Perpetua Capítulo 37
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Capítulo 37

—¿Qué le pusieron a mi madre?

Nuria Salvat estaba de pie delante de mi mesa, con una carpeta de anillas azul en las manos y sin haberse sentado, y esa fue la primera frase, a las cinco y diez de la tarde del martes, después de cuatro días sin llamarme y de subir sin cita.

La carpeta es el forense íntegro. Cuarenta y una páginas y dos anexos, pagado por ella, hecho sobre las muestras que se conservaron antes de la incineración.

El preliminar que me reenvió el día nueve tenía cuatro páginas y decía que no se detectaban sustancias exógenas y que los hallazgos eran compatibles con una respuesta sistémica aguda de origen no determinado.

El íntegro dice tres cosas más y las tres están en el anexo dos, el de histopatología, que es el que tarda.

Que en el material conservado aparecen poblaciones celulares que el laboratorio no consigue clasificar y que describe, literalmente, como «no atribuibles a ninguna estirpe hematopoyética conocida».

Que la respuesta sistémica es compatible con la administración parenteral de un producto biológico de origen humano.

Y que, dado que la sociedad no ha facilitado la ficha técnica del producto administrado pese a haber sido requerida por escrito el diecinueve de junio, el firmante hace constar esa negativa a los efectos oportunos.

Ese requerimiento del diecinueve de junio me llegó a mí. Lo contestó dirección médica con una remisión al folleto informativo y con mi visto bueno.

—Siéntese —dije.

—Contésteme.

—Se lo voy a contestar. Va a tardar una hora y media y necesito que se siente.

Se sentó.

Lo que hice en la hora y media siguiente lo he pensado mucho antes y lo pensé otra vez mientras ella se sentaba, y la conclusión es la misma: no había ninguna versión intermedia que fuera decente.

O le contaba una parte, y entonces lo que estaba haciendo era administrarle la verdad a la hija de una muerta en la dosis que a mí me conviniera, que es exactamente lo que lleva haciendo esta casa desde 1954, o se lo contaba entero.

Y si se lo contaba entero, se lo tenía que contar antes de pedirle nada. Porque si le pido primero lo de la caja de zapatos y se lo cuento después, entonces se lo he comprado.

Empecé por lo de abajo.

Le dije que en la planta menos dos de este edificio, en una habitación de cuatro por cinco con un armario, una estantería y una televisión, vive un hombre desde 1954.

Que se llama León Arce Nistal, que nació en Toreno en 1921, que fue minero y que está declarado muerto desde el doce de noviembre de aquel año.

Que el fármaco que le pusieron a su madre cada veintiocho días desde 2011 sale de él.

Que no es una molécula sintetizada en un laboratorio de Boecillo, como pone en el folleto que ella tiene en su casa, y que el laboratorio de Boecillo existe, factura y no fabrica nada.

Nuria Salvat no me interrumpió ni una vez en los primeros veinte minutos.

Hizo tres cosas mientras yo hablaba, y las tres se las apunté porque me sirvieron para saber por dónde iba.

Sacó un cuaderno y no escribió nada en él. Miró dos veces hacia la puerta, que es lo que hace la gente cuando calcula si lo que está oyendo es una encerrona. Y a los doce minutos, cuando llegué a lo del laboratorio de Boecillo, dijo una sola palabra.

—¿Dónde?

—Boecillo. Valladolid. Un polígono.

—Yo he estado allí.

Se quedó mirando la mesa.

—Mi madre me llevó en 2013 —dijo—. Una visita de esas de pacientes, con un autobús. Nos enseñaron una sala con máquinas y nos dieron un bolígrafo.

—Esa sala existe. Se hacen controles de estabilidad y de estabilidad se hacen de verdad.

—Ya. Pero lo otro no.

—Lo otro no.

Y siguió sin interrumpirme ocho minutos más.

Después le expliqué el procedimiento. Se lo expliqué entero, con las tres fases, los volúmenes y los tiempos, y le dije que hacen falta nueve noches para un lote y que un lote son cincuenta dosis. Y le dije quién estuvo en la butaca las nueve noches del lote del que salió la dosis de su madre.

—¿Una mujer? —dijo.

—Una mujer de treinta y tres años.

—¿Pagada?

—Pagada. Con contrato, con seguro médico y con un piso. —Le puse la copia de la cláusula séptima encima de la mesa—. Y con un máximo de tres noches por ciclo, que es lo que dice el contrato que firmó. Hizo nueve.

—Y por eso salió mal.

—Salió mal porque las tres últimas las hizo sujetada.

Ahí paró.

Aquí es donde tengo que escribir cómo se le entrega una cosa así a alguien, porque no hay manera decente y yo no la encontré.

Se lo dije con las palabras exactas y sin sustantivos suaves.

Le dije que en las noches del veinticinco, del veintiocho y del treinta y uno de mayo dos celadores de esta casa le sujetaron los antebrazos a Ruth Almazán durante la fase de retorno, después de que ella hubiera retirado su consentimiento por escrito y de que el escrito estuviera registrado en el mostrador de recepción a las once y cuarenta y uno de la noche del veintidós.

Le dije que el pánico sostenido de esas tres noches degradó el producto.

Le dije que su madre recibió la primera dosis de aquel lote.

Nuria Salvat se levantó y se fue al baño de la planta y estuvo dentro cuatro minutos, y cuando volvió tenía la cara mojada y se sentó y me dijo que siguiera.

Y aquí viene la parte que me tocaba a mí.

Le dije que el veintitrés de mayo, a la una y cuarenta y uno de la tarde, un sábado, yo firmé desde mi casa una autorización de continuidad terapéutica excepcional de cuatro líneas que permitió que aquellas tres noches ocurrieran.

Le puse D7 delante, impreso, con mi firma.

Le dije que lo leí. Que no lo firmé sin mirar, que me paré en la palabra «continuidad», que entendí lo que escondía y que no pregunté.

Y le dije, porque es verdad y porque si no lo digo aquí no lo digo nunca, que en 2020 leí un informe de once páginas que explicaba lo que esta casa hace y que lo guardé en una carpeta sin referencia durante seis años.

Ella no dijo nada durante un rato largo.

Después hizo una pregunta que yo me esperaba y que contesté mal.

—Quiero verlo.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque si usted baja a esa planta, entra en el registro de accesos.

—Y eso es verdad y es la mitad—. Y porque a esa persona no la ha visto nadie de fuera en setenta y dos años, y si le llevo yo a alguien sin preguntarle, hago con él exactamente lo que ha hecho esta casa toda la vida, que es decidir quién entra en su habitación.

—Entonces pregúnteselo.

Me quedé callada.

—Se lo voy a preguntar —dije.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—Escríbalo. —Señaló el cuaderno que no había usado en toda la tarde—. Usted lo apunta todo. Apunte eso.

Lo apunté delante de ella.

—¿Usted por qué me está contando esto? —dijo por fin.

—Porque necesito algo de usted.

—¿Y me lo cuenta antes de pedírmelo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si se lo cuento después, se lo he comprado.

Se quedó mirándome.

—Y porque llevo seis semanas administrando la verdad en dosis —dije—. Es lo que hago. Es literalmente mi trabajo. Y usted es la única persona de todo esto a la que todavía puedo no hacérselo.

Y entonces le puse D3 encima de la mesa.

Son tres folios. Resolución de marzo de 1989, encabezada, sellada y firmada, que resuelve que la actividad de conservación y aprovechamiento de material biológico de origen humano llevada a cabo por esta sociedad queda amparada en los términos del instrumento de cuatro de julio de 1988, y que no procede la adopción de las medidas solicitadas por la parte actora.

Al pie está la firma. Es una firma con dos vueltas y un trazo largo debajo, y es la misma que hay en cuatro folios de la carpeta que ella tiene en su casa con las cosas de su madre.

Se lo dejé encima de la mesa y no se lo puse en la mano, porque hay papeles que hay que coger.

Lo cogió.

Estuvo leyéndolo tres minutos largos, y en esos tres minutos entendí una cosa sobre lo que estaba haciendo yo, y es que llevaba veinte minutos contándole lo que le habían hecho a su madre y que ahora le estaba contando lo que había hecho su madre, y que las dos partes van juntas y que la segunda es la que me interesa a mí.

Porque una hija a la que le han matado a su madre denuncia.

Una hija a la que le han matado a su madre y que además descubre que su madre firmó, no sabe todavía lo que va a hacer. Y ese «todavía» es exactamente lo que yo necesito, y lo sabía cuando saqué el documento del cajón.

Eso también hay que escribirlo.

—Esto es de mi madre.

—Sí.

—Marzo del ochenta y nueve. —Levantó la vista—. Mi madre entró de paciente en 2011.

—Sí.

—Veintidós años después.

—Veintidós años después.

—O sea que no le dieron esto a cambio.

—No. —Y esto es lo que le tenía que decir y lo que había estado colocando en la cabeza desde el domingo—.

En el ochenta y nueve alguien pidió medidas contra esta casa y su madre resolvió que no procedían, y no cobró por hacerlo.

Cobró veintidós años más tarde, cuando ya estaba enferma y cuando esta casa se acordó de que existía una mujer que le debía algo. Eso es peor y es lo que hay.

—En febrero me dijo una cosa —dijo.

Estaba mirando la resolución todavía.

—Estábamos comiendo en su casa. Ella ya estaba mal de la cabeza, a ratos. Y de repente dejó el tenedor y me dijo: «Nuria, yo firmé una cosa hace muchos años y me han cobrado por ella». —Levantó la vista—. Yo pensé que era de lo suyo. De la cabeza. Le dije que se comiera el pescado.

—¿Y ella qué hizo?

—Se comió el pescado.

Estuvimos las dos calladas.

Y aquí es donde tuve que decidir en dos segundos si le daba la otra pieza, porque la tenía y porque si me la callaba estaba volviendo a lo mismo.

—Su madre llamó a esta clínica el uno de junio —dije—.

A las cinco y cuarenta y dos de la tarde.

Preguntó por Ruth Almazán, por su nombre y su apellido, y la persona que cogió el teléfono le contestó que no se puede facilitar información sobre otros pacientes ni sobre personal del programa, que es la fórmula y que está bien usada.

Consta en el registro de llamadas con la extensión y las iniciales de quien la atendió.

—¿Mi madre sabía cómo se llamaba esa mujer?

—Se enteró de que hubo una incidencia con una donante.

No sé quién se lo dijo. —Y esto también se lo tenía que dar—.

El uno de junio a las doce y cuatro se le puso la primera dosis de aquel lote.

A las cinco y cuarenta y dos llamó preguntando por el nombre de la donante. A las once de la noche estaba muerta.

—El mismo día.

—El mismo día.

Nuria Salvat se quedó con la boca un poco abierta, como quien va a decir algo y descubre que no tiene la frase.

—O sea que ella lo sabía —dijo.

—Sabía una parte.

—Y pidió salir en marzo.

—Pidió salir en marzo, por escrito, y esta casa se lo denegó, y yo firmé la denegación, y en la casilla de observaciones del parte de su administración escribí, con mi letra, que reiteraba su solicitud de cese presentada en marzo.

—Puse las manos encima de la mesa—. Eso lo escribí a las doce y cuatro minutos del uno de junio, doce horas antes de que su madre se muriera, y lo escribí porque hay que dejar constancia.

Y dejar constancia es lo único que se me ocurrió hacer.

Nuria Salvat vomitó a las siete menos veinte, en la papelera de mi despacho, sin llegar al baño.

Yo le sujeté la frente con la mano abierta, con la palma en el nacimiento del pelo, y no le acaricié el pelo ni le dije que se le iba a pasar.

Después le di agua en dos veces y le limpié la mesa y bajé la papelera yo misma al cuarto de limpieza de la planta, porque no me pareció que tuviera que verla nadie.

Cuando volví estaba de pie, con el bolso ya en el hombro y la carpeta de anillas debajo del brazo.

—Necesito un día —dijo.

—Tómese el que necesite.

—No. Un día. —Se colgó bien el bolso—. Mañana por la mañana la llamo.

Estaba ya en la puerta cuando se paró y se giró a medias, sin soltar el picaporte.

—Mi madre tenía una cosa de mil novecientos cincuenta y cuatro —dijo—. En la caja. Cuatro folios grapados, en un sobre, con una goma. Yo lo abrí en marzo y no entendí nada y lo volví a meter.

—¿Sabe qué es?

—Sé que hay un nombre que se repite y que no es el suyo.