Perpetua Capítulo 29
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Capítulo 29

—Usted la uve la hace muy grande.

Eso fue lo primero que me dijo.

Estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared, debajo de la ventana, en un salón de cuatro por tres con las persianas bajadas y la luz de la cocina encendida, y me lo dijo antes de que yo terminara de decirle mi nombre.

—Sé quién es usted —dijo—. Tengo cuatro papeles suyos.

Salí de Madrid a las nueve y llegué a las nueve y cuarenta.

En Collado Villalba hay tres farmacias y una sola ortopedia, y eso lo miré la noche anterior en el mapa del móvil, sentada en la cama con la luz encendida, después de haberme despertado llorando.

La primera farmacia está en la calle de la estación y me dijeron que no.

La segunda es la de la avenida y me dijeron que no facilitan información de clientes, y tenían toda la razón, y se lo dije.

Estuve veinte minutos entre las dos y en los veinte minutos me di cuenta de que iba a tener que preguntar en la tercera y en la ortopedia lo mismo y con las mismas palabras, y de que las mismas palabras no iban a funcionar.

Así que en la ortopedia pregunté otra cosa.

La ortopedia está a ciento cincuenta metros de la segunda farmacia, en un bajo, y la lleva un hombre de sesenta y tantos con bata azul y una cinta métrica colgada del cuello.

No le pregunté por Ruth Almazán. Le pregunté si vende equipos de flebotomía de gran volumen y si le habían pedido varios esta semana.

Me dijo que sí a las dos cosas y que qué pasaba.

Le dije la verdad, que es lo que se me ocurrió a las nueve y cincuenta y cinco de la mañana de un viernes: que trabajo en una clínica, que hay una paciente nuestra que se ha ido y que se está sacando sangre sola, y que si no la encuentro hoy se me muere.

Se quedó un rato con la cinta métrica en la mano.

Lo que me dio el hombre de la bata azul fue otra cosa.

—Yo direcciones no doy —dijo—. Ahora, si me pregunta usted dónde llevo yo las cosas que se piden por aquí para entregar, se lo digo: a los apartamentos del once, que es lo único que hay de alquiler por días en esta calle.

Y bajó la vista al mostrador.

—Y una cosa —añadió, sin levantarla—. Si es de la familia, dígale que aquello se pone en el brazo con alguien delante.

Los apartamentos del número once son seis, encima de un bar, con una escalera de terrazo y un cartel de una plataforma de reservas pegado en el portal. Llamé a los seis timbres. En el segundo B contestó una voz de mujer que dijo «no» antes de que yo dijera nada, y colgó.

Subí y estuve llamando a la puerta once minutos.

A los once minutos dijo, desde dentro, que si no me iba llamaba a la policía, y yo le dije, a través de la puerta, que me llamo Helena Vives y que soy la directora jurídica de la Clínica Vives.

Abrió a los cuarenta segundos.

Hay que describir aquella habitación y voy a hacerlo una sola vez.

Cuatro litros de suero fisiológico, en botellas de plástico de las de un litro, tres vacías y una a medias, alineadas contra el rodapié. Un pie de suero que no es un pie de suero: es el gancho de una lámpara de pie a la que le han quitado la pantalla, con la bolsa colgada con una goma del pelo.

Una vía puesta en el antebrazo izquierdo, sujeta con esparadrapo de tela cortado con los dientes, con el borde del apósito levantado y con la piel de alrededor de un color que no tiene nombre en ningún manual.

Tres equipos de flebotomía, dos usados, uno sin abrir, encima de la mesa camilla.

Una palangana de plástico azul.

Dos toallas del apartamento manchadas, dobladas y puestas en una bolsa de basura anudada, en la entrada, para bajarlas.

El aire de un piso pequeño con las ventanas cerradas en junio, que huele a comida vieja, a plástico caliente y a otra cosa.

Y una mujer de treinta y tres años sentada en el suelo, con una camiseta de tirantes y un pantalón corto, con el pelo recogido con una goma desde hacía días, consciente, con la voz normal y con los labios de un color equivocado.

Del brazo izquierdo hay que decir lo siguiente y con las palabras del parte, porque no hay otras.

Tiene once punciones contadas entre la flexura y el tercio medio, de calibres distintos, en distintos estados de evolución.

Tres están cerradas. Cuatro tienen hematoma de más de cuatro centímetros.

Dos están abiertas y una de esas dos tiene un halo de un color que en un informe se describe como signos locales de inflamación y que en una habitación se describe diciendo que la piel está caliente al tacto y que ella no se deja tocar ahí.

Y en el tercio medio, encima de todo, la vía que se puso ella sola con la mano derecha el martes.

De lo demás del cuerpo no voy a escribir nada, porque no le hace falta a nadie y porque ella no me lo enseñó.

Lo que sí anoté, y lo anoté después, en el coche, es que estaba peinada. Se había recogido el pelo, mal y con una goma, pero se lo había recogido, y a mí eso me tuvo diez kilómetros.

Lo primero que hice fue lo peor que podía hacer, que es quedarme en la puerta.

—¿Cómo se encuentra? —dije.

—Váyase.

—Ruth.

—Váyase. —No lo dijo enfadada. Lo dijo como quien da una indicación—. No la necesito y no me fío de usted, y no tengo cuerpo para las dos cosas a la vez.

Me senté en el suelo, a dos metros, con la espalda contra la puerta.

Estuvimos veinte minutos así.

En esos veinte minutos me contó tres cosas, no porque yo se las preguntara, sino porque llevaba doce días sin hablar con nadie y porque las personas hablan.

La primera es lo de la sangre.

—Es como la sed —dijo—. No es que me apetezca. Es que si no me la saco, a las dos horas no puedo estar quieta y a las cuatro empiezo a oír el frigorífico del piso de abajo. Me saco una bolsa y se me pasa doce horas.

—¿Cuántas se saca?

—Una cada día. A veces día y medio.

—Eso son cuatrocientos cincuenta mililitros.

—Ya lo sé lo que son. —Movió la cabeza hacia las botellas—. Por eso está eso ahí. Me lo pongo después. Lo he mirado en internet y lo he hecho lo mejor que he sabido.

—¿Y cuánto lleva?

—Once días.

La segunda es lo del nueve de junio.

—Vino una enfermera el cuatro. Fátima. —Se apoyó mejor en la pared—. Buena mujer. Doce horas al día y me traía la comida hecha de su casa. Y el ocho por la noche se quedó dormida en el sofá y yo me fui.

—¿Por qué?

—Porque el siete había venido su madre de usted.

Ahí me quedé quieta.

—Vino a las siete de la tarde y estuvo cuarenta minutos —dijo—. Muy correcta. Me preguntó cómo estaba, me dijo que el piso era mío el tiempo que hiciera falta y que la compensación se mantenía, y me preguntó dos veces si necesitaba que me viera un médico de fuera.

—¿Y?

—Y en el minuto treinta y ocho me dijo que si en algún momento me pedían declarar en algún sitio, que la llamara a ella antes.

Ruth Almazán se humedeció los labios, que es una cosa que hizo muchas veces aquella tarde.

—Yo hasta ese minuto pensaba que me estaban cuidando —dijo.

La tercera cosa es la que me dijo mirándome a mí.

—A usted la conozco de la letra. —Señaló la mochila que tenía al lado—. Tengo el contrato, la addenda del veinte, un consentimiento y un papel de mayo. Los cuatro llevan su firma. Y en el de mayo hay una frase suya que me sé de memoria.

No le pregunté cuál. Sé cuál.

A las dos y diez de la tarde me vibró el móvil en el bolsillo y lo saqué porque llevo seis años sacándolo.

Es un mensaje del jefe de planta de la segunda, en el grupo de coordinación, con la fórmula de siempre y sin punto final:

«Buenas. Comunico exitus del paciente 8, Fermín Olabarri, a las 13:52. Aviso a familia hecho. Certificado pendiente de firma»

Y debajo, a los diez segundos, otro mensaje de otra persona con un emoticono de una carita triste.

Fermín Olabarri tenía ochenta y siete años, era el abuelo de Marta Cifuentes, la donante más joven de los once, y estaba en la lista de siete que escribí el siete de junio, en la fila quinta, fuera de las cuatro.

Vencía el veintiséis. Se murió el veintiséis.

Cuarenta y cinco.

Me quedé con el teléfono en la mano, sentada en el suelo de un apartamento turístico, y no dije nada, y a los pocos segundos Ruth Almazán me preguntó qué pasaba.

Y aquí es donde tuve que decidir en dos segundos si le mentía a una mujer que lleva once días desangrándose sola por culpa de un lote que salió mal.

—Se ha muerto un paciente —dije—. El número ocho. Estaba en la lista de los que se quedaron sin dosis.

—¿De la lista suya?

—De la lista mía.

—Ya.

No dijo nada más de aquello. Ni entonces ni después, y creo que fue en ese momento cuando decidió lo que iba a hacer conmigo, aunque tardó doce horas en decírmelo.

A las tres y media le dije que se venía conmigo.

Discutimos veinticinco minutos y de aquella discusión solo voy a escribir lo que importa.

Ella empezó por lo práctico, que es lo que hace siempre.

—¿Y de qué me sirve? —dijo—. Usted me lleva a un sitio con sábanas limpias y me muero el domingo con sábanas limpias.

—Puede que no.

—Puede que no. —Se apoyó en la pared para incorporarse un poco—. Dígame qué hay. Sin adornarlo, que llevo cuatro semanas oyendo a gente adornarlo.

Se lo dije sin adornarlo.

Le dije que del lote anterior queda una dosis limpia en toda la casa, que está adjudicada y que no es para ella.

Le dije que el lote nuevo, si no falla nada, entra en cámara el cinco de julio a las once y media de la mañana y que ella, según lo que yo sé, no llega.

Le dije que lo único que un suero hace es ganar horas, y que las horas no curan.

—Entonces me lleva usted a un hotel a esperar.

—Le llevo a un hotel a que la vea alguien si se pone peor, y a que no se muera usted sola en un apartamento de alquiler con la persiana bajada.

—Eso es por usted.

—Una parte sí.

Se quedó callada un momento.

—¿Cuánta parte?

—No lo sé.

Le dije que a la clínica no la llevaba, y le dije por qué: porque en el momento en que entre por esa puerta con una vía puesta, hay un parte, y con el parte hay una comunicación al consejo, y con la comunicación hay una mujer en una habitación de la segunda planta a la que esta casa cuida perfectamente y a la que no vuelve a ver nadie de fuera.

Y le dije que la iba a llevar a un hotel, a mi nombre, pagado por mí y no por el Fondo, y que en ese hotel no iba a saber que estaba nadie más que yo.

Ruth Almazán me escuchó entero y después dijo la única frase de aquella tarde que no me esperaba.

—Eso es lo mismo.

—No es lo mismo.

—Es lo mismo con otro nombre —dijo—. Usted me esconde por mi bien y me lo explica muy bien y me lo paga usted. Su madre me escondió por mi bien, me lo explicó muy bien y lo pagó la empresa.

—Sí.

Se quedó mirándome.

—Bueno —dijo—. Pues por lo menos lo dice.

Recogió ella. No dejé que lo hiciera y lo hizo igual.

Metió en la mochila la ropa, el cargador, un neceser y los papeles.

Después cogió el equipo de flebotomía sin abrir, lo dobló con las dos manos, plegando el sistema en tres vueltas alrededor de la bolsa igual que se pliega un cable, y lo metió el último, encima de todo, donde se pone lo que se va a necesitar pronto.

Lo hizo despacio y bien, con la vía todavía puesta y el suero colgando de una lámpara sin pantalla, y no me miró mientras lo hacía.

Salimos a las cuatro y veinte. Bajó los dos tramos de escalera agarrada a la barandilla con la mano derecha y sin querer que le diera el brazo.

En el coche, cuando ya llevábamos diez minutos y antes de entrar en el hotel, me preguntó lo que llevaba una hora sin preguntarme.

—¿Se lo ha preguntado a él?