Capítulo 33
—Léamelo otra vez despacio —dijo Pilar Aizpún—. Y sin la parte en la que usted me convence.
Del parte de ingreso hay que decir que está mecanografiado en un impreso de la empresa, que la máquina saltaba la letra e y que alguien repasó las tres primeras a mano.
Setenta y cinco años en una caja y ahí sigue el índice derecho de un hombre que está a veintiocho kilómetros de esta mesa.
—Lo que usted quiere depositar —dijo la notaria— son tres documentos de los que consta que dos personas distintas nacen y mueren, y que la segunda es la primera.
—Lo que quiero depositar es que existen y que están en mi poder desde hoy.
—Y lo otro.
—Lo otro es un acta de manifestaciones. Yo declaro lo que he visto.
Ahí levantó la vista.
Pilar Aizpún tiene sesenta y un años, una manera de hablar sin adjetivos y una regla que le he oído tres veces: en su despacho no se cuentan intenciones, se cuentan hechos. Me dejó terminar y después estuvo callada unos segundos con la mano encima del certificado de defunción.
—Helena —dijo—. Si usted otorga esa acta, dentro de un año la va a tener enfrente un abogado de la sociedad en la que trabaja.
—Sí.
—Y va a ser el abogado que usted contrate.
—También.
—Bien. —Cogió el bolígrafo—. Entonces lo hacemos.
Antes hizo una cosa más, y la hizo porque es buena en lo suyo.
—Va a haber una pregunta que le van a hacer cuatro veces —dijo—. Si esos documentos llevan setenta años en un archivo del que usted es responsable, ¿por qué los deposita hoy y no en 2020?
—Porque hasta hace once días no sabía que existían.
—Eso no me sirve a mí. Eso se lo tendrá que explicar usted a otro. —Se ajustó las gafas—. A mí me sirve que quede claro cuándo los ha tenido en la mano por primera vez.
—El dieciocho de junio, a las cuatro y veinte de la tarde, en la sede de Valdesalce, con el registro de acceso a mi nombre.
—Eso sí me sirve. Y va en el acta.
Estuvimos hasta las once menos veinte.
El acta tiene seis folios. Digo lo que he visto y no digo lo que creo.
Digo que en el archivo de una sociedad de la que soy directora jurídica se conservan tres documentos que se refieren a una misma persona; que en el inventario biológico de la clínica figura desde 1988 un activo identificado como «001» cuya procedencia se hace constar como material de origen no identificado de 1954; y que existen elementos que permiten sostener que ese asiento se refiere a un ser humano vivo.
Eso es todo. Seis folios para decir eso.
De ahí sale lo demás.
A las once menos veinte llamé a Julián Cortabarría, que es el procurador con el que trabajo desde 2013, y le desperté, y le dicté por teléfono lo que tenía que presentar.
Escrito inicial de expediente de rectificación del Registro Civil, promovido por mí en nombre propio, alegando interés legítimo.
Documentos: los tres depositados esta noche, con el acta.
Petición: que se declare la inexactitud del asiento de defunción de 12 de noviembre de 1954 y se restituya la personalidad registral de León Arce Nistal.
Por otrosí, medidas cautelares: prohibición de disponer, trasladar, someter a procedimiento o alterar en cualquier forma la situación física de la persona a que se refiere el asiento, con expresa mención del activo 001 del inventario biológico de Clínica Vives, S.L.
—Helena, esto entra un domingo —me dijo—. Los plazos corren el lunes.
—Ya lo sé.
—Entonces lo presento el lunes a primera hora y es lo mismo.
—No es lo mismo. —Estaba de pie en el pasillo de una notaría, en la parte de atrás de una casa, a las once menos diez de la noche de un sábado—. Preséntelo mañana a las ocho, telemáticamente, y mándeme el acuse.
Porque lo que necesito no es una resolución. Una resolución llegará en noviembre o en marzo o nunca.
Lo que necesito es la fecha.
Esto hay que explicarlo una vez y no lo voy a volver a explicar.
Desde el momento en que ese escrito tiene un número de registro y un sello con una hora, el activo 001 del inventario biológico de esta casa deja de ser una línea de un asiento contable.
Pasa a ser una persona sobre la que hay un procedimiento de identidad abierto, con petición de medidas cautelares, promovido por la directora jurídica de la propia sociedad.
Y a partir de esa hora, cualquiera que firme una baja de ese activo firma con conocimiento.
Cualquiera que autorice una extracción sobre ese activo lo hace después de que conste por escrito, con fecha y sello, que se ha alegado que ese activo es un hombre.
Eso ya no se llama baja de inventario. Se llama lo otro, y lleva el nombre y los dos apellidos del que firma.
Eso es lo que hace ese papel, y por eso lo he presentado hoy, sábado, de noche, en la parte de atrás de la casa de una notaria, cuatro días después de que Ismael Bran me esperara apoyado en mi coche.
Tengo que escribir aquí una cosa más y no me apetece.
He estado cuatro días con dos impresos doblados en cuatro en el bolsillo derecho del abrigo.
Los he sacado dos veces. La primera, el jueves por la noche, en la cocina de mi casa, y estuve leyéndolos veinte minutos.
La segunda, el viernes, en el coche, en el aparcamiento del hotel de Torrelodones, con Ruth Almazán en la habitación 214 con una vía puesta y ochenta y dos de tensión máxima.
En las dos ocasiones lo que hice fue mirar la casilla del origen y la casilla de la firma, y en las dos ocasiones pensé lo mismo, y lo pensé con estas palabras: si firmo esto, se acaba mañana.
Se acaba lo de la silla. Se acaba lo del cuerpo. Se acaba tener que decidir todas las noches. Cuarenta y seis personas se quedan con una posibilidad, que es más de lo que tienen ahora, y yo me quedo con nueve días de fiebre y con un expediente disciplinario que me redacto yo misma.
No lo firmé ninguna de las dos veces y tampoco lo rompí, y llevo cuatro días diciéndome que no lo rompía porque un abogado no destruye un documento que puede necesitar.
Lo que he hecho esta noche, con el escrito de rectificación, es quitarme la posibilidad de firmarlo.
A partir de mañana a las ocho, ese impreso ya no es una salida: es una prueba de cargo contra quien lo firme, y la primera firma que llevaría es la mía.
Me he cerrado la puerta yo, con la misma mano y en el mismo despacho en el que se la he cerrado a Bran, y lo he hecho a propósito, porque llevaba cuatro días sin fiarme de mí a las once de la noche.
Los rompí en la papelera de la entrada de la notaría, mientras esperaba a que Pilar Aizpún me sacara la copia autorizada.
En cuatro trozos, los dos a la vez, con el doblez ya hecho, que es la manera en que se rompe un papel que se ha llevado cuatro días en un bolsillo.
Salí a Zurbano a las once y veinte.
Había gente cenando en la terraza de la esquina y hacía la temperatura exacta a la que no se nota el aire, y yo llevaba en el bolso una copia autorizada de seis folios y en el móvil un correo de un procurador dormido diciendo que a las ocho estaba presentado.
Y una cosa más, la que me tuvo despierta.
Ismael Bran no sabe nada. Mi madre no sabe nada. Ruth Almazán no sabe nada.
Y él tampoco.
Podría habérselo dicho esta tarde. Estuve con él hora y cuarto, sentada a metro y medio, con la decisión ya tomada desde el jueves y con la cita con la notaria concertada desde las cinco.
Cabía en dos frases: he encontrado su ingreso de 1949, su ficha de 1951 y su certificado de defunción, y esta noche presento un escrito con su nombre.
Un hombre que lleva setenta y dos años muerto en un papel se merece enterarse por la boca de alguien.
No se lo dije y sé por qué, y lo escribo aquí para no tener una versión mejor dentro de un mes.
Si se lo digo, lo primero que hace es preguntarme qué quiero a cambio.
No porque sea desconfiado: porque lleva setenta y dos años en un sitio donde todo lo que entra por esa puerta viene con una condición detrás, y porque esta tarde acaba de darme la única cosa que tenía sin pedirme nada, y eso lo ha dejado sin postura.
Y yo no quiero nada a cambio, y no soportaría tener que demostrárselo.
Hay otra razón y es peor.
Mañana a las diez de la noche voy a bajar a esa habitación.
Voy a bajar sabiendo lo que sé, después de haber hecho lo que he hecho, y voy a bajar porque quiero.
Y si él sabe lo del escrito, entonces lo de mañana por la noche pasa a estar dentro de una conversación en la que uno le ha dado algo enorme al otro y el otro le ha devuelto algo enorme.
Y yo no quiero que mañana sea eso.
Quiero que mañana sea lo que es.
Le he quitado a un hombre la última palanca que le quedaba y le he puesto encima un procedimiento con su nombre y sus dos apellidos, sin decírselo, cuatro horas después de que me diera por escrito que no tiene ningún derecho sobre mí.
Mañana a las nueve y media tengo que decidir a quién se le pone la última dosis que queda en esta casa.