Capítulo 27
El temblor empezó a las once de la mañana del miércoles.
No tiene nada que ver con el frío. Va en las manos y en la mandíbula, por rachas de dos o tres minutos, y entre racha y racha no queda nada, y lo primero que hice fue lo que hace cualquiera, que es apretar una cosa contra otra para que no se note, aunque estaba sola en mi casa y no había nadie a quien no notárselo.
A las doce me puse a sudar. A la una me dolían las rodillas, los codos y los dedos, con un dolor concreto de articulación, de los que se localizan, y a las tres el dolor se me había subido a la mandíbula y a la nuca.
A las dos intenté trabajar y no pude, y eso también hay que contarlo porque no me había pasado nunca. Abrí el correo, tenía cuarenta y un mensajes sin leer y contesté tres, y el tercero lo mandé con una fecha mal puesta y tuve que mandar otro corrigiéndolo, y después cerré el ordenador.
A las tres me metí en la ducha con el agua todo lo caliente que sale y estuve veinte minutos sentada en el plato, y salí exactamente igual.
A las cuatro me puse el termómetro por costumbre y marcaba treinta y siete y cinco.
Me senté en el suelo de la cocina con el termómetro en la mano y me eché a llorar, y estuve llorando ocho o nueve minutos, y no era por el dolor.
Treinta y siete y cinco. Llevo dos semanas y media por debajo de treinta y seis grados.
Llevo dos semanas y media durmiendo cinco horas y despertándome sin necesitar nada, con los cortes abiertos, sin frío, sin hambre y sin cansancio, y sabiendo desde el miércoles pasado que eso tiene un nombre y una pendiente y una fecha en la que deja de poder deshacerse.
Y el primer día que dejo de bajar, mi cuerpo hace lo que hace el cuerpo de una mujer de cuarenta y un años que ha dormido mal: se pone a treinta y siete y cinco.
Nadie me había dicho que el lavado se sintiera. Bran me contó lo que pasaba en la sangre y no me contó lo que pasa en una cocina.
A las seis y media llamé.
La planta menos dos tiene extensión propia.
Es la 214 y aparece en los partes de turno que yo apruebo cuatro veces al año, en la columna de contacto, entre la 213, que es el anexo técnico, y la 216, que es la cámara.
Solo recibe llamadas internas y solo marca números de la casa. Nunca la había marcado.
Llamé desde el fijo de mi casa a la centralita y pedí la doscientos catorce.
La chica de la centralita dijo «un momento, señora Vives» y me pasó sin preguntarme nada, porque a mí no me pregunta nada nadie en este edificio, y mientras sonaba el tono yo pensaba en que la centralita guarda el número de origen, la extensión de destino, la duración y una casilla de asunto, y en que dentro de tres meses la factura de telefonía me pasa a mí a la firma.
Lo pensé y llamé igual.
Cogió al cuarto tono.
—¿Sí?
—Soy yo.
Hubo un silencio de dos segundos.
—Ya lo veo —dijo—. Bueno. Lo oigo.
Hablamos cuarenta minutos.
No hablamos del intercambio. No hablamos de los dos folios, ni del labio, ni de Bran, ni del impreso que tengo doblado en cuatro dentro del bolsillo derecho de un abrigo que está colgado en la entrada de mi casa.
Ninguno de los dos lo sacó y ninguno de los dos hizo como que no existía: sencillamente no lo sacamos, que es una cosa que se puede hacer entre dos personas y que yo no había hecho con nadie desde hace años.
Empezó él, preguntándome por el brazo.
—Diez minutos no me los apreté.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque nadie se los aprieta.
Y de ahí, no sé por qué, salí yo con lo de la boda.
—Yo iba a casarme —dije—. En diciembre de 2019.
—¿Y?
—Y no me casé.
—Eso ya me lo imaginaba, por la parte de que no hay nadie.
Me reí. Me dolió reírme, porque tenía la mandíbula agarrotada, y me reí igual.
Se llamaba Ignacio y estuvimos nueve años, de 2010 a 2019. Es arquitecto técnico y es un hombre bueno, y esto último lo digo sin ninguna ironía porque es exactamente el problema: no hay una sola escena que yo pueda contar en la que él haga algo mal.
En octubre de 2019 mi madre me ofreció la dirección jurídica de la casa. Me lo dijo en su cocina, un domingo, mientras recogía, con la misma voz con la que se ofrece un cargo cualquiera, y me dijo dos frases sobre el programa de las que entonces entendí la mitad.
Las dos frases fueron estas, y las tengo exactas porque las he repasado muchas veces.
«Hay una parte de la producción que no está en ningún sitio y que vas a llevar tú.»
Y: «Si dices que sí, esto ya no se puede volver a hablar en esta cocina».
Yo tenía treinta y cuatro años, siete de mercantil en un despacho grande y una boda el cuatro de enero. Me acuerdo de haber pensado que la segunda frase era una manera muy de mi madre de decir que el asunto era confidencial.
No pregunté qué parte de la producción. Estuve dos meses sin preguntarlo, y en esos dos meses lo que hice fue entenderlo sola, despacio, sin que nadie me lo confirmara, hasta el punto en el que ya no hacía falta preguntar nada.
Tardé dos meses en entender la otra mitad.
Y lo que entendí, en dos meses, no fue nada moral.
No pensé «esto es un crimen» ni «esto no se puede hacer».
Lo que pensé fue una cosa mucho más pequeña y mucho más práctica, y es que si aceptaba, iba a tener una parte de mi vida que no le iba a poder contar nunca a la persona que durmiera a mi lado.
Ni al año, ni a los diez, ni el día que uno de los dos se muriera.
Y eso no se arregla contándolo mejor. Es una habitación cerrada dentro de una casa en la que va a vivir otro.
—Y lo canceló.
—Lo cancelé el once de diciembre. Faltaban veinticuatro días.
—¿Se lo dijo a él primero?
—A él primero. —Cambié el teléfono de oreja—. Y luego a los invitados.
Aquí es donde le conté lo que no le he contado a nadie, ni siquiera a la persona que me estuvo llamando todos los días de aquel mes de enero.
Había ciento diez invitados. La lista estaba en una hoja de cálculo, ordenada por mesas, con una columna de teléfono, porque la había montado yo, porque las hago yo.
Y yo llamé a los ciento diez.
No mandé un mensaje. No delegué en mi madre ni en la que iba a ser mi testigo.
Empecé el doce de diciembre a las nueve de la mañana por la fila dos, que era la primera de invitados, y bajé por la hoja de cálculo hacia abajo, tachando, con la misma frase para todos, que la escribí antes en un papel para no cambiarla: «Te llamo para decirte que la boda del cuatro de enero no se celebra.
Estamos bien los dos. No hace falta que me digas nada».
Tardé cuatro días. Cuarenta y una llamadas el primero.
Once personas se echaron a llorar. Cuatro me dijeron que ya lo veían venir, que es lo peor que se le puede decir a alguien. Tres no me cogieron el teléfono y les tuve que dejar un mensaje con la misma frase, y esos tres son los únicos con los que he vuelto a hablar en seis años.
Una señora, que era una tía de él, me preguntó si estaba embarazada.
Y hubo uno, un compañero suyo del estudio, que se quedó callado y luego me dijo: «¿Estás llamando tú a todos?
». Le dije que sí. Y me dijo: «Helena, cuelga y que llame él».
Y yo le dije que era mi decisión y que por lo tanto eran mis llamadas, y me dio las gracias, y colgué, y seguí bajando por la hoja de cálculo.
—¿Y por qué así? —preguntó.
—Porque era lo correcto.
—No le he preguntado si era correcto. Le he preguntado por qué así.
Estuve callada un rato largo. En el fijo de mi casa los silencios se oyen, porque tiene un ruido de fondo que el móvil quita.
—Porque si los llamaba yo uno a uno, era una gestión —dije—. Ciento diez gestiones son cuatro días de trabajo. Cuatro días de trabajo se pueden hacer.
—Ya.
—Lo otro no lo podía hacer.
—Lo otro es sentarse.
—Lo otro es sentarse —dije.
Él no dijo nada durante unos segundos y después dijo una cosa de las suyas, sin ningún énfasis, como quien apunta un dato.
—En el cincuenta y tres murió un compañero mío en el pozo, uno de Toreno, y a la mujer se lo fueron a decir tres.
El capataz, el cura y un vecino. —Una pausa—.
Y yo pensé entonces que eso era una barbaridad, tres hombres en una puerta.
Y luego he tenido setenta años para pensarlo y creo que iban tres porque uno solo no aguanta.
—Usted no fue.
—Yo tenía treinta y dos años y no me dejaron subir a la aldea. —Otra pausa—. Pero eso no es lo que le estoy diciendo.
—Ya sé lo que me está diciendo.
—Ya.
Hablamos de otras cosas. Del piso donde vivo, que él quiso saber si tiene ascensor. De la carretera de la sierra de madrugada. De un libro que está leyendo, que es de 2011 y que le parece mal escrito y no lo suelta.
—¿Y por qué no lo deja?
—Porque los tengo contados.
Tardé un segundo.
—Ciento diecisiete —dijo—. Los que hay en la estantería. Me traen dos o tres al año, cuando se acuerdan.
Me lo dijo con el mismo tono con el que me había dicho lo del ascensor, y siguió hablando del libro, y yo estuve el resto de la conversación con esa cifra puesta encima de todo lo demás.
Le pregunté por la niña de Elvira, por decir algo.
—Berta.
—¿Y usted cómo hace? Para acordarse.
—No hago nada. —Una pausa—. Aquí abajo, si no te acuerdas de las cosas de la gente, te quedas con las tuyas. Y de las mías ya me acuerdo bastante.
A las siete y diez le dije que me dolían las rodillas.
—Eso es el primer día —dijo—. Mañana es peor.
—¿Y pasado?
—Pasado es distinto. —No cambió de tono—. Pasado ya no es el cuerpo.
No me preguntó si iba a volver.
No me lo preguntó en cuarenta minutos, ni al principio, ni al final, ni de la manera oblicua en la que se preguntan estas cosas, y en algún momento me di cuenta de que llevaba media hora esperando la pregunta y de que no iba a llegar, y de que si llegaba yo no tenía respuesta.
A las siete y cuarto, cuando ya nos íbamos a despedir, hubo un momento de esos en los que dos personas se quedan colgadas del final de una conversación.
—Bueno —dijo.
—Bueno.
—Apriétese el brazo, Helena.
—Que sí, León.
Lo dije y no me di cuenta hasta tres o cuatro segundos después, cuando ya había colgado y tenía el teléfono en la mano.
Me quedé sentada en la silla de la cocina un rato, con el fijo delante encima de la mesa y la pantallita apagada, y con la casa en silencio y la ventana abierta porque a esa hora, en junio, entra aire.
Después cogí un papel y escribí una cifra, porque yo las cosas las escribo, y esta vez además la dije en voz alta, sola, de pie en mi cocina, porque necesitaba oír cuánto era.
Uno.