Capítulo 25
El contrato de arrendamiento llegó de la gestoría el martes a las nueve y diez, cuatro días tarde, en un PDF de tres megas escaneado del revés, y hubo que girarlo página a página para leerlo.
No hacía falta el anexo.
Salí a las diez y media y estuve allí a las once menos cinco.
Llamé cuatro veces con intervalos y no contestó nadie.
Esperé cincuenta minutos sentada en el coche con el aire puesto, mirando la puerta, como una investigadora de las malas, y a las doce menos diez salió una señora con un carro de la compra y le sujeté la puerta y le pregunté por la segunda B.
—Uy, esa. Ahí no vive nadie.
—¿No?
—Bueno, sí, una chica. —Sacó el carro al escalón—. Pero yo hace dos semanas que no la veo. Antes bajaba a por el pan y ahora nada. Y el buzón lo tiene lleno, que se le sale.
Subí. La puerta del 2.º B es blanca, con el cerco de una mirilla que se cambió en algún momento, y debajo de la puerta hay una franja de dos centímetros por la que no salía luz ni aire ni olor a nada.
Llamé. Escuché con la oreja en la hoja durante un minuto largo.
Dentro había un frigorífico funcionando y nada más.
Bajé, miré el buzón por la ranura y vi propaganda, dos sobres del banco y algo que parecía una notificación con banda de color, de esas que no se pueden abrir sin cometer un delito, y estuve un rato de pie delante de una fila de buzones en el portal de un edificio de Las Rozas pensando exactamente eso: que no se puede abrir sin cometer un delito.
Lo pensé con las dos manos en el bolso. Lo pensé durante minuto y medio, calculando el tipo penal, la pena y la probabilidad, que son las tres cosas que calculo yo, y llegué a la conclusión de que el riesgo era asumible y de que la prueba, si servía de algo, sería inutilizable por la forma de obtenerla.
Y me fui sin abrirlo. Y no me fui por lo segundo.
Delante del portal, en la acera, hay una farmacia de guardia y un locutorio. La farmacia estaba cerrada al mediodía. Entré en el locutorio y pregunté por una mujer de treinta y tres años, morena, que vive en el 2.º B, y el chico del mostrador me dijo que allí entra mucha gente y que él no se fija.
Antes de arrancar hice una cosa más, y la hice porque llevaba desde el domingo dándole vueltas.
Escribí lo que le iba a decir esa noche.
Lo escribí en el móvil, en la aplicación de notas, sentada en un aparcamiento en batería de Las Rozas a la una y veinte de la tarde, y lo escribí como escribo yo, numerado.
Uno: enseñarle los dos documentos sin decir nada y esperar.
Dos: preguntarle desde cuándo lo sabe.
Tres: preguntarle por qué me ha dejado trece días buscando un contaminante en un lote.
Cuatro: preguntarle qué pasó las tres últimas noches, con la boca, en voz alta, en una frase que empiece por un sujeto.
Cinco: preguntarle si él estaba delante.
Llegué hasta once. La once era «preguntarle qué quiere de mí», y cuando la terminé de escribir me quedé mirando la pantalla y entendí que las once preguntas eran once maneras de pedirle que me dijera que yo no soy lo que dice el papel que firmé el veintitrés de mayo.
Borré el documento.
Lo borré entero, con el gesto de tres pasos que hay que hacer para borrar una nota en este teléfono, que es un gesto pensado precisamente para que no se borre nada por accidente.
Y me acordé de las once preguntas todas, sin ningún esfuerzo, mientras conducía.
Volví a Madrid a las dos menos cuarto sin haber conseguido nada, con la certeza de que el piso lleva quince días vacío y con la sensación física —y esto lo escribo porque me pasó y no porque signifique algo— de que había llegado tarde a un sitio al que nadie me había llamado.
En el coche, en la M-505, hice el balance.
Tengo un contrato, una dirección, un buzón lleno, una vecina que hace dos semanas que no la ve y una tarjeta de gastos que se usó por última vez el día trece. Y tengo cuarenta y seis pacientes, una dosis, tres series por delante y una serie esta noche a las diez.
Todo eso ocupa el mismo día.
Eso es lo que nadie explica de esto: que el escándalo moral no te libera la agenda.
Aquella tarde Bran apareció cuatro veces.
La primera en el pasillo de dirección, a las tres y diez, con una carpeta que no llegó a abrir. Me preguntó si había comido. Le dije que sí y era mentira.
La segunda en la puerta de mi despacho, a las cuatro, para preguntarme si había recibido el informe de estabilidad, que me lo había mandado él a las once y que él sabe perfectamente que yo abro el mismo día.
La tercera en la máquina de café, a las cinco y media, donde estuvo tres minutos hablándome de la avería del compresor de la cámara dos, que es un asunto de mantenimiento que no ha llevado nunca.
Y la cuarta a las seis y veinte, en la primera planta, junto al mostrador de control, cuando yo iba a ver a Julia Naval. Esa vez no dijo nada. Levantó la barbilla dos centímetros a modo de saludo y siguió andando, y a los diez pasos se giró.
Las cuatro veces me miró las manos.
No la cara. Las manos. Tengo dos moratones en el dorso de la izquierda que no sé de qué son, el corte del nudillo del índice, que lleva doce días abierto y ha empezado a cerrarse esta semana por los bordes, y en el antebrazo derecho, tapado por la manga, el apósito de la punción del sábado, que me estuvo sangrando tres horas ayer y hoy no.
Es lo que yo miraría.
A las siete menos cuarto subí a su despacho a devolverle el informe de estabilidad firmado y entré sin llamar, porque llevo seis años entrando sin llamar en ese despacho y él en el mío.
Estaba de espaldas a la puerta, sentado, con el monitor grande encendido y el pequeño apagado.
En la pantalla había un dibujo.
No un dibujo a mano: un esquema hecho con el programa de presentaciones de la casa, con las cajas alineadas y las flechas rectas, del tipo que se prepara para enseñárselo a alguien.
En el centro, un rectángulo con las esquinas redondeadas y una etiqueta que ponía «oxigenador de membrana — circuito cerrado».
De él salían cuatro flechas hacia cuatro cajas más pequeñas, y las cuatro cajas tenían nombres de tejido y una cifra al lado.
Endotelio. Médula. Hígado.
Y una cuarta que no llegué a leer entera porque él movió el ratón y la barra de desplazamiento subió sola, y arriba del todo apareció una tabla de dos columnas con un encabezado en negrita.
La columna de la izquierda ponía «tejido» y debajo iba la lista otra vez, con las cantidades a la derecha, en gramos, con un decimal.
Y encima de la tabla, en una casilla con el borde grueso, en el sitio donde en cualquier impreso de esta casa va lo primero que hay que rellenar, ponía una palabra sola.
Origen.
La casilla estaba vacía.
Bran no cerró la pantalla.
Eso es lo que hay que entender de aquel minuto y medio, porque es lo único que ocurrió: un hombre con el que llevo seis años trabajando oyó abrirse la puerta a su espalda, supo que era yo, se giró en la silla lo justo para verme y no tocó el teclado.
En este edificio la gente cierra pantallas. Las cierra cuando entra la limpieza, cuando entra un comercial y cuando entro yo, y no porque escondan nada: porque es lo que se hace. Yo he visto a Bran minimizar una hoja de cálculo de pedidos de fungible tres veces en un año.
Un esquema hecho con el programa de presentaciones de la casa, con las cajas alineadas y las flechas rectas, se prepara para enseñárselo a alguien.
Llevaba una semana apareciendo donde yo estaba.
—Le traigo el informe firmado —dije.
—Déjelo ahí.
Lo dejé ahí.
Y me fui.
Bajé por la escalera en vez de por el ascensor y salí al aparcamiento y me senté en el coche con las llaves en la mano, y estuve así hasta las siete y veinte.
Tenía la pregunta hecha. La tenía entera y en su forma, que es como se me aparecen a mí las preguntas: ¿qué es un oxigenador sembrado y de dónde sale el tejido que se siembra?
Hay una casilla que pone «origen» y está vacía, y las casillas de un impreso se rellenan por orden, y esa es la primera.
Un impreso con la primera casilla vacía no está pendiente de decidirse. Está pendiente de que alguien la firme.
No subí a hacerla.
Y no subí por una razón que puedo escribir en una línea, aunque me haya costado dos días ponerle las palabras. A las diez de la noche yo tenía que bajar a la planta menos dos con dos folios impresos en el bolso y una pregunta de tres días sin hacer, y no podía bajar con dos.
Una por noche. Ese es el ritmo al que se puede vivir.
Escribo esa frase y la miro y sé perfectamente lo que es, porque llevo tres semanas escribiendo frases así en este cuaderno y ya las reconozco a la primera. Es de la misma familia que «no daba tiempo» y que «quería bajar tranquila».
A las ocho y cuarto arranqué y cogí la A-6.
Iba con dos folios impresos en el bolso, con el brazo derecho tirante, con una casilla vacía en la cabeza y con la palabra «origen» encima de una lista de tejidos en gramos.
Y de las once preguntas que había borrado a la una y veinte de la tarde, la única que no dejaba de volver era la quinta, que no estaba en la lista por casualidad y que estaba escrita, palabra por palabra, así:
Si él estaba delante.