Capítulo 39
Bajé a las nueve y media de la noche y le puse la hoja del cuaderno encima de la mesa, con el doblez y todo, y me quedé de pie.
—Cinco días —dije.
No preguntó cinco días de qué.
—Usted escribió esto el cinco de junio. Las tres noches son del veinticinco, del veintiocho y del treinta y uno de mayo. Usted estuvo en las tres. Usted fue la boca en las tres.
—Sí.
—Y cinco días después me pidió por escrito el expediente íntegro, con las incidencias «si las hubo».
—Sí.
—Sabía que las había. Sabía lo que decían. Sabía quién las firmó y quién no las firmó. —Puse el dedo encima de las tres palabras—. Esto no es una cautela. Esto es una mentira de tres palabras metida en una petición de trámite.
—Sí.
Tres veces sí, en cuarenta segundos, sin una sola atenuante en medio.
—Y hay una segunda cosa —dije—. El catorce de junio, en la tercera serie, con la vía puesta, yo le pregunté a la cara quién había estado en la silla. Se lo pregunté dos veces. Usted no me contestó, y yo lo archivé como pudor, y me lo he estado archivando como pudor durante dieciocho días.
—Ya.
—Usted sabía su nombre. Sabía dónde vivía. Sabía en qué piso, y sabía que la casa le pagaba el piso, y sabía desde cuándo estaba sola.
—Hasta el día ocho, sí. Después se fue y no supe adónde.
—Once días —dije—. Once días en los que aquella mujer se estuvo sacando sangre ella sola en un apartamento turístico con un equipo comprado en una ortopedia de Collado Villalba, porque el cuerpo se lo pedía y no sabía cuánta.
—Lo sé.
—Dígame por qué.
Y me lo dijo.
No tardó nada en decírmelo. No lo pensó, no buscó una manera de presentarlo, no empezó por un atenuante, no dijo «usted no lo va a entender» ni «llevo setenta años» ni ninguna de las cosas que dice la gente para comprarse dos minutos.
—Porque mientras nadie supiera qué había pasado con aquel lote, aquel lote seguía inmovilizado —dijo—. Cuarenta y seis dosis en un frigorífico y cuarenta y siete personas con fecha. Eso es lo único que ha tenido esta casa en setenta y dos años que me sirviera a mí para algo.
—Explíquemelo entero.
—Un problema con nombre se arregla. —Seguía sentado y no se movió en toda la conversación—.
Si el día uno yo le digo a usted «se llama Ruth Almazán, vive en Las Rozas, mírele el brazo», usted en cuarenta y ocho horas tiene el nombre, la causa y la solución.
Se la trae aquí, se le pone lo que haga falta, se le paga, se cierra el apartado de incidencias, se levanta la inmovilización con un informe de Bran y a los diez días esto vuelve a ser una casa que funciona.
—Y usted vuelve a ser un activo.
—Y yo vuelvo a ser un activo. —Ni levantó la voz—. Y el lote siguiente sale bien, y el otro también, y dentro de once años estamos igual, y para entonces usted ya no está aquí o ya se ha acostumbrado.
—O sea que necesitaba que durase.
—Necesitaba que durase. Cada día que aquello seguía sin explicación era un día en que alguien de esta casa tenía que sentarse conmigo. Y llevo setenta y dos años esperando a que alguien tuviera que sentarse conmigo.
Hubo un silencio.
—Hay una cosa que no me cuadra —dije—. Usted el cinco de junio me pidió el expediente íntegro. Si usted quería que aquello durara, ¿para qué me manda a buscarlo?
—Porque usted iba a llegar de todas formas.
—Eso no lo sabía.
—Lo sabía. —Se echó hacia atrás—. Usted llevaba tres días bajando aquí con el bolso lleno de papeles y preguntándome por el rendimiento de un lote.
En esta casa nadie hace eso. La gente de esta casa mira la pantalla.
—Se pasó la mano por la boca—. Iba a llegar.
Lo único que estaba en mi mano era cuándo.
—Y usted eligió tarde.
—Elegí que no llegara por mí.
Y ahí está el asunto entero, y me costó tres días entenderlo y lo escribo lo más limpio que puedo.
Si me lo cuenta él, el día uno, con la boca, yo tengo un testimonio.
Un testimonio de una persona sin personalidad jurídica, imposible de aportar a ningún sitio, que además me obliga a decidir si le creo.
Y él pasa a ser un hombre que acusa a la casa que lo alimenta, con lo cual la casa lo trata a partir de ese día como a un hombre que acusa.
Si lo saco yo del expediente, dieciocho días después, entonces tengo un documento, una cadena de custodia, un sello y ocho nombres.
Él eligió el segundo camino porque es el que funciona.
Y el precio de que funcione lo pagó una mujer de treinta y tres años en un apartamento turístico de Collado Villalba, con cuatro litros de suero comprados con una tarjeta que le paga esta casa.
—Usted eligió una prueba mejor —dije.
—Sí.
—Y once días de una persona.
—Sí.
—¿Y usted sabe lo que le costó a ella cada uno de esos días? —dije.
—Sí.
—¿Lo sabía entonces?
—Sabía lo que es un rebote de un convertido. Lo he visto una vez, en el cincuenta y siete, y no se me ha olvidado. —Se pasó la mano por la boca—. Sí. Lo sabía entonces.
—¿Y lo volvería a hacer?
Tardó cuatro segundos. Es lo único que tardó en toda la noche.
—Sí.
Y después dijo la frase por la que estoy escribiendo este capítulo.
—Y sé perfectamente en qué me convierte eso, señora Vives.
No hace falta que me lo diga usted. Lo sé desde el cincuenta y siete y lo he pensado todas las noches desde entonces, y lo que he sacado en limpio en setenta años es que un hombre al que se le quita todo termina haciendo cuentas con la gente exactamente igual que los que se lo quitaron.
—Eso no es una explicación.
—No lo es. Es lo que hay. —Y ahí me miró—. Yo no le he pedido perdón ni una vez en siete semanas. Lo he pensado mucho antes de no hacerlo.
Estuve un rato largo de pie sin decir nada.
Y lo que hice después es lo que soy yo, y lo escribo sin arreglarlo.
No lloré. No le grité, no le dije que era un monstruo, no le tiré la hoja del cuaderno a la cara, no me fui. No le dije nada de lo que llevaba dieciocho días queriendo decirle.
Saqué del maletín el borrador del convenio, que hasta esa tarde tenía una cláusula, lo puse encima de la mesa y le pedí el bolígrafo.
Y le añadí tres.
Se las dicté en voz alta mientras las escribía a mano en el margen, que es como se enmienda un borrador cuando no hay tiempo de imprimirlo otra vez.
Cláusula segunda. La paciente número treinta y uno, Encarna Almazán, recibe dosis reservada de todos los lotes, antes de cualquier adjudicación discrecional, mientras viva. No entra en el reparto: sale de él antes de repartir.
—Esa es la madre de Ruth Almazán —dije—. Sesenta y nueve años, entró en 2019, cree que viene a rehabilitación. A partir de la firma, ni usted ni yo podemos ponerla en una lista, discutirla, aplazarla ni sacarla. La primera dosis de cada lote es suya y no se decide.
—Vale.
Cláusula tercera. Toda dosis destinada a Mercedes Vives requerirá, además de las dos firmas, la conformidad expresa de Ruth Almazán, que no está obligada a motivarla.
Ahí levantó la cabeza.
—Eso le da a esa mujer poder sobre su madre.
—Eso le da a esa mujer un veto sobre una persona concreta. —Seguí escribiendo—. Y no puede ejercerlo sobre nadie más, y no tiene que explicarlo, y puede no usarlo nunca. Es lo único que se le puede dar que no sea dinero.
—¿Y si lo usa?
—Pues lo usa.
Cláusula cuarta. Cada parte podrá designar, mediante instrumento notarial y con aceptación previa y expresa del designado, un sustituto que asuma su firma en caso de fallecimiento o incapacidad, con las mismas facultades y sin plazo. La designación se comunicará al depositario y no a la otra parte.
Esta la leyó dos veces.
—Esto quiere decir que si a usted le pasa algo, la firma la tiene otro y yo no sé quién.
—Sí.
—¿Y quién.
—Todavía no lo sé. —Y era verdad a las diez y veinte de la noche del miércoles, y a las diez y veinticinco ya no, porque hay una sola persona en todo esto a la que se le puede preguntar antes—. Sea quien sea, se lo van a preguntar primero. Con la hoja delante y explicándole lo que significa.
—Eso no lo ha hecho nunca nadie en esta casa.
—Ya lo sé.
Y hay una cuarta cosa que no está escrita en el papel y que le dije de pie, antes de acercárselo.
—Estas tres cláusulas no son un castigo por lo de Ruth Almazán —dije—. Un castigo se lo pondría yo a usted y sería asunto nuestro. Esto se lo pongo a los dos.
—Explíquemelo.
—La primera me ata a mí exactamente igual que a usted: yo tampoco puedo adjudicar sola.
La segunda me quita a mí la primera dosis de cada lote antes de que yo la vea.
La tercera le da a una tercera persona un veto sobre mi madre, que es lo único que a mí me queda por perder en esta casa.
Y la cuarta me obliga a buscar hoy a alguien que acepte por escrito hacer esto cuando yo me muera.
—Ya.
—Yo llevo seis años firmando sola. Le he hecho a esta casa un apoderamiento que me permite dar de baja a un ser humano con un formulario de inventario, y lo redacté yo, y me pareció una simplificación de procesos. —Le acerqué la hoja—. Después de esto no vuelvo a firmar nada sola en mi vida.
—¿Y por qué le hace eso a usted?
—Porque el domingo pasado tuve una dosis en la mano y decidí yo. —No aparté la mirada—. Y salió bien. Y voy a acordarme de que salió bien cada vez que vuelva a tener una en la mano.
Le acerqué el borrador.
Y esto es lo que ese papel le hace, y se lo dije con las mismas palabras que estoy escribiendo aquí, porque tenía derecho a firmarlo sabiéndolo.
Lleva setenta y dos años trabajando para una cosa: para que algún día esto sea suyo y para no depender de la buena voluntad de nadie. Va a conseguirlo. Va a tener las participaciones, las patentes, los inmuebles y el nombre.
Y con la cláusula primera no puede adjudicar una dosis sin mí.
Con la segunda no puede tocar a Encarna Almazán.
Con la tercera no puede salvar a mi madre sin permiso de la mujer a la que sujetaron tres noches.
Y con la cuarta, el día que yo me muera, se sienta enfrente de alguien que él no ha elegido.
Va a ser el dueño de una casa que no puede gobernar solo.
—Esto es una factura —dijo.
—Sí.
—Y si no la firmo.
—Si no la firma, mañana hay octavo igual, y noveno, y el lote sale el cinco, y usted tendrá su empresa y yo tendré mi conciencia y las cosas seguirán decidiéndose como se han decidido siempre: las decide el que firma.
—Le dejé el bolígrafo encima del papel—.
No le estoy amenazando. Le estoy diciendo que esto es lo que me tiene que costar a mí lo de estos dieciocho días.
Si no me lo cobro aquí, me lo cobro en otro sitio y peor.
Alargó la mano y cogió el bolígrafo.
Y le costó quitarle el capuchón.
Se le fue dos veces entre el índice y el pulgar de la mano derecha, y a la tercera se lo quitó con los dientes, con el bolígrafo de lado en la boca, como se hace cuando uno está solo.
Yo llevo siete semanas mirándole las manos a ese hombre. Le he visto poner una vía, doblar tres batas, sacarse setenta mililitros a sí mismo con un torniquete a la una y media de la madrugada y escribir con plumilla sin apoyar la muñeca.
Ese hombre no tiembla.
Y yo estaba a un metro y no le ayudé.
Firmó las tres cláusulas, una debajo de otra, con la fecha al lado de cada una, que es como se firman las enmiendas en el margen. No se lo he enseñado yo.
Recogí el borrador, lo metí en la funda, cerré el maletín y me quedé de pie con él en la mano.
Y aquí es donde tengo que dejar escrito lo que no hice, porque el resto de este cuaderno no vale nada si me lo salto.
No le perdoné.
No se lo dije con ninguna de las fórmulas con las que se perdona sin decirlo, que son cuatro y me las sé: no le puse la mano en el hombro, no le dije que entendía por qué, no le dije que yo también habría hecho cuentas, no le dije que ya está.
Y tampoco hice lo contrario. No le dije que es un hombre que dejó a una persona once días desangrándose sola para tener una prueba mejor, aunque es exactamente lo que es y lo he escrito tres veces en estas páginas.
Y no saqué el folio de la renuncia, que lo llevo en el maletín desde el sábado, y no le dije que ese papel ya no me sirve.
Podía haberlo hecho. Habría sido lo más limpio de la noche y lo más barato, porque ese folio lo escribió él para mí un sábado por la tarde sin pedirme nada, y usarlo esta noche para cerrarle la boca habría sido la única cosa verdaderamente sucia que se puede hacer con él.
Lo que hice fue cobrar.
Y una factura no es un perdón y tampoco es una condena: es lo que se le pasa a alguien con quien uno va a seguir haciendo negocios.
Eso es lo que somos desde las diez y veinticinco de la noche de hoy, y él lo sabía mientras firmaba, y yo lo sabía mientras se lo dictaba, y ninguno de los dos lo dijo en voz alta.
—Una cosa más —dije—. El octavo no es aquí.
Levantó la cabeza.
—Consulta tres, primera planta. A las diez. Con la luz encendida.
No preguntó por qué.
—¿Subo yo? —dijo.
—Sube usted.
Y en los ocho metros de pasillo hasta el ascensor me di cuenta de que acababa de decirle a un hombre que lleva setenta y dos años sin pasar del techo de esa planta que mañana a las diez de la noche coja el ascensor y suba.