Capítulo 28
El teléfono de Ruth Almazán está apagado.
Lo he llamado diecinueve veces desde el catorce de junio: cuatro el primer día, tres el segundo, y después una o dos cada mañana.
Salta el buzón de la compañía, el genérico, el que dice el número en voz sintética porque nadie ha grabado un saludo.
Le mandé dos mensajes el diecisiete y ninguno de los dos tiene la doble marca.
El piso de Las Rozas lleva diecinueve días vacío. Fui el martes y no había nadie, y el buzón se le salía, y una vecina me dijo que hacía dos semanas que no la veía.
En el registro de llamadas de la clínica no hay ninguna a su número después del treinta y uno de mayo.
Ese es el estado del asunto a las nueve de la mañana del jueves, que es el segundo día en que no bajo.
Y como no me quedaba ningún sitio en el que buscar a una persona, me puse a buscar dinero.
El libro mayor del Fondo de Acompañamiento se me pasa a firma cada trimestre y lo firmo desde 2019 en dos minutos.
Lo que no se firma es el detalle, y el detalle llega todos los meses en un archivo que manda administración a mi correo con el asunto «Fondo — conciliación mensual», con los movimientos de las cuatro tarjetas prepago y de las cuatro cuentas de alquiler.
Lo tengo desde 2020 y no lo he abierto nunca. Es literalmente mi función y no lo he abierto nunca.
Lo abrí el jueves a las nueve y veinte y estuve dos horas.
La tarjeta de A-03 tiene un límite de cuatrocientos euros al mes y se recarga el día uno. En mayo se usó dos veces, las dos en Las Rozas, las dos en un supermercado. En lo que va de junio hay seis movimientos.
Los cuatro primeros son de la primera quincena y son de comida.
El quinto es del diecisiete de junio, en Collado Villalba, y es de una farmacia. Ciento ochenta y dos euros con cuarenta.
El sexto es del dieciocho, en Collado Villalba, y es de una ortopedia. Doscientos veintiséis euros.
Ciento ochenta y dos euros en una farmacia son mucho dinero.
Yo firmo facturas de material sanitario todos los meses y sé lo que cuestan las cosas: eso no es una caja de paracetamol.
Eso es suero. Es suero comprado en cantidad, y comprado en cantidad quiere decir cuatro o cinco litros, porque una farmacia de barrio no tiene más en el estante.
Y en una ortopedia, doscientos veintiséis euros, no se compra una muñequera.
Llamé a las once y media al proveedor de material de la clínica, que es un hombre con el que llevo seis años renovando un contrato marco, y le pregunté qué cuesta un equipo de flebotomía de gran volumen, de los de donación completa, con bolsa, anticoagulante y sistema.
Me dijo que un equipo suelto, con su bolsa de cuatrocientos cincuenta, ochenta y tantos euros. Y que si se compran tres o cuatro, sale a menos.
Le di las gracias y colgué antes de que me preguntara para qué.
Ahí me levanté de la mesa de mi cocina y estuve un rato de pie mirando la pared.
Una mujer que ya no dona, a la que esta casa le paga un piso que lleva diecinueve días vacío, ha comprado en dos días cuatro o cinco litros de suero y tres o cuatro equipos de sacar sangre, en dos tiendas del mismo pueblo, con una tarjeta que pago yo.
No se compra eso para nada bueno. Y no se compra eso para hacérselo a otro.
Hay una cosa más en la conciliación de junio y me costó verla porque está en otra pestaña.
Servicios profesionales. Una factura de una enfermera autónoma, Fátima Roldán Bea, por asistencia domiciliaria, doce horas diarias, del cuatro al nueve de junio, con el epígrafe «acompañamiento en domicilio, expediente A-03».
Del cuatro al nueve.
Seis días. Y después nada.
Esta casa tuvo a una enfermera doce horas al día dentro de aquel piso hasta el nueve de junio y a partir del nueve dejó de tenerla, y en el mismo sistema donde consta esa factura consta también, con fecha del dos, que A-03 está excluida de rotación hasta nueva orden.
Apunté el nombre de Fátima Roldán en la nota sin título y no la llamé.
No la llamé porque una llamada mía a una enfermera autónoma que factura a esta casa llega a esta casa en cuarenta minutos, y porque si mi madre se entera hoy de que estoy buscando a Ruth Almazán, mañana Ruth Almazán está en un sitio donde yo no llego.
Eso lo pensé así, con esas palabras, a las doce menos veinte del jueves. Después he tenido tiempo de darme cuenta de que es exactamente el mismo razonamiento con el que trabajan todos los demás en este edificio.
Por la tarde fui a Valdesalce.
La sede está en la finca de la sierra, en el edificio de administración, y el archivo histórico ocupa la planta baja entera. Fui porque necesitaba una cosa muy concreta y porque no se la podía preguntar a nadie: qué le pasa a un cuerpo que hace más de seis.
En esta casa nadie me lo va a contestar. Bran me dio una curva de cuatro puntos y me dijo que no hay serie de datos. Mi madre no me lo va a decir. Y la persona que lo sabe está en la planta menos dos y llevo dos días sin bajar.
Pero hubo catorce donantes entre 1955 y 1960, y de aquello hay papel.
Firmé el registro de acceso a las cuatro y veinte de la tarde. Nombre, hora de entrada, motivo. Puse «revisión de fondo documental» y es lo que hice.
Los expedientes de los años cincuenta están en cajas de cartón numeradas, en dos estanterías metálicas al fondo, ordenadas por año, con una etiqueta escrita a máquina en el lomo. La de 1957 es la sexta.
Dentro hay once carpetillas y la novena está más gorda que las otras.
El donante número nueve tiene once folios y la letra de tres personas distintas.
Hay analíticas mensuales desde marzo de 1955 hasta enero de 1957. Son de las de antes, escritas a mano en un impreso con casillas, con la firma del que las hacía en la esquina. Los valores están todos en rango y no dicen nada.
Y hay una última analítica, de finales de mayo de 1957, que no está en el impreso normal. Está en un folio en blanco, escrita a mano y sin firmar, con veintitantos valores puestos en dos columnas.
En la columna de la derecha, la última línea, hay un número que yo conozco.
El parámetro veintitrés no se llamaba así en 1957. No tenía nombre. Está escrito como «fracción no asignada» y al lado, entre paréntesis, «gamma».
Dos coma uno.
Yo tengo cero coma cuatro en un tercer intercambio, que ya es de una quinta. Ese hombre, en mayo de 1957, tenía dos coma uno.
No hay ninguna analítica posterior. La carpetilla del donante número nueve termina ahí, sin baja, sin certificado, sin nota de cierre y sin la hoja de liquidación que tienen las otras diez.
Y en la caja de al lado, que es la de correspondencia interna del mismo año, hay un cuaderno de tapas duras con la contabilidad manuscrita del laboratorio y, al final, ocho o nueve páginas de anotaciones sueltas.
En una de esas páginas, en el margen izquierdo, con una letra pequeña, inclinada y muy regular, de las que se aprendían con plumilla, hay cinco palabras.
No volver a intentar la vía directa.
La tinta se ha corrido en la última palabra, en «directa», como si el papel hubiera estado húmedo o como si la mano hubiera pasado por encima antes de que secara.
La letra es de mi abuela. La tengo comparada con cuatro documentos y no hay duda.
Lo fotografié todo con el móvil, hoja por hoja, apoyando cada folio en la mesa del archivo con la luz por la izquierda, igual que las nueve del domingo.
Y en la última estantería, en el suelo, hay una caja sin número de inventario.
Está entre una alfombra enrollada de 1968, que tiene una etiqueta de una tienda de Madrid que ya no existe, y cuatro cajas de facturas de imprenta. La abrí porque estaba abriendo todo y porque llevaba dos horas allí abajo.
Dentro hay tres documentos sueltos y una carpetilla de cartulina vacía.
La carpetilla lleva escrito a mano, en el borde, «ACUERDO 12-XI-54», y dentro no hay nada. No está rota, ni forzada, ni descosida: está abierta y vacía, con las dos solapas hacia fuera, como se queda una carpeta a la que alguien le saca lo que tiene y la vuelve a poner en su sitio.
Los tres documentos sueltos son estos.
Un parte de ingreso de la Sociedad Hullera del Sil, de marzo de 1949.
Una ficha de expedición del documento nacional de identidad, de 1951, con fotografía de carné y con una huella dactilar entintada en el recuadro de abajo a la derecha.
Y un certificado literal de defunción de doce de noviembre de 1954.
Los tres a nombre de León Arce Nistal.
Los tuve en la mano a las cuatro y veinte de la tarde y estuve con ellos, de pie, en un archivo con dos fluorescentes y olor a cartón, once o doce minutos.
Un hombre con dos apellidos, una fecha de nacimiento, un pueblo, una lesión de clavícula con siete semanas de baja y una huella del índice derecho entintada en un recuadro de tres por tres.
Y un certificado que dice que se murió el doce de noviembre de 1954 de insuficiencia cardíaca.
En este edificio, a veintiocho kilómetros de esa mesa, ese hombre se llama activo 001. Lo llamo yo así. Está escrito con mi letra en cuarenta partes de serie y en dos informes al consejo, y lo he dicho en voz alta en una sala con siete personas.
En esa caja hay una identidad completa, con soporte documental de tres administraciones distintas, y encima de esa identidad esta casa levantó en 1988 un instrumento notarial que habla de material de origen no identificado.
Yo eso lo entendí en el minuto tres.
Después los metí en una funda, la funda en el maletín, el maletín en el coche, y me fui.
Sé perfectamente lo que tengo en ese maletín. Lo supe en el minuto tres.
Y no hice absolutamente nada con ello aquella tarde, porque a las cuatro y media del jueves lo único que yo tenía en la cabeza era que en algún sitio de Collado Villalba hay una mujer que ha comprado cuatro litros de suero y tres equipos de sacar sangre y que lleva once días sin hablar con nadie.
Llegué a casa a las siete y media, abrí el portátil y puse la foto de la nota a pantalla completa.
Se lee muy bien ampliada. La letra pequeña, las cinco palabras, el margen izquierdo, y la mancha de la tinta corrida en la última.
Lo miré diez minutos y después escribí debajo, en el archivo, la fecha en la que la había encontrado y dónde, y lo cerré.
Aquella noche saqué de la funda los dos impresos de Bran y estuve veinte minutos leyéndolos en la mesa de la cocina.
Y a las once y media me fui a la cama, y dormí cuatro horas seguidas, que es lo más que duermo desde el domingo, y me desperté a las cuatro de la mañana llorando.
Sin haber soñado nada. Sin motivo. Llorando de una manera desagradable, con hipo y con la respiración rota, sentada en la cama, sola, durante seis o siete minutos, hasta que se me pasó igual que había venido.
Después me levanté, me lavé la cara y busqué en el mapa las farmacias de Collado Villalba.