mostrador de control con el bolígrafo de Loreto.
Cincuenta menos una son cuarenta y nueve.
A las nueve y cuarto ya no le temblaban las manos.
A las diez estaba sentada en el sillón de la habitación en vez de en la cama, y un rato después pidió que le bajaran la persiana.
Y eso es todo lo que va a hacer esa dosis.
Los seis kilos no vuelven. La piel de las manos no vuelve. Los treinta años que se le han caído encima en una semana se quedan donde están, y lo que se ha parado es la caída, no lo caído.
Mi madre va a vivir. Va a vivir sin la casa, sin las patentes, sin los inmuebles, sin el consejo y con el cuerpo que tiene ahora, y va a seguir recibiendo una dosis cada veintiocho días que voy a tener que firmar yo con otra persona, y que además va a necesitar la conformidad expresa de una mujer a la que sujetaron tres noches.
No me dijo nada a las siete y dos ni a las nueve y cuarto ni a las diez y media.
Estuve en aquella habitación una hora y veinte minutos en total, repartidos en tres veces, y en ese tiempo mi madre me pidió agua una vez, me pidió que le acercara el libro otra y me dio las gracias las dos.
Las dos veces dijo «gracias» y nada más, con la voz de siempre, que es lo único suyo que no ha cambiado en una semana.
No ha vuelto a decirme nada.
Y no lo va a hacer. Eso lo sé desde anoche, y no porque me lo haya dicho ella. Lo sé porque llevo cuarenta y un años viéndola dejar de hablarle a gente.
Ruth Almazán se marchó a las cinco de la tarde, mientras yo estaba en la notaría, y me enteré por un mensaje suyo de dos líneas.
Se llevó el equipo de flebotomía, cuatro cajas de material y un folio con el protocolo, y las tres cosas se las llevé yo de madrugada, en hora y media de coche por una carretera vacía.
El folio lo escribí a mano a las cuatro, hora y media después de que me lo contaran, y a las cuatro y media salí con el equipo en el maletero y estuve de vuelta antes de que abrieran el laboratorio.
y dice cuánto, cada cuánto y qué hay que reponer después.
Es lo que le enseñó un hombre a otro hombre en un sótano en 1957, copiado por mí en un folio en 2026, y es lo único que tiene para no depender de esta casa ni de nadie.
Le va a costar la salud, la cara y probablemente veinte años.
Lo eligió ella con toda la información delante, en una habitación de hotel, y me hizo repetirle dos veces la parte de los veinte años.
No me dio las gracias.
Lo escribo porque me di cuenta a las siete de la tarde de que lo estaba esperando, y porque me estuvo dando vueltas hasta la noche, y porque a las once entendí que no me las debe.
Yo no la salvé. Yo firmé el papel por el que la sujetaron y catorce días después fui a buscarla a un apartamento donde llevaba once días sola.
Las dos cosas las hice yo. No se restan.
Del mensaje de las cinco copio las dos líneas enteras, porque son lo último que tengo de ella y porque no hay nada más que decir de esa mujer.
«Me voy. Lo del piso de mi madre lo hablo yo con la residencia, no llame usted.»
Nada de la clínica, nada de su brazo, nada de las tres noches y nada de mí. Dos líneas para decirme que se va y para quitarme de en medio en la única gestión que le importa, que es la de su madre, y que no piensa dejar en mis manos.
Se queda con el derecho sobre mi madre y con mi número de teléfono, y no ha usado ninguna de las dos cosas.
D14 lo firmamos a las diez y veinte de la noche, en la consulta tres de la primera planta, de pie, con el folio apoyado en la camilla.
Cuatro cláusulas. Dos firmas para toda adjudicación y toda retirada. La reserva de Encarna Almazán. La conformidad de Ruth para cualquier dosis destinada a Mercedes Vives. Y la sucesión, con aceptación previa y expresa del designado.
Tardamos dos minutos. No hubo ceremonia, no hubo brindis y no hubo una frase para la ocasión.
—¿A quién va a designar? —preguntó, mientras yo doblaba el folio.
—Ya se lo diré.
—Vale.
Salió del edificio a las once de la noche por la puerta principal.
Bajó los cuatro escalones con una bolsa de deporte azul en la mano derecha, de las que se compran en un supermercado, con dentro tres camisas, dos pantalones, el cuaderno cuadriculado, un cortauñas y once libros de ciento diecisiete.
Yo estaba en la acera, al lado del coche, a doce metros.
Llegó al último escalón, pisó la acera y se paró.
Se quedó ahí, con la bolsa en la mano, mirando a la derecha y después a la izquierda, y después otra vez a la derecha.
En esa calle, a las once de la noche de un domingo de julio, hay una farola cada quince metros, un contenedor, dos coches aparcados y ninguna indicación de nada.
Yo tenía el coche abierto y sabía perfectamente hacia dónde había que ir, porque el piso está a treinta y cinco minutos y lo he alquilado yo.
No dije nada.
Y no lo dije porque llevaba doce horas firmando papeles que le devuelven a ese hombre todo lo que esta casa le quitó en setenta y dos años, y porque a las once de la noche de aquel domingo lo último que podía hacer yo era decirle hacia dónde girar.
Estuvo parado once segundos.