Capítulo 44
A las ocho de la mañana del domingo no había en esta casa una sola dosis que se le pudiera poner a nadie.
Eso conviene decirlo así, con la hora delante, porque es la única razón por la que todo lo que pasó después pudo pasar.
Cuarenta y cuatro pacientes. Cero viales. Un frigorífico de la primera planta con las tres bandejas vacías y el registro de temperatura marcando cuatro coma dos grados sin nada dentro que conservar.
Y una mujer de setenta y nueve años en la habitación doce de la segunda planta que lleva desde el domingo pasado en rebote. Una semana justa.
Subí a verla a las ocho y veinte.
Estaba despierta, sentada, con la cama subida y con un libro cerrado encima de la mesa auxiliar. Ha perdido seis kilos en siete días. Tiene la piel de las manos de otra persona y el pelo igual que siempre, y eso descoloca más que lo otro.
Y está perfectamente lúcida. Esa es la parte que Bran me había avisado y que yo no había entendido hasta que entré en aquella habitación: el rebote no le ha tocado la cabeza.
Mi madre lleva una semana viéndose deshacer desde dentro, con todos los datos, sabiendo exactamente qué le queda por perder y en qué orden.
—A las once y media —dijo, sin saludarme.
—A las once y media.
—Y a la una hay junta.
—A la una hay junta.
Asintió una vez y miró la ventana.
—Está bien montado —dijo.
Y después estuvo cuatro minutos desmontándomelo, que es lo último profesional que ha hecho mi madre en su vida y que hizo sentada en una cama con la mano derecha inservible.
Me dijo que la querella tiene un problema de prescripción en dos de los cuatro tipos y que el abogado que la coja lo va a ver en una tarde.
Me dijo que la cautelar sobre las patentes no se sostiene sin cuantificar el perjuicio y que yo no lo he cuantificado.
Me dijo que la suspensión de actividad se recurre y se levanta en tres semanas, y que en tres semanas hay cuarenta y cuatro personas muertas y una noticia.
Todo es verdad. Las tres cosas.
—Ya lo sé —dije.
—Ya lo sabes.
—Sí.
—Entonces sabes también que lo que me vas a poner encima de la mesa a la una no es ninguno de esos tres papeles.
—Sí.
Se quedó mirándome un momento y luego se apoyó en el respaldo.
—Bien —dijo—. Por lo menos no vas a venir a mentirme.
Bran subió a las nueve menos cuarto con la analítica de las siete y me la enseñó en el pasillo. La tensión, la coagulación, la función renal. Me dijo dos cosas.
La primera es que hoy es el día. Que con esos números, con o sin margen, hoy o mañana.
La segunda me la dijo mirando el papel.
—Si esta tarde le pones la dosis, se le para la caída —dijo—. Lo que ha perdido en siete días no vuelve. Se te queda una mujer de setenta y nueve años con el cuerpo de una de noventa y con la cabeza intacta. Eso también hay que decírtelo hoy.
—Ya me lo dijiste el día veintiuno.
—Te lo dije en general. Ahora te lo digo de ella.
El lote 332 entró en cámara a las once y treinta y dos.
Dos minutos tarde, que es lo que tardó el técnico en cuadrar la última etiqueta con el albarán interno.
Son cincuenta dosis en cinco bandejas de diez, con el código del lote impreso en cada vial, la fecha de fraccionamiento y el número de serie del aspirado del que vienen. La quinta bandeja tiene ocho llenos y dos huecos, porque cincuenta es lo que salió y las bandejas son de diez.
Firmé la entrada. Fecha, hora, cantidad, temperatura de recepción, conformidad.
Y no saqué ninguno.
Estuve delante de aquel frigorífico dos minutos con la puerta abierta, con cincuenta viales a un brazo de distancia y con la tarjeta que abre esa cámara en la mano derecha, y no saqué ninguno, y volví a cerrar y subí a la sala de juntas a preparar la mesa.
Eso es lo que hice yo el domingo cinco de julio entre las once y treinta y cuatro y las doce menos veinte.
La junta general extraordinaria de Clínica Vives, S.L., se celebró a la una de la tarde en la sala de la planta baja, con cuatro posiciones y tres personas dentro.
Valdesalce Patrimonial, ochenta y dos por ciento, representada por su socia única, Mercedes Vives Ferreiro.
Mercedes Vives Ferreiro, a título personal, doce por ciento.
Ismael Bran Otero, seis por ciento.
Y yo, Helena Vives Ferreiro, que no tengo ni una participación, que no soy consejera y que levanto el acta desde 2020.
Álvaro Nogueira, consejero independiente, no asistió.
Le llamé yo a las diez de la mañana de un domingo, le dije que había una junta a la una y que no hacía falta que viniera, y me dijo que muy bien y que le mandara el acta.
Setenta y un años y catorce en ese consejo cobrando por no preguntar, y sostuvo la costumbre hasta el último día.
Mi madre bajó en silla de ruedas y se levantó de ella en la puerta para entrar andando.
Puse encima de la mesa cuatro cosas y las puse en este orden.
Una querella, redactada, con los hechos, los tipos y los cinco documentos como prueba documental. Sesenta y un folios. No está presentada.
Una solicitud de medidas cautelares sobre la cartera de patentes del factor, para impedir su transmisión, gravamen o licencia mientras se sustancia el procedimiento. Tampoco está presentada.
Una comunicación a la autoridad sanitaria solicitando la suspensión cautelar de la actividad del programa. Tampoco.
Y un acta de depósito de la notaria Pilar Aizpún, esta sí con número de protocolo y con fecha del veinte de junio, acreditando que los originales de todo lo anterior están fuera de este edificio.
Después dije lo que había venido a decir, y lo dije de pie y en cuatro minutos.
Dije que hay un ser humano en la planta menos dos con un expediente de identidad abierto y medidas cautelares solicitadas desde el veintiocho de junio, y que a partir de la fecha de ese asiento, quien firme cualquier disposición sobre el activo 001 lo hace con conocimiento.
Dije que los tres documentos que sostienen la actividad de esta casa desde 1988 se apoyan en un origen que consta identificado en un acuerdo anterior de 1954, y que lo que en dos escritos míos llamé omisión se llama otra cosa.
Dije que existe una moratoria de treinta días acordada esta mañana con la hija de una paciente fallecida, que se firma esta tarde, con cinco causas de liberación automática, y que una de esas causas es que no se transfiera el control.
Y dije lo que ofrezco. Que las pruebas siguen depositadas y sin presentar. Que el lote está en cámara desde las once y treinta y dos. Y que las cincuenta dosis se administran conforme al calendario de vencimientos, empezando esta misma tarde, a cambio de la transmisión.
Mi madre me dejó terminar.
—¿Y esto cómo se llama? —dijo.
—Coacciones. Artículo ciento setenta y dos.
—¿Con agravante?
—Con la que quieras. —No me senté—. Si quieres lo apunto en el acta, que la escribo yo.
Es la única frase de aquellos cuatro minutos de la que no estoy segura, y no porque fuera dura. Porque me salió sola y porque me gustó decirla.
Aquí es donde hay que explicar lo que pasó de verdad en aquella sala, y no fue ninguno de los cuatro papeles.
Una querella no presentada es un problema de dentro de dos años. Una medida cautelar sobre unas patentes es un problema de dentro de seis meses. Una suspensión de actividad tarda semanas y se recurre.
Mi madre lleva treinta y dos años ganando ese tipo de problemas.
Lo que había encima de la mesa a la una y veinte de la tarde del domingo cinco de julio era otra cosa, y no hizo falta nombrarla ni una vez: en la primera planta, a cuarenta metros de aquella silla, hay un frigorífico con cincuenta viales dentro, y la única persona de esta casa que puede firmar una adjudicación es la que está de pie al lado de la ventana.
Y el cuerpo de mi madre lleva una semana en cascada.
Eso es todo. Cuarenta metros y una firma.
Y no lo dije. Esa es la parte de la que no voy a poder salir nunca.
En dos horas de junta no dije en ningún momento que si no firmaba no habría dosis.
No lo insinué, no lo dejé caer y no lo puse en el acta.
Hablé de plazos, de tipos penales, de calendario de vencimientos y de causas de liberación automática, y todo lo que dije era cierto y estaba bien construido, y las cuatro personas de aquella sala sabíamos perfectamente qué estaba pasando.
Así se hace aquí. Lo he visto hacer cuarenta veces en seis años y lo he redactado yo veinte.
Un documento no dice nunca lo que hace. Dice lo que permite decir después.
Bran fue el primero.
Transmitió su seis por ciento a Arce Patrimonial, S.L., por el valor nominal más una prima que discutimos en cuatro minutos y en la que cedí yo. Firmó tres veces, en tres sitios, con su bolígrafo, y no dijo ni una palabra sobre nada de lo demás.
Cuando terminó se levantó, recogió su carpeta y me dio la mano.
—Suerte —dijo.
Y salió, y a las dos y veinte lo vi por la ventana del pasillo cruzando el aparcamiento con una caja de cartón de las de archivo, de las de tapa, apoyada en la cadera, y metiéndola en el maletero de su coche.
Dentro de esa caja hay diez años de trabajo sobre la ruta sintética. Catorce series de ensayo, dos maduraciones parciales y todo lo que ha aprendido de mí desde el diecinueve de junio.
No me amenazó. No me pidió nada. No hubo una escena en un aparcamiento ni una frase de las que se recuerdan.
Ese hombre se va de aquí con once millones de euros de investigación en una caja, sin obligación de confidencialidad que valga nada, sin razón ninguna para no vender lo que sabe, y con un motivo perfectamente comprensible para hacerlo.
Y lo que me da miedo de todo el domingo es exactamente eso: que se fue bien.
Mi madre firmó D12 a las dos y treinta y cinco.
Es una escritura de transmisión y ocupa veintitrés folios: las participaciones de Valdesalce Patrimonial, la cartera de patentes, los cuatro inmuebles y su doce por ciento directo, todo a Arce Patrimonial, S.L.
Firmó folio por folio, con la rúbrica en el margen de cada uno.
Y firmó con las dos manos.
La derecha no le sujeta el bolígrafo desde el miércoles. Lo que hizo fue coger el bolígrafo con la derecha y rodearse la muñeca derecha con la izquierda, apretando, para que la mano no se le fuera, y así hizo las veintitrés rúbricas y la firma del final.
Tardó once minutos.
Nadie se levantó a ayudarla. La notaria estaba al otro lado de la mesa y yo estaba de pie junto a la ventana, y ninguna de las dos se movió, y creo que Pilar Aizpún no se movió por lo mismo que yo: mi madre no lo habría permitido y a las dos nos habría costado más caro ofrecérselo.
Cuando terminó dejó el bolígrafo alineado con el borde del folio, que es una manía que yo creía mía.
Después se quedó un momento con las dos manos encima de la mesa, mirándolas.
Yo he visto firmar a mi madre cuatrocientas veces. Firma deprisa, sin leer lo que ya ha leído, con una rúbrica de dos vueltas y un trazo largo debajo, y termina la última hoja antes de que el de enfrente haya abierto la carpeta.
Aquello duró once minutos y ninguna de las veintitrés rúbricas le salió igual que la anterior.
Y en los once minutos no dijo nada, no levantó la cabeza y no me miró ni una vez.
Cuando terminó, la notaria recogió los folios, los ordenó, los grapó y le dio la copia simple, y mi madre no la cogió. La dejó encima de la mesa, delante de ella, y puso las dos manos al lado.
—De todo lo que he hecho —dijo—, lo único que no volvería a hacer es llamarte.
Bajé a las tres menos cuarto.
Le conté el resultado de pie, en cuatro frases, como se cuenta una cosa de trabajo: que está firmado, que Bran se ha ido, que el lote está en cámara y que las primeras administraciones son esta tarde.
Él escuchó las cuatro frases y no dijo nada durante bastante rato.
—¿Y ella? —preguntó al final.
—A las siete.
—Ya.
Y no me preguntó nada más de la junta, ni entonces ni después.
Un hombre que lleva setenta y dos años esperando a que le devuelvan lo suyo se enteró de que se lo habían devuelto a las tres menos cuarto de la tarde de un domingo, en un sótano, en cuatro frases, y lo único que preguntó fue por la mujer que se lo quitó.