Capítulo 41
—Un muerto no puede constituir una sociedad —dijo Pilar Aizpún—. Ni ser socio, ni administrador, ni apoderado, ni comprar un piso. No es una dificultad. Es que no hay sujeto.
Eran las nueve y media de la mañana del jueves y llevábamos veinte minutos.
—Ya lo sé.
—Entonces dígame qué quiere hacer, porque lo que me trajo el sábado abre un procedimiento y un procedimiento no le da personalidad a nadie hasta que termina.
—Quiero que dentro de un mes él sea el dueño de todo esto y que hasta entonces no lo pueda ser nadie más.
Estuvimos cinco horas y salió en tres piezas.
La primera es una sociedad. Arce Patrimonial, S.L., constituida esa misma mañana, capital de tres mil euros que puse yo de mi cuenta, objeto social redactado en cuatro líneas y domicilio en un despacho alquilado de la calle Génova que no tiene ni una silla.
Socia única fundadora: Helena Vives.
Administradora única: Helena Vives.
Esa es la parte que hay que entender y es la que no me gusta.
No hay ninguna manera de que él figure. Ninguna.
Un hombre sin asiento de nacimiento vivo no puede ser socio de una sociedad española, ni firmar una escritura, ni aparecer en el registro mercantil, y no la hay tampoco por la vía del fideicomiso, ni por la de la fundación, ni por ninguna de las tres cosas que se me ocurrieron el martes y que Pilar Aizpún me tumbó en cuatro minutos cada una.
Yo llevaba desde el martes con tres alternativas escritas y Pilar Aizpún me las tumbó en cuatro minutos cada una, sin levantar la voz y sin disfrutarlo, que es como se tumban las cosas cuando se sabe.
La primera era una fundación. Se constituye una fundación de interés general, se le aporta el patrimonio y él es beneficiario. Tumbada: un beneficiario también tiene que ser alguien, y además una fundación tiene protectorado, y un protectorado es un funcionario que pregunta.
La segunda era un fideicomiso extranjero. Tumbada en dos minutos: sacar de España la titularidad de las patentes del factor mientras hay un procedimiento penal cruzado y una moratoria de treinta días es la manera más rápida que existe de que todo esto salga en un periódico.
La tercera era un poder. Que él me apodere a mí. Tumbada por lo evidente: para apoderar hay que tener capacidad, y para tener capacidad hay que estar vivo en un registro.
—Usted lo que quiere es que un hombre que no existe mande sobre una sociedad —dijo—. Y eso no se puede hacer. Lo que sí se puede hacer es que mande sobre usted.
Así que la sociedad que va a comprar esta casa la funda, la administra y la firma la persona que lleva seis años firmando lo que esta casa necesitaba que se firmara.
La segunda pieza es la transmisión.
En la misma mañana otorgué escritura de transmisión de la totalidad de mis participaciones de Arce Patrimonial a favor de León Arce Nistal, sometida a condición suspensiva: la transmisión produce efectos el día en que una resolución firme restituya su personalidad registral.
Mientras esa condición no se cumpla, las participaciones son mías y los títulos están en depósito ante la notaria, con acta de depósito y con instrucciones de entrega irrevocables.
O sea que él no tiene nada, sobre el papel, hasta que un juzgado diga que existe. Y el día que lo diga, lo tiene todo automáticamente y sin que yo tenga que volver a firmar nada.
Eso último es la parte que costó dos horas, porque una transmisión sometida a condición se puede resolver de cuatro maneras distintas y tres de ellas dependen de que yo esté de acuerdo cuando llegue el momento.
Elegí la cuarta, que es la única que no depende de mí.
—¿Se da cuenta de lo que está haciendo? —dijo Pilar Aizpún.
—Sí.
—Dígamelo usted, que quiero oírlo.
—Que si dentro de ocho meses yo cambio de idea, no puedo pararlo.
—Exacto.
—Ese es el objetivo.
La tercera pieza no pasó por la notaría y es la que de verdad manda.
Es un protocolo de instrucciones. Once folios, firmados por los dos esa misma tarde en la consulta tres, en documento privado y con las firmas legitimadas al día siguiente, para elevarlo a público cuando haya con quién elevarlo.
Dice que la administradora única de Arce Patrimonial ejecutará las instrucciones que constan en él y las que se incorporen por anexo, y que carece de discrecionalidad para separarse de ellas.
Y dice que el protocolo solo se modifica o se revoca por acuerdo escrito de las dos partes.
Las instrucciones son once y las escribió él, dictadas el miércoles por la tarde en la consulta tres, en hora y cuarto, mientras yo tecleaba.
Las cinco primeras son de gestión y no tienen ningún interés: no vender las patentes, no licenciarlas, no endeudar a la sociedad por encima de una cifra, no despedir a nadie de la operativa durante dieciocho meses y mantener la finca de la sierra.
La sexta dice que el programa de mantenimiento continúa mientras haya un solo paciente inscrito.
La séptima dice que ningún donante del programa rotatorio podrá realizar más de tres intercambios por ciclo, sin excepción, sin autorización, sin continuidad y sin situación de riesgo vital de ninguna serie.
Y añade una frase que no le pedí y que dictó él: que la infracción de esta instrucción produce la resolución automática del protocolo y la reversión de las participaciones.
La octava y la novena son de reparación y son las que hay que cumplir antes del treinta y uno de julio, y de esas dos no hay todavía ni una cifra.
La décima dice que la persona que en cada momento ocupe la dirección jurídica no podrá firmar sola ninguna disposición sobre inventario biológico. Esa la dicté yo.
Y la undécima dice que el protocolo, sus anexos y el nombre del titular de la condición suspensiva no se comunican a terceros.
Once instrucciones dictadas por un hombre que no puede firmarlas y tecleadas por la única persona que puede.
Lo redacté yo. Lo redacté el miércoles por la tarde, antes de subir a la consulta tres, en la misma sesión en la que puse las tres cláusulas de D14 en el margen de un borrador.
Es un documento que me anula. Yo soy, sobre el papel y ante el registro y ante Hacienda y ante cualquiera que pregunte, la dueña y la administradora de la sociedad que va a ser propietaria de esta clínica, de las patentes, de la finca de la sierra, del edificio de Madrid y de cuatro pisos.
Y no puedo hacer con nada de eso lo que a mí me parezca.
Puedo firmar. Solo puedo firmar.
Que es exactamente el puesto que tenía en junio.
Y hay una parte que no está en ningún folio y que conviene que quede aquí, porque es la que va a durar.
Todo lo que esta operación esconde lo esconde con mi nombre.
En el registro mercantil, a partir del jueves dos de julio de 2026, hay una sociedad limitada con un objeto social de cuatro líneas cuya socia única y administradora se llama Helena Vives Ferreiro.
Dentro de un mes esa sociedad será titular de la cartera de patentes del factor, de la finca de la sierra, del edificio de Madrid, de cuatro pisos y del ochenta y dos por ciento de una clínica con cuarenta y cinco pacientes dentro.
Si alguien tira de ese hilo dentro de tres años, lo que encuentra es a una mujer de cuarenta y un años que en el plazo de cinco semanas pasó de secretaria no consejera a dueña de todo.
No hay ninguna manera de explicarlo que no sea la verdadera. Y la verdadera no se puede contar sin decir que hay un hombre.
Se lo dije a Pilar Aizpún al terminar, y me contestó lo que contesta ella.
—Eso ya no es un problema de estructura —dijo—. Eso es que usted ha decidido ser la que da la cara.
—Sí.
—Pues entonces déjelo de decir con voz de queja.
Lo escribo así de seco porque me lo dijo Pilar Aizpún a las dos de la tarde, en su despacho, con las gafas en la mano, y porque tenía razón y porque yo llevaba desde el martes evitando esa frase.
—Usted acaba de montar un mecanismo perfecto para volver a ser lo que era —dijo.
—Con una diferencia.
—Dígamela.
—Que en junio la voluntad que yo ejecutaba estaba dos plantas por encima de mí y no me dejaba mirar. —Recogí los folios—. Esta se sienta enfrente y me hace firmar delante.
—Eso no es una diferencia jurídica.
—No.
Hay una cosa más de aquel jueves y la hice a la una menos cuarto, desde el pasillo de la notaría, y me llevó nueve minutos.
Llamé a Nuria Salvat.
Le dije que el acuerdo de 1954 que ella me había dado el miércoles iba a entrar hoy en un procedimiento; que lo iba a aportar al expediente de rectificación como documento cuarto; que a partir de ese momento estaría en un juzgado y ya no lo podría sacar nadie; y que se lo decía antes de hacerlo, como habíamos quedado.
Y le dije lo otro: en ese escrito consta que el documento lo aportó una mujer llamada Nuria Salvat Ferrán y que lo tenía su madre.
—O sea que mi madre sale.
—Sale. En una diligencia de aportación, con su nombre y con la fecha en que se lo llevó.
—Y eso lo va a leer alguien.
—Un juez, dos funcionarios y quien se persone.
Hubo un silencio de esos que en el teléfono duran demasiado.
—Apórtelo —dijo.
Volví a la clínica a las cuatro y media con once folios en el maletín y con la copia autorizada de una escritura de constitución.
Mercedes está en el cuarto día.
Ha perdido cuatro kilos. Tiene la piel de las manos de otra persona, que es lo primero que se ve. Y ha perdido la costumbre de levantarse a abrir la ventana, que es lo que de verdad la delata, porque esa mujer lleva cuarenta años abriendo ventanas en habitaciones ajenas.
Está en la doce, con una enfermera de día y sin querer nada de noche. La ingresó Bran el miércoles por la mañana y no discutió el ingreso, que es la primera vez en su vida que mi madre no discute un ingreso.
Subí a verla veinte minutos.
No le conté nada de la notaría y ella no me preguntó, y las dos sabíamos perfectamente de dónde venía yo a las cuatro y media de la tarde de un jueves con el maletín lleno.
Me preguntó tres cosas: si el noveno era el sábado, si el lote entraría en cámara el domingo a media mañana y si la junta era a la una.
Le dije que sí a las tres.
—Bien —dijo, y cerró los ojos.
Sagrario Toledano, paciente treinta y tres, setenta y nueve años, vence mañana.
Es la sexta de la lista de siete que escribí el siete de junio y es la que dejé fuera con el tercer criterio, el que se me ocurrió a la una de la tarde de un sábado después de comerme un sándwich de la máquina.