Capítulo 35
—No he venido a perdonarle nada —dije.
—Ya lo sé.
—Y no vengo por el lote.
—Eso también lo sé. —Estaba sentado en el borde de la camilla, con la camisa vieja y las mangas subidas, y Loreto todavía no había llegado—. Siéntese, que va a tardar.
No me senté.
Le dije las tres cosas de pie y en el orden en que las había pensado en el coche, en cincuenta y dos minutos de carretera, sin radio.
Le dije que había pasado una noche entera con Ruth Almazán y que sé lo que pasó en las tres últimas, entero, con la pera de goma, los paseos escoltados, la frase que le dijeron una vez y la sujeción en el retorno.
Le dije que sé que la boca en las tres fue la suya.
Le dije que llevo dos días sabiéndolo y que ninguno de los dos me ha servido para colocarlo en ningún sitio donde deje de doler.
Le dije que esta noche es la séptima y que después de esta no hay vuelta con ningún lavado.
Y le dije que bajo igual.
—Bien —dijo.
—No me pregunte por qué.
—No se lo iba a preguntar.
—Pregúntemelo.
Levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque quiero. —Seguía de pie—. No por el lote, no por las cuarenta y cinco, no porque no me quede otra y no porque usted me haya dado un papel esta tarde. Porque quiero, y lo he decidido en el coche, en la A-6, entre el kilómetro treinta y el treinta y cinco, con todo lo que sé encima.
—Vale.
—Y quiero que quede dicho, porque mañana esto no se puede deshacer y no pienso pasarme el resto de mi vida buscándome una explicación mejor.
—No la va a encontrar.
—Ya lo sé.
Y ahí no dijo nada más, y yo tampoco, y estuvimos así hasta que llamaron a la puerta.
Hay una cosa que quiero dejar escrita antes de seguir, porque después no va a haber sitio.
Esta mañana he firmado un papel que deja a mi madre siete días sin nada.
Anoche he presentado un escrito que le pone el nombre a un muerto y que me deja a mí sin salida.
Ayer por la tarde me dieron por escrito una renuncia que no vale nada y a continuación las instrucciones para matar a quien me la daba.
Y esta noche, a las diez de la noche de un domingo, lo único que había en mi cabeza mientras bajaba ocho metros de pasillo era que llevaba cinco días sin tocarle.
No lo escribo para justificarme. Lo escribo porque es verdad y porque una de las dos cosas que me he prometido en este cuaderno es no arreglarme las frases.
Loreto llegó a las diez y dos minutos y trabajó veinte minutos y no habló, y a las diez y veintidós, cuando cerró la vía y recogió el carro, la mandé a su casa.
—Yo cierro —le dije—. El parte lo relleno yo.
Se quedó con el carro en la mano.
—Señora Vives, el retorno no lo puede supervisar usted, que es usted la donante.
—Ya lo sé.
—Y el aspirado hay que hacerlo a los quince minutos.
—Lo sé también.
Loreto miró el monitor, que es lo que mira ella cuando no quiere mirar otra cosa, y después hizo una cosa que no le he visto hacer en siete semanas: se fue sin decir buenas noches.
Y se cerró la puerta y nos quedamos los dos, sin testigos, sin registro, sin protocolo escrito por la mañana y sin nadie en el edificio por debajo de la planta baja.
La permanencia fueron cincuenta y un minutos y hablamos poco.
Le pregunté una cosa a mitad. Ninguna de las once que había borrado el martes: otra.
—¿Sabía usted que me iban a poner a mí?
—No.
—¿Y cuando me pusieron?
—Cuando la vi entrar con el maletín en abril, hace dos años, en aquella visita del consejo. —Tenía la cabeza apoyada en la pared—. Ahí pensé que si algún día esto lo abría alguien, lo abriría usted.
—Eso no es lo que le he preguntado.
—Ya. —Se quedó callado un momento—. No, no lo sabía. Y cuando pedí las nueve series con la misma donante, no estaba pidiendo que fuera usted. Estaba pidiendo que no fueran tres personas distintas a las que hubiera que traer aquí a la fuerza.
Es la respuesta que llevaba tres semanas queriendo y llegó un domingo por la noche en mitad de una permanencia, gratis, sin que yo tuviera que negociarla.
No me la creí entera. Todavía no me la creo entera.
Porque hay una parte que no cuadra y se la dije.
—Usted pidió nueve series con una sola donante sabiendo que ningún cuerpo aguanta más de tres.
—Sí.
—O sea que pidió una conversión.
—Pedí que no hubiera tres personas. —No apartó la mirada—. Lo que le pasa a la que se queda, lo sabía. No se lo voy a discutir.
—¿Y le pareció bien?
—Me pareció menos malo.
—Ese es el argumento de mi madre.
—Ya lo sé. —Se pasó la mano por la cara—. Llevo setenta y dos años oyendo ese argumento y llevo setenta y dos años usándolo, que es peor, porque yo lo uso para gente concreta a la que veo entrar por esa puerta.
Apreté la pera. Faltaban veinte minutos.
—¿Y si la que se hubiera quedado no fuera yo? —dije.
—Habría hecho lo mismo.
Es la única respuesta de aquella noche que agradezco por escrito, y la agradezco precisamente porque es la que peor me deja.
Y no volví a preguntar, porque a las once y veintiséis Loreto ya no estaba y el retorno era mío.
Del retorno voy a escribir esto y nada más, porque lo demás no cabe en una casilla y porque llevo siete veces intentándolo.
Fueron veinticuatro minutos, que es lo más que ha durado ninguno.
Está la butaca bajada dos posiciones, el pelo apartado con dos dedos —esta vez con los suyos—, la presión, el cansancio que llega de golpe a los seis o siete minutos, y ese sitio del cuello donde ya no hay que buscar nada porque hay dos marcas que se abren solas.
En las seis anteriores, cuando terminaba, él se apartaba.
Se aparta siempre. Se aparta, se sienta en el taburete de la derecha, se pasa la mano por la cara y espera a que a la otra persona se le pase el mareo. Lo he visto seis veces y las seis igual.
Esta vez le puse la mano en la nuca antes de que se apartara.
—No —dije.
Y no se apartó.
Lo que pasó después ocupó tres horas y no voy a ordenarlo por minutos, porque no lo tengo ordenado por minutos y porque escribirlo así sería mentir sobre cómo fue.
Empezó en la butaca, con la vía todavía puesta en mi brazo izquierdo y con la manta térmica en el suelo, y siguió de pie, y terminó en su habitación, y en algún punto de esas tres horas se me salió la palomilla y no me di cuenta hasta mucho después, cuando vi la sábana.
No hubo ninguna frase amable.
Eso es lo que quiero dejar escrito, porque si algún día leo esto y me lo he arreglado, quiero tener delante lo que había: no hubo ninguna frase amable, ni por mi parte ni por la suya, en tres horas.
Hubo dos cuerpos que se querían y una mujer que sabía perfectamente lo que estaba comprando.
Del cuerpo hay que decir lo siguiente, y lo digo yo porque es el mío.
Después del séptimo retorno una no se encuentra mal.
Se encuentra despierta de una manera que no existe fuera de aquella habitación: la luz de la lámpara con la pantalla quemada tiene un grano que se ve, la tela de la camisa vieja de él se oye cuando se mueve, y las manos, la boca y la piel funcionan a una velocidad que el resto del año no tienen.
Yo llevaba siete semanas notando esto por partes y esa noche estaba entero.
Eso no lo pone el deseo. Lo pone el procedimiento.
Y las dos cosas ocurren en el mismo cuerpo a la misma hora, y yo no he encontrado todavía la manera de separarlas, y llevo tres días intentándolo.
Le quité la camisa yo, de pie, con los dos apoyados en la pared del pasillo, entre la sala y su habitación. Un metro y medio de moqueta gris de contrato y una lámina de un puerto colgada torcida.
Estuvimos allí más de lo que pensaba estar.
Después fue la cama de noventa, y fue con la lámpara encendida, porque a la lámpara no la tocó ninguno de los dos y porque yo no quería no verle la cara.
Hubo una parte larga en la que estuvo debajo.
Fue decisión mía y se la dije con una frase, y él no discutió, y yo tardé un rato en entender por qué me lo estaba concediendo tan fácil, y cuando lo entendí ya no pude dejar de saberlo: un hombre que ha pasado setenta y dos años teniendo que quedarse quieto encima de una camilla sabe exactamente lo que cuesta una postura.
Ninguna de las dos veces que perdí el hilo me sujetó nada. Ni las muñecas, ni los hombros, ni la cintura. Las manos las tuvo donde yo se las puse, o encima de la cama, o en mi espalda abierta y sin cerrar.
Yo dije mi límite en voz baja en el cuarto intercambio, hace once días, y no lo he vuelto a decir nunca.
Y en tres horas él no se acercó ni una sola vez a esa línea, ni por descuido, ni en el minuto en que a cualquiera se le olvidaría.
Eso no es delicadeza. Eso es un hombre que sabe con una precisión de oficio lo que pesa sujetar a alguien, porque ha visto lo que pasa cuando se hace, y porque hace veintiocho días fue él quien esperó a que dos celadores le cogieran los antebrazos a una mujer.
Las dos cosas están en la misma cama y en la misma persona, y las dos me tocaban a mí aquella noche.
Terminé la primera vez con la boca de él en el cuello, en el lado izquierdo, que es el que no se usa, y con las dos marcas del derecho todavía abiertas del retorno, y con la mano izquierda agarrada al hierro del cabecero.
No me mordió. No lo ha hecho nunca fuera de un retorno y no lo hizo entonces, y a mí, que llevaba siete semanas contándome que aquello era una cosa clínica que ocurría al final de un procedimiento, se me ocurrió pensar, con la boca de él ahí y sin ninguna necesidad de que fuera nada, que el motivo por el que no lo hace es que lo otro está tasado en un formulario y esto no.
Le dije cosas. Le dije, con la boca en su oreja y con las dos manos en su pelo, que llevo dos días viendo una habitación de hotel con una mujer de treinta y tres años y una vía puesta y que la veo también ahora, y que eso no se me quita porque estemos así, y que él lo sabe, y que lo estamos haciendo igual.
Y él no me contestó ninguna de las tres cosas.
Lo que hizo fue parar. Se quedó quieto encima de mí, con los antebrazos apoyados a los lados de mi cabeza, sin tocarme con las manos, esperando.
Esperó a que yo terminara.
Y cuando terminé, dijo una sola cosa.
—¿Sigo?
—Siga.
Y seguimos, y fue la peor pregunta y la mejor respuesta de toda mi vida, y las dos fueron mías, porque la pregunta me la hizo a mí y la respuesta la di yo.
Hay una cosa del cuarto intercambio que no entendí hasta esa noche.
Aquel miércoles me subí a una camilla, crucé un protocolo escrito por mí, llegué hasta donde llegué y me paré, y me pasé cinco semanas creyendo que me había parado porque era honesta.
Me paré porque todavía podía. Porque aquella noche parar no me costaba nada: me quedaban cinco intercambios de margen, nueve días de lavado y una vida entera al otro lado.
Esta noche no me he parado y esta noche sí costaba, y por eso esta noche significa algo y aquella no.
A la una y media de la madrugada él se sentó en el borde de la cama, se puso el torniquete en el brazo derecho, buscó la antecubital con dos dedos, se pinchó él mismo y llenó los dos tubos de treinta y cinco.
Yo le sujeté la linterna del móvil.
Setenta y dos años en esta casa y el hombre se saca el producto él solo, en pijama, a la una y media de la mañana, mientras la directora jurídica de la sociedad le hace luz con un teléfono.
Cuando terminó le quité la aguja, le puse una gasa y le apreté cuatro minutos, con el reloj de pared delante y contando los cuatro enteros, que es lo que hay que apretar y lo que no se aprieta nunca.
Él me dejó hacerlo y no dijo nada.
Metí los dos tubos en la nevera de transporte, la dejé en el anexo con la etiqueta puesta y volví.
La recuperación es la parte que falta y por eso la escribo.
Después de las seis anteriores hay dos horas malas. Frío, o náusea, o el zumbido, o las tres cosas, y una necesidad de tumbarse que no se discute. En la primera fueron treinta y seis horas. En la tercera vomité tres veces. Hasta la sexta, cada retorno me ha costado dos días de cuerpo.
Después del séptimo no hubo nada.
Ni frío, ni mareo, ni la sensación de haber perdido medio litro de algo. A la una y media de la madrugada, hora y media después de que se cerrara el retorno y con tres horas de lo otro encima, yo estaba en pie sujetando la linterna de un teléfono con la mano firme.
Eso es lo que quiere decir la palabra irreversible, y no lo entendí en el laboratorio de Bran ni en un gráfico de cuatro puntos: lo entendí ahí, de pie, alumbrando una antecubital ajena a la una y media de la madrugada y encontrándome perfectamente.
Ya no me está costando. Ese es el precio.
Dormí dos horas en su cama, de dos a cuatro, y me desperté sin ninguna necesidad de dormir más.
Y esto es lo que hay que anotar de aquellas dos horas, y lo anoto porque es lo único que me da miedo de todo lo que ha pasado hoy:
Me desperté a las cuatro y cuatro y oí, desde la habitación, la respiración de él en el pasillo de la planta, a ocho metros y con dos puertas de por medio. Contaba doce por minuto. Me quedé un rato contando, con los ojos abiertos en el techo, comprobando que no me lo estaba inventando.
No me lo estaba inventando.
A las tres menos veinte —antes, cuando todavía estábamos despiertos— le había preguntado la temperatura de la habitación y él me había dicho veintiuno, y yo le dije que no, que estaba a veintidós, y fuimos los dos al termostato del pasillo y ponía veintidós.
Me levanté a las cuatro y veinte y rellené el parte a mano, sentada a la mesa, con el bolígrafo suyo, con el cuaderno cuadriculado apartado a un lado.
Serie séptima. Fecha. Hora de inicio, 22:04. Hora de fin de retorno, 23:50. Volumen, tiempos de permanencia, temperatura del circuito. Aspirado, setenta mililitros, a las 01:34, en cámara a las 11:30 de hoy.
Firmas: enfermería, no consta por finalización de turno. Dirección médica, no consta. Donante.
Firmé yo la de donante, que es la primera vez en toda la historia de este edificio que la persona que estaba en la butaca firma su propio parte.
Y en el recuadro de incidencias no escribí nada. Cuatro por diez centímetros, abajo a la derecha del formulario de 2016.
Le puse una raya.
Una raya diagonal de esquina a esquina, con el bolígrafo, que es lo que se hace en un impreso para que conste que ese espacio se ha dejado vacío a propósito y que nadie lo ha rellenado después.
Faltan dos.