Capítulo 23
La sala de custodia de la primera planta la abre una tarjeta y la mía la abre.
Eso es lo primero que hay que entender de todo esto y es lo que más me ha costado escribir.
Nadie me ha ocultado nada. No he forzado ninguna puerta, no he pedido ninguna clave, no he engañado a nadie.
El domingo por la mañana entré con mi tarjeta en una sala donde se guardan los originales en papel de los últimos siete años, firmé el libro de accesos con mi nombre y mi hora, y estuve dentro cinco horas y cuarenta minutos.
En el libro de accesos, encima de mi línea, la anterior es de hace nueve días.
En pantalla las había visto. En papel son otra cosa, porque en papel se ve la presión del bolígrafo, y la presión del bolígrafo dice quién estaba de pie y quién estaba sentado.
Las seis primeras están escritas con el papel apoyado en una mesa. Se nota en que los trazos van todos hacia el mismo lado, en que los números están dentro de sus casillas y en que el reverso está liso.
Las tres últimas están escritas con el papel apoyado en algo que no es una mesa.
Los renglones suben hacia la derecha, la coma decimal de la temperatura del circuito se sale de la casilla en dos de las tres, y en el reverso, si se pasa el pulgar, se nota el relieve de lo que se escribió por delante, que es lo que ocurre cuando se escribe encima de una superficie dura y estrecha.
Del tamaño, por ejemplo, de la tapa de un carro de curas.
Eso no significa nada por sí solo y no lo voy a poner en ningún escrito. Lo pongo aquí porque estuve veinte minutos con las nueve hojas boca abajo, pasando el pulgar por los reversos, y en las seis primeras no hay nada que notar.
Las nueve hojas son idénticas de estructura. Arriba: lote, serie, fecha. En medio: volúmenes, tiempos, temperatura del circuito. Abajo, tres recuadros de firma, con el cargo impreso debajo de cada uno.
ENFERMERÍA. DIRECCIÓN MÉDICA. DONANTE.
Y al lado, un recuadro más pequeño, sin título, que en el modelo de 2016 se llama «incidencias».
Hojas uno a seis: tres firmas. Recuadro de incidencias vacío en cinco de ellas y con una nota a mano en la cuarta, del dieciséis de mayo, que dice «retraso de veinte minutos en el inicio por avería en la bomba dos».
Hojas siete, ocho y nueve: dos firmas.
El recuadro del donante está en blanco en las tres. No tachado, no con una raya, no con la palabra «no consta». En blanco, del mismo blanco que el resto del papel, con el cargo impreso debajo esperando una firma que no llegó.
Y en el recuadro de incidencias, el sello.
Puse las tres hojas en fila encima de la mesa de la sala de custodia y las miré una hora.
Las horas están bien anotadas. Eso es lo que me tuvo una hora.
Las tres noches, inicio a las veintidós horas y cierre entre las veintitrés cuarenta y las veintitrés cincuenta y cinco.
Escritas con letra clara, sin tachones, en el hueco que les corresponde.
Alguien anotó bien la hora a la que empezó y a la que terminó cada una de esas tres noches, y ese mismo alguien dejó el recuadro del donante en blanco y puso un sello.
La casa no ocultó nada. La casa lo apuntó.
Después subí al archivo y le pedí a Nieves Cabral el manual de identidad corporativa de 2016, que es el que trajo el sello, y le pedí también las otras seis hojas donde ese sello aparece en diez años.
Me las tenía localizadas desde el jueves, porque se lo había preguntado y porque ella hace las cosas.
Son seis y ninguna se parece a las mías.
Lote 302, 2018: un donante que no completó el segundo paseo por mareo. Se anota, se sella, se termina la serie con permanencia reducida.
Lote 311, 2020: un donante que se quedó dormido en la permanencia. Se anota, se sella, se le despierta, sigue.
Lote 317, 2021: una donante que pidió parar a los veinte minutos. Se anota, se sella, se suspende la serie y se repite cuatro días después con su firma.
Los otros tres, iguales. Un vómito, una vía que se salió, una discusión con la enfermera por la temperatura de la sala.
La del 317 la leí tres veces.
Es de octubre de 2021, de una donante de la que solo sé el código, y en el recuadro de incidencias, además del sello, hay dos renglones escritos a mano por la enfermera de aquella noche, que no era Loreto: «La donante manifiesta a los 20 min que desea interrumpir.
Se interrumpe. Se retira vía a las 22:31. Se informa a dirección médica».
Se interrumpe.
Dos palabras, en presente, con la naturalidad de quien anota una cosa que se hace todos los días porque está escrita en un protocolo que ella se sabe. Aquella noche esta casa perdió una serie, retrasó un lote y no le pasó nada a nadie.
El manual de identidad de 2016 tiene el sello en la página cuarenta y uno, entre el número diez, que es el de «copia no válida a efectos de registro», y el doce, que es el de «pendiente de visado».
Los tres se aprobaron en el mismo anexo, con cargo a la misma partida de imprenta, doscientos ochenta euros los once sellos, y el anexo lo firmó dirección médica.
El sello existe para eso. Alguien en 2016 se sentó a pensar qué pasa cuando un donante no colabora del todo, escribió dos palabras dentro de un óvalo, lo pasó por el anexo de aprobación con las otras diez marcas del manual y lo metió en un cajón, y durante diez años ese sello ha servido para dejar constancia de que una señora tenía frío.
En seis de los nueve usos, la persona firmó después.
En los tres míos no hay ninguna firma después.
A las dos menos cuarto de la tarde de un domingo me senté en la mesa de la sala de custodia con las nueve hojas, el listado de accesos, el bloque de programación y el parte del mes de mayo, y monté la lista.
Enfermería, las nueve noches: Loreto Vigil.
Dirección médica, las nueve noches: Ismael Bran.
Presidencia, las tres últimas, tarjeta de acceso a las 21:52, 21:55 y 21:50, salida a las 23:48, 23:52 y 00:04: Mercedes Vives.
AUX-2 y AUX-6, las tres últimas: en el parte de turnos de mayo, con nombre y apellidos, Aitor Nieto y Sabino Puga, celadores, contratados en 2019 y en 2013.
A los dos los he visto. A Sabino Puga le firmé yo la prórroga del contrato en enero, en un bloque de nueve prórrogas, y me acuerdo de su nombre porque en el listado iba el primero.
A Aitor Nieto lo tengo puesto de cara: es el que sube las bombonas de la máquina de agua de la segunda planta y el que saluda a todo el mundo en el ascensor.
Ninguno de los dos cobra dos mil euros. Los dos hacen turnos de doce horas.
En el parte de mayo, las tres noches en cuestión aparecen con el epígrafe «apoyo en planta menos dos», que no es un epígrafe habitual, y con un complemento de cuarenta y dos euros por noche que sí lo es, porque es el que se paga por cualquier apoyo fuera de la unidad asignada.
Ciento veintiséis euros cada uno, en la nómina de mayo, dentro de un concepto que se llama «complementos varios» y que yo apruebo en un total.
El parte de programación donde se lee «sin donantes de relevo para las series 4 a 9», con la palabra «continuar» escrita al margen: lo redactó Elvira Cid.
El sello del registro de la planta baja a las 23:41 del veintidós de mayo lo puso, según el cuadrante de aquella noche, Amparo Bea, auxiliar de recepción.
Y la autorización de continuidad terapéutica excepcional del veintitrés de mayo la firmé yo.
Ocho.
Llevo tres semanas escribiendo «la casa» en este cuaderno. La casa lo apuntó, la casa contestó tarde, la casa tiene un sello para esto. Es una palabra muy cómoda. Se puede usar mil veces sin que nadie se ofenda, porque una casa no tiene manos.
Ocho personas. Dos de ellas cobran mil cuatrocientos euros al mes por hacer turnos de doce horas, y una de ellas es mi madre, y otra soy yo.
Y una cosa más, que no vi el miércoles porque estaba leyendo los números de ella. El protocolo fija la permanencia en cincuenta y cinco minutos y dice, en la línea de abajo, que por encima se hace constar. Las tres últimas de ella fueron cincuenta y ocho, sesenta y uno y sesenta y cuatro.
La mía de la cuarta fue de cincuenta y ocho. El volumen entró a las diez y diecisiete y Loreto vino con el carro a las once y cuarto.
Tampoco consta, y el apartado donde constaría lo dejé yo sin tocar en 2023.
Fotografié las nueve hojas a las tres y cuarto de la tarde.
No con el móvil de la empresa. Con el mío, el personal, el que pago yo y en el que no hay ninguna aplicación de la casa, apoyando cada hoja en la mesa junto a la ventana para que entrara luz por la izquierda, con el original completo dentro del encuadre y sin recortar, que es como se hace cuando una foto va a tener que valer para algo.
Nueve fotos. Después las tres hojas del sello, las seis hojas de los otros usos, el parte de mayo, el listado de accesos y las dos páginas del libro de accesos con mi propia línea del domingo, que también hay que fotografiarla, porque en el momento en que esto lo mire alguien de fuera lo primero que va a preguntar es quién entró en esa sala y cuándo.
Devolví la caja al estante. Dejé la sala como estaba. Firmé la salida a las tres y treinta y ocho.
En casa las imprimí. Tengo una impresora de 2019 que va mal y tarda, y estuvo veinte minutos.
A las diez menos diez me llamó Loreto al móvil.
—No hay serie —dijo—. Se lo digo porque a veces la gente se lía con los días.
—Ya lo sé. La sexta es el martes.
—Eso. —Una pausa corta—. ¿Necesita algo de aquí abajo?
Le dije que no.
Y me quedé con el teléfono en la mano, de pie en mi cocina, a las diez menos diez de la noche de un domingo, con la tarjeta en el bolso, a cincuenta y dos minutos de coche.
En cinco semanas he bajado a la planta menos dos catorce veces. Cinco por serie y nueve porque me dio la gana, y las nueve las he justificado por escrito, en un parte, con una razón.
Aquella noche había cuatro razones perfectamente defendibles para bajar: preguntarle si estuvo delante, preguntarle por qué no me lo dijo, preguntarle qué vio, y comprobar la temperatura del anexo, que lleva dos días alta.
No bajé.
No fue una decisión sufrida. La tomé de pie, en la cocina, en el tiempo que se tarda en dejar un teléfono encima de la encimera, y después me senté a trabajar y no volví a acordarme hasta pasada la medianoche, y a esa hora de lo que me acordé fue de la temperatura del anexo.
Tampoco fue una decisión limpia, y aquí es donde tengo que ser exacta conmigo misma o no sirve de nada este cuaderno.
No dejé de bajar porque le tenga miedo, ni porque me dé asco, ni porque haya decidido nada sobre él. Dejé de bajar porque tengo cuatro preguntas y ninguna de las cuatro se puede hacer una sola vez.
Si le pregunto si estuvo delante, él contesta. Y a partir de esa respuesta yo tengo dos cosas: lo que él diga y la cara con la que lo diga, y las dos van a entrar en el mismo sitio donde tengo guardadas las nueve hojas, y las van a mover.
Un abogado que va a una diligencia con la prueba a medio montar sale de la diligencia con la prueba peor. Eso se lo he dicho a clientes cien veces, con esas palabras, y es de las pocas cosas que sé de verdad.
Así que no bajé. Y me quedé en mi cocina un domingo por la noche montando la prueba, que es lo que sé hacer, y sabiendo que llamar estrategia a esto también es lo que sé hacer.
Puse las nueve hojas en fila encima de la mesa de la cocina, de izquierda a derecha, por orden de serie.
Las cuatro primeras están en la parte de la mesa donde se come. La séptima, la octava y la novena quedaron en el borde, contra la pared, donde no llega bien la lámpara.
Estuve mirándolas de pie hasta pasadas las tres, con la mano en el respaldo de la silla, sin sentarme.
Hay una firma de enfermería, una de dirección médica y un blanco.
Hay cinco tarjetas entrando entre las nueve y cincuenta y las diez y cinco.
Hay un sello que se inventó para una señora que tenía frío.
Y hay una habitación, y una butaca, y un hombre que estuvo en esa habitación las tres noches porque esa habitación es donde vive.