Capítulo 24
A Julia Naval la dosis le entró a las nueve y cincuenta del lunes, y a las once ya estaba discutiendo con su hijo por teléfono sobre el seguro del coche.
En el frigorífico de la cámara queda una dosis.
Bajé a la cámara a las diez y cuarto con la excusa de comprobar el registro de temperatura y me quedé mirando la balda como se mira un cajón de casa de otro.
Cuarenta y seis pacientes vivos y una dosis. Y la dosis tiene el nombre de mi madre.
Sergio Naval estaba en el pasillo de la segunda planta a las diez y media, con una carpeta de plástico y la chaqueta doblada en el brazo, esperando a que su madre terminara de discutir por teléfono para poder entrar.
Es un hombre de treinta y nueve años, con la cara cansada de quien viene de trabajar, y me dio la mano con las dos manos.
—Se lo agradezco —dijo—. De verdad.
Le dije lo que se dice.
—Y perdone lo de mayo —añadió.
Me quedé quieta.
—Lo del hierro —dijo—. Que me salió la analítica mal y me tuvieron que dar de baja del programa. Me dijeron que no pasaba nada, que había relevo. Pero yo me quedé fatal, porque lleva uno ocho años en esto y a la primera que te necesitan te sale una anemia como una señora de setenta años.
—No fue culpa suya.
—Ya, pero es que además era la semana esa.
—Se cambió la carpeta de mano—. Que me llamó la de programación un sábado a las nueve de la mañana para preguntarme si de verdad no podía, y yo le dije que el médico me había dicho que no, y ella me dijo vale y colgó, y yo me pasé el fin de semana pensando que a lo mejor podía.
—Hizo usted lo correcto.
—Eso me dijeron.
Se quedó callado un momento, mirando la puerta de la habitación.
—¿Al final vino alguien? —preguntó.
—Sí.
—Menos mal.
Es la conversación más corta que he tenido en esta casa en seis años y es la única en la que he mentido de verdad, porque «sí» es cierto y «menos mal» no lo corregí.
A Elvira Cid la busqué a las cuatro de la tarde.
Está en un despacho de la primera planta que comparte con la responsable de programación y con un armario de historiales que ya no se usa. Tiene cincuenta y tantos años, el pelo corto y una taza con el logotipo de una marca de material sanitario.
Yo llevaba una semana aplazando esta conversación y llevaba una semana diciéndome que la aplazaba por estrategia.
—¿Tiene diez minutos?
—Tengo hasta las cinco menos veinte —dijo, y se levantó a cerrar la puerta.
Le pregunté por el parte de mayo. No le pregunté por Ruth Almazán, ni por las tres noches, ni por el sello. Le pregunté por un parte de programación y por una anotación al margen.
Ella no me preguntó por qué.
Abrió un cajón, sacó una carpeta de gomas, buscó dentro sin dudar y me puso delante una fotocopia. La tenía hecha. La tenía hecha desde antes de que yo entrara por esa puerta y no me dijo desde cuándo.
Es el parte semanal de programación de la semana del dieciocho de mayo, dos folios, con el cuadro de series y la columna de disponibilidad. En la última línea, escrito a máquina, dentro del cuadro de observaciones:
«Sin donantes de relevo en ventana de compatibilidad para las series 4 a 9. Se hace constar a los efectos oportunos».
Y al margen derecho, a mano, con bolígrafo azul y letra grande:
«continuar»
Con la ce minúscula. Sin punto. Sin firma, sin rúbrica y sin fecha, porque una palabra al margen no es un acto administrativo y no necesita ninguna de esas tres cosas para funcionar.
—¿Quién la escribió? —dije.
—Su madre.
—¿Estaba usted delante?
—Le llevé el parte a primera hora. —Movió la taza dos centímetros—. Lo leyó, cogió el bolígrafo, escribió eso y me lo devolvió. Yo estaba de pie al otro lado de la mesa.
—¿Y le dijo algo?
—Me dijo que gracias.
Esperé a que dijera lo siguiente, porque siempre hay un siguiente, y no lo dijo. Se quedó con las manos alrededor de la taza mirándome, sin agresividad y sin ninguna clase de disculpa, con la cara de una mujer que lleva nueve años en un sitio y sabe exactamente cuánto vale su firma.
—¿Por qué lo puso por escrito? —le pregunté.
—Porque era verdad.
—Podía habérselo dicho de palabra.
—Podía. —Bebió—. Y entonces hoy usted estaría preguntándome si me acuerdo.
Eso es lo más inteligente que me ha dicho nadie en esta casa en seis años y me lo dijo una enfermera de programación con una taza en la mano, y lo dijo sin oírse a sí misma. Eso es lo que lo empeora.
Le pregunté si había vuelto a hablar del asunto con alguien.
—No.
—¿Y si se lo preguntan?
—Pues digo lo mismo que le he dicho a usted. —Miró el reloj de pared—. Yo hago partes, señora Vives. Si los partes no sirven para esto, no sé para qué sirven.
Salió a las cinco menos veinte a su turno y me dejó allí con la fotocopia encima de la mesa.
No me despreció. Ese es el detalle que me llevé a casa y el que no me quito. Yo había bajado a ese despacho a que me hiciera algo, no sabría decir el qué, y ella me trató con la misma educación con la que trata a los familiares en el mostrador.
A las siete y veinte bajé, sin serie y sin motivo, y me quedé de pie porque cada vez que me siento se alarga.
Le conté lo del parte. Lo conté en el tono de las cosas de trabajo.
—Elvira Cid —dijo—. La de programación.
—¿La conoce?
—La he oído nueve años por teléfono. —Estaba con el cuaderno cuadriculado—. Llama para confirmar las series. Antes llamaba a las ocho y ahora llama a las siete y media, desde que la niña entra a las nueve.
—¿Qué niña?
—Berta.
Me quedé quieta.
—Doce o trece años —dijo—. Juega al balonmano. Tiene un problema con el brazo derecho desde el invierno, porque en marzo Elvira estuvo tres semanas cambiando el turno de la tarde y lo dijo por teléfono.
Yo apruebo los partes de turno de programación cuatro veces al año. En marzo firmé el del primer trimestre, con los cambios de Elvira Cid dentro, en un bloque, en dos minutos.
No sabía que tuviera una hija.
Él lo sabe porque lleva setenta años en una habitación en la que lo único que entra es lo que dice la gente en voz alta creyendo que allí abajo no hay nadie escuchando.
Me fui a las ocho menos veinte con dos cosas dentro y sin decir ninguna de las dos.
Mi madre estaba en mi despacho a las diez y cuarto de la noche.
Estaba de pie junto a la ventana, con el abrigo de entretiempo puesto y el bolso en la mano, y en las dos horas y cuarto que llevaba el edificio vacío nadie le había preguntado nada porque nadie le pregunta nada.
—Siéntate tú —dijo—. Yo estoy bien así.
No se lo quitó. Ni al principio, ni cuando se sentó por fin en el borde de la silla de las visitas quince minutos después, ni cuando se levantó. Estuvo con el abrigo puesto los veintiséis minutos que duró, y lo entendí a la mitad: venía preparada para que la echara.
—Lo paramos —dijo.
—¿El qué.
—Todo. —Ni levantó la voz ni la bajó—. Mañana por la mañana. Yo firmo el cese del programa, tú redactas lo que haya que redactar, se informa a las familias por orden de vencimiento y se cierra el sótano.
—Se mueren cuarenta y seis personas.
—Se mueren cuarenta y seis personas —dijo—. Empezando por mí, que soy la que tiene la fecha más cerca de las que quedan sin dosis, en cuanto tú le des mi dosis a otro. Que se la des. Esta semana. A quien tú quieras.
Y ahí se calló.
Eso es lo que no me esperaba: que se callara. Mi madre lleva setenta y nueve años terminando las conversaciones y aquella la dejó ahí, en cuatro frases, y esperó.
—¿Por qué ahora? —dije.
—Porque has bajado catorce veces.
—Bajo por el lote.
—Bajas por el lote las noches que hay serie.
Las otras nueve bajas por otra cosa, y las otras nueve las has justificado por escrito, que es lo que hago yo desde mil novecientos noventa y cuatro.
—Cambió el bolso de mano—. Y porque has dejado el hierro y no tienes frío y hoy te ha sangrado la punción tres horas y no se lo has dicho a Bran.
—¿Cómo sabes lo de la punción?
—Porque tienes el puño de la blusa marcado por dentro y llevas todo el día con la manga estirada.
Se hizo un silencio largo y ella no lo llenó.
—Yo pensaba que a ti esto te lo había explicado bien —dijo después—.
Que era una cosa de números. Cuarenta y siete contra uno, y el uno lleva setenta años y no tiene a nadie.
Yo he vivido con esa cuenta desde el noventa y cuatro y me ha servido, Helena, me ha servido perfectamente, y me sigue sirviendo.
—¿Entonces?
—Entonces la cuenta se me rompe si el uno eres tú. —Se levantó—. Y ya está. No tengo un argumento mejor y no te voy a dar uno mejor. Es exactamente lo que dices tú de mí: que no lo hago por decencia. No lo hago por decencia. Lo hago porque eres tú.
Yo llevo desde el día en que entré en esta casa esperando a que mi madre me diera una razón buena para lo que hace, y la única razón buena que me ha dado en seis años me la dio para lo contrario.
Aquí hay que escribir dos cosas más, porque si no la conversación queda mejor de lo que fue.
La primera es que le pregunté por la palabra al margen.
—Elvira Cid me ha enseñado hoy el parte de mayo —dije.
—Ya lo sé. Me ha llamado a las cinco menos veinte.
—¿Y?
—Y escribí continuar. —Ni un titubeo—. Con un bolígrafo azul, un lunes por la mañana, después de leer que no había relevo. No lo voy a matizar, Helena. Lo escribí sabiendo lo que estaba escribiendo, y si me lo enseñan en un juzgado diré exactamente esto.
La segunda es que no me pidió perdón por eso.
Me ofreció morirse y no me pidió perdón, y las dos cosas son la misma mujer, y en veintiséis minutos entendí por fin lo que había venido a hacer en mi despacho el jueves pasado con el abrigo en el brazo. Aquel día yo creí que se estaba justificando.
Estaba avisándome.
Le dije que no.
Le dije que no con la voz de las reuniones, y le dije que cuarenta y seis personas no son un argumento que yo pueda descartar en un despacho a las diez y media de la noche, y le dije que había siete familias que tenían mi palabra por escrito, y le dije que existía una posibilidad razonable de terminar el lote el cinco de julio.
Todo lo que le dije es verdad y lo sostendría delante de cualquiera.
Ella escuchó las cuatro cosas sin interrumpirme, que es algo que no hace nunca, y cuando terminé se quedó mirando la mesa un momento y luego cogió el bolso y fue hacia la puerta.
—Si mañana bajas, ya no vuelves —dijo.
Y se fue con el abrigo puesto.
Yo me quedé sentada en mi despacho hasta las once y veinte, y en algún momento de esos cincuenta minutos hice lo que hago yo, que es revisar mis propios argumentos como si fueran de otro.
Los cuarenta y seis son verdad. Las siete familias son verdad. El cinco de julio es verdad.
Y los tres tienen el mismo defecto: yo los tenía preparados.
Los llevo teniendo preparados desde 2020.
Son las tres cosas que me digo a mí misma cuando firmo algo que no me gusta, y las digo en ese orden, y las he dicho en el consejo, y se las dije a mi madre el jueves pasado, y se las dije el veintitrés de mayo a las once y media de la mañana en la mesa de mi cocina con la radio puesta.
Un argumento que sirve para todo deja de ser un argumento y pasa a ser una fórmula, y las fórmulas las redacto yo.
Y ninguna de las tres cosas era en lo que estaba pensando cuando dije que no.
Cuando mi madre dijo «mañana por la mañana», lo que a mí me apareció en la cabeza, antes que los cuarenta y seis, antes que las familias y antes que la fecha, fue que mañana es martes.
Y que el martes hay serie.