Capítulo 40
Subir el circuito costó dos horas y media y lo hizo el técnico de Bran con un celador, en el montacargas, en tres viajes.
Las dos bombas van en un carro con ruedas de goma y pesan cuarenta y un kilos cada una.
El calentador va aparte. La nevera de transporte, el pie de suero, el carro de material y las dos cajas de fungible fueron en el segundo viaje, y en el tercero subieron una manta térmica nueva de almacén, porque la del sótano lleva lavada cuatro veces desde el diecisiete de junio.
La instalación fija se queda abajo. Mover la instalación fija son cuarenta mil euros y tres semanas, y eso lo sé porque pedí presupuesto el martes por curiosidad y por otra cosa.
Lo que subió a la consulta tres de la primera planta es un equipo portátil que esta casa usa dos veces al año para las tomas en domicilio, y que funciona igual y tarda cuatro minutos más en cebar.
La orden de traslado la firmó Bran a las once de la mañana sin preguntar para qué.
Es la primera vez en setenta y dos años que ese circuito sale de la planta menos dos.
Y hay que decir lo que costó, porque no fue una decisión de dos líneas.
La orden de traslado de un equipo de aféresis dentro de un centro sanitario exige tres cosas: parte de mantenimiento, verificación del calibrado en destino y un registro de ubicación firmado por dirección médica.
Las tres existen desde el jueves pasado con fecha, hora y firmas, y las tres estarán ahí dentro de veinte años.
Yo redacté el motivo en la casilla que pone «motivo».
Puse: «Realización de procedimiento en consulta por indisponibilidad temporal de la sala habitual».
Es mentira. La sala habitual está disponible, limpia y a veintiún grados, y lo estará esta noche mientras nosotros estamos dos plantas por encima.
Es la primera vez en seis años que escribo una cosa falsa en un documento de esta casa.
Llevo seis años diciendo que lo único incorruptible que tengo es que no miento en un papel, y lo he dicho en voz alta dos veces, y era verdad hasta ayer por la mañana, a las once y cuarenta, en una casilla de tres centímetros.
No lo hice por él ni por mí. Lo hice porque en la casilla de motivo no cabe la verdad: un hombre lleva setenta y dos años sin ver una ventana de noche.
Lo puse a las diez de la noche del miércoles porque a las diez de la noche del miércoles el edificio tiene once personas dentro y ninguna de las once entra en la primera planta. Y lo puse en la consulta tres porque es la única de las cuatro consultas que tiene la ventana a la calle de atrás.
Subió a las diez y dos minutos, por el ascensor de servicio, con la camisa de siempre.
Se paró en la puerta.
La consulta tres mide cuatro por seis, tiene una camilla, un lavabo, dos armarios de material, un negatoscopio que no funciona y una ventana de metro ochenta con persiana veneciana.
Yo había subido la persiana entera y había dejado la luz del techo encendida.
—Está encendida —dijo.
—Está encendida.
—Se ve desde la calle.
—Se ve desde la calle. —Cerré la puerta detrás de él—. Y desde el edificio de enfrente, que son oficinas y a esta hora no hay nadie, y desde la acera si alguien mira hacia arriba, que no mira nadie.
No dijo nada más de eso. Fue hasta la ventana y estuvo allí un rato.
De la ventana de la consulta tres se ve la calle de atrás, un tramo de la avenida a la izquierda, el rótulo de una gasolinera y, por encima de los tejados de dos manzanas, una parte de Madrid con las luces puestas. A eso nadie lo llamaría una vista: es lo que se ve desde una primera planta.
Estuvo dos o tres minutos de espaldas a mí, con las manos en los bolsillos, y no comentó nada, y yo no le pregunté.
Después se giró.
—¿Qué orden lleva esto hoy?
—El que digo yo.
—Ya. Por eso lo pregunto.
Y ahí es donde hay que ser exacta, porque lo que hice el miércoles por la noche lo decidí el miércoles por la tarde, sentada en mi despacho, con un folio y dos columnas, como decido todo.
Le dije que primero lo otro y después el intercambio.
Se lo dije de pie, a dos metros, con la misma voz con la que le había dictado tres cláusulas en el margen de un borrador cuatro horas antes.
—¿Y eso por qué? —dijo.
—Porque el domingo pasado lo hicimos al revés y a mí el domingo pasado me pasó una cosa que no quiero que me vuelva a pasar.
—¿Cuál?
—Que no supe distinguir qué parte era mía.
Se quedó quieto.
—Hoy no hay procedimiento antes —dije—. No hay medio litro suyo dentro de mí, no hay euforia de permanencia, no hay retorno y no hay nada que se le pueda echar la culpa.
Si esto pasa hoy, pasa a las diez y cuarto de la noche de un miércoles, con la luz encendida, en una consulta de la primera planta, con las dos personas enteras y enfadadas.
—Estamos enfadados.
—Estamos enfadados.
—Bien —dijo.
De aquellas dos horas voy a escribir lo que hace falta y no más, porque lo que hace falta es poco y porque hay una cosa que no supe hasta el jueves.
Fue mejor.
No mejor que el domingo pasado: mejor que todo lo anterior. Y no fue mejor a pesar del enfado, sino por el enfado, y esa frase la he escrito tres veces y las tres me ha parecido una cosa que se dice en las novelas, y sin embargo es lo que pasó y no tengo otra manera de decirlo.
Lo que hay entre nosotros dos desde la noche del labio partido no se arregló en aquella consulta y no se ablandó. Estuvo dentro todo el rato. Y en vez de estorbar, hizo que ninguno de los dos se permitiera una sola cosa fácil.
Yo dije dónde, cuándo, cómo y hasta dónde, y él hizo exactamente eso, y las dos veces que quise cambiar de idea a mitad se lo dije y se cambió.
Hubo una parte, al principio, en la que estuve diez minutos sin dejar que me tocara.
Se lo dije y no preguntó por qué. Se quedó sentado en la camilla, con las manos donde se las puse, y yo hice lo que quería hacer, que era mirarle mientras se lo hacía a él, con la luz encendida, y que es una cosa que no he pedido en mi vida y que estuve tres días decidiendo si me atrevía a pedir.
No hay nada que contar de esos diez minutos salvo que él no cerró los ojos.
Después le dije que ya, y siguió lo otro.
Y hubo un momento, más tarde, en el que le pregunté una cosa con la boca en su cuello y con las dos manos en su espalda, y la pregunta fue si le molestaba que fuera aquí.
—Sí —dijo.
—¿Y sigue?
—Sigo.
Ese es el sitio exacto donde estamos desde la noche de la sexta serie, y aquella noche estaba entero encima de una camilla de la primera planta.
Yo le había quitado el sótano, que es lo único de esta casa que él consideraba suyo, y se lo había quitado a propósito y él lo sabía, y ninguno de los dos fingió en ningún momento que aquello era otra cosa.
Con la luz del techo encendida y la persiana subida.
Eso último es lo que quiero dejar escrito y es lo único que me parece que significa algo. En la planta menos dos, en la habitación en la que ese hombre ha vivido setenta y dos años, hay una lámpara con la pantalla quemada por un lado y no hay ventana.
Aquí había una ventana de metro ochenta y un fluorescente de techo, y él la primera vez que miró hacia la ventana estaba vestido y la segunda vez no.
A las doce y veinte Loreto subió, montó la vía, cebó el circuito y se fue a las doce y cuarenta.
—Yo cierro —le dije.
—Ya lo sé.
Ni siquiera miró el monitor. Dijo eso, recogió el envoltorio del catéter y se fue, y ha dejado de darme las buenas noches desde el domingo.
El octavo duró lo que dura y no lo voy a describir. Ocho de nueve.
En la permanencia, en el minuto veinte, se lo dije.
—Hay una cosa que no sabe.
—Hay muchas.
—Esta es de las que se cuentan. —Yo tenía la pera de goma en la mano derecha y apretaba cada quince segundos, y seguí apretando mientras lo decía—.
El sábado por la noche, después de estar aquí con usted, fui a la notaría de la calle Zurbano y deposité tres documentos suyos.
Un parte de ingreso de la Hullera del Sil de 1949, su ficha del documento nacional de identidad de 1951 con la huella, y su certificado de defunción.
No dijo nada.
—El domingo a las ocho de la mañana mi procurador presentó un escrito de rectificación del Registro Civil.
Promovido por mí, en nombre propio, por interés legítimo.
Con petición de medidas cautelares que le nombran a usted y que nombran expresamente el activo 001 del inventario biológico de esta casa.
Apreté la pera. Quince segundos.
—Desde el domingo a las ocho de la mañana, cualquiera que firme una baja de ese activo firma sabiendo que se ha alegado que ese activo es un hombre.
Y ahí se incorporó en la camilla.
Tardó unos treinta segundos. Los conté porque estaba contando de quince en quince y porque no se me ocurrió hacer otra cosa.
—El sábado —dijo.
—El sábado.
—¿A qué hora?
—Firmé el acta a las once menos veinte de la noche. Salí a Zurbano a las once y veinte.
—Yo le di el papel a las siete y media.
—Sí.
—Y lo del cuello a las ocho menos veinte.
—Sí.
Se quedó callado otra vez.
Aquí es donde hay que poner lo que pasó, y lo que pasó no fue nada. No hubo una frase. No se levantó de la camilla, no me cogió la mano y no dijo ninguna de las cuatro o cinco cosas que se dicen.
Lo que hizo fue hacer la cuenta en voz alta, como hace él las cuentas.
—O sea que el sábado, entre las siete y media y las once y veinte, yo le entregué a usted lo único que me protegía y usted se quitó lo único que la protegía a usted.
—Sí.
—Sin decírnoslo.
—Sin decírnoslo.
—Y usted lo hizo cuatro horas después.
—Yo lo tenía decidido desde el jueves. —Apreté la pera—. Lo de usted no lo sabía.
—Ya.
Y volvió a tumbarse.
Estuvimos el resto de la permanencia sin hablar, veintitantos minutos, y en esos veintitantos minutos yo estuve haciendo la única cuenta que quedaba por hacer, que es la de qué se dicen dos personas después de eso.
No se dicen nada. Eso es lo que he aprendido esta semana.
Se dicen que hay que apretar la pera cada quince segundos, y que el retorno son veintiún minutos, y que mañana hay una notaría a las nueve y media.
Pero antes hubo dos frases más y las apunto porque son las únicas que valen algo.
—¿Y si sale mal? —dijo, al rato—. Si el juzgado dice que no.
—Entonces usted no existe y yo tengo un procedimiento perdido con mi nombre y una querella cruzada de esta casa.
—Y no le queda salida.
—No.
—¿Eso lo tenía calculado el sábado?
—Sí.
Se quedó mirando el techo.
—Yo le di el papel porque quería que lo tuviera usted —dijo—. No porque esperara nada.
—Ya lo sé.
—Y usted presentó lo suyo sin decírmelo porque no quería deberme nada.
—No. —Y esto sí me costó decirlo, y lo digo aquí porque se lo dije a él primero—. Lo presenté sin decírselo porque no quería que usted me lo agradeciera esa noche.
No contestó a eso.
Y eso es todo lo que hay. Dos personas en una consulta de la primera planta, a la una y media de la madrugada, una con una vía en el brazo y la otra con una femoral cerrada, comprobando que el mismo sábado por la tarde cada uno se quedó sin puerta por su cuenta y sin avisar.
Si eso hay que llamarlo de alguna manera, que lo llame otro. Yo lo dejo escrito con las horas.
Hay una cosa más de aquella noche y es la que Loreto vio y no apuntó.
A las doce y veinte, cuando subió a montar la vía, la persiana estaba subida y la luz del techo encendida, y él estaba sentado en la camilla con la camisa mal abrochada por abajo, que es una cosa que se ve.
Loreto entró, dijo buenas noches como se lo dice a él siempre, montó la vía, cebó el circuito, comprobó el calibrado del portátil, apuntó la hora de inicio en el registro y se fue.
En el registro de la octava serie, en la casilla de incidencias, hay una raya diagonal de esquina a esquina puesta por ella.
Es la misma raya que puse yo en la séptima a las cuatro y veinte de la madrugada del lunes.
Nadie nos ha enseñado a poner esa raya. Está en el manual de cumplimentación de 2016, página doce, y dice que los espacios que se dejen en blanco de forma intencionada se anularán mediante trazo diagonal para impedir su cumplimentación posterior.
Dos mujeres en dos noches distintas abriendo el mismo manual por la misma página para decir lo mismo: ahí no va a escribir nadie.
A las dos y diez, cuando terminó todo y mientras yo apuntaba las constantes, él se levantó de la camilla, se abrochó la camisa y se fue otra vez a la ventana.
Se quedó allí con las dos manos en el alféizar.
Abajo, en la calle de atrás, a las dos y diez de la madrugada de un jueves de julio, pasó un coche, y después una mujer con un perro, y después estuvo dos minutos sin pasar nada.
—Se oye —dijo.
—¿El qué?
—La calle. Desde aquí se oye.
Y estuvo mirando por aquella ventana los catorce minutos que yo tardé en rellenar el parte de la octava serie.