Capítulo 20
El expediente del trescientos treinta y uno tiene treinta y ocho páginas y le falta un tercio.
Llevaba tres días pidiendo ese tercio por escrito a tres personas distintas, y en los tres correos había usado la palabra «carpeta», que es la palabra que usa alguien que lleva seis años en una casa y no ha mirado nunca cómo funciona la casa por dentro.
En este sistema, ese tercio es una pestaña.
Lo encontré el sábado a las siete y media de la tarde, sola y por accidente, que es como se encuentran las cosas que están a la vista.
Antes había hecho lo que se hace.
El miércoles a Bran, que me contestó por escrito y bien: el apartado de incidencias de la serie corresponde al bloque de programación, se solicita por el conducto de partes con el visto bueno de dirección.
El jueves a programación, donde una mujer que no era Elvira Cid me dijo que ellos no custodian nada, que ellos generan, y que lo custodiado está en el expediente.
El viernes a Nieves Cabral, que estuvo cuarenta minutos buscándomelo en el archivo físico y me llamó para decirme que allí no había nada de mayo del trescientos treinta y uno, y que lo sentía, y que si quería le echaba otro rato el lunes.
Tres personas, tres respuestas correctas, ninguna mentira y ningún documento.
Es la clase de circuito que yo he montado cuatro veces para clientes. Se llama diligencia acreditada. Consiste en que cada uno conteste con exactitud a lo que le preguntan, en que nadie tenga que negar nada, y en que al final del recorrido el papel siga donde estaba.
El sábado me senté a montarlo por escrito para dejar constancia de las tres respuestas, y para eso abrí el expediente en pantalla, y para hacer la cita del apartado tuve que mirar cómo se llamaban exactamente las pestañas.
El sistema de expedientes clínicos de la casa tiene ocho pestañas.
Identificación, producción, analíticas, custodia, trazabilidad, estabilidad, adjudicación y una octava que en la barra superior aparece con el ancho de las otras siete pero con el texto abreviado, porque el nombre completo no le cabe.
Pone «Incid.».
Llevo seis años entrando en ese sistema.
Lo he usado para contestar dos requerimientos de la inspección, para preparar cuatro informes al consejo y para comprobar fechas de caducidad más veces de las que puedo contar.
Nunca he pulsado la octava pestaña, y no la he pulsado por el mismo motivo por el que nadie de esta casa la pulsa: porque en un expediente bien llevado las incidencias son las cosas que no pasaron.
Eso hay que explicarlo, porque es el mecanismo entero de esta casa y de todas las casas.
Una organización que quiere ocultar algo lo destruye, y destruir deja huella: huecos de numeración, correlativos rotos, copias de seguridad que no cuadran.
Una organización que sabe lo que hace no destruye nada.
Lo anota, lo clasifica correctamente, y lo mete en la categoría que nadie consulta.
Así, si algún día viene alguien, la casa no ha ocultado: la casa ha registrado.
Y quien tenía que mirar y no miró es el que se queda con el problema encima.
Yo he escrito esa frase, con estas palabras, en un informe de 2022 para una empresa de residencias que era clienta del despacho de antes.
Está en el apartado de recomendaciones, apartado cuatro punto dos, y aconsejaba mantener el registro de incidencias completo, accesible y separado del expediente asistencial.
La pulsé a las siete y treinta y cuatro.
Dentro no hay documentos. Hay una tabla.
La tabla tiene cinco columnas —código, fecha, hora, tipo y terminal de registro— y una línea por incidencia, y para ver lo que hay dentro de cada línea hay que abrirla en el visor de escaneados, que es un programa de 2014 que tarda lo suyo en cargar y que deja constancia de quién lo abrió y cuándo.
En el trescientos treinta y uno hay dos líneas.
``` 331/INC/06 22-05 23:41 ESCRITO REG-2 331/INC/07 23-05 13:41 AUTORIZ... REG-2 ```
Eso es todo lo que se ve. El tipo viene abreviado porque la columna es estrecha y el sistema corta por donde le toca. Los dos están registrados desde el mismo terminal, que es el mostrador de recepción de la planta baja, donde hay un escáner y una mujer que sella lo que le traen.
Estuve un rato mirando las dos líneas con las manos quietas encima del teclado.
Lo que pensé, y lo pensé con estas palabras, fue: un escrito y una autorización.
En esta casa se registran escritos todas las semanas. Reclamaciones de familiares, hojas de sugerencias, comunicaciones de proveedores, quejas por el aparcamiento. Y autorizaciones firmo yo cuarenta al año. Son las dos cosas más ordinarias que existen en un archivo.
También pensé, y esto lo pensé después y más despacio, que las dos son de mayo. Que las dos son de días consecutivos. Y que están en la única pestaña del sistema que no consulta nadie.
Pulsé la primera línea.
Esto lo escribo porque es verdad y porque es lo que hace que todo lo demás no admita ninguna versión amable: pulsé. El visor se abrió en una ventana nueva, con el fondo gris y la barra de progreso de 2014, esa que avanza a saltos y se para en un tercio.
Miré el reloj del ordenador. Las siete y cuarenta y uno.
El visor de escaneados tarda entre cuatro y seis minutos en cargar el primer documento de una sesión.
Después va más rápido, pero el primero siempre es así, porque comprueba la licencia contra un servidor que la casa no ha renovado desde que se fue el informático de antes.
Dos documentos son diez minutos, y leerlos bien son otros diez, y si lo que hay dentro no me gusta, son cuarenta.
A las diez tenía la quinta.
Antes de la quinta hay que cenar algo, porque Loreto me lo dijo la primera noche y porque en la tercera comprobé lo que pasa si no.
Hay que salir de Madrid a las nueve menos cuarto para llegar con margen.
Hay que dejar el móvil en el coche, cambiarse la ropa y estar en el anexo técnico diez minutos antes.
Hice la cuenta con la barra de progreso delante, parada en el tercio, y me salió que no daba tiempo.
Es verdad que no daba tiempo. Lo he comprobado después, con el reloj en la mano y con la misma sesión del visor, cronometrándolo, y no daba: cinco minutos y cuarenta segundos el primero, y a las ocho menos cuarto yo tenía que estar saliendo del edificio.
También es verdad que hay una segunda cuenta que no hice y que sí salía, que es la de abrirlos a las tres de la tarde del domingo, con la mañana entera por delante y sin ninguna serie esperándome. Nadie me obligaba a leerlos aquel sábado ni a no leerlos.
Y es verdad que yo, aquella tarde, no quería abrir dos documentos de mayo del expediente de Ruth Almazán y bajar después al sótano con lo que hubiera dentro.
Quería bajar tranquila.
Eso no lo pensé con palabras. Lo pensé con el cuerpo, que es como se piensan las cosas que una no está dispuesta a defender por escrito.
Cancelé.
Hay un botón que pone «cancelar» y está a la derecha de la barra, y lo pulsé con el índice de la mano derecha, y la ventana se cerró y debajo quedó la tabla.
Después hice tres cosas ordinarias.
Contesté el correo de la correduría sobre el anexo de la póliza, que llevaba tres semanas en la bandeja y que me llevó cuatro minutos, o sea menos de lo que tardaba el visor.
Guardé en el cajón el blíster de hierro que llevo desde marzo.
Tiene catorce comprimidos de treinta y no lo toco desde hace nueve días, porque la última analítica lo da todo en rango y porque hay una manera de saber si el cuerpo necesita hierro que no requiere ninguna analítica, y es que a media tarde te sientas en una silla y no te apetece levantarte.
Eso a mí ya no me pasa. Llevo cinco semanas durmiendo menos, comiendo peor y trabajando más, y ninguna de las tres cosas me la nota el cuerpo.
Y me puse el abrigo, que en junio y a las ocho menos cuarto de la tarde no hace ninguna falta, pero yo bajo a una habitación a veintiuno y salgo de ella a las dos de la madrugada.
Ya no tengo frío. Sigo cogiendo el abrigo.
El monitor se puso en reposo mientras yo me lo abrochaba, y en un monitor en reposo la pantalla no se apaga: baja el brillo y se queda la última ventana debajo, más oscura, con el reflejo de la habitación encima.
Me vi a mí misma abrochándome el abrigo, de espaldas al escritorio, sobre una tabla de dos líneas.
Y me fui.