Perpetua Capítulo 21
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Capítulo 21

La quinta fue fácil, y hay que decirlo así, porque es lo que fue.

Doce minutos de vía. Cuarenta y ocho de permanencia.

Ni frío, ni náusea, ni el zumbido detrás de la oreja que me duró tres días después de la primera.

Apreté la pera cada quince segundos sin contar, hice los dos paseos sin que nadie me llevara del codo y en el segundo fui yo la que empujaba el pie de suero.

Loreto me tomó la tensión a la media hora y levantó las cejas medio centímetro, que en ella es una exclamación.

—Ciento diez sobre setenta —dijo.

—¿Y eso qué es?

—Eso es lo que tenía usted en el reconocimiento de empresa de hace dos años. —Enrolló el manguito—. En una quinta no lo tiene nadie.

Se lo apuntó en el registro y no dijo nada más, y a las once y veinte, cuando terminó el retorno, recogió el carro y se fue con el aspirado en la nevera de transporte, y en la puerta hizo una cosa que no había hecho nunca: se paró y me miró a mí y no al monitor.

—Descanse mañana —dijo—. Domingo. No coja el coche.

Le dije que no lo cogería.

Cuando se cerró la puerta eran las once y media de la noche de un sábado y no había nada que hacer.

Eso es lo raro, y tardé un rato en darme cuenta de por qué la habitación se había quedado tan grande.

En las cuatro anteriores siempre había algo en marcha: una vía abierta, una cuenta, un tiempo que cumplir, un papel que rellenar.

Aquella noche, a las once y media, el procedimiento había terminado, el producto estaba en una nevera camino de la centrífuga y quedábamos dos personas en una habitación a veintiún grados sin ninguna tarea.

Él se había puesto el jersey. Estaba de pie junto a la mesa, ordenando el cuaderno cuadriculado y los dos bolígrafos, que los deja siempre en paralelo al borde.

—¿Le queda algo del té ese que le trajo Loreto? —dije.

—Me queda todo. Está malísimo.

Nos lo bebimos igual, sentados, él en la silla de la mesa y yo en la butaca, con la lámpara encendida y la del techo apagada.

Y hablamos hora y media.

No voy a reproducirlo entero porque no se puede: no había ni una sola frase importante.

Hablamos del té. Hablamos de un pueblo de la sierra donde yo pasaba los veranos y que él conoce por la carretera vieja, de cuando la carretera vieja era la única.

Hablamos de si merece la pena tener lavavajillas para una persona.

Él dice que no y lo argumentó cuatro minutos, con datos de consumo de agua que se sabe porque los leyó en un suplemento del sábado, y yo le dije que quien friega dos platos al día opina distinto de quien no friega ninguno, y se quedó callado y luego dijo que tenía razón y que era un argumento tramposo por mi parte, y las dos cosas eran verdad.

En hora y media no dijo la palabra lote. No dijo el nombre de Bran. No preguntó por el tres de julio, que es la fecha que él mismo me repite desde la noche del cortauñas, ni por cuántas dosis me quedan, ni por mi madre, ni por la sexta, hasta que la saqué yo.

En su sitio, yo tampoco habría preguntado. Cuando por fin se está cómodo con alguien de quien se depende, lo último que se hace es recordarle de qué depende uno.

Eso lo escribo ahora. Aquella noche lo que pensé fue que estábamos hablando de lavavajillas.

Me contó lo del cuarenta y nueve.

—Esta —dijo, y se tocó la clavícula por encima del jersey—. Un hierro de entibación. Se soltó de la cuña y me entró por aquí y me salió por debajo. Trece centímetros.

—¿Cuánto estuvo parado?

—Siete semanas. Y las siete semanas no son lo que le estoy contando.

Esperé.

—Lo que le estoy contando es que cuando volví no quería entrar.

—Se pasó el pulgar por el borde de la taza—.

En la galería, a partir del cruce, había un tramo de doscientos metros sin luz fija.

Ibas con la lámpara y ya está. Y yo, después de aquello, en ese tramo, tenía que pararme y contar hasta veinte antes de seguir.

—¿Y qué hizo?

—Pedir la cuadrilla de fuera. —Se encogió de hombros—. En el lavadero, cargando. Y me la dieron, porque estaba el papel del médico. Y estuve cuatro meses fuera y todo el mundo lo sabía.

—¿Y?

—Y se rieron. —Dejó la taza—. No con maldad. En una mina se ríen de todo el mundo por algo. De mí se rieron por eso durante cuatro meses y yo me reí también, y luego volví adentro y se acabó.

—¿Y qué le da vergüenza de eso, exactamente?

Tardó lo suyo.

—Que me la dieran —dijo—. Que pidiera irme fuera y me dejaran. Éramos ciento veinte y a los demás también les daba miedo aquel tramo, y ninguno pidió nada. Yo pedí y me lo dieron por el papel, y me pasé cuatro meses cargando al sol pensando que a mí me habían dejado salir.

Es la única cosa que me ha contado de sí mismo que no me ha contado para conseguir algo, y lo pensé en ese momento, sentada en la butaca, con una taza en la mano, y me lo creí entero.

A las doce y veinte me equivoqué en una fecha.

Estábamos hablando de la sexta, que era lo más parecido a un asunto de trabajo que habíamos tocado en hora y media, y dije el miércoles.

—El martes —dijo él.

—El miércoles. Setenta y dos horas desde hoy es...

Y me paré, porque la cuenta no salía, y la hice otra vez y no salía, y la hice una tercera con los dedos encima de la rodilla como una niña, y salía martes.

Me reí. Me reí con ganas y en voz alta, sola, durante unos segundos, mientras él me miraba.

—Llevo veinte años sin equivocarme en una fecha —dije—. Veinte. Es literal. Es mi trabajo.

—Ya.

—No, escuche, es que es gracioso. —Y me seguía riendo—. Yo he corregido fechas a notarios.

—Ya —dijo otra vez, y no se rió.

Aquello duró cuatro segundos y después se me pasó y no volví a pensarlo, y la conversación siguió por otro sitio, y aquí lo escribo entero porque fue exactamente así: yo me reí y él no.

A la una menos veinte me levanté de la butaca y fui hasta la mesa y le quité el bolígrafo de la mano.

No hubo conversación previa. No hubo un momento en que uno de los dos dijera algo que llevara al otro.

Yo llevaba hora y media sentada en una butaca de piel marrón hablando de lavavajillas con un hombre al que había besado el miércoles y que no había vuelto a mencionarlo, y a la una menos veinte me levanté y le quité el bolígrafo de la mano y lo dejé encima de la mesa, en paralelo al borde, porque me pareció que eso le iba a hacer gracia.

Le hizo gracia. Fue lo último que le hizo gracia aquella noche.

Lo besé de pie, con las dos manos en la cara. Él tardó lo mismo que la otra vez, esos dos segundos suyos, y después no tardó nada más.

—Aquí no —dije.

—¿Dónde.

No lo preguntó. Lo dijo.

Su habitación está detrás, al otro lado del tabique de la sala, y tiene una puerta que no cierra con llave porque no tiene llave.

Yo había estado dentro dos veces, las dos de pie y con un maletín en la mano.

Hay una cama de noventa con una manta de cuadros, una mesilla, una estantería con ciento y pico libros, un armario y una lámpara de pie con la pantalla quemada por un lado.

—Esto lo he elegido yo —dije, ya dentro—. Quiero que quede claro.

—Queda claro.

—Y las condiciones son las del miércoles.

—Las del miércoles. —Se sentó en el borde de la cama, para no estar de pie—. Dígamelas otra vez.

—No me sujeta. No se me pone encima. Nada que me impida levantarme.

—Vale.

Y ya está. Eso es todo lo que se dijo, y después estuvimos hora y cuarto y no hubo ninguna otra frase que sirviera para decidir nada.

Le saqué el jersey por la cabeza y me tocó a mí reírme de cómo se le quedó el pelo, y él dejó que me riera y esperó. Le abrí la camisa como el miércoles pero esta vez sin prisa y mirándole las manos, que las tenía encima de las rodillas, quietas, esperando a que yo se las pusiera en algún sitio.

Se las puse.

Lo hice todo yo y él hizo exactamente lo que le fui diciendo, y en algún punto de la primera media hora dejé de decírselo con palabras y se lo dije con las manos, y funcionó igual.

Hay una cosa que aprendí allí y que no sabía.

Cuando el otro no toma ninguna iniciativa que no le hayas dado, lo que aparece es responsabilidad, y aparece exactamente en el sitio donde una esperaba control.

Cada cosa que pasaba había pasado porque yo la había pedido, y eso me obligaba a saber qué quería con una precisión que no había tenido nunca con nadie, y a decirlo, y a decirlo dos veces cuando la primera no había quedado clara.

Le pedí que se estuviera quieto y se estuvo quieto tanto rato que se lo tuve que perdonar.

Hubo una parte, en medio, en que me quedé sentada en el borde de la cama y él en el suelo delante de mí, de rodillas, con las manos en mis muslos y sin subirlas, esperando, y estuvimos así lo que dura una canción larga, y no fue una postura que yo hubiera pedido: la buscó él y luego se paró y me miró para que yo dijera algo.

Dije que sí.

Es la única vez en toda la noche que él propuso y yo acepté, y me acuerdo de haberlo notado en el momento y de que me gustó que lo notara, y de haber pensado, con la cabeza echada hacia atrás y la mano en su nuca, que aquello era exactamente lo que había estado buscando el miércoles cuando me bajé de una camilla.

La habitación no tiene ventana. Hay una rejilla en la pared de la izquierda, a la altura de la butaca, por la que baja el aire del anexo técnico, y la lámpara de la pantalla quemada hace un cerco amarillo en el techo.

A la una y media de la madrugada un sótano a veintiún grados con una lámpara encendida se parece bastante a una casa.

Le pedí lo otro y fue distinto: ahí no hubo que decirle nada.

Tiene setenta años de mirar cuerpos en una habitación con una lámpara y sabe qué está pasando dentro de una persona antes de que se lo diga la persona, y esa noche me pareció que era atención.

Me lo pareció mientras estaba ocurriendo y me duró hasta las dos de la mañana.

Me subí encima con los dos pies en el suelo, que era la única postura que yo había puesto por escrito, y a los cinco minutos me di cuenta de que ya no la mantenía por lo que la había puesto y de que la seguía manteniendo, y me quedé así.

Él tenía la espalda contra la pared y una mano abierta en mi espalda, sin presión, del modo en que se sostiene una cosa que no se quiere sujetar.

—Tú no...

Lo empecé así y lo terminé de otra manera.

—Usted no tiene que quedarse quieto todo el rato.

—No me estoy quedando quieto —dijo—. Me estoy quedando aquí.

Una frase. Una en toda la noche. Y la dijo con la respiración rota y sin ninguna intención de que sonara a nada, que es exactamente lo que hace que me acuerde de ella.

Después estuvimos un rato largo sin hablar y sin dormirnos.

Y entonces, sin decir nada, me cogió la muñeca izquierda con dos dedos, la giró y se quedó mirando el reloj de la pared.

Estuvo quince segundos. Movió los labios. Me soltó.

—Noventa y seis —dijo—. Baja usted rápido.

Lo dijo como quien informa de un dato que le parece bueno, y a mí en aquel momento me pareció lo más íntimo que me había hecho nadie en años: un hombre desnudo en una cama de noventa contándome el pulso a la una y media de la mañana porque le importaba.

Después se levantó, cogió mi blusa del suelo y la dobló.

La dobló como me había enseñado el viernes. Boca abajo, las mangas hacia dentro en diagonal, en tres a lo largo y el último pliegue hacia fuera, y la dejó en la silla con el borde suelto por delante, para que se pudiera coger a oscuras.

Yo me reí otra vez, desde la cama, y le dije que no había ninguna cadena.

—Ya —dijo—. Es la mano.

Salí de la planta menos dos a las dos menos diez de la madrugada. Subí en el ascensor con el pelo mojado del grifo y la cara de alguien que va a dormir bien. En el vestíbulo el vigilante de noche me dijo buenas noches, señora Vives, y yo le dije que hasta el lunes, y lo dije contenta.

Eso hay que escribirlo también. Salí contenta.

En el coche, antes de arrancar, hice lo que hago siempre: cogí el móvil de la guantera y miré si había algo.

No había nada. Lo que había era la sesión del sistema clínico todavía abierta en el navegador del móvil, en la octava pestaña, con la tabla de dos líneas, porque cuatro horas antes la había dejado en pantalla en el ordenador del despacho y este sistema sincroniza la última vista.

331/INC/06.

El visor de escaneados, en el móvil y con la red del aparcamiento, tardó cincuenta segundos.

Es media cuartilla. Papel del bloc de la casa, con el membrete arriba y la cuadrícula fina. Está escaneada torcida, con una sombra en el margen derecho de la mano de quien la sujetó contra el cristal, y tiene las cuatro marcas de haber estado doblada en cuatro, o sea de haber estado en un bolsillo.

La letra es de imprenta, grande, y se va hacia abajo al final de cada renglón.

Pone:

«Yo, Ruth Almazán Vidal, donante A-03, retiro mi consentimiento y solicito el cese inmediato del protocolo.

No quiero seguir. Ya lo he dicho hoy en voz alta, dentro, y lo pongo aquí porque me han dicho que lo ponga aquí.

22 de mayo, 23:35.»

Y debajo, el sello del registro de la planta baja, con la fecha y la hora impresas en la banda: 22-05, 23:41.

Seis minutos.

Escribió eso a las once y treinta y cinco de la noche, dentro, y a las once y cuarenta y uno estaba sellado en el mostrador de recepción, que está a dos plantas y un ascensor.

Alguien se lo subió.

Yo no me moví del aparcamiento durante once minutos. Después arranqué, salí a la M-601 y a los cuatro kilómetros me metí en el arcén, puse las luces de emergencia y me quedé allí.

Abrí la analítica del lote en el móvil, que la tengo descargada desde el primer día, y busqué la línea del cortisol de las tres últimas series. Es un número que llevo mirando tres semanas. Lo he citado en un informe. Lo he defendido en una reunión con la palabra «conservación».

Lo miré otra vez y ya no se dejó mirar como un número.

Me quedé con la mano izquierda en el volante y la derecha rodeándome la muñeca izquierda, y me di cuenta a los pocos segundos, y no me solté.

Leí la media cuartilla cuatro veces. La cuarta la leí en voz alta, sola, en un coche parado en el arcén de la M-601 a las dos y veinte de la madrugada, con las luces de emergencia dando en los eucaliptos del talud cada segundo y medio.

Y cuando terminé volví atrás, a la tabla, porque la tabla tiene dos líneas.