Perpetua Capítulo 42
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Capítulo 42

Un edificio de tres plantas con cuarenta y cinco habitaciones ocupadas suena de una manera determinada.

Suena a puertas, a carros con una rueda mala, a televisiones a volumen medio, a un teléfono en el mostrador de control, a la máquina de café de la planta baja y a los conductos del aire, que en verano están todo el día.

Y cuando alguien se está muriendo, ese ruido cambia en una sola planta.

No se hace el silencio. Lo que pasa es que la gente deja de arrastrar los pies.

El viernes tres de julio, a las siete menos veinte de la tarde, yo estaba en mi despacho de la planta baja con la puerta abierta, revisando el borrador de la aportación de la notaría, y oí cómo cambiaba el pasillo de la segunda por el hueco de la escalera.

Miré la hora antes de levantarme. Las seis y cuarenta y dos.

Sagrario Toledano tenía setenta y nueve años, entró en 2013 con una insuficiencia cardíaca que dejó de estar en los informes en 2015, y llevaba desde el cinco de junio con la última dosis puesta.

Vencía hoy.

Se murió a las siete y cuatro minutos de la tarde del tres de julio de 2026, en la habitación veintiuno de la segunda planta, con su hijo dentro y con Loreto de pie a los pies de la cama.

Yo no entré. Me quedé en el pasillo, a seis metros de la puerta, veinte minutos, y desde ahí lo que se oye es un ruido y no las palabras.

De ese ruido hay que decir dos cosas.

La primera es que dura poco. Yo pensaba que estas cosas duran, y lo que hubo fueron unos cuarenta segundos de una voz de hombre diciendo algo tres veces seguidas, y después el silencio de una habitación con cuatro personas dentro y una cama.

La segunda es que, mientras duraba, en el pasillo pasaron dos cosas ordinarias. Una auxiliar salió de la veintitrés con una bandeja y la llevó al carro. Y en la veinticinco, que está enfrente, subieron el volumen de la televisión, porque a las siete y cuatro de la tarde hay un concurso.

Esta casa está construida para que eso sea posible.

Habitaciones individuales, puertas macizas, moqueta en el pasillo y un protocolo de acompañamiento que se llama así.

Yo he firmado dos veces el pliego de la reforma de la segunda planta y en el pliego se especifica el aislamiento acústico entre habitaciones, con el valor y todo, y en la memoria justificativa pone «confort del paciente».

Y es verdad que es confort del paciente. Las dos cosas son verdad a la vez, que es lo que llevo cinco semanas descubriendo de todos los objetos de este edificio.

Ibrahim Toledano tiene cuarenta y un años, es donante desde 2013, tiene un piso pagado por esta casa y no ha bajado nunca a la planta menos dos.

Está en la tabla de once líneas que tengo en el maletín desde el nueve de junio. Línea seis. Alta en 2013, vinculación paciente 33, compensación: piso. En la columna de la derecha, la que yo tardé dos semanas en entender, pone «disponible».

Salió a las siete y veinticinco. Me dio la mano con las dos manos, igual que Sergio Naval en junio, y me dijo que muchas gracias por todo, y volvió a entrar.

A las ocho menos veinte salió otra vez y me preguntó una cosa en el pasillo.

—¿Y ahora yo qué hago con lo del programa?

—¿Cómo?

—Que si sigo dado de alta. —Tenía las dos bolsas de su madre en el suelo, entre los pies—. Es que yo entré por ella.

Es la segunda vez en veinticinco días que un hombre me hace esa pregunta en un pasillo de la segunda planta con una bolsa en el suelo, con las mismas cinco palabras al final.

Le contesté lo mismo que a Damián Roig el dieciséis de junio, que es la verdad y que está en el contrato: que el alta se mantiene mientras él quiera y que la vinculación activa no es requisito.

Y él dijo lo mismo que dijo Damián Roig.

—Ah. Vale.

Y después miró las dos bolsas y añadió una cosa que Damián Roig no dijo.

—Es que si me doy de baja, se acaba lo del piso, ¿no?

Le dije que lo miraba.

Lo he mirado. Se acaba.

La resta la hice tres veces.

La primera en el pasillo, de pie, a los cuatro minutos, y me salió mal porque la hice deprisa.

La segunda en el coche, a las nueve de la noche, en el aparcamiento, con el móvil y el calendario del lote delante.

Y la tercera en mi casa, a la una de la madrugada, escrita en un papel, que es como las hago yo cuando quiero que no haya trampa.

Sale así.

Los nueve intercambios de este lote empezaron el lunes ocho de junio y van cada setenta y dos horas. Uno el ocho, dos el once, tres el catorce, cuatro el diecisiete, cinco el veinte, seis el veintitrés.

Y ahí me marché.

Del martes veintitrés por la noche al domingo veintiocho no bajé. Cinco días.

Sin esos cinco días, el séptimo habría sido el veintiséis, el octavo el veintinueve y el noveno el dos de julio.

Nueve de nueve a las 23:30 del dos de julio, más doce horas de fraccionamiento, son cincuenta dosis en cámara el tres de julio a las 11:30.

Sagrario Toledano se murió el tres de julio a las siete y cuatro de la tarde.

Siete horas y treinta y cuatro minutos.

Eso es todo. No hay nada más que decir de esa cuenta y no hay ninguna manera de hacerla que dé otro resultado, y la he hecho tres veces.

Lo que hice del veintitrés al veintiocho fue esto: pasar un día en la cama con temblor y dolor de rodillas, hablar cuarenta minutos por teléfono con un hombre encerrado en un sótano, abrir un libro mayor, ir a un archivo, encontrar a una mujer en un apartamento de Collado Villalba y sacarla de allí, y oírla contar una noche entera lo que le hicieron.

Nada de eso sobra. Lo he mirado línea por línea buscando el día que sobra y no está.

Y a la vez, si el veinticuatro por la noche yo hubiera bajado a esa habitación en vez de estar en mi cocina con treinta y siete y cinco, Sagrario Toledano estaría viva.

Las dos cosas son ciertas y no se anulan, y llevo dos días esperando a que una de las dos se coma a la otra y no lo hace.

He probado las dos maneras de colocarlo y las dos funcionan, que es el problema.

La primera es la de mi madre. Se dice así: en cinco días saqué a una mujer de un apartamento donde se estaba desangrando, monté una operación que le devuelve el nombre a un hombre y conseguí una moratoria que le compra treinta días a cuarenta y cuatro personas, y el precio fueron siete horas y media de una señora de setenta y nueve años que iba a morirse en agosto de todas formas.

Es un buen resultado. Cualquiera lo firmaría.

Yo he oído esa frase, con otros números, en la cocina de mi madre, en una sala de juntas y en un pasillo de la segunda planta, y siempre me ha parecido una porquería.

La segunda es la que no lleva a ninguna parte. Se dice así: Sagrario Toledano se ha muerto porque yo me fui cinco días.

Esa tampoco es del todo verdad, porque el veinticuatro de junio, con treinta y siete y cinco y sin poder sostener un vaso, yo no podía bajar a esa habitación, y porque en aquellos cinco días la persona que se estaba muriendo era otra y llegué a tiempo.

He estado dos días buscando la tercera manera de decirlo y no existe.

No se lo he contado a nadie.

No se lo conté a Ibrahim Toledano el viernes en el pasillo y no se lo voy a contar nunca, porque contárselo sería quitármelo de encima poniéndoselo a él, y porque hay una forma de confesión que es exactamente eso.

Y aquel mismo viernes, a las nueve menos veinte de la noche, pasó la otra cosa.

Bran se enteró de lo del escrito.

Lo sé porque a las nueve menos veinte me entró un correo suyo, sin asunto y sin saludo, con un documento adjunto. El documento es la nota simple del expediente de rectificación, la que se pide por internet con el número de procedimiento y que cuesta nueve euros.

En el cuerpo del correo hay una línea.

«Recibido. Nada por mi parte.»

Nada más. Ni una pregunta, ni un reproche, ni la palabra que le correspondería, que es «me lo podías haber dicho».

Ese hombre lleva doce años en esta casa. Le ofreció a la directora jurídica una salida en un aparcamiento a las dos de la madrugada, con dos impresos y un termo, y le dijo que si le decía que no, no se lo volvía a sacar.

Le dije que no el domingo, sin explicárselo. El escrito lo presenté el domingo a las ocho de la mañana. Y él lo ha averiguado el viernes, once euros y nueve céntimos después, y me ha escrito cuatro palabras.

Cumplió lo que dijo. No me lo ha vuelto a sacar.

Contesté a las once, desde la cocina, con una línea igual de corta, y hasta hoy no hemos hablado de nada que no sea el lote.

Bajé a las diez.

Estaba en la mesa, con el cuaderno cuadriculado y las gafas puestas, y encima de la mesa había un plato con una tortilla francesa, pan y un vaso de agua.

—Siéntese.

—He cenado.

—No ha cenado. —No levantó la vista—. Siéntese y coma, y deje el teléfono en la mesa boca abajo.

Estuve veinte minutos discutiéndolo sin discutirlo, y en esos veinte minutos cogí el móvil cuatro veces.

La primera para mirar la hora, teniendo un reloj de pared delante. La segunda porque vibró y era la correduría. La tercera sin ningún motivo. La cuarta la vio él y no dijo nada, y me lo dijo con la cara, y lo dejé boca abajo.

Comí una tortilla francesa a las diez y veinte de la noche de un viernes, sentada, sin pantalla, mientras en la segunda planta un hombre de cuarenta y un años recogía las cosas de su madre en dos bolsas.

Él comió lo suyo y no habló mientras comía.

Come deprisa, con el codo apoyado, mirando el plato, y termina antes que nadie. Se lo he visto hacer cuatro veces y las cuatro he pensado que era una manera suya de no estar cómodo, y el viernes le pregunté.

—Es de abajo —dijo—. En la mina se come en veinte minutos y en el tajo se come en diez, y si tardas te toca subir con el turno del otro.

—Han pasado setenta y siete años.

—Ya.

Estuvimos un rato en silencio.

—Y hay otra cosa —dijo, con el pan en la mano—. Aquí me traen la comida a la una y media y a las nueve. Setenta y dos años. Si no me la traen, no hay.

Eso lo dijo sin ninguna carga, como quien explica un horario, y siguió comiendo, y a mí me tuvo el resto de la noche.

Cuando terminamos recogió los dos platos, los llevó al lavabo del anexo y volvió, y no me dijo ni una sola de las cosas que se dicen.

No me dijo que no fue culpa mía. No me dijo que yo no podía saberlo. No me dijo que aquellos cinco días salvaron a otra persona. Es verdad, y es exactamente el argumento con el que yo llevo dos días intentando dormir.

Lo que hizo fue otra cosa y tardé el fin de semana en verla.

Me preguntó por ella.

Me preguntó cómo se llamaba, cuántos años tenía, desde cuándo estaba en la casa y quién había entrado en la habitación. Y me preguntó si el hijo tenía hermanos.

Le contesté las cinco cosas y me di cuenta a la tercera de que era la primera vez en cuatro semanas que alguien de esta casa me preguntaba por una de las siete de la lista por su nombre y no por su número.

—¿Y de la sexta serie? —dijo después.

—¿Qué.

—Que de qué serie salió la dosis que le pusieron en junio.

Y eso no lo sabía y lo miré el sábado. Salió del lote 330, serie cuatro, de octubre.

No sé para qué quería saberlo y no se lo he preguntado.

Me dijo una cosa cuando ya me iba.

—Mañana es el noveno.

—Ya lo sé.

—Coma antes.