Perpetua Capítulo 46
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Capítulo 46

Lunes seis de julio. El inventario del día veintinueve, que lo hice yo a mediodía y que ocupa media hoja.

Cuarenta y nueve dosis en cámara, en cinco bandejas, a cuatro coma dos grados.

Cuarenta y cuatro pacientes vivos. Tres muertos en cuatro semanas: Aníbal Roig el día nueve, Fermín Olabarri el diecinueve y Sagrario Toledano el veintiséis.

La primera en una habitación con su sobrino recogiendo una maquinilla de afeitar, la segunda por un mensaje en un grupo de coordinación y la tercera por un ruido en el pasillo a las siete de la tarde.

Dos personas inscritas en el registro de pacientes que no consumen dosis: la cuarenta y ocho y la cuarenta y nueve.

Las inscribí ayer por la noche, después de firmar el convenio, porque una persona que no está en un registro no tiene derechos dentro de él, y porque lo he aprendido de la peor manera posible.

La cuarenta y ocho es Ruth Almazán Vidal. La cuarenta y nueve soy yo.

Veintinueve días de moratoria. La reparación a pacientes y donantes no ha empezado y en la carpeta que tengo abierta en el ordenador hay tres folios de notas y ninguna cantidad.

Fui a su casa a mediodía.

Vive en un tercero con ascensor de una calle de Chamberí, alquilado a nombre de Arce Patrimonial, elegido por él el jueves de entre cuatro que le mandé, y lo eligió por una razón que no me quiso explicar hasta que estuvimos dentro: es el único de los cuatro en el que se oye la calle.

Estuvimos dos horas y media y en dos horas y media no hablamos de nada.

Deshizo la bolsa de deporte, que llevaba diecinueve horas hecha encima de una silla, y colocó once libros en una estantería de dos metros con espacio para trescientos. Los puso alineados a la izquierda, sin separarlos, ocupando veinte centímetros de balda.

Comimos. Come deprisa y no habla mientras come, que es una cosa que yo creía que era de él y que ayer entendí que es de la mina.

A las dos y media fuimos a la ventana porque pasaba un camión de basura y él quería verlo, y estuvimos los dos de pie mirando a dos hombres vaciar cuatro contenedores en un tercero de Chamberí, cuatro minutos, en silencio, como se mira una cosa que se ve por primera vez.

Hay un fluorescente en la cocina que zumba y le va a volver loco. Se lo dije y me dijo que ya lo había oído y que lo va a cambiar él.

Eso es lo que hizo el primer día un hombre que ha salido de un sótano después de setenta y dos años: colocar once libros, comer, mirar un camión y quejarse de un fluorescente.

Tiene protección judicial provisional, una copia del auto en la puerta de la nevera y un teléfono con dos números.

No tiene nombre. El expediente de rectificación sigue abierto, con la pericial biométrica pedida y sin fecha, y en el buzón del portal no hay ninguna etiqueta.

No tiene papeles. No puede abrir una cuenta, ni contratar la luz, ni comprar un billete, ni entrar en un hospital.

Y no tiene propiedad. Las participaciones están depositadas ante Pilar Aizpún, sometidas a una condición suspensiva que se cumple el día que un juzgado diga que ese hombre existe.

Hasta ese día, la socia única y administradora de la sociedad que es dueña de todo esto se llama Helena Vives Ferreiro, y las instrucciones que ejecuta están en un protocolo de instrucciones con las firmas legitimadas que le anula la discrecionalidad y que solo se revoca con dos firmas.

O sea que sigo teniendo exactamente el mismo puesto que tenía en junio. La cara legal de una voluntad que no es la mía.

La diferencia cabe en una línea: en junio esa voluntad estaba dos plantas por encima de mí y no me dejaba mirar. Ahora se sienta enfrente y me obliga a firmar delante.

Mi madre está en su casa desde esta mañana, con una mujer contratada para las noches. La contraté yo, la paga Arce Patrimonial y ella lo sabe.

Bran no ha contestado a los dos correos de la liquidación.

La caja de archivo que se llevó no está inventariada en ningún sitio, porque los cuadernos de laboratorio son suyos y las copias de trabajo también, y eso lo escribí yo en la cláusula de propiedad intelectual de su contrato en 2021, para que se quedara.

De Ruth Almazán tengo un mensaje del sábado con tres palabras y una foto de un tensiómetro con una cifra correcta.

Y hay algo más, y es lo que ninguno de los cuarenta y cuatro sabe.

En la segunda planta, esta mañana, todo era exactamente igual que el lunes pasado. El mismo mostrador de control, la misma Loreto, el mismo carro, el mismo olor de ambientador. He pasado por delante de siete habitaciones y en cinco había alguien viendo la televisión.

Cuarenta y cuatro personas han cambiado de dueño en una sala de juntas un domingo por la tarde y no lo sabe ninguna.

Siguen siendo pacientes de la Clínica Vives, siguen firmando el mismo consentimiento anual, y sus dosis las va a adjudicar a partir de ahora un convenio privado entre dos personas que no aparecen en ningún folleto.

Eso no lo he arreglado. Está en la cláusula quinta de la moratoria, en la palabra «reparación», y esa palabra a día de hoy es una carpeta con tres folios de notas.

Y a las siete de la tarde, en la mesa de la cocina de un tercero de Chamberí, con él en la habitación de al lado, escribí D15.

Es un folio.

Al amparo de la cláusula cuarta del convenio de adjudicación conjunta de cinco de julio, designo a Nuria Salvat Ferrán sustituta de mi firma para el caso de fallecimiento o incapacidad, con las mismas facultades y sin plazo.

Todo es válido y todo está consentido. Él aceptó el mecanismo ayer a las diez y veinte de la noche, de pie, en dos minutos. Ella aceptó el cargo ayer a las siete menos diez, después de preguntar cuatro veces y de bajar doce minutos al pasillo con el móvil.

Lo único que falta es la combinación de las dos cosas, y esa la tengo yo.

Él no sabe el nombre. Nuria Salvat no sabe que el folio está firmado.

Y en la cláusula cuarta, que redacté yo hace treinta y una horas en el margen de un borrador y que él firmó con el capuchón entre los dientes, pone que la designación se comunica al depositario y no a la otra parte.

Esa frase la puse porque me pareció técnicamente correcta. Lo es. También es la razón por la que hoy puedo hacer esto sin decírselo, y no me di cuenta de las dos cosas al mismo tiempo.

Y aquí es donde tengo que escribir por qué lo he hecho, porque es lo último que voy a escribir en este cuaderno y porque no quiero que dentro de un año me lo cuente de otra manera.

Él no tiene nada que ver.

Lo he hecho por el día que yo falte, en el que las dos firmas se convierten en una y en el que un hombre que ha esperado setenta y dos años se queda decidiendo solo sobre cuarenta y cuatro personas.

Y es por mí. Llevo veintinueve días viéndome firmar cosas que mi madre habría firmado igual, con criterios mejor redactados.

El siete de junio construí un criterio técnico que salvaba a mi madre.

El veintiocho construí otro que la dejaba en rebote siete días.

Los dos los escribí yo, los dos son defendibles y los dos me salieron con la misma facilidad.

Dentro de un año voy a ser el contrapeso de esta casa y no me fío de esa mujer.

Así que he metido a una profesora de secundaria dentro de la máquina, para siempre, después de explicárselo entero.

Y hay una cosa más que quiero dejar por escrito antes de bajar, aunque no se la voy a decir a nadie.

Yo puedo irme.

Hay una manera y me la dio él, un sábado por la tarde, sin pedirme nada a cambio y sin saber que yo estaba a punto de quitarme la mía. Cuatrocientos mililitros míos, tres horas y media de laboratorio, treinta mililitros por vía directa y entre seis y once minutos.

Después de eso hay una casa sin fuente, cuarenta y cuatro personas con veintiocho días y una mujer que puede sacarse la sangre en un piso y vivir veinte años menos.

Lo he pensado tres veces esta semana. Está calculado y sé dónde está cada cosa.

Y él lo sabe. Sabe que lo sé, sabe que puedo y sabe que llevo el protocolo copiado de mi puño en un folio que le di a otra persona.

Eso es lo que hay entre nosotros dos y conviene escribirlo con las palabras exactas, porque durante seis semanas he estado buscando otras y no las hay.

Él podría obligarme. Podría hacerlo con el cuerpo que tengo desde el veintiocho de junio, con cuarenta y cuatro personas que dependen de un lote que solo sale de él, con la dosis de mi madre cada veintiocho días y con una habitación en un sótano que sigue montada.

No necesitaría levantar la voz ni una sola vez.

Sé exactamente cómo lo haría, porque es como lo he hecho yo esta semana con mi madre.

Y yo puedo matarlo en once minutos.

No tenemos consentimiento. El consentimiento es otra cosa y aquí no lo hay en ninguna parte, ni en la butaca, ni en la cámara, ni en la sala de juntas del domingo.

Lo que tenemos es que cada uno puede destruir lo que mantiene vivo al otro, y que los dos lo sabemos, y que cada veintiocho días hay que firmar dos veces.

Eso no es una historia de amor. También es una historia de amor. Llevo seis semanas comprobando que las dos cosas caben en la misma frase y no pienso arreglarlo.

No era la única salida. Era la que elegí.

Bajé a la planta menos dos a las diez de la noche.

La habitación está igual. La butaca de piel marrón, la mesa, la estantería con ciento seis libros, la lámpara con la pantalla quemada por un lado, la rejilla del anexo y la moqueta gris de contrato. Loreto la limpia los martes y los viernes, como antes, y la temperatura sigue en veintiuno.

La casa la conserva porque el circuito está aquí y porque mover las bombas cuesta cuarenta mil euros. Lo firmé yo esta mañana, en el presupuesto de mantenimiento del tercer trimestre, en una línea que pone «anexo técnico, planta −2: mantener operativo».

Nosotros la conservamos por otra cosa, y no lo hemos hablado ni una vez.

Los libros siguen en la estantería. Se llevó once y quedan ciento seis, y no se llevó los que tienen más uso: se llevó dos que no ha abierto nunca y nueve que yo no le he visto tocar.

La televisión está enchufada.

En el cajón de la mesa sigue el albarán del cortauñas, doblado en cuatro. El cortauñas se lo llevó él y el papel se quedó aquí, que es exactamente el reparto de todo lo que ha pasado en esta casa.

Ninguno de los dos ha propuesto vaciar esta habitación, y cuando el jueves pasado el jefe de mantenimiento me preguntó qué hacía con lo de abajo, le dije que de momento nada.

De momento nada. Con esas dos palabras se han sostenido setenta y dos años de esta casa.

Él llega a las diez y media. Viene desde su casa, en un coche que conduce otra persona, y sube por el ascensor de servicio, y a las once tiene la vía puesta.

Es el primero del lote trescientos treinta y tres. Nueve noches, cada setenta y dos horas, veinticinco días de trabajo y doce horas de fraccionamiento, y el treinta y uno de julio hay cincuenta dosis en esa cámara, si no falla nada.

El treinta y uno de julio es también el día en que vence el plazo de la reparación.

Eso no es una casualidad. Lo escribí yo en la cláusula quinta de D13, en una notaría, hace treinta horas, con Nuria Salvat delante, y lo escribí a propósito.

Entré a las diez menos cinco, encendí la lámpara y dejé el carro preparado.

Y encima de la butaca de piel marrón dejé el parte de la primera serie del trescientos treinta y tres, con la casilla del donante abierta y el capuchón del bolígrafo todavía puesto.

Se abrió la puerta a la hora.

Lo cogió antes de quitarse la chaqueta.