Capítulo 30
A las siete y media le puse el suero yo, con la vía que traía y con una bolsa de las suyas, porque no había otra cosa y porque las manos me tiemblan menos que a ella. Lo hice mal y tardé, y ella me lo dijo, y yo se lo agradecí.
A las nueve pedimos comida al servicio de habitaciones. Ella comió media hamburguesa y todas las patatas.
A las diez y cuarto empezó a contarlo y terminó a las cinco menos veinte de la mañana, con dos descansos, uno de veinte minutos y otro de casi una hora en el que se durmió sentada.
Yo tenía una taza en las manos y no escribí nada.
Eso hay que ponerlo, porque no me ha pasado nunca.
Llevo veinte años tomando notas de todo lo que me cuenta cualquiera, incluido lo que me cuentan los amigos, y aquella noche tuve el cuaderno en el bolso y no lo saqué, y a las dos de la mañana entendí por qué: porque si sacaba el cuaderno, aquello se convertía en una declaración.
Lo cuento yo ahora, en tercera persona y en el orden en que ella lo contó, que fue el orden en que pasó.
Las noches uno a seis fueron el procedimiento normal, con dos personas en la sala.
En la sexta, el veintidós de mayo, terminó el retorno a las once y veinte, se sentó en el borde de la butaca y le dijo a Loreto que no quería seguir. Loreto le dijo que eso no se lo dijera a ella, que lo pusiera por escrito. Le dio un bloc y un bolígrafo y le dijo que lo bajara a recepción.
Ruth Almazán lo escribió allí mismo, con el bloc apoyado en la rodilla, y subió ella misma a la planta baja a las once y treinta y ocho, y se lo dio a una mujer del mostrador que se lo selló delante.
Nadie le dijo que no. Nadie discutió con ella. La mujer del mostrador le dio la copia y le dijo buenas noches.
El domingo veinticuatro por la mañana la llamó programación y le dijo que la serie del lunes se mantenía.
Eso es todo lo que pasó entre las dos cosas. Una llamada de dos minutos de una persona que leía un cuadro.
Le pregunté qué le dijo exactamente.
—Que la serie del lunes se mantiene y que si necesito transporte.
—¿Y usted qué contestó?
—Que el viernes había puesto un papel.
—¿Y ella?
—Que ella no lleva eso. —Ruth Almazán movió un poco la mano derecha—. Y tenía razón. Ella no lleva eso.
Yo sé quién hizo esa llamada, porque he leído el parte del turno de aquel fin de semana y porque solo hay dos personas en programación.
Y sé además, porque también lo he leído, que aquella misma semana esa mujer escribió en un parte que no había donantes de relevo para las series cuatro a nueve, y que alguien le contestó al margen con una palabra.
Esa es la casa entera en dos folios. Una mujer pone por escrito el problema. Otra escribe «continuar». Una tercera llama un domingo por la mañana para preguntar si hace falta transporte. Y ninguna de las tres ha hecho nada malo.
El lunes veinticinco fue a la clínica. Yo le pregunté por qué y me dijo:
—Porque no se me ocurrió no ir.
Y después, más tarde, a las tres de la mañana, me lo dijo mejor.
—Porque a mi madre le tocaba el día tres.
Aquella noche había cinco personas en la sala. Loreto, el doctor Bran, la señora Vives y dos celadores que ella no había visto nunca y que se colocaron uno a cada lado de la butaca, de pie, con las manos juntas por delante.
La fase de la vía fue normal.
La permanencia fue normal en el sentido de que ella hizo el trabajo. Apretó la pera de goma cada quince segundos durante cincuenta y dos minutos. Hizo los dos paseos por la sala. Respiró como le marcaron.
Lo hizo ella. Nadie le movió el brazo, nadie le apretó la mano. Se lo dijo tres veces a lo largo de la noche y la tercera me dijo por qué me lo repetía.
—Porque el cuerpo lo hice yo —dijo—. Eso es lo que hay que entender. Si yo no aprieto, aquello no sale. Y yo apreté.
La amenaza se dijo una sola vez, en la fase de la vía, la primera de las tres noches, y no se volvió a repetir en toda la serie ni en las dos siguientes.
Se la dijo la señora Vives, de pie, a metro y medio, en voz normal, y consistió en decirle que la paciente treinta y uno tenía la siguiente administración el tres de junio y que las administraciones se adjudican por escrito.
Una frase. Sin adjetivos y sin levantar la voz. Ruth Almazán me la repitió literal y yo la reconocí, porque es una frase construida como las construyo yo.
—Y ya no hizo falta más —dijo—. Con una vez vale. Yo lo demás ya me lo decía sola.
Los dos paseos los hizo escoltada. Uno a cada lado, sin tocarla, a un paso.
—Eso es lo raro —dijo—. Que no me tocaban. Iban andando conmigo. Como cuando acompañas a una señora mayor.
El retorno es la parte que costó y es la que ella contó más despacio y con más pausas, y voy a escribirla con sus palabras y sin poner ninguna mía.
La máquina se para. Se oye que se para.
Loreto le baja el respaldo dos posiciones y le aparta el pelo del cuello.
Y entonces él se levanta de la camilla y se sienta en el taburete de la derecha de la butaca, y no dice nada, y espera.
Y mientras espera, los dos celadores se ponen cada uno a un lado y le cogen los antebrazos, por encima de la muñeca, con las dos manos, y la apoyan contra los brazos de la butaca. Sin apretar más de lo necesario y sin decir nada.
Y entonces él hace lo que tiene que hacer, y son veinte minutos, y ella mira el techo.
Del techo me dijo que tiene doce placas y una mancha de humedad encima de la puerta.
De él me dijo dos cosas en toda la noche.
La primera es que las tres veces le preguntó, antes de empezar, si estaba de acuerdo, y que las tres veces ella dijo que no, y que las tres veces él siguió.
La segunda me la dijo a las cuatro de la mañana, en el segundo descanso, con la luz de la mesilla encendida.
—La tercera noche, la del treinta y uno, yo intenté levantarme a la mitad —dijo—. No por nada. Porque me entró una cosa y quise levantarme. Y me sujetaron, y yo tiré, y él paró.
—¿Paró?
—Paró como quince segundos. —Se quedó mirando la pared—. Y luego siguió.
Eso es lo que hay y no lo voy a adornar.
Le pregunté una sola cosa de aquellos veinte minutos y me arrepentí antes de terminar la frase. Le pregunté si le había dolido.
—No —dijo—. Eso no duele. Da frío.
Y después estuvo un rato sin decir nada y luego dijo lo otro, sin que yo se lo preguntara.
—Lo que me daba rabia era la manta. —Se subió la sábana—. Cuando terminaba, me ponían la manta esa térmica y me daban un vaso con azúcar. Todas las noches. Las nueve. Igual.
—¿Y?
—Que es lo mismo que le hacen a la gente que va voluntaria. —Se subió la sábana—. La manta no sabe. La manta se la ponen a todo el mundo igual.
Yo tuve una manta térmica encima el miércoles diecisiete de junio, a la una y media de la madrugada, en la misma sala, en la misma butaca, puesta por la misma persona, y me pareció la cosa más delicada que me habían hecho en años.
Eso no lo dije. Y llevo dos días sin poder dejar de pensarlo.
Le pregunté si le habían dicho para qué servía todo aquello.
—Para el lote —dijo—. Eso sí me lo dijeron. Que si no se terminaba el lote, no había dosis en junio. Con eso yo ya iba sola.
Y ahí está lo que llevo dos semanas sin entender y que entendí a las cuatro y media de la mañana del sábado, en una habitación de hotel, con una mujer que no se puede levantar de una cama.
Aquel lote existe porque ella lo hizo.
Si Ruth Almazán no hubiera apretado la pera de goma cada quince segundos, si no hubiera andado los cinco metros para allá y los cinco para acá, si no hubiera respirado como le marcaban, aquellas tres noches no habrían producido nada.
Un cuerpo quieto no completa el ciclo. Lo escribí yo en un protocolo en junio, copiándolo de un manual, sin preguntarme de dónde salía.
Salieron cuarenta y siete dosis y no salieron cero porque una mujer aterrorizada hizo el trabajo entero, tres noches seguidas, con la fecha de su madre en la cabeza.
Y el producto salió mal exactamente por eso.
Hay una cosa mía en todo esto y la voy a poner aquí, aunque no venga a cuento, porque me llegó a las tres y media de la mañana mientras ella hablaba y porque desde entonces la llevo puesta.
El miércoles diecisiete de junio, a las once y veinte de la noche, yo dije en voz baja, en aquella misma sala, con la boca a un palmo de la de él, tres cosas: que no me sujetaran las muñecas, que no me pusieran peso encima y que no me impidieran levantarme.
Lo dije sin explicarlo. Ni él me preguntó por qué ni yo me lo pregunté.
Yo llevaba entonces veinticinco días con el sello de «incidencia de colaboración» en un folio dentro de mi maletín. Llevaba tres días con la cadena de custodia fotografiada en el móvil. Sabía que en las noches siete, ocho y nueve hubo cinco personas en esa sala y dos firmas de tres.
Y a las once y veinte de la noche del miércoles diecisiete de junio, encima de una camilla, dije en voz baja que no me sujetaran.
No fue una casualidad. No es un tic de carácter, ni una manía mía de la que no se hable, ni una cosa que me venga de antes. Lo dije porque llevaba tres semanas leyendo lo que le habían hecho a otra mujer en aquella habitación y porque mi cuerpo se acordaba aunque yo hubiera decidido llamarlo pudor.
Esto lo escribo y lo dejo escrito y no lo voy a comentar más.
A las cuatro y media le conté yo lo mío.
Le dije que del lote trescientos treinta y uno quedan cuarenta y seis dosis inmovilizadas y que están tóxicas y que no se van a poner.
Le dije que de la reserva anterior había cuatro y que quedan una.
Le dije que las tres que faltan se han puesto a Teodoro Sierra, a Amelia Pardo y a Julia Naval, por ese orden, y que la lista la escribí yo el siete de junio con tres criterios y que uno de los tres lo construí en una tarde.
Y le dije a nombre de quién está la que queda.
—Paciente número uno —dije—. Mercedes Vives. Colapso previsto el cinco de julio, con un margen de tres días.
Ruth Almazán no dijo nada durante bastante rato.
—¿Y el lote nuevo?
—El cinco de julio, si no falla nada. A las once y media de la mañana.
—¿Y falla?
—Depende de mí.
No me preguntó por qué depende de mí. Y no sé si es porque estaba agotada, o porque ya lo sabía, o porque le daba igual, y no se lo he preguntado después.
A las cinco menos veinte se calló y estuvimos las dos sin hablar unos minutos, y yo pensé que se había dormido.
En siete horas no había preguntado ni una vez por su madre.
Ni cuando le dije que quedaba una dosis. Ni cuando le dije el nombre que lleva escrito. Ni cuando hablamos de las tres administraciones de junio. Siete horas contando lo que le hicieron y sin nombrar a la persona por la que se dejó hacer todo aquello.
A las cinco menos diecisiete abrió los ojos y lo preguntó.
—Mi madre está en la treinta y uno de la segunda —dijo—. ¿Puede mirar si le han cambiado la funda del sillón? Es azul y se la iban a cambiar en mayo. Ella no lo va a pedir.
Le dije que lo miraba.
—Y otra cosa. —Se subió la sábana—. Yo hasta hoy pensaba que a mí esto me lo habían hecho porque hacía falta y ya está. Y llevo desde las diez de la noche contándoselo en voz alta y me he oído.
—Ruth.
—Déjeme terminar, que estoy cansada y si paro no sigo. —Se apoyó en el codo—. Entonces necesito tres cosas y las quiero por escrito.