Capítulo 22
El visor tardó nueve segundos esta vez.
El siete viene en papel de la casa, con el membrete, el pie de página con el número de sociedad y el registro mercantil, y el bloque de firma abajo a la derecha. Ocupa media página y el texto son cuatro líneas.
«AUTORIZACIÓN DE CONTINUIDAD TERAPÉUTICA EXCEPCIONAL
Vista la situación de riesgo vital de la serie en curso, se autoriza la continuidad terapéutica excepcional del protocolo iniciado, sin perjuicio de la revisión posterior de las condiciones de participación.
Madrid, 23 de mayo.
Fdo.: Helena Vives. Directora jurídica.»
La firma es la mía. No la firma escaneada que tiene administración para los papeles de trámite: la mía, hecha con el dedo en la tableta, con el trazo grueso y el rabo corto que me sale cuando firmo en pantalla y que yo distingo de la de papel a un metro de distancia.
Estuve mirándola un rato.
Lo que hice después es lo que hago siempre y lo que no debería haber hecho nunca: me puse a reconstruir.
El veintitrés de mayo era sábado. Yo estaba en mi casa.
Me llegaron once documentos a firma aquella mañana, en el paquete de fin de semana que manda administración los viernes por la tarde para que los del consejo no tengamos que entrar en el sistema, y los firmé en la tableta entre las once y las dos, en la mesa de la cocina, con la radio puesta.
Me acuerdo de tres de los once. Me acuerdo de la renovación del contrato de la empresa de lavandería, porque subían un cuatro por ciento y anoté que había que renegociarlo en septiembre. Me acuerdo de un poder para pleitos. Y me acuerdo de este.
Me acuerdo de este.
Me acuerdo de la mesa. Tenía a la izquierda una taza y a la derecha la tableta apoyada en la funda, en el ángulo que se le pone cuando se va a estar un rato.
En la radio daban un programa de los de la mañana del sábado, de esos en que la gente llama para contar cosas.
Fuera hacía calor y había una obra en el patio de la finca de al lado que llevaba tres semanas empezando a las nueve, y aquel sábado no empezaron y me acuerdo de haberlo agradecido.
Me acuerdo del orden. Los once documentos vienen en una lista y se van pasando con el dedo, y este era el séptimo o el octavo, en la parte en que una ya lleva un rato y va más rápido.
Y me acuerdo de que en este bajé la velocidad.
No me acuerdo de haberlo firmado sin mirar, ni de haberlo firmado deprisa, ni de haber estado pensando en otra cosa. Me acuerdo de haberlo leído, porque leí la palabra «continuidad» y me paré en ella.
Una continuidad se autoriza cuando algo se ha interrumpido, o cuando algo debería interrumpirse.
Eso lo sabe cualquiera que haya redactado un contrato en su vida.
Y una «revisión posterior de las condiciones de participación» es una frase que se pone en un papel cuando las condiciones de participación de alguien están mal y se ha decidido no arreglarlas hoy.
Yo leí las dos cosas. Las dos. El sábado veintitrés de mayo, a media mañana, con la radio puesta.
Y tuve la pregunta hecha. La tuve entera y en su forma: ¿continuidad de qué, y a costa de quién?
No la escribí en el campo de observaciones, que está justo debajo y que tiene cuatro renglones. No llamé a Bran, que estaba localizable. No llamé a mi madre, que a esa hora estaba en su casa a doce minutos de la mía. No abrí el expediente del lote, que lo tenía a dos pulsaciones.
Firmé, pasé al siguiente, que era el poder para pleitos, y bajé a comprar pan.
Hay algo más y es peor, y lo escribo porque si no lo escribo mañana ya me habré hecho una versión.
«Riesgo vital de la serie en curso.»
Una serie no tiene riesgo vital. Una serie son nueve noches, un circuito calentado y un formulario.
El riesgo vital lo tienen las personas. Cuando en un documento el peligro se le atribuye al procedimiento y no a nadie, es porque quien lo redactó necesitaba que la frase se sostuviera sin nombrar a un ser humano, y eso no pasa por casualidad: yo he elegido el sujeto de una frase así docenas de veces y sé exactamente cuánto se tarda en elegirlo.
Lo que quiere decir «riesgo vital de la serie en curso» es que si la serie se paraba no había lote. Y si no había lote, se morían cuarenta y siete personas a lo largo del verano.
Eso yo lo entendí el veintitrés de mayo. No hay ninguna manera honesta de decir que no lo entendí, porque es el único significado posible y porque llevo seis años firmando los informes trimestrales donde ese número aparece en la primera página.
O sea que aquella mañana, con la radio puesta, yo leí una autorización de continuidad, entendí que continuar tenía un coste que no se nombraba, entendí a cambio de qué, hice la cuenta que hago siempre —una persona contra cuarenta y siete— y firmé sin preguntar cuál era la persona.
La redacción no es mía. Eso lo sé por el estilo: yo no escribo «sin perjuicio de» al final de una frase, lo escribo al principio.
El documento me llegó hecho en el paquete de administración y alguien lo redactó el viernes por la tarde o el sábado por la mañana, y averiguar quién es cuestión de pedir el histórico de versiones.
Lo voy a pedir. Y no me sirve de nada, porque debajo de esas cuatro líneas no hay más que una firma y es la mía.
Llevo seis años creyendo que lo peor que he hecho en esta casa lo hice en 2020, con un informe que leí, entendí y guardé en un cajón, y he construido encima de esa creencia una manera bastante cómoda de levantarme por las mañanas.
Una tiene su pecado, lo conoce, lo lleva puesto, y como lo conoce se comporta como si eso la vacunara de todo lo demás.
Mi pecado no tiene seis años. Tiene un mes menos que este verano.
Y entre las dos cosas hay una diferencia que no me favorece en ninguno de los dos sentidos: en 2020 yo enterré un papel sobre un hombre al que no conocía.
El veintitrés de mayo autoricé la continuidad de un procedimiento sobre una mujer que catorce horas antes había subido a un mostrador media cuartilla escrita con la letra torcida.
Catorce horas. Ella a las once y cuarenta y uno de la noche, yo a la una y cuarenta y uno de la tarde del día siguiente.
Salí del coche.
Vomité en el arcén de la M-601, apoyada en la aleta delantera derecha, con las luces de emergencia todavía puestas, y tardé bastante, y la última fue en seco.
No había nadie.
Eso es lo que hay que decir de aquello y no hace falta decir nada más. No había nadie. Me limpié con una servilleta de papel de la guantera, de las del área de servicio, y me enjuagué con agua de una botella que llevaba tres días en el asiento de atrás y estaba caliente.
Cuando volví a sentarme al volante ya no era la misma cosa.
Hora y media antes, en una cama de noventa, un hombre me había cogido la muñeca izquierda con dos dedos y había contado. Yo lo había recordado dos veces mientras conducía y las dos veces me había puesto la mano en la muñeca.
Me la puse otra vez, allí, con el motor apagado, y lo que me salió no fue eso.
Lo que me salió fue una cuenta. Los quince segundos. Los labios moviéndose. Setenta años de habitación con una lámpara.
Y la blusa doblada en tres, con el borde hacia fuera, encima de una silla.
Ese es el problema y me lo dejo escrito así, sin arreglarlo: no puedo devolver esas dos imágenes a como estaban. Lo he intentado. No se puede.
Estuve en el arcén hasta las cuatro menos cuarto.
Durante esas dos horas hice lo único que sé hacer, que es ordenar, y tengo que escribir con qué ordené, porque me define mejor que cualquier otra cosa de este cuaderno.
No pensé en llamar a Ruth Almazán, cuyo número tengo en el móvil desde hace once días.
No pensé en llamar a Nuria Salvat.
Pensé en la cadena.
Pensé que dos documentos no son nada. Que un escrito de retirada y una autorización de continuidad, aislados, admiten una explicación clínica que Bran puede redactar en veinte minutos y que mi madre puede sostener delante de un inspector sin despeinarse: hubo riesgo vital, se decidió continuar, se revisó después.
Pensé que si yo entraba el lunes por la mañana en el despacho de dirección con esas dos capturas de pantalla, lo que pasaba era que a las once de la mañana el apartado de incidencias del trescientos treinta y uno estaba cerrado por el conducto de partes, a las doce yo tenía un expediente disciplinario abierto por acceso indebido y a la una la quinta serie de este lote era la última.
Pensé que necesitaba la cadena de custodia entera, entrada por entrada, con las horas y con los nombres, y que la cadena de custodia estaba en papel, en la sala de custodia de la primera planta, y que el domingo hay dos personas en todo el edificio y ninguna de ellas me va a preguntar qué hago allí.
Todo eso es verdad. Es lo que le habría aconsejado a un cliente y es lo que voy a hacer.
Y también es verdad que ordenar una cadena de pruebas es una manera excelente de pasar cuatro días sin decirle a nadie lo que sé.
Arranqué a las cuatro menos cuarto y llegué a casa a las cuatro y veinte, y bajé al garaje, y aparqué en mi plaza, y apagué el motor.
No subí.
Me quedé allí sentada con el móvil en la mano y la pantalla apagada, y a las cinco y cuarto entró un coche y salió otro, y a las seis pasó el del reparto de la panadería que descarga en la puerta de al lado, y a las seis y media empezó a entrar luz por la rampa.
En algún momento de esas dos horas hice una cosa que no me esperaba, que fue intentarlo.
Cerré los ojos y traje a propósito la habitación entera.
La lámpara de la pantalla quemada. El jersey en el suelo.
La conversación del lavavajillas. Los cuatro meses cargando al sol en el cuarenta y nueve.
Lo traje todo en orden, como se ordena un expediente, con la intención expresa de comprobar si seguía en pie.
Sigue en pie. Ese es el problema y por eso lo escribo aquí y no en otro sitio.
No se me ha puesto feo. No se me ha convertido en otra cosa. Fueron dos horas buenas y siguen siendo dos horas buenas, y encima de esas dos horas buenas hay ahora media cuartilla de papel de bloc con la letra torcida, y las dos cosas ocupan el mismo sitio y no se estorban.
Yo esperaba asco. Habría sido más cómodo el asco.
A las seis y cuarenta y cuatro amanece en Madrid en junio.
Lo sé porque lo miré en el móvil a las cinco de la mañana, sin ningún motivo, como se miran las cosas a las cinco de la mañana. A las seis y cuarenta y cuatro yo seguía en el asiento del conductor, en la plaza treinta y uno, con el motor apagado y el abrigo puesto.
Y la cuenta que llevaba haciendo desde las tres y media era esta.
La retirada es del veintidós. Mi firma es del veintitrés. La novena serie es del treinta y uno de mayo.
Entre una cosa y la otra caben tres.