Capítulo 34
—Una dosis en rebote para la cascada —dijo Bran—. No devuelve nada.
Eran las ocho y media del domingo y estábamos los dos de pie en el laboratorio, él con la bata puesta encima de una camiseta, porque en domingo se viene como se puede.
—Explíquemelo con números.
—Con números no se puede, porque no hay serie.
—Cogió un papel y no dibujó nada—. Se lo explico con lo que he visto.
Un paciente entra en rebote y empieza a perder por orden: primero la coagulación, luego la tensión, luego el riñón, luego la cabeza.
Si le pone usted una dosis en el día tres, se para donde esté.
Lo que ha perdido hasta el día tres no vuelve.
—¿Nada?
—Un poco, las primeras horas. Después ya no.
—Dejó el papel—. Y hay una cosa peor y se la tengo que decir hoy, no dentro de una semana.
Cuanto más tarde se pone, menos se recupera y más raro se queda el reloj.
La siguiente caducidad ya no son veintiocho días.
Puede ser veinte, o pueden ser dieciséis, y no se sabe hasta que se sabe.
—O sea que quien entre en rebote se queda peor para siempre.
—Se queda vivo y se queda peor para siempre. —Se apoyó en la encimera—. Eso es lo que hay.
No me lo estaba explicando para Ruth Almazán.
Los dos sabíamos a quién se le iban a aplicar esos cuatro párrafos, y él me los dijo a las ocho y media de la mañana, de pie, en domingo, antes de que yo firmara nada, que es exactamente lo que hay que hacer y lo que en esta casa no hace nadie.
Después me preguntó por el impreso.
—Lo he roto —dije.
Tardó unos segundos.
—¿Anoche?
—Anoche.
—¿Y no vas a...? —Se paró él solo y volvió a empezar de otra manera—. ¿No me va a decir por qué?
—No.
Se quedó mirando la encimera un rato largo.
—Vale —dijo—. Pues entonces yo tengo un lote que sacar.
Y salió del laboratorio, y no ha vuelto a mencionármelo, y sé que en algún momento de esta semana va a averiguar lo que hice anoche, y sé también que cuando lo averigüe no va a venir a discutirlo conmigo. Ese hombre lleva diez años perdiendo por escrito.
A las nueve menos veinte me senté a hacer la cuenta.
La hice en un folio, a mano, con dos columnas, porque es como la hice el siete de junio y porque quería ver si me salía distinta.
Columna izquierda. Ruth Almazán Vidal, treinta y tres años, novena serie el treinta y uno de mayo, convertida.
Sin dosis en el cuerpo, porque nunca ha sido paciente.
Colapso previsto: hoy. No hay margen de tres días: el margen se lo comió el rebote que lleva trece días haciendo sola.
Bran dice hoy, y Bran, cuando dice hoy, acierta.
Columna derecha. Mercedes Vives Ferreiro, setenta y nueve años, paciente número 1, última administración el treinta y uno de mayo.
Caducidad, veintiocho de junio. Rebote estimado, de dos a nueve días.
Colapso previsto, cinco de julio, con la coletilla del margen de tres días en cualquier dirección, que escribí yo a pie de página el día que la salvé.
Y abajo, en el centro, cruzando las dos columnas, el dato que ordena todo lo demás.
El lote 332 entra en cámara el cinco de julio a las once y media, si esta noche hay séptima y si no falla nada.
Ese es el problema entero y cabe en tres renglones.
Si le pongo la dosis a Ruth, mi madre entra en rebote hoy y tiene que aguantar siete días sin nada hasta el cinco a las once y media.
Su colapso está previsto para ese mismo día.
El margen de error que yo escribí es de tres días arriba o abajo.
Si el margen cae hacia abajo, se muere el dos y el lote llega tres días tarde.
Si cae hacia arriba, llega a la mañana del cinco con siete días de rebote encima y con lo que Bran me acaba de explicar a las ocho y media.
Si no se la pongo, Ruth Almazán se muere hoy.
Eso es todo. No hay una tercera columna. La busqué durante veinte minutos, que es exactamente lo que hice el siete de junio, y como el siete de junio no la encontré, y como el siete de junio lo que encontré fue un criterio.
La diferencia es que aquel día el criterio me salvó a mi madre y yo dejé que pareciera técnico.
Hoy el criterio dice otra cosa y sigue siendo el mismo criterio: proximidad de vencimiento. Ruth vence hoy. Mercedes vence el cinco.
No estoy sacrificando a mi madre. Estoy apostando con ella, con un margen de error de tres días que escribí yo, y llamarlo de otra manera sería el mismo tipo de mentira con la que llevo seis años trabajando.
D9-B lo redacté a las nueve y cuarto y ocupa media página.
Tiene el mismo membrete, el mismo tipo de letra y la misma estructura que el documento que escribí el siete de junio, el que tiene cuatro filas y siete nombres y una nota a pie de página sobre el margen de tres días.
Lo hice a propósito. Si alguien pone los dos documentos uno al lado del otro dentro de un año, tiene que ver que los ha escrito la misma persona con el mismo criterio, porque es verdad.
Dice tres cosas.
Que se revoca la asignación de la cuarta dosis de existencias remanentes del lote 331 a la paciente número 1.
Que se adjudica dicha dosis a Ruth Almazán Vidal, no inscrita en el programa de pacientes, por vía de urgencia vital.
Y que la administración se realizará fuera de las instalaciones de la clínica, por indicación del director médico, con traslado en contenedor homologado y registro de temperatura, haciéndose constar que la beneficiaria no ha solicitado ni consentido figurar en ningún otro documento de esta sociedad.
Esa tercera frase la escribí por la segunda condición de Ruth, y la escribí sabiendo que la contradice, y se lo dije a ella por teléfono a las nueve menos cuarto.
—Su nombre va a estar en un papel de la clínica —le dije—. En este. Es interno, no sale de aquí y no lo va a ver ningún juzgado por mi mano.
—¿Y por qué tiene que estar?
—Porque una dosis que se adjudica a nadie es una dosis robada. Y si esto se mira algún día, quiero que se vea que se le dio a una persona con nombre y no que desapareció.
Estuvo callada.
—Vale —dijo—. Pero de las otras dos no me muevo.
—De las otras dos no se mueve nadie.
Firmé a las nueve y cuarenta.
Firmé en mi despacho, sentada, con la puerta cerrada y con la persiana de la mampara subida, porque la subo siempre y porque no se me ocurrió bajarla.
Mi madre estaba en el pasillo.
Estaba sentada en una de las cuatro sillas de la fila que hay enfrente de mi puerta, las de tela gris que compramos en 2017 y que nadie usa nunca porque a mi despacho no viene nadie a esperar. Tenía el bolso en las rodillas y las dos manos encima del bolso.
Llevaba allí no sé cuánto tiempo. No llamó, no golpeó el cristal, no me hizo ningún gesto.
Yo la vi. Levanté la cabeza cuando estaba poniendo la fecha, la vi a través de la mampara, a cuatro metros, y ella me sostuvo la mirada y no se movió.
Y firmé.
Firmé mirándola, que es la única cosa de todo esto de la que no sé qué pensar todavía, porque no lo hice por crueldad y tampoco lo hice sin darme cuenta. Lo hice porque si hubiera parado, habría tenido que salir a explicarle algo, y no tenía nada que explicarle que ella no supiera.
Cuando terminé de firmar seguía allí.
Cuando salí, veinte minutos después, con el contenedor de transporte y la carpeta, la silla estaba vacía.
A Ruth Almazán la dosis le entró a las once y cuarenta y dos, en la habitación 214 de un hotel de Torrelodones, con las cortinas corridas y el aire acondicionado a veinticuatro porque tenía frío.
Bran subió con una bolsa de deporte y no dijo nada en todo el trayecto de veintiséis minutos, y cuando abrió la puerta de la habitación y la vio, se paró medio segundo en el umbral, y en ese medio segundo estaba todo lo que aquel hombre no ha dicho en seis semanas.
Después hizo su trabajo, y lo hizo bien y deprisa. Le cogió una vía en el dorso de la mano izquierda porque el brazo izquierdo lo tiene destrozado. Le puso el equipo, comprobó la temperatura del contenedor, apuntó la hora, y a las once y cuarenta y dos abrió.
Ruth no le habló ni una vez. Le contestó a lo que le preguntaba con monosílabos y a la tercera pregunta le dijo:
—Usted a mí no me pregunta cómo estoy.
Bran dijo que de acuerdo y no volvió a preguntárselo.
Yo me quedé de pie junto a la ventana, con la cortina corrida y una raya de luz de junio en el suelo, mirando el contador del equipo.
Tarda cincuenta minutos. Cincuenta minutos son mucho tiempo en una habitación de hotel con dos personas que no se hablan y una tercera que las ha metido allí.
A las doce y diez le cambió la cara. No de golpe: por partes, y empezando por los labios, que dejaron de tener el color que tenían.
A las doce y media dejó de tener la respiración corta.
A la una menos veinticinco se soltó el pelo, que lo llevaba recogido con una goma desde el viernes, y ese gesto fue el que me dijo que ya estaba.
Bran lo apuntó todo en una hoja que se llevó doblada en el bolsillo de la bata y que no ha entrado en ningún sistema.
A la una menos veinte Ruth Almazán se levantó ella sola y se fue al baño andando, y tardó lo que tarda una persona, y volvió, y se sentó en el borde de la cama, y dijo que le apetecía un café con leche.
Eso es lo que hace una dosis.
Se lo pedí al servicio de habitaciones y se lo tomó entero, con las dos manos, y le pregunté cómo se encontraba y me dijo que se encontraba bien, y luego dijo la única frase de todo el domingo que me he traído a casa.
—Esto no me arregla el brazo.
—No.
—Ya. —Dejó la taza—. Es que quiero que lo sepa.
Volvimos a Madrid a las dos.
A mi madre le empezaron a temblar las manos a las seis de la tarde.
Se lo noté por teléfono, que no tiene ningún sentido, y sin embargo es así: la llamé a las seis y diez para decirle lo que había hecho, porque se lo tenía que decir yo y no el sistema, y me contestó con una voz normal, y en mitad de la conversación oí un golpe pequeño y ella dijo «espera» y tardó cuatro segundos en volver, y cuando volvió dijo que se le había caído el mando.
—Mamá.
—Se me ha caído el mando de la tele, Helena. Le pasa a todo el mundo.
Le dije que iba para allá y me dijo que no fuera. Fui.
Llegué a las siete y media. Estaba en su sillón, con el libro y las gafas, y estaba perfectamente, y estuvimos hora y media hablando de la fachada del edificio y de una prima suya de Cuenca, y en hora y media no mencionó la dosis, ni a Ruth Almazán, ni el rebote, ni el veintiocho de junio.
Le pregunté dos veces si quería que habláramos.
—De qué —dijo la primera.
La segunda ni contestó. Levantó una mano dos centímetros del brazo del sillón y la volvió a bajar, que es un gesto suyo de toda la vida y que significa que la conversación ya se ha tenido en su cabeza y ha terminado bien o ha terminado mal, y que en cualquier caso no se va a repetir en voz alta.
En hora y media hizo dos cosas.
Me preguntó si había cenado, y como le dije que no, se levantó ella y me sacó de la nevera un táper de lentejas de las suyas y me lo calentó, y estuvo de pie delante del microondas los tres minutos que tardó, sujetándose con la mano izquierda en la encimera, cosa que no hacía en mayo.
Y a las ocho y media, sin ningún preámbulo, me dijo que la carpeta azul del armario del despacho de su casa tiene las escrituras de los cuatro pisos del Fondo y el cuaderno de tapas de hule.
—Por si acaso —dijo.
—Mamá.
—Por si acaso, Helena. Es una carpeta. No te pongas.
A las nueve le llevé un vaso de agua de la cocina.
Alargó la mano derecha, la cerró alrededor del vaso, y no lo levantó. Lo intentó dos veces. La segunda, el agua se movió dentro del vaso y le mojó los dedos, y ella lo soltó despacio encima de la mesa auxiliar, con mucho cuidado, y dejó la mano encima.
—Déjalo ahí —dijo—. Ahora me lo tomo.
Yo estaba de pie en la puerta del salón, con el paño en la mano.
Podía haber entrado. Son tres metros. Podía haber cogido el vaso, habérselo puesto en la boca, haberme sentado en el brazo del sillón, haber dicho cualquiera de las cuatro o cinco cosas que se dicen.
Esta mañana mi madre me ha mirado firmar desde el otro lado de un cristal y no ha entrado.
A las nueve de la noche yo estaba en el umbral de su salón mirándola no poder levantar un vaso, y tampoco entré.
Y a las diez tenía el séptimo.