Perpetua Capítulo 32
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Capítulo 32

—He estado con ella —dije desde la puerta.

Estaba de pie junto a la estantería, con un libro en la mano y las gafas puestas, y no cerró el libro. Lo dejó abierto boca abajo encima de la mesa, que es lo que hace cuando piensa volver.

—¿Cómo está?

—Se muere mañana.

—Ya.

Yo llevaba catorce horas preparando esta conversación y la había preparado como se prepara un interrogatorio, con las preguntas en un orden que obliga a la otra parte a contestar en el orden que a mí me sirve. La primera era esta:

—La séptima, la octava y la novena. El retorno. ¿Quién estuvo al otro lado de la vía?

—Yo.

Sin preámbulo, sin una explicación delante y sin nada detrás. Yo tenía preparadas seis preguntas para llegar hasta ahí y me la contestó con una palabra en el segundo minuto, de pie, con las gafas todavía puestas.

—Las tres.

—Las tres.

—Con dos celadores sujetándola.

—En el retorno la sujetaron. En la permanencia no hacía falta, porque andaba ella. —Se quitó las gafas—. Y sí, las tres.

Le pregunté por qué no paró.

Y aquí es donde hay que escribir lo que contestó exactamente, porque llevo desde las cinco de la mañana esperando esa respuesta y porque no es la que yo había ensayado desmontar.

—Porque si yo no cierro el retorno, la sangre se queda fuera cuatro minutos y se pierde. —Dejó las gafas encima del libro—. Y si se pierde, aquella noche no cuenta. Y si aquella noche no cuenta, hay otra. Y a esa mujer la traen otra vez el jueves.

—O se acaba el lote.

—El lote no se acaba, señora Vives. El lote se retrasa. —No levantó la voz en ningún momento de toda la conversación—. Nadie de esta casa dijo nunca «si se pierde una serie, lo dejamos». Lo que dijeron fue «continuar».

Le dije que eso es una manera de decir que hizo lo mejor que podía hacerse.

—No —dijo—. Eso es una manera de decir que elegí el menor de dos daños con la mujer delante. Y que lo elegí yo, tres veces, sin que nadie me obligara a poner la boca.

Estuve callada más de lo que pretendía.

Y aquí tengo que escribir lo que me pasó por dentro, porque es lo que había venido a comprobar y porque no salió como yo pensaba.

Yo llevaba catorce horas con la versión de Ruth Almazán en la cabeza.

Me la contó ella misma, una noche entera, en la habitación de un hotel, sin dramatizarla y en el orden en que pasó, y yo la escuché con las manos alrededor de una taza y sin escribir nada, que es la única vez en seis años que he escuchado algo importante sin escribirlo.

En esa versión hay un hombre.

No tiene cara, porque Ruth Almazán, cuando llega a esa parte, dice «él» y sigue.

Es un hombre que se sienta a la derecha de la butaca cuando la máquina se para, que espera a que los dos celadores le cojan los antebrazos, y que hace lo que tiene que hacer durante veinte minutos mientras ella mira el techo.

Yo bajé con ese hombre en la cabeza para ponérselo delante y ver si le cabía.

Le cabía. Ese es el problema. Le cupo sin apretar, sin ponerse a la defensiva, sin buscarme una atenuante y sin pedirme que entendiera nada, y a los cuatro minutos de conversación yo tenía enfrente al mismo hombre que le sujetó la frente a una mujer que vomitaba y al mismo hombre que hizo tres retornos con alguien sujetado, y no hay ninguna operación mental que los separe.

Llevo intentando separarlos desde las cinco de la mañana. No se separan. Es uno.

—Ruth Almazán no me ha pedido que le disculpe —añadió—. No me disculpe usted.

Y entonces cambió de conversación, y no lo hizo para escaparse: lo hizo porque llevaba desde por la mañana esperando a que yo bajara con otra cosa en la cabeza.

Fue hasta la mesa, sacó un folio de debajo del cuaderno cuadriculado y me lo puso delante.

Está escrito a mano, con esa letra de plumilla, y ocupa media cara. Tiene fecha de hoy y una firma abajo, y encima de la firma pone «León Arce Nistal», con los dos apellidos, que es la primera vez que veo su nombre entero escrito por él.

Dice cuatro cosas.

Que no adquiere ni pretende adquirir derecho alguno sobre el cuerpo de Helena Vives.

Que no puede designarla donante ni solicitar que se la designe, hoy ni en el futuro.

Que no condiciona el acceso al tratamiento de ninguna persona a ninguna prestación de ella, de ninguna clase.

Y que ella puede detener cualquier ciclo, en cualquier fase, sin motivarlo, y que él se obliga a no invocar esa detención en ningún acuerdo posterior.

Lo leí dos veces de pie y después me senté, que es lo que no hago.

Hay que decir cómo está escrito, porque es la mitad del asunto.

No está escrito como escribe un preso. Está escrito como escribe alguien que ha leído contratos.

Las cuatro obligaciones van numeradas, cada una es una sola frase, no hay ni un adjetivo en seis líneas, y en la cuarta hay una cláusula de renuncia a invocar el hecho de la detención en acuerdos posteriores, que es una cláusula que yo he redactado dieciocho veces en mi vida y que no se le ocurre a nadie que no haya visto por dónde se rompen estas cosas.

En el margen izquierdo, a lápiz y muy flojo, hay dos palabras tachadas. Se leen debajo del tachón. Ponía «y de mi voluntad» y lo quitó.

Lo quitó porque una voluntad no se puede renunciar por escrito y él lo sabe.

—Esto no vale nada —dije.

—Ya lo sé.

—No, escúcheme, porque quiero que sepa exactamente cuánto de nada vale.

—Puse el folio encima de la mesa y lo giré hacia él—.

Usted está muerto desde 1954. No tiene personalidad jurídica.

No puede obligarse, porque para obligarse hay que existir.

No hay contraparte, porque yo no he aceptado nada.

Y si algún día yo quisiera exigirle esto, tendría que ir a un juzgado y explicar quién es el obligado, y en el minuto en que lo explicara, esto —señalé el techo, la casa entera— se acaba.

Es un papel que solo puede ejecutarse destruyendo a quien lo protege.

—Es exactamente eso.

—Y hay más. —Yo estaba ya de pie otra vez, que es lo que me pasa cuando explico algo que sé—.

Un documento así, si aparece dentro de tres años en un procedimiento, no le protege a usted: me condena a mí.

Porque prueba que la directora jurídica de la sociedad conocía la situación, que la trataba como una relación entre partes y que aceptaba papeles de ella.

En cuanto esto exista, yo dejo de poder decir que no sabía.

—Ya lo había pensado.

—¿Y me lo da igual?

—Le doy un papel que la compromete a usted y que a mí no me sirve de nada. —Se echó hacia atrás en la silla—. Piénselo despacio, señora Vives, que usted de esto sabe más que yo. ¿A quién se le entrega una cosa así?

Tardé más de lo que me gusta reconocer.

A alguien de quien uno se fía.

—Entonces ¿para qué me lo da?

—Porque es lo único que tengo que sea mío. —Se quedó con las manos encima de la mesa—. Todo lo demás en esta habitación lo ha traído otro.

Yo iba a contestarle algo y no me dejó.

—Y porque no me ha entendido usted la mitad —dijo—. Eso no es lo que le estoy dando.

—¿Y qué me está dando?

—Siéntese bien.

Me senté bien.

Y me lo contó.

Lo contó en cuatro minutos, sin dramatizarlo, en el orden en que se cuentan las instrucciones, y en los cuatro minutos no se movió del sitio ni cambió de tono ni una sola vez, y yo no le interrumpí.

Hace falta sangre de un convertido. De un donante que haya pasado del séptimo, que hoy son dos personas en el mundo, y a una de ellas la tengo yo metida en un hotel.

Hacen falta unos cuatrocientos mililitros de esa sangre y tres horas y media de laboratorio para concentrarla. Del concentrado se usan unos treinta.

Se le pone por vía directa, en el cuello o en la femoral, y fuera de un intercambio. Dentro no sirve: dentro, lo que entra es lo que ha salido de él, y el circuito lo devuelve a su sitio. Fuera, no hay retorno que lo ordene.

Y entonces, durante un tiempo que él calcula entre seis y once minutos, la regeneración se para.

—¿Y en esos minutos qué es usted? —dije.

—Un hombre de treinta y tres años.

—¿Que se puede morir de qué?

—De lo que se muere la gente. —Se encogió de hombros, y fue el único gesto de los cuatro minutos—.

De un golpe en la cabeza, de una hemorragia, de que le corten.

De cualquier cosa de las corrientes. A los once minutos vuelve a cerrar, y se acuerda de todo, y ya no hay una segunda vez fácil, porque a partir de ahí no deja usted que se le acerque nadie con una jeringuilla.

Le hice las preguntas que hago yo, que son las de logística, porque las preguntas de logística son las que distinguen una amenaza de un plan.

Cuatrocientos mililitros no se sacan de golpe: son dos extracciones o son cuarenta minutos con equipo. Las tres horas y media de proceso necesitan una centrífuga refrigerada, y en esta casa hay dos y las dos están en la primera planta, en una sala con lector de tarjeta que registra entradas.

Y el concentrado, una vez hecho, aguanta poco.

—Cuatro o cinco horas —dijo—. Después se degrada y ya no sirve.

O sea que quien quiera hacerlo tiene que sacarse la sangre, montarse tres horas y media de laboratorio dentro de un edificio con cámaras y con tarjetas, bajar dos plantas con una jeringuilla y hacerlo dentro de la misma tarde.

—Y si sale mal —dije—. Si son treinta mililitros y hacen falta cuarenta.

—Entonces se me pasa la ventana y sigo aquí. —Ni pestañeó—. Y quien lo haya intentado, también.

Le pregunté cómo lo sabe.

—Porque me lo hicieron.

Y ahí sí paró un momento, y por primera vez en toda la conversación miró a otro sitio antes de seguir.

—En el cincuenta y siete. Un donante. El noveno del programa.

—Volvió a mirarme—. La señora Constanza quiso ver qué pasaba en el séptimo y lo vio.

A las seis semanas el hombre entró aquí de noche con una jeringuilla cargada con su propia sangre, sacada por él, concentrada con material que había ido robando del laboratorio, y me la puso aquí.

Se tocó el lado izquierdo del cuello con dos dedos.

—Y no cerró —dijo—. Es la única vez en setenta y dos años que he tenido una herida abierta más de un minuto. Estuve once minutos siendo una persona.

—¿Y él?

—Se murió aquel año.

Lo dijo así, en pasado, cerrado, y no dijo cómo ni dónde ni quién lo enterró, y yo llevaba dos días con un expediente de 1957 en el portátil y con una analítica de un donante número nueve, y no le pregunté más porque no era lo que había ido a buscar y porque una tiene que elegir en qué minuto usa las preguntas.

Lo que sí hice fue sacar el móvil y enseñarle la foto.

Es la de la nota al margen del expediente de Valdesalce, ampliada, con la letra de mi abuela, y con la tinta corrida en la penúltima palabra.

No volver a intentar la vía directa.

—Esto es de la primavera del cincuenta y siete —dije.

—Eso es de tres meses antes. —Ni se acercó a mirarlo—.

Ella probó a meterme sangre de un donante por vía directa para subir el rendimiento y estuve dos días mal.

El donante de aquella prueba no estaba convertido y el efecto fue a medias.

Ella lo apuntó como una incompatibilidad y no volvió a intentarlo.

—Y no lo relacionó.

—No lo relacionó. —Se pasó la mano por la boca—. Setenta años apuntando cosas en el margen.

Y entonces se cerró la otra.

El cuatro de junio, en la segunda serie, una enfermera se acercó a la vía con una jeringuilla de un antiemético, para él, y él la paró con una brusquedad que yo no le había visto y que anoté en el parte como manía del activo.

Está escrito con mi letra: «Se ofrece antiemético.

Rechazado por el activo, como es habitual».

Como es habitual.

Lleva setenta años sin dejar que le entre en el cuerpo nada que no haya salido antes de él, y en esta casa lo hemos escrito veinte veces en una casilla de incidencias con la palabra «habitual» delante, que es la palabra que usamos aquí para no mirar una cosa dos veces.

Me quedé con el folio de la renuncia en la mano.

Y estuve un rato largo con una cosa dándome vueltas que no supe formular hasta el coche.

Un hombre que lleva setenta y dos años ahí abajo tiene exactamente una moneda, y es que nadie sabe cómo se le mata.

Esa moneda le ha comprado setenta y dos años de trato razonable, de televisión, de libros, de un cortauñas pedido por escrito y de que la señora Constanza no probara según qué cosas por si acaso.

Con esa moneda encima de la mesa, cualquier acuerdo que negocie a partir de mañana lo negocia desde otro sitio.

Le quedan tres intercambios y no tiene la empresa. No tiene el escrito de identidad, que a esta hora todavía no existe. No tiene nada firmado por nadie.

Y me da la moneda un sábado por la tarde, a las siete y media, sin pedirme absolutamente nada a cambio.

Ni que me lo crea. Ni que le perdone. Ni que vuelva mañana.

—¿Por qué me da esto hoy? —dije.

Se encogió de hombros.

—Porque mañana ya no valdría.

Subí en el ascensor a las ocho menos veinte con dos cosas dentro que no pienso contarle a nadie, y con una tercera que él no me ha preguntado y que yo no le he dicho, que es dónde está exactamente el hotel.