Perpetua Capítulo 31
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Capítulo 31

Las escribió ella.

A las nueve y veinte de la mañana del sábado, sentada en la cama, con la espalda contra el cabecero, en dos hojas del bloc de cortesía del hotel, con el membrete impreso arriba y el nombre del establecimiento en gris.

Escribió con el bolígrafo del hotel, que escribe mal, y tardó veintitantos minutos, y me pidió dos veces que no mirara.

Yo estuve ese rato de pie junto a la ventana, con la persiana levantada un tercio, mirando el aparcamiento.

Cuando terminó me dio las dos hojas y no me las leyó en voz alta.

Son tres puntos numerados con letra grande, y la letra se va hacia abajo al final de cada renglón, igual que en la media cuartilla del veintidós de mayo.

Uno. Que Encarna Almazán, paciente treinta y uno, tenga una dosis apartada de cada lote que se haga, mientras viva, antes de que se repartan las demás. Que no entre en ninguna lista. Que no dependa de que nadie se acuerde.

Dos. Que mi nombre no salga en nada. Ni declarar, ni testificar, ni firmar ninguna denuncia, ni aparecer en ningún papel que sirva para salvar a nadie. Si esto se arregla, se arregla sin mí.

Tres. Que toda dosis que se le vaya a poner a Mercedes Vives tenga que pasar por mí.

Las leí dos veces de pie y luego me senté en la otra cama.

Empecé por la segunda, porque la segunda es la que me rompe el trabajo.

Le expliqué lo que significa. Le dije que un testimonio suyo es la prueba más fuerte que existe en todo este asunto: una persona viva, con nombre, que estuvo en esa butaca nueve noches y que puede contar las tres últimas delante de quien haga falta.

Le dije que con ese testimonio esto se sostiene en una tarde, y que sin él hay que sostenerlo entero sobre papel, y que el papel de esta casa está construido durante setenta años precisamente para que no se sostenga.

Le dije que sin ella la operación es tres veces más difícil y que no sé todavía si me sale.

—¿Y usted qué prefiere? —dijo.

Y aquí es donde tengo que ser exacta.

Yo prefiero el testimonio. Lo prefiero profesionalmente, sin ninguna duda y sin ningún matiz. Con Ruth Almazán declarando, yo tengo esto cerrado en septiembre; sin ella, tengo que ganar con documentos contra la casa que redactó los documentos.

—Prefiero el testimonio —dije.

—Pues no lo va a tener.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué me lo dice?

—Porque usted me ha preguntado.

Se quedó un momento callada y luego se encogió de hombros con el hombro derecho, que es el que puede.

—Le voy a decir por qué —dijo—. No es por miedo.

Es porque si yo declaro, en tres meses hay un abogado de esos preguntándome delante de gente cuántas veces me lo hicieron, si dije que no en voz alta o solo por escrito, y si me pusieron la mano encima antes o después.

—Se pasó la lengua por los labios—. Y eso lo he pasado ya una vez.

No contesté a eso.

Hay una parte de esa conversación que tengo que dejar escrita entera, porque es la que me deja peor y porque es la única vez en cuatro semanas en que alguien me ha explicado mi propio oficio.

—Hay otra cosa —le dije—. Si usted no declara, lo que quede escrito de todo esto lo voy a escribir yo. Los hechos van a estar, y van a estar bien, pero los va a redactar la persona que firmó la autorización del veintitrés de mayo.

—Ya.

—Y eso quiere decir que dentro de dos años, cuando alguien lea lo que pasó en aquellas tres noches, lo va a leer con mis palabras y en mi orden.

Ruth Almazán se quedó pensando un momento.

—Usted lo que quiere es que yo lo cuente para que no lo tenga que contar usted.

Y eso es exactamente lo que era, y yo no lo sabía hasta las nueve y cincuenta de la mañana del sábado.

—Sí —dije.

—Pues no.

La primera es la que menos discutimos y es la que más va a costar.

—Una dosis apartada de cada lote, antes del reparto —dije—. Eso quiere decir que su madre sale de la lista para siempre. No la evalúa nadie, no la prioriza nadie y no se puede aplazar por criterio clínico ni por proximidad de vencimiento ni por nada.

—Eso es.

—Le va a quitar una dosis a otro.

—Sí.

Lo dijo sin apartar la mirada y sin ninguna incomodidad, y estuve unos segundos buscando en su cara algo que no había.

—Yo no soy mejor que ustedes —dijo—. Yo también hago la cuenta. Lo que pasa es que la hago con mi madre, que es exactamente lo que hizo la suya.

De la tercera hablamos cuatro minutos y de esos cuatro minutos tres los hablé yo.

Le expliqué que eso no se puede poner en un papel de dos personas, que tiene que ir dentro de un convenio que todavía no existe, que ese convenio va a tener otra parte firmante y que yo esa parte todavía no la tengo.

Le expliqué que un derecho así, para que valga, tiene que estar redactado de manera que no dependa de mi buena voluntad, porque si depende de mi buena voluntad se lo estoy prometiendo y no dándoselo.

Ella escuchó todo eso y al final dijo cinco palabras.

—Usted sabrá cómo se hace.

—¿Y qué piensa hacer con eso? —dije.

—No lo sé.

—Ruth, si algún día usted dice que no, mi madre se muere.

—Ya lo sé.

—¿Y no me va a decir nada más?

—No.

Y no me lo dijo. Ni aquella mañana, ni en las dos conversaciones que hemos tenido después, y no se lo he vuelto a preguntar.

Firmé las dos hojas a las diez menos cuarto.

Firmé debajo de su firma, con la fecha, y encima de mi firma escribí a mano una línea que no estaba en su borrador y que le leí antes de ponerla: que las tres condiciones se asumen por Helena Vives a título personal y con independencia del cargo que ocupe, y que se incorporarán a instrumento con eficacia frente a terceros en el plazo más breve posible.

—¿Eso qué añade? —preguntó.

—Que si mañana me echan de esta casa, esto me sigue obligando a mí.

—¿Y sirve de algo?

—Contra la clínica, hoy, no. Contra mí, sí.

Ruth Almazán leyó la línea otra vez, despacio, moviendo los labios, y después dijo que vale y me devolvió el bolígrafo del hotel.

Dos hojas con membrete, tres puntos numerados y dos firmas.

Es el documento peor redactado que he firmado en veinte años y es el único de mi vida profesional en el que la otra parte ha escrito las condiciones de su puño y letra sin que nadie se las corrigiera.

Antes de guardarlo le pregunté una última cosa.

—¿Por qué me lo da a mí?

—No se lo estoy dando a usted.

Se incorporó un poco en la cama y me lo explicó con la paciencia con la que se le explica una cosa evidente a alguien que se ha levantado temprano.

—Yo llevo seis años en un programa que tiene once nombres y un cuadro de turnos —dijo—.

En seis años he hablado con doce personas de esa casa.

Todas muy educadas. Ninguna me ha hecho nada.

La enfermera me traía la comida de su casa.

El médico me explicaba las analíticas y me las explicaba bien.

La de programación me llamaba para preguntarme si me venía bien el jueves.

—Ruth.

—Déjeme. —Tragó—. Y a mí me sujetaron tres noches. Y no fue ninguno de ellos. Fue el programa.

—Alguien lo firmó.

—Usted. —Ni levantó la voz—. Ya lo sé. Por eso le pido a usted, que es la que firma. No es por usted. Es por el sitio donde está sentada.

Después se echó hacia atrás y añadió una cosa más.

—Y le voy a decir lo que no le voy a pedir, para que no se lo pregunte. No le voy a pedir que se vaya de ahí. Si usted se va, mañana firma otro y a mí lo de mi madre me lo quita la firma del otro.

Esa frase la he escrito tres veces esta semana y no consigo dejarla en el sitio.

Antes de irme le dije lo que llevaba desde el jueves sin decirle a nadie.

—Le queda poco.

—Ya lo sé.

—Se lo voy a decir con la fecha, porque usted tiene cosas que ordenar. —Me quedé de pie a los pies de la cama—. Yo creo que es mañana.

Ruth Almazán no se movió.

—¿De dónde saca lo de mañana?

—De un expediente de 1957. Hubo un hombre que pasó por lo mismo que usted y hay once folios suyos en un archivo. La última analítica que le hicieron tiene un valor que yo sé leer, y por lo que le he visto a usted desde ayer, usted está por encima de ese valor.

—¿Y él?

—De él no hay nada después de esa hoja.

Se quedó mirando el techo un rato.

—Yo pensaba el lunes —dijo—. Por lo del suero. Como llevo dos días aguantando mejor.

—El suero le está ganando horas.

—Ya. —Se pasó la mano derecha por la sábana, alisándola—. Bueno. Entonces mañana.

Y eso fue todo. No lloró, no me pidió que hiciera algo, no me preguntó si dolía y no me dijo que no me fuera.

Lo que hizo fue mirar el bloc del hotel, que seguía en la mesilla, y decir una cosa práctica.

—El uno era el importante —dijo—. Los otros dos si no salen, no salen. El uno tiene que salir.

Le dije que iba a salir.

Es la única promesa que he hecho en todo este asunto y la hice de pie, sin ponerla por escrito, que es exactamente lo que me he pasado cuatro semanas diciéndole a todo el mundo que no vale nada.

Bajé al coche a las diez y cuarto con las dos hojas en la funda.

Y antes de arrancar escribí la lista de lo que se me acaba de complicar.

Sin testimonio, esto se sostiene sobre cinco cosas y las cinco son papel.

La cadena de custodia del trescientos treinta y uno, con las tres entradas sin firma del donante y el sello.

La retirada de consentimiento del veintidós de mayo, registrada y sellada a las once y cuarenta y uno de la noche.

La autorización de continuidad del veintitrés, con mi firma.

El parte de programación con la palabra al margen.

Y el listado de accesos con cinco tarjetas por noche en las tres últimas.

Cinco documentos. Ninguno dice lo que pasó. Los cinco juntos no dejan decir otra cosa.

Eso es lo que hay que llevar a un sitio donde alguien tenga que leerlos por orden, y eso, sin una persona que se siente y lo cuente, tarda meses y depende de que ninguno de los cinco desaparezca.

Y los cinco los custodia esta casa.

Debajo de esa lista escribí otra de una sola línea, que es la que llevaba dos días evitando escribir.

Y de los tres documentos que tengo en el maletín desde ayer a las cuatro y veinte, todavía no sé qué hacer.

Y en el aparcamiento, antes de arrancar, me quedé un rato con las manos en el volante haciendo la única cuenta que llevo cuatro días sin querer hacer.

El lavado son nueve días seguidos. Empecé el miércoles veinticuatro. Hoy es sábado veintisiete y llevo cuatro.

Me faltan cinco.

Cinco días son hasta el jueves. Y el lote necesita tres series más, y cada día que no bajo es un día que se corre, y el veintiocho de junio es la fecha en la que mi madre necesita que haya un vial en esa cámara, y el vial no existe hasta el cinco de julio a las once y media.

No hay ninguna manera de que esos dos calendarios quepan en el mismo mes.

Lo he mirado tres veces esta semana buscando el hueco, con las dos columnas delante, como se mira un plazo de caducidad cuando el cliente pregunta si de verdad no hay nada que hacer.

No lo hay.

Arranqué y salí a la carretera de La Coruña a las diez y veinte de la mañana de un sábado, con dos hojas de un bloc de hotel en el maletín, con tres documentos de 1949, 1951 y 1954 en una funda debajo, y con una cosa decidida desde hacía por lo menos doce horas, aunque no me la dije con palabras hasta el kilómetro veintiséis.

Esta noche bajo.