Capítulo 38
Son cuatro folios mecanografiados con dos copias de calco que se han vuelto marrones por el borde, grapados una sola vez en la esquina, con la grapa oxidada y con un doblez horizontal en el tercio superior de todos ellos, que es de haber estado en un sobre alargado durante mucho tiempo.
La mesa del comedor de Nuria Salvat mide metro veinte y los cuatro folios ocupan la mitad.
La caja de zapatos está en la silla de al lado, abierta, y no he mirado dentro y no voy a mirar. Es de unas botas de mujer, de una marca que ya no existe, y por el borde asoman un carné de una biblioteca, una postal y un fajo de recibos con una goma.
Nuria la trajo del pasillo, la puso en la silla, sacó el sobre y volvió a cerrar la tapa.
—Lo demás no es suyo —dijo.
—Ya lo sé.
—Se lo digo porque usted lleva cuatro semanas mirando papeles de mi madre.
El sobre es alargado, de los de ventanilla, sin nada escrito, con la solapa metida por dentro en vez de pegada. Dentro había un papel doblado en dos y los cuatro folios.
El papel doblado es una nota de su madre, de marzo de este año, escrita con bolígrafo azul y con letra grande y lenta:
«Esto se lo llevé yo del despacho de la señora Vives en el 89. No lo he enseñado nunca. Si un día hace falta, que lo vea un abogado que no sea de la casa.»
Treinta y siete años.
Carlota Ferrán resolvió en marzo de 1989 que no procedían las medidas solicitadas contra esta sociedad, y el mismo año se llevó del despacho de Constanza Vives el único documento que probaba de dónde venía el material, y lo guardó en un sobre sin nada escrito hasta marzo de este año, y en marzo de este año lo sacó, escribió esa nota y pidió salir del programa.
Eso último lo he sabido esta mañana, a las once y media, de pie en el comedor de un piso de Aravaca, y me ha costado sentarme.
Arriba, en el primero, centrado y en mayúsculas:
«ACUERDO ENTRE DOÑA CONSTANZA VIVES ORDÓÑEZ Y DON LEÓN ARCE NISTAL»
Y debajo, la fecha: doce de noviembre de mil novecientos cincuenta y cuatro.
El mismo día del certificado de defunción.
Comparecen los dos, con sus nombres, sus edades y sus domicilios, ante el notario Ildefonso Rey Bermúdez, del ilustre colegio de Valladolid. Y estipulan, en once puntos, lo siguiente.
Que don León Arce Nistal cede a doña Constanza Vives Ordóñez, de manera limitada y revocable, el aprovechamiento de material hemático de su persona.
Que la cesión se conviene por plazo de veinte años, a contar desde la fecha del otorgamiento.
Que doña Constanza Vives se obliga a proporcionar al cedente custodia, alojamiento, alimentación y protección física frente a terceros durante todo el plazo.
Que el cedente conserva la facultad de revocar la cesión en cualquier momento, con preaviso de treinta días, sin necesidad de motivación.
Y el punto tercero, que es el que importa y que copio entero:
«A la expiración del plazo convenido, doña Constanza Vives Ordóñez se obliga a promover cuantas actuaciones sean precisas para la restitución de la personalidad registral del cedente, incluida la rectificación del asiento de defunción que en esta misma fecha se causa, corriendo de su cuenta todos los gastos. »
Firman los tres. Tinta azul. La de él es la misma letra de plumilla que tengo en un folio, escrito el sábado pasado, dentro del maletín.
Hay tres cosas más en esos cuatro folios que conviene dejar escritas, porque las he leído seis veces y las tres dicen lo mismo.
La primera es que hay tachaduras. En el punto quinto, el de la protección física frente a terceros, alguien tachó a máquina «frente a terceros ajenos a la casa» y lo dejó en «frente a terceros», y las dos partes rubricaron el margen. Eso lo pidió él y se ve.
La segunda es el punto noveno, que fija una cantidad mensual «para gastos personales del cedente» y que la actualiza con el índice del coste de la vida. Nueve pesetas al mes en 1954. Lleva su rúbrica al lado.
Y la tercera es que en el punto cuarto, el de la revocación, el plazo de preaviso está escrito a mano encima de un espacio en blanco. En el original mecanografiado no había número. Alguien lo negoció en la mesa, aquella mañana, delante del notario, y lo escribió a bolígrafo: treinta días.
Un hombre de treinta y tres años, en noviembre de 1954, en una notaría de Valladolid, discutiendo un preaviso.
Veinte años desde el doce de noviembre de 1954 son el doce de noviembre de 1974.
Estuve un rato con esa fecha delante.
Constanza Vives no falsificó nada. Ese es el hallazgo y me costó veinte minutos aceptarlo, porque yo llevaba tres semanas construyendo mentalmente a una mujer que engaña a un minero de veintiocho años con un papel.
No lo engañó. Negoció con él, le puso once puntos, le concedió una revocación unilateral con treinta días de preaviso y se obligó por escrito a devolverle el nombre en 1974.
Y después no lo cumplió, y se murió en 1994 sin cumplirlo, y en el ochenta y ocho su hija firmó ante otro notario un instrumento de cesión perpetua e irrevocable de material biológico de origen no identificado.
Yo llevo tres semanas diciendo que el instrumento de 1988 omite. He usado esa palabra en dos escritos.
Un documento que dice «origen no identificado» sobre un material cuyo origen consta identificado en un acuerdo anterior, con nombre, dos apellidos y notario, no omite nada.
Sustituye.
Es otro delito, tiene otro plazo y tiene otra pena, y lo firmó mi madre a los cuarenta y un años, que es la edad que tengo yo.
Nuria Salvat me lo dio a las once y media de la mañana, después de tenerlo dieciséis horas encima de su mesa.
Puso una condición y la puso de pie:
—Antes de que usted haga nada con esto, me lo dice. Nada. Ni una llamada.
—De acuerdo.
—No he dicho que sí a nada más.
—Ya lo sé.
Se lo leí a las siete y media de la tarde.
Bajé con los cuatro folios en una funda de plástico y le dije que se sentara, y me senté yo enfrente, y le dije que le iba a leer un documento entero y que no quería que me interrumpiera hasta el final.
—¿Cuál.
—El suyo.
Se lo leí entero. Los cuatro folios, los once puntos, las comparecencias, la fórmula del notario y las tres firmas del pie con sus nombres completos.
Tardé catorce minutos.
Él no ha visto nunca ese papel. Firmó tres ejemplares en una notaría de Valladolid el doce de noviembre de 1954, a las once de la mañana, y se quedó con uno, y en algún momento de los años ochenta ese ejemplar dejó de estar donde él lo tenía.
Lo demás lo sabe de memoria, porque lo negoció él y porque llevaba tres meses discutiendo cada punto, pero no lo ha vuelto a leer en setenta y dos años.
Escuchó sin moverse. Tenía las dos manos encima de las rodillas y las tuvo ahí los catorce minutos.
Leer un documento en voz alta a la persona que lo firmó es una cosa que no había hecho nunca y que no pienso volver a hacer.
Se lee distinto. Un contrato en silencio es una estructura: uno va por los verbos, marca las obligaciones, comprueba los plazos y salta lo demás. En voz alta hay que decirlo todo, incluidas las fórmulas, y las fórmulas de 1954 son largas y ceremoniosas y tardan.
«Ambas partes, a las que reconozco capacidad legal bastante para el otorgamiento del presente acuerdo.»
Eso lo escribió un notario que se llamaba Ildefonso Rey Bermúdez y que murió en 1961, y yo lo leí en voz alta setenta y dos años después delante del único de los tres que sigue vivo, y me tuve que parar medio segundo antes de la palabra «capacidad».
Él no se paró conmigo. Estuvo esperando a que siguiera.
Cuando llegué al punto tercero, a lo de la restitución de la personalidad registral, no dijo nada y no se movió tampoco.
Lo que hizo fue cerrar los ojos hasta que terminé la frase.
Nada más. Los cerró en «se obliga a promover» y los abrió en «todos los gastos», y no hubo ni un gesto más en catorce minutos.
Al final leí los tres nombres del pie, uno detrás de otro, con los dos apellidos de cada uno, que es como vienen.
Y al llegar al suyo, el segundo, lo leí entero y despacio, porque llevo siete semanas llamándole «el activo» en cuarenta partes firmados por mí.
Cuando acabé estuvimos callados un rato.
—Vencía en el setenta y cuatro —dije.
—El doce de noviembre.
—¿Usted lo pidió?
—En el setenta y cuatro, sí. Dos veces. —Se pasó la mano por la boca—. La señora Constanza me dijo que estaba en ello y que era complicado. Y en el setenta y seis me lo dijo otra vez. Y en el setenta y nueve me pusieron la televisión.
Eso es todo lo que dijo del asunto.
Aquella misma tarde empecé a redactar.
Se llama convenio de adjudicación conjunta, tiene por ahora una cláusula y ocupa siete líneas, y dice que toda adjudicación de dosis y toda retirada de tratamiento requerirá dos firmas.
Ninguno de los dos puede matar solo. Ninguno de los dos puede salvar solo.
Se lo enseñé antes de subir y lo leyó dos veces y dijo que sí sin negociar nada, y a mí me llamó la atención la rapidez y lo apunté mentalmente, y después lo entendí: un hombre que ha estado setenta y dos años sin poder firmar nada no discute la primera vez que le ponen delante un papel donde su firma hace falta.
Le expliqué para qué sirve, porque tenía que oírlo.
Dentro de cuatro semanas, si todo sale, esta casa va a ser suya.
Y el problema de que esta casa sea suya es exactamente el mismo problema que ha tenido siendo de mi abuela y siendo de mi madre y siendo mía a efectos de firma: que cada veintiocho días alguien se sienta delante de una lista con cincuenta nombres y menos dosis que nombres, y decide.
Lo ha hecho Constanza. Lo ha hecho Mercedes. Lo hice yo el siete de junio y otra vez el domingo pasado.
Y sale mal siempre, y sale mal de la misma manera, y la manera es que quien decide se construye un criterio y después se va a su casa.
Dos firmas no arreglan eso. Dos firmas solo hacen una cosa, y es que ninguno de los dos pueda irse a su casa creyendo que el criterio era técnico.
—Es poco —dijo él.
—Es lo único que se me ocurre que no dependa de que usted y yo seamos buenas personas.
Subí a las nueve menos veinte.
Y en el coche, en el aparcamiento, antes de arrancar, hice una cosa que hago siempre cuando cierro un documento, que es poner todas las fechas del asunto en una columna para comprobar que no se me ha caído ninguna.
La escribí en el móvil, en orden.
Veinticinco de mayo. Veintiocho de mayo. Treinta y uno de mayo: las tres noches de la cadena de custodia, con dos firmas, sin la del donante y con el sello.
Cinco de junio: hoja arrancada de un cuaderno cuadriculado, tres peticiones, y la segunda dice, con su letra: el expediente íntegro del lote trescientos treinta y uno.
Íntegro. Todo: el calendario, las nueve series, la cadena de custodia, los partes de cada noche, las incidencias si las hubo y las firmas de quien estuvo.
Cinco días.
Entre la última de aquellas tres noches y aquella hoja de cuaderno hay cinco días.
Y en aquella hoja, escrito de su puño y letra, hay tres palabras que llevo veinticinco días leyendo como una fórmula de abogado.
Si las hubo.