Perpetua Capítulo 26
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Capítulo 26

Le puse los dos folios encima del cuaderno cuadriculado a las once menos veinte, con la vía puesta y en mitad de la permanencia, sin decir nada primero.

Los cogió. Los leyó por orden, el de arriba primero, como lee él todo, y tardó lo que tarda una persona en leer media cuartilla manuscrita y cuatro líneas mecanografiadas, que es menos de un minuto.

Después los dejó encima de la mesa, alineados con el borde, y no me los devolvió.

Hasta ese momento llevábamos una hora y cuarenta minutos sin decir nada que no fuera del procedimiento.

Yo había bajado a las diez menos diez, me había cambiado, me había sentado y había dejado que Loreto me pusiera la vía, y Loreto había hecho su trabajo y se había ido al anexo, y desde las diez y veinte estábamos los dos solos en aquella habitación con el pie de suero entre nosotros y la pera de goma en mi mano derecha.

Él lo notó a los diez minutos. Se le nota que lo nota en que deja de hacer cosas: no se levanta, no ordena el cuaderno, no enciende la lámpara pequeña, se queda con las manos encima de las rodillas y espera.

Estuvo esperando hora y media.

—Lo sé —dijo.

—¿Desde cuándo?

—Desde entonces.

Yo tenía preparadas once preguntas. Las había escrito el domingo, numeradas, en un documento que después borré, y la primera era esa y la segunda era esta:

—¿Y por qué me ha dejado trece días buscando un contaminante?

—Yo no la he dejado a usted hacer nada. —Ni levantó la voz—. El primer día le pedí tres cosas por escrito y la segunda era el expediente íntegro del trescientos treinta y uno. Íntegro. Se lo dije con esa palabra y se la repetí. Le nombré las incidencias si las hubo.

—Usted sabía dónde estaba.

—Yo sabía que estaba. —Se pasó la mano por la boca—. Trece días, señora Vives. Le costó trece días abrir un expediente que le pedí el primero.

Es verdad.

Es completamente verdad y lo he comprobado después, línea por línea, en la hoja arrancada de su cuaderno que llevo en el maletín desde el cinco de junio.

Petición número dos, con su letra de plumilla: el expediente íntegro del lote trescientos treinta y uno.

Íntegro. No el resumen de producción, no la analítica.

Todo: el calendario, las nueve series, la cadena de custodia, los partes de cada noche, las incidencias si las hubo y las firmas de quien estuvo.

Y es intolerable. Las dos cosas a la vez, y no se anulan.

—Dígalo con la boca —dije.

—No.

—Dígalo con la boca. Una vez. Qué pasó las tres últimas noches.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque si se lo cuento yo, es una noche que le cuento. —Y ahí sí me miró—. Y si lo saca usted del expediente, es una prueba. Se lo dije el primer día. No he cambiado de idea porque hoy usted esté enfadada.

—¿Y si yo no lo hubiera abierto nunca?

—Pues no lo habría abierto nunca.

—¿Y se habría quedado usted ahí sentado?

—Me he quedado aquí sentado setenta años, señora Vives. —Ni levantó la voz—. Con catorce muertos, con tres castigos y con lo del año pasado. Esto no es nuevo para mí. Lo nuevo es usted.

—¿Y cuántas veces ha hecho esto? —dije—. Esperar a que alguien abra un expediente.

—Cuatro.

Cuatro.

Lo dijo sin pensarlo, como se dice un número que se tiene contado, y siguió mirándome mientras yo hacía la cuenta de lo que quiere decir cuatro: hubo tres personas antes que yo en este edificio a las que él les puso un papel delante y que no lo abrieron.

—¿Y las otras tres?

—Una se jubiló. Otra se murió. —Se pasó la mano por la boca—. Y la tercera es su madre, y la abrió.

Me levanté.

Me levanté deprisa y sin pensar en el brazo, y el tubo se tensó y tiró de la vía, y él hizo lo que lleva setenta años haciendo, que es alargar el brazo y coger el pie de suero para que no se caiga, y al alargarlo me pasó la mano por delante y me la puso encima del antebrazo, en el sitio de la palomilla, sujetando.

Yo no vi un pie de suero.

Lo que hice lo hice antes de saber que lo hacía. Me solté hacia atrás con todo el cuerpo, tiré del brazo hacia arriba y el codo derecho subió con él, y le entré en la boca.

Se oyó. Fue un ruido pequeño y feo, de hueso contra diente.

El pie de suero cayó. La palomilla no se salió del todo pero se movió, y por el borde del apósito empezó a salir sangre, y a él se le abrió el labio de abajo por dentro, contra los dientes, y le bajó una línea por la barbilla.

Estuvimos dos segundos así.

—No me toque el brazo —dije.

—Se le iba a arrancar la vía.

—No me toque el brazo.

—Vale.

Se limpió con el dorso de la mano y se quedó con la sangre en los nudillos y no se movió del sitio.

Aquí es donde tengo que escribir lo que pasó los siguientes cuarenta minutos y no sé hacerlo bien, así que lo voy a escribir en el orden en que pasó.

Le grité. Le grité de pie, en una habitación a veintiún grados, con la vía puesta y sangrando por el apósito, y le dije cosas que no había dicho en voz alta desde que tengo memoria.

Le dije que había estado catorce noches en esa habitación con la boca cerrada.

Le dije que si el primer día me hubiera dicho un nombre, uno, yo habría abierto ese expediente en cuarenta minutos.

Le dije que su método de que a la gente le salgan las cosas de los papeles es una manera muy limpia de no ensuciarse la boca y que le sale gratis porque el que espera es él y el que firma soy yo.

Y le dije lo peor, que es lo único de lo que me arrepiento por escrito: le dije que en veinticuatro días había aprendido a hacer con Ruth Almazán lo mismo que llevaba setenta años dejando que hicieran con él.

Le dije más cosas. Le dije que las once preguntas que traía escritas se me habían caído en el primer minuto y que la única que quedaba era por qué me había elegido a mí para las nueve series.

Le dije que si me eligió porque soy la que firma, que lo dijera.

Le dije que si me eligió por otra cosa, que también lo dijera, y que las dos respuestas me servían y la que no me servía era el silencio.

—Las dos respuestas no le sirven —dijo—. Le sirve una.

—Contésteme.

—No.

Y esa es la tercera vez que me dijo que no en cuarenta minutos, y es la única de las tres que me dolió, y creo que él lo sabía.

Él dejó que terminara.

Después contestó tres cosas.

—Yo no puedo parar nada —dijo—. En setenta años no he parado nada nunca.

No puedo cerrar una puerta, ni llamar a nadie, ni firmar un papel, ni negarme sin que la que se queda sin dosis sea una señora de la segunda planta.

Lo único que puedo hacer es decirle a la persona que sí puede dónde está el papel.

—Podía haberme dicho el nombre.

—Y usted podía haber abierto el expediente. —Se limpió otra vez—. Los dos podíamos.

—No es lo mismo.

—No es lo mismo —dijo—. Es peor lo suyo. Usted lo firmó.

Yo no tenía respuesta y él lo sabía antes de decirlo, y lo dijo igual, que es la primera vez en catorce noches que me hace una cosa así.

La sexta se terminó.

Se terminó porque el retorno estaba pendiente y porque si no se hacía el retorno no había serie, y si no había serie el lote se retrasaba tres días y el cinco de julio se convertía en el ocho, y esa cuenta la sabíamos hacer los dos y ninguno de los dos la dijo en voz alta.

Fueron veintiún minutos. No voy a describirlos. Ya he descrito cinco y este fue igual en todo salvo en una cosa: en los otros cinco había en aquella habitación dos personas y en este había un procedimiento.

Loreto volvió del anexo a las doce menos veinte y no preguntó por el pie de suero caído, ni por la sangre del apósito, ni por la manga, ni por la sangre de él en el dorso de la mano, que todavía estaba.

Trabajó. Bajó el respaldo dos posiciones, me apartó el pelo con dos dedos y se puso donde se pone.

En el registro de la sexta serie, en la casilla de la derecha, no escribió nada.

Yo la vi no escribir. La vi coger el bolígrafo, mirar el recuadro de incidencias tres segundos y dejar el bolígrafo, y llevo desde entonces intentando decidir si eso fue lealtad, prudencia o costumbre, y me temo que es lo tercero.

Cuando terminó me levanté yo sola de la butaca.

Me quité el apósito, saqué la palomilla yo, me apreté con una gasa los diez segundos que se aprieta uno cuando tiene prisa en vez de los cuatro minutos que hay que apretar, y me puse el abrigo encima de la blusa manchada.

Él estaba sentado en el borde de la camilla con el labio ya cerrado.

Eso es lo que me llevé de aquella habitación y es lo que me ha durado. Le abrí el labio a las once menos cuarto y a la una menos veinte, cuando salí, no le quedaba nada. Ni la herida, ni la hinchazón, ni el color.

Le hice daño y a la hora y media no había ninguna prueba de que se lo hubiera hecho.

No dije que me marchaba.

No dije que no iba a volver, ni que sí, ni cuándo. Cogí los dos folios de encima de la mesa, que seguían alineados con el borde, me los guardé y fui hacia la puerta.

—Señora Vives.

Me paré con la mano en el picaporte y no me giré.

—El brazo —dijo—. Presione diez minutos en el coche. No lo lleve así.

Salí.

Y él no vino detrás, ni me llamó otra vez, ni dijo mi nombre, y el ascensor tardó lo que tarda siempre, que son cuarenta segundos, y en esos cuarenta segundos yo estuve mirando la puerta del ascensor y no la de atrás.

En el aparcamiento, a las dos menos cuarto de la mañana, Bran estaba apoyado en mi coche.

Tenía la carpeta que no había abierto por la tarde y un termo, y estaba allí desde hacía por lo menos una hora, porque había una taza en el techo del coche con el fondo frío.

—Diez minutos —dijo—. Y si me dice que no, no se lo vuelvo a sacar.

Me enseñó dos impresos.

El primero es una baja de activo. Es un formulario de la casa, de los de inventario biológico, y lo firma la dirección jurídica sola, en virtud del apoderamiento de enero de 2020 que redacté yo y que mi madre firmó sin leérselo entero. Da de baja el activo 001.

El segundo es una autorización de extracción terminal con fines de investigación, con el número de proyecto de la ruta sintética en la cabecera y las cantidades de la pantalla de la tarde, en gramos, con un decimal.

En la casilla de origen, arriba del todo, ya no hay un hueco. Pone «activo 001».

Los leí de pie, con la linterna del móvil, apoyada en el capó, y los leí como leo yo, buscando quién queda obligado y quién queda cubierto.

Y funcionan.

Ese es el problema de los dos impresos de Bran y por eso me los llevé: están bien hechos.

El apoderamiento de enero de 2020 lo redacté yo en mi primera semana, para agilizar la gestión de existencias, y le di a la dirección jurídica facultad de disposición sobre el inventario biológico sin límite de cuantía y sin exigencia de doble firma, porque el inventario biológico de esta casa eran, en la cabeza de la persona que redactó aquella cláusula, viales en un frigorífico.

Un activo de inventario se da de baja con una firma. La mía. Sola.

Llevo seis años sabiendo que esa cláusula existe. La cité en el informe al consejo de 2021 como ejemplo de simplificación de procesos.

—Firma las dos —dijo—. Para esta noche. Empieza los nueve días mañana, con lavado completo, y el dos de julio no le queda nada de esto en la sangre. Yo firmo todo lo que haya que firmar detrás de usted: el protocolo, la indicación, el acta. Si esto sale mal, el que ha decidido soy yo.

—Y si sale bien.

—Si sale bien, en diez meses hay factor sin nadie dentro de una habitación.

—No estaba nervioso. Estaba cansado—. Y si sale mal, se mueren los cuarenta y seis en agosto, que es lo que se van a morir de todas formas dentro de dos años, o de cinco, o de quince, cuando a él le pase algo, o cuando usted se canse, o cuando yo me jubile.

Esto no tiene final, Helena. Esto solo tiene calendario.

—Lleva usted diez años y dos maduraciones parciales.

—Con biopsias de dos gramos. —Señaló el segundo impreso—. Ahí pone otra cosa.

Tiene razón en la mitad. Lo he mirado desde todos los lados que sé mirar y tiene razón en la mitad, y la mitad en la que tiene razón es la que importa, porque su plan le da a esas cuarenta y seis personas una posibilidad que hoy no tienen y el mío les da veintisiete días.

Lo que no dice ese papel es que la posibilidad son diez años de fracasos contra la única cosa que ha funcionado siempre.

Y lo que no dijo Bran, y no lo dijo porque no hacía falta, es que los dos impresos los tiene que firmar la única persona de esta casa que puede firmarlos sola, y que esa persona lleva desde el sábado sin poder mirarse las manos.

—No le voy a contestar esta noche —dije.

—No le he pedido que me conteste esta noche.

—¿Qué me ha pedido, entonces?

—Que se lo lleve.

Me lo llevé.

Doblé los dos impresos en cuatro, con el doblez hacia dentro, y me los metí en el bolsillo derecho del abrigo, y él cogió su termo y su taza y se fue andando hacia el edificio sin decir buenas noches, y yo salí del aparcamiento a las dos y cinco de la madrugada.

La barrera de la salida tarda tres segundos en levantarse desde que lee la matrícula. Está mal calibrada desde marzo y hay un aviso de mantenimiento que llevo dos meses sin aprobar porque son mil cuatrocientos euros.

Esperé los tres segundos con el brazo derecho apretado contra el volante y la manga empapada, mirando la barrera subir.