Capítulo 43
—Antes de nada hay una cosa que le tengo que contar, y prefiero contársela ahora que dentro de tres meses.
Eso lo dijo a las nueve y diez de la noche del sábado, en la consulta tres, con el circuito ya cebado, con Loreto todavía en el pasillo y conmigo de pie.
—Diga.
—El informe de once páginas.
Y ahí supe que me iba a estropear la noche, porque hay exactamente cuatro cosas en este asunto que no me he preguntado nunca, y esa es la primera de las cuatro.
En noviembre de 2020, a mi correo profesional, entró un documento de once páginas, sin firmar y sin registrar, sobre la interrupción del tratamiento y la cascada.
Yo llevaba diez meses en esta casa. Lo leí un jueves por la tarde, lo entendí entero, y lo guardé en una carpeta sin referencia en mi archivo personal, que es la única carpeta mía que no está en el inventario.
Llevo seis años llamando a eso mi pecado y colocándolo en el sitio donde se colocan los pecados, que es un sitio en el que uno los tiene y no los mira.
—Lo escribió Bran —dijo él.
—Eso ya lo sé.
—Lo escribió porque llevaba yo dos años pidiéndoselo.
Me senté en el taburete.
Me lo contó en cinco minutos, sin dramatizarlo, del modo en que él cuenta las cosas que ha decidido contar.
Entre 2018 y 2020 estuvo trabajándose a Ismael Bran.
Despacio, sin pedirle nunca nada de frente, poniéndole delante lo que le iba pasando a la gente que bajaba, cada noche que Bran estaba en aquella sala, hasta que un médico de cincuenta y tantos años que llevaba seis en esta casa se sentó a escribir once páginas honestas.
Y cuando estuvieron escritas, León le dijo a dónde mandarlas.
A la abogada nueva. A la de enero. A la que no lleva aquí ni un año, a la que todavía no le ha dado tiempo a deberle nada a nadie, a la que viene de un despacho grande y sabe lo que es un tipo penal.
—Yo le dije que se lo mandara a usted —dijo—. Yo elegí a quién se lo mandaba.
Aquí es donde tengo que escribir con cuidado, porque lo que sentí en aquel taburete duró unos segundos y no fue lo que yo habría dicho que iba a sentir.
Lo primero fue alivio.
Durante tres o cuatro segundos, con las manos en las rodillas, lo que hubo en mi cabeza fue esto: alguien me lo puso delante a propósito, o sea que aquello no fue un accidente, o sea que yo caí en una cosa que estaba montada.
Duró tres o cuatro segundos y se pasó, y lo escribo porque es lo más miserable que he pensado en seis semanas.
—Usted no me fabricó —dije.
—No.
—Usted me probó.
—Sí.
—Y fallé.
—Falló. —No apartó la mirada—. Y yo estuve seis años sabiendo exactamente qué clase de persona es usted, con una prueba hecha por mí, y llevo seis semanas viéndola hacer todo lo contrario, y no sé qué hacer con las dos cosas.
—Yo tampoco.
—Ya.
Le pregunté cómo lo hizo. No lo del informe: lo de Bran.
—Poco a poco —dijo—. Y sin pedirle nada.
Me lo explicó y es la cosa más fría que le he oído contar de sí mismo.
Ismael Bran empezó en esta casa en 2014 y bajó a aquella sala una media de cuarenta noches al año. Doce años son cuatrocientas y pico noches de pie al lado de un monitor.
Y él, en esas cuatrocientas noches, no le dijo nunca que aquello estuviera mal. Ni una vez.
Lo que hizo fue enseñárselo.
Le hacía preguntas técnicas. Le preguntaba por la coagulación de una donante concreta, por el hematoma de otra, por qué a la del veintitrés le costaba tanto la tercera.
Le pedía que le explicara los valores. Le decía, en el minuto cuarenta de una permanencia, que le parecía que la mujer de la butaca estaba peor que la del mes pasado, y le preguntaba si eso estaba escrito en algún sitio.
—Cuatro años —dijo—. Y el día que empezó a contestarme él antes de que yo preguntara, dejé de preguntar.
—¿Y qué pasó?
—Que en el dieciocho vino un jueves por la tarde, sin serie, se sentó ahí y me dijo que llevaba dos meses escribiendo una cosa.
—Y usted le dijo a quién mandarla.
—Dos años después. En noviembre del veinte. —Movió la taza dos centímetros—. Le costó dos años terminar once páginas.
Le pregunté qué esperaba que hiciera yo en 2020.
—Que lo llevara a alguien.
—¿A quién? Se lo pregunto de verdad. En noviembre de 2020, con diez meses de casa, con cuarenta y ocho personas dentro y sin una sola prueba de que usted existiera. ¿A quién?
—No lo sé —dijo—. Eso no era problema mío. Yo llevo setenta años tirando piedras a un cristal que no puedo tocar.
—Y calculó cuánto tardaría en no soportarme.
—Calculé que tardaría. —Se pasó la mano por la boca—. No calculé cuánto. Se me fueron seis años y en esos seis años se murieron once.
El noveno empezó a las diez y siete minutos y terminó a las once y media de la noche del sábado cuatro de julio.
La escritura de Suances lleva fecha de cuatro de julio de 1988.
De aquella noche no voy a escribir el procedimiento, porque es el último y porque no se diferencia en nada de los ocho anteriores salvo en dos cosas.
La primera es que fue casi todo hablando.
Estuvimos vestidos la mayor parte del tiempo, sentados, él en la camilla y yo en el taburete, y lo que hubo fue lento, poco y sin ninguna intención de demostrar nada, y ninguno de los dos se quitó más ropa de la que hacía falta. Después de lo del miércoles, no había nada que enseñarle a nadie.
La segunda es que a mitad me di cuenta de que estaba contando las noches que quedaban y de que la cuenta era cero.
Del retorno solo diré que duró veintiséis minutos, que es lo más que ha durado ninguno, y que él tardó en apartarse y que esta vez no se lo pedí yo.
A las once y cincuenta y dos, ochenta mililitros en dos tubos, en la nevera de transporte, camino del laboratorio. Nueve de nueve.
Lo bajó Loreto en el carro y la puerta del montacargas hizo el ruido que hace, y yo me quedé en la consulta tres con el registro de la novena serie a medio rellenar y con una sensación en el pecho que no era alivio.
Cincuenta dosis en cámara el domingo a las once y media de la mañana, si no falla nada.
Lo de Deza me lo contó a las dos y veinte de la madrugada.
Estábamos los dos sentados, con la luz del techo apagada y la de la mesa encendida, y yo tenía el abrigo puesto desde hacía media hora sin llegar a irme.
—El noveno del cincuenta y siete se llamaba Marcelo Deza —dijo—. Treinta y un años, de Fabero, minero. Entró en el programa porque su hermana era paciente.
Yo tengo once folios de ese hombre fotografiados en el móvil desde el veinticinco de junio y no tienen nombre en ninguna página. Ponen «donante nueve».
Me contó el séptimo intercambio, que lo decidió Constanza Vives para ver qué pasaba.
Me contó las seis semanas siguientes, en las que aquel hombre estuvo robando material del laboratorio por las noches y sacándose sangre en su habitación.
Me contó la jeringuilla en el cuello, el veintitantos de junio de 1957, y los once minutos.
Y me contó lo que pasó a los once minutos, que es lo que yo no sabía y lo que él no me dijo el sábado pasado.
—No lo maté.
Se quedó un momento con las manos en las rodillas.
—Estaba en el suelo, medio ido, con la abstinencia encima. Lo levanté, le di lo que tenía guardado, que eran dos mil pesetas de once años de propinas, y lo saqué por la puerta de servicio a las cuatro de la mañana.
—Usted podía haberse marchado esa noche.
—Podía.
—¿Y por qué no?
—Porque había catorce personas arriba con dosis puestas —dijo—. Y porque si yo desaparezco en el cincuenta y siete, la señora Constanza busca a otro. Y otro no es una manera de hablar: otro es un hombre concreto, de un pueblo concreto, al que le habrían dicho lo mismo que a mí.
Y después me contó lo otro, que es lo que había estado esperando toda la noche para contarme.
Aquella misma noche, con la herida del cuello abierta y mirándose en el espejo del lavabo, León Arce entendió una cosa: si el precursor mata cuando se concentra, se puede vivir sacándoselo.
Y se lo enseñó a Deza antes de sacarlo por la puerta.
Cuánto, cada cuánto y qué hay que reponer después.
—Se saca cuatrocientos cincuenta cada dos días —dijo—. Al principio. Después se espacia, cuando el cuerpo se calma, y se queda en una vez por semana. Y hay que reponer, porque si no se repone, se cae.
—¿Y funciona?
—Funciona.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque me lo enseñó él a mí, tres semanas después, en una carta que llegó a esta casa dentro de un paquete de libros. —Se quitó las gafas—. Y porque en el cincuenta y nueve me llegó otra.
—¿Cuántas cartas?
—Cuatro. La última es del setenta y nueve.
—¿Y qué decían?
—La primera, que estaba vivo y que se había ido al norte, y las cantidades.
—Se quedó un momento callado—. La segunda, del cincuenta y nueve, que había que espaciarlas y que si se espacian demasiado se pasa mal tres días.
La tercera, del sesenta y ocho, era una lista de lo que hay que reponer y cuánto, y estaba escrita con una letra que ya no era la suya.
—¿Y la cuarta?
—La cuarta eran cuatro líneas y una foto.
No me dijo de qué era la foto y no se lo pregunté, y cuando terminó de contármelo todo me di cuenta de que tampoco me había dicho si ese hombre está vivo.
Y no se lo pregunté.
Lo he pensado después, en el coche, en los cincuenta y dos minutos de vuelta, y sé por qué no se lo pregunté: porque si me dice que sí, mañana tengo una cosa más que hacer, y llevaba treinta y seis horas con las cuentas de Sagrario Toledano y no me cabía otra.
Marcelo Deza, si vive, tiene cien años.
Le pregunté qué precio tiene.
Y aquí es donde ese hombre hizo lo único que yo no le había visto hacer en seis semanas, que es tomarse su tiempo para asegurarse de que no me quedaba corta la respuesta.
—La salud —dijo—. Se está siempre cansado. Se está siempre frío. Se coge todo lo que pasa por la calle, y lo que pasa por la calle a nosotros nos dura el doble.
—Vale.
—Y la cara. Se envejece. No como la gente: peor y a saltos. —Levantó dos dedos—. Y los años. Deza tenía treinta y uno en el cincuenta y siete y en el setenta y nueve escribía como un hombre de setenta.
—O sea, veinte años menos.
—Por lo bajo.
Estuvimos un rato callados.
Y aquí tengo que escribir lo que hice yo con esa información en los cuatro minutos siguientes, porque me define y porque no me gusta.
Hice la cuenta.
Cuarenta y un años. Veinte menos son sesenta y uno. Mi madre tiene setenta y nueve y mi abuela se murió a los ochenta y seis. Cansada siempre, fría siempre, con lo que pase por la calle durándome el doble, y con una cara que envejece a saltos.
Y una vida en la que no hay ninguna butaca, ni ninguna cámara, ni ningún calendario de veintiocho días, ni cuarenta y cuatro personas colgando de que yo firme dos veces al mes.
Cuatrocientos cincuenta mililitros cada dos días al principio, después una vez por semana, en un cuarto de baño, con reposición, hasta el final.
Eso lo pensé con la coma decimal puesta, en un taburete, a las dos y media de la madrugada, mientras el hombre que me lo estaba explicando esperaba a que yo dijera algo.
—¿Por qué me lo cuenta hoy?
—Porque mañana a la una tiene usted una junta —dijo—. Y porque si se lo cuento el lunes, se lo estoy contando después.
—Y hay otra razón —añadió—. Se la digo porque si no se la digo se la va a inventar usted peor.
—Dígala.
—Mañana yo tengo la empresa. —Se pasó la mano por la boca—. Y a partir de mañana, todo lo que usted haga por mí lo va a hacer una mujer que trabaja para una sociedad que es mía. Todo. Bajar aquí, firmar, quedarse. Y usted es abogada y va a pensarlo, y va a pensarlo a las cuatro de la mañana.
—Sí.
—Pues ya está. Ahora lo puede pensar con la puerta abierta.
Eso es todo lo que dijo y no añadió ni una palabra más en toda la noche, y no me pidió nada, y no me dijo lo que yo estaba esperando que dijera, que era alguna variante de que esperaba que no lo usara.
Un hombre que lleva setenta y dos años esperando a que le devuelvan su nombre, la noche antes de que se lo devuelvan, con nueve de nueve terminados y con cincuenta dosis a doce horas de existir, me explicó con cifras la manera de no volver a necesitarlo nunca más.
Y me la explicó bien, con el precio delante y sin rebajarlo, que es lo que no ha hecho nadie en esta casa con nada en setenta y dos años.
Lo apunté todo en el móvil, allí mismo, mientras hablaba, porque yo apunto las cosas.
Me fui a las tres menos veinte.
En la puerta me acordé de lo de Nuria Salvat y se lo pregunté, y fue lo último que hablamos.
—Hay una mujer que quiere verle. La hija de Carlota Ferrán.
—¿Y qué quiere?
—Preguntarle una cosa. No sé cuál.
—Que venga.
—Va a ser desagradable.
—Ya lo sé. —Se levantó a apagar la lámpara—. Llevo setenta y dos años sin que venga nadie a preguntarme nada. Que venga.
Y hay una cosa más y la escribo aquí porque no la voy a poder escribir en ningún otro sitio.
Cuando se levantó a apagar la lámpara, con la luz de la mesa de lado, le vi la cara un segundo.
Lleva seis semanas cambiando. Lo he anotado ocho veces en este cuaderno, con la fecha, y en cada anotación pone una cosa distinta: el corte que cierra en tres horas, la temperatura de las manos, la femoral que no hay que apretar cuatro minutos.
Aquella noche, a las tres menos veinte de la madrugada del domingo cinco de julio, en una consulta de la primera planta, había un hombre de treinta y tres años apagando una lámpara.
No se lo dije.
No hay nadie vivo que lo pueda comparar con nada, y él no se ha visto desde 1954 en otra cosa que en el espejo de un lavabo de un sótano.