Capítulo 36
El lunes hice lo siguiente.
Firmé la renovación de la póliza de responsabilidad civil, con el anexo bien esta vez, después de tres semanas y cuatro correos.
Convoqué el consejo ordinario de julio para el día veinte, con el orden del día de siempre.
Contesté a la inspección un requerimiento sobre trazabilidad de lotes que llevaba doce días esperando y que contesté en cuarenta minutos, bien, sin mentir en una sola línea y sin decir nada.
Comí un sándwich de la máquina a las tres.
A las cuatro revisé el cuadro de vencimientos y comprobé que entre hoy y el veintiocho no vence nadie más, que es la única suerte que hemos tenido en cuatro semanas.
Y a las cinco menos cuarto, en el ascensor, me miré en el espejo del fondo y vi a una mujer de cuarenta y un años con buena cara.
Esa es la parte que no sé escribir.
Llevo dos noches durmiendo dos horas. Anoche estuve trabajando hasta las cuatro y media y me levanté a las siete. No he desayunado. Tengo la temperatura en treinta y cinco con uno desde el domingo y no me la baja nada ni me la sube nada.
Y me encuentro bien. Me encuentro mejor que en 2019.
Me pasé la mañana del lunes esperando el bajón, como se espera una factura, y no llegó. A la una de la tarde entendí que no iba a llegar, y a la una y cinco entendí lo otro: esto ha dejado de ser un estado excepcional del que se sale y ha pasado a ser mi manera de estar.
A mi madre le dio a las once y veinte, en el pasillo de la segunda planta, delante de cuatro personas.
Había subido a la cámara. Tiene tarjeta, la ha tenido siempre, y a las once y cuarto abrió el frigorífico y miró la balda de arriba, la de la bandeja de asignadas, donde el jueves pasado había un vial con una pegatina amarilla y su número de paciente debajo del código.
La balda está vacía desde el domingo a las diez y media de la mañana.
La oí desde el mostrador de control. No dijo mi nombre. Dijo «¿dónde está?», dos veces, y a la segunda ya estaba en el pasillo con la puerta de la cámara abierta detrás, que es una infracción del protocolo de temperatura que en otro momento habría anotado alguien.
—Está adjudicada —dije.
—A mí.
—Ya no.
Mi madre lleva treinta y dos años dirigiendo esta casa. Ha echado a cuatro directores médicos, ha sostenido dos inspecciones y le ha dicho que no a un fondo de inversión en una sala con doce personas sin levantar la voz.
Y en el pasillo de la segunda planta, un lunes a las once y veinte, con Loreto a seis metros y con dos auxiliares y el celador de la planta mirando, gritó.
Gritó tres cosas.
Que esa dosis era suya y que estaba adjudicada por escrito. Que yo no tengo facultad para revocar una adjudicación firmada sin acuerdo del consejo, lo cual es falso, y ella lo sabe, porque el apoderamiento lo redacté yo y lo firmó ella.
Y la tercera.
—Se la has dado a la única persona de todo esto que puede declarar contra ti.
Eso no lo gritó. Eso lo dijo a media voz, dos pasos más cerca, y es lo único que ha dicho mi madre en seis semanas que me ha hecho retroceder medio paso.
Y ahí se quedó sin aire.
No se desmayó. Lo que pasó fue que se le acabó la frase por abajo. Estaba diciendo algo más y las últimas cuatro o cinco palabras le salieron sin volumen, y se paró, y se puso la mano izquierda en el marco de la puerta, y estuvo unos ocho segundos buscando una respiración que no le llegaba.
Loreto llegó antes que yo. Le puso la mano en la espalda, le dijo que soltara despacio y no la tocó más, y a los veinte segundos mi madre volvió a respirar y dijo que estaba bien y se soltó del marco.
Bran la sentó en la sala de espera y le puso el pulsioxímetro y le tomó la tensión dos veces, y las dos veces apuntó el número y no dijo el número.
Cuando terminó, mi madre se levantó, se estiró la chaqueta y se fue por el pasillo hacia el ascensor, andando derecha, sin apoyarse en nada.
Los cuatro que estaban delante volvieron a lo suyo, y ninguno de los cuatro me miró, y a las doce menos cuarto ya no había pasado nada en esta casa.
De eso hay que decir algo más, porque es lo que me tuvo el resto del día.
En esta casa, cuando alguien se rompe delante de la gente, la gente vuelve a lo suyo. No por frialdad. Por educación de empresa: se aparta la vista, se baja el volumen, se sigue. Lo he hecho yo cuarenta veces con familiares en el pasillo de la segunda planta y me ha parecido siempre lo correcto.
A las doce menos cuarto ninguno de los cuatro había apuntado nada en ningún sitio.
Ni el celador, que tiene una casilla de incidencias de planta. Ni las dos auxiliares. Ni Loreto, que es la que la sostuvo.
Es exactamente lo mismo que pasó con Ruth Almazán, con la única diferencia de que aquello sí tenía un impreso donde ponerlo y esto no.
Y a mí, a las doce menos cuarto de un lunes, se me ocurrió que a lo mejor lo que hace esta casa no es tapar nada, sino que está construida entera para que ninguna de las cosas que ocurren en ella llegue nunca a la mesa de alguien que tenga que hacer algo con ellas.
Yo soy esa mesa.
A la una fui a la sala de espera y ya no estaba. A las dos llamé a su casa y no lo cogió. A las cuatro le mandé un mensaje diciéndole que le iba a mandar la tensión de Bran por escrito y no me contestó.
A las cinco Bran vino a mi despacho, me dejó un papel doblado encima de la mesa y se fue sin sentarse.
Ochenta y dos sobre cincuenta y uno a las once y veinticinco. Ochenta y ocho sobre cincuenta y cuatro a las once y treinta y cinco. Saturación noventa y uno.
Debajo, con su letra: «Día dos. Esto es lo normal. Lo del jueves no lo va a ser».
Bajé a las siete y veinte de la tarde.
No pensaba bajar. Tenía una hora y media de trabajo pendiente y no había ninguna serie hasta el miércoles, y bajé porque a las siete y cuarto cerré el ordenador y me di cuenta de que llevaba desde las once y veinte de la mañana sin hablar con nadie.
No dijimos nada del domingo.
Ni una palabra, ni un rodeo, ni una de esas frases que la gente pone al principio para dejar constancia de que existió.
Yo entré, él estaba con el cuaderno cuadriculado, me preguntó por mi madre, le conté lo del pasillo y lo de la respiración, y él escuchó y dijo que eso es del cuarto o quinto día y que suele ser por la mañana.
Y después me preguntó lo del mar.
Lo preguntó así, sin preparación, mirando la hoja del cuaderno:
—¿Usted va al mar?
—A veces. Poco.
—¿A cuál?
—A Cádiz, si voy. Y de pequeña, a Asturias.
—Ya. —Pasó la página—. Yo estuve una vez en Gijón. En el cuarenta y nueve, con lo de la clavícula, que estuve siete semanas parado y un primo mío me llevó dos días.
—¿Y?
—Que no me acuerdo.
Levantó la vista.
—Me acuerdo de que había mucha gente y de que comimos en una casa que era de la hermana de la mujer del primo. Y me acuerdo del olor. Del olor sí. —Se pasó el pulgar por la ceja—. Pero de cómo era, no. Yo tenía veintiocho años y estaba pensando en volver a entrar, y no lo miré.
—¿No lo miró?
—Estuve dos días delante y no lo miré. —Se encogió de hombros—. Uno cree que va a volver.
Estuvimos un rato callados.
Y después estuvo diez minutos contándome cosas que no ha hecho, y las contó sin ninguna intención de que dolieran, que es lo que hace que duelan.
No ha conducido nunca. Sacó el carné en el cuarenta y siete, en Ponferrada, en un camión de la empresa, y condujo cuatro veces.
No ha entrado en un banco. Ha visto muchos por televisión y sabe perfectamente cómo funciona una cuenta corriente, un préstamo y una prenda de participaciones, y no ha estado dentro de una oficina bancaria en su vida, porque en el cuarenta y nueve cobraba en mano y en un sobre.
No sabe lo que cuesta un café.
Eso lo dijo así, sin más, y yo hice el cálculo antes de que terminara la frase y le dije que uno ochenta o dos euros, y él dijo que en el cincuenta y cuatro eran ochenta céntimos de peseta y que lleva setenta y dos años sin saber si eso era caro o barato, porque para saberlo hay que saber lo que gana la gente, y él no sabe lo que gana la gente desde 1954.
—Lo que más me fastidia es lo de los pies —dijo.
—¿Lo de los pies?
—El suelo. —Señaló la moqueta—. Aquí hay moqueta, y en el pasillo hay moqueta, y en el anexo hay linóleo. Llevo setenta y dos años pisando dos cosas.
Yo he estado esta mañana en un pasillo con moqueta gris de contrato viendo a mi madre agarrarse a un marco. He comido un sándwich de una máquina. He firmado una póliza.
Y a las ocho menos veinte de la tarde de un lunes, un hombre me estaba explicando que lleva setenta y dos años pisando dos superficies distintas.
—Hágame una cosa —dijo entonces.
—Dígame.
—Cuando vaya, dígame cómo suena.
Yo iba a decirle lo que se dice, que es algo sobre el azul, y me paró antes de empezar con la mano abierta encima de la mesa.
—El color no. El color lo he visto. Tengo una televisión desde el setenta y nueve y he visto el mar cuatrocientas veces. —Bajó la mano—. Lo que no sé es cómo suena de cerca. Si es continuo o si va por veces. Si se oye por encima de la gente o si la gente se oye por encima.
—Va por veces.
—¿Cada cuánto?
Y me quedé sin respuesta.
Me quedé sentada en una habitación a veintiún grados, delante de un hombre que quiere saber cada cuántos segundos rompe una ola, y no supe contestarle, porque llevo cuarenta y un años yendo al mar y nunca lo he contado.
—No lo sé —dije—. Lo miro.
—Lo mira.
—Sí. Cuando vaya, lo miro.
Y él dijo que vale y volvió al cuaderno.
Es la primera cosa que me ha pedido en siete semanas que no le sirve absolutamente para nada. No es una petición número cuatro, no lleva plazo, no obliga a esta casa a ninguna cosa y no se puede poner en un parte.
Y es la que más me ha costado contestar de todas.
Subí a las ocho y veinte y en el coche, en el primer semáforo, abrí el registro de llamadas del móvil.
Nuria Salvat me ha llamado veintiséis veces en veintitrés días. Todos los días laborables desde el dos de junio y dos sábados. A las nueve y media de la mañana o a las siete de la tarde, y si no le cojo, insiste a los cuarenta minutos.
La última es del viernes.
Hoy es lunes.