Perpetua Capítulo 19
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Capítulo 19

A Amelia Pardo la dosis le entró a las once y cuatro minutos del viernes, y a la una y media estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas colgando, preguntando por su hermano.

Yo estaba en la habitación cuando entró la dosis, porque en el protocolo de administración firma la directora jurídica y la firma se pone delante, y porque desde lo de Carlota bajo yo y no mando a nadie.

Loreto trabajó igual que el otro lunes: el mismo orden en el carro, el mismo apósito con dos dedos, la misma manera de no participar en la conversación.

Amelia Pardo habló todo el rato. Habló del calor, del ventilador de la habitación, de una vecina que se ha roto la cadera y de que su hermano conduce mal desde siempre y ahora encima de noche.

A las once y veinte se paró a mitad de una frase, se miró las manos y dijo:

—Ya está.

—¿Ya está qué?

—Que ya está. —Movió los dedos, uno detrás de otro, como quien prueba un guante—. Esto lo noto yo antes que ustedes. Se lo digo cada año y nunca me lo apuntan.

No se lo apunté.

Higinio Pardo estaba en el pasillo cuando salí.

Es el A-01, y es su hermano, y tiene sesenta y ocho años y una gorra que se quita al entrar en los sitios y que no sabe dónde poner.

—Señora Vives.

—Don Higinio.

—Muchas gracias —dijo.

Yo tenía preparada la frase que se dice en estos casos, la de que no hay de qué y de que el equipo médico ha hecho su trabajo, y la tenía preparada desde el ascensor porque sabía que él iba a estar en ese pasillo.

—No me dé las gracias —dije.

—¿Cómo?

—Que no hace falta. —Le di la mano—. De verdad.

—Ya, pero es que yo sé cómo va esto. —Se cambió la gorra de mano—. Que no hay para todos. Que ustedes tienen que decidir. Y yo llevo dos semanas pensando que a lo mejor le tocaba a otro y me daba vergüenza hasta llamar por teléfono.

Cuarenta y siete pacientes. Cuatro dosis limpias. Siete vencimientos en veintisiete días.

Adjudiqué el trece de junio a Teodoro Sierra, el diecinueve a Amelia Pardo, el veintidós a Julia Naval y el cinco de julio a mi madre. Dejé fuera a Aníbal Roig, que murió el martes, y a Fermín Olabarri, que vence el veintiséis, y a Sagrario Toledano, que vence el tres.

Lo hice yo. Firmé un cuadro de cuatro filas y siete nombres y lo mandé por correo interno a las ocho de la tarde de un domingo, y en el cuerpo del correo escribí «se prioriza conforme a criterio clínico y de proximidad de vencimiento», que es una frase que no dice quién.

La escribí yo. Elegí a cuatro. Dejé fuera a tres.

Y en el pasillo de la segunda planta, un viernes a la una y media, un señor de sesenta y ocho años con una gorra en la mano me dio las gracias por haber elegido a su hermana, y me dio las gracias en singular, mirándome a mí.

Le dije que llamara siempre que quisiera. Se lo dije con la mano en su antebrazo y con la voz de las reuniones, y me fui deprisa por el pasillo, y en el ascensor me miré los nudillos de la mano derecha.

Tengo un corte de hace cinco días en el nudillo del índice, de la esquina del archivador de Nieves Cabral.

Es un corte de un centímetro y medio y sigue abierto.

También tengo dos moratones en el antebrazo izquierdo que no sé de qué son, y una temperatura que esta mañana era de treinta y cinco con ocho.

Anoche dormí cinco horas y no me hicieron falta más.

A las cuatro y diez, programación me pasó a la firma las bajas del mes. Son tres líneas, van juntas en un solo folio y se firman sin leerlas.

La segunda decía: «A-05. Baja voluntaria a petición del interesado. Fecha de efecto: 18 de junio».

Damián Roig se marchó ayer. No me lo dijo, y no tenía por qué decírmelo: para causar baja en el programa de acompañamiento basta con un correo a programación y no hace falta el visto bueno de nadie.

Es la única cosa de esta casa que se puede hacer sin permiso, y la puse yo en el contrato en 2019 porque me pareció que quedaba bien.

Firmé el folio. En la casilla de observaciones no puse nada.

Bran subió a mi despacho a las cinco y media con un impreso.

—Es un anexo de investigación clínica —dijo—. Consentimiento para el uso de muestras seriadas.

—¿De quién?

—Suyas.

Lo dejó encima de la mesa, girado hacia mí, con el bolígrafo al lado y en paralelo al borde del folio.

Son dos páginas. Autoriza el análisis, la conservación y el uso, con fines de investigación interna, de las muestras obtenidas en los controles de las setenta y dos horas, y de las que se obtengan en adelante hasta la finalización de la serie.

En el recuadro de identificación del sujeto viene el hueco para el nombre, el DNI y la firma.

Llevo seis años firmando papeles de esta casa. Los he firmado como directora jurídica, como apoderada, como secretaria del consejo y como representante de la sociedad en cuatro notarías distintas.

Es el primer papel de la Clínica Vives en el que yo aparezco en el recuadro del sujeto.

—Explíquemelo —dije.

Y Bran, que el miércoles había estado veinte minutos siendo honesto, se puso a hablar como se habla cuando se pide una beca.

—Llevo doce años con la ruta sintética. Se han hecho catorce series de ensayo y hay dos maduraciones parciales, la del quince y la del veintiuno, que llegaron hasta el paso previo y se pararon ahí.

Nunca hemos tenido tejido humano en fase de conversión activa para comparar.

Eso no existe. No lo tiene nadie. —Se paró y volvió a empezar más despacio—.

Y usted, ahora mismo, es la única muestra que hay en el mundo de un cuerpo que está fabricando el precursor con fecha de inicio conocida y con analíticas cada setenta y dos horas desde el día cero.

—Es decir, que lo mío le sirve.

—Es decir que lo suyo es lo único que me ha servido en diez años.

Le pregunté qué pasaba si no firmaba. Me dijo que las muestras se destruyen al mes, como todas.

Le pregunté quién más lo vería. Me dijo que él y su técnico, y luego se corrigió y dijo que el informe trimestral de investigación lo ve el consejo, y que el consejo es mi madre, dos consejeros externos y yo.

—¿Y si dentro de dos semanas le digo que lo retire?

—Lo retira usted y se destruye lo que quede. —No dudó—. Lo analizado, analizado está.

—Eso último póngamelo por escrito en el impreso.

—Está en la cláusula cuarta.

Lo estaba. La leí dos veces. Es un impreso correcto, honesto en su redacción y ordenado, y lo ha escrito un hombre que lleva diez años sin conseguir nada y que esta semana ha encontrado la única muestra que le sirve dentro de su propia directora jurídica.

Firmé.

Puse el nombre en el hueco del nombre, el número en el hueco del número, y la firma en el recuadro que dice «el sujeto», y fue la primera vez en toda mi vida profesional que rellené los tres huecos de la izquierda en lugar de los tres de la derecha.

Cuando salió, me quedé un rato con el duplicado en la mano.

He pedido tres cosas por escrito en esta casa en dos semanas: el clínico del lote, que llegó incompleto y a tiempo; el apartado de incidencias, que no ha llegado y que ahora depende de la firma de mi madre; y un contrato de arrendamiento, que está en una carpeta física a treinta kilómetros y que tardará dos o tres días.

Y el único papel que se ha movido en veinticuatro horas, sin plazo, sin conducto y sin visto bueno de nadie, es el que me convierte a mí en material.

Hay una manera de decir esto que me deja bien y que consiste en decir que en esta casa la información va en una sola dirección. Es cierta y es cómoda, y me la sé de memoria porque la he usado en tres escritos de contestación a la inspección.

La otra manera es más corta. Las tres cosas que he pedido tardan porque hay que pedírselas a alguien. La cuarta no ha tardado nada porque dependía de mí.

Firmé yo. En cuatro segundos, como el certificado del martes.

Bajé a las diez y veinte, sin serie, por segunda vez en la misma semana.

Estaba doblando ropa encima de la mesa.

Son tres batas de las verdes, de las que usa Loreto, que le suben lavadas los martes y los viernes y que él dobla y deja en la balda de abajo del armario, y las dobla de una manera que no había visto hacer nunca.

—Eso no es como se dobla —dije.

—Eso es como se doblaba.

Se hace así: se pone la bata boca abajo, se meten las mangas hacia dentro en diagonal y no rectas, se dobla en tres a lo largo y no en dos, y el último pliegue se hace hacia fuera, de manera que quede un borde de tela suelto por delante.

—El borde es para cogerla a oscuras —dijo—. En la casa de aseo la ropa iba colgada de una cadena con la polea, a cuatro metros de alto. Bajabas la cadena, y si estaba bien doblada la cogías por el borde con una mano y con la otra sujetabas la lámpara.

—¿Y por qué en tres?

—Porque en dos se seca mal por dentro. —Le dio la vuelta a la segunda—. Y porque en tres cabían tres. Éramos ciento veinte en un turno y las cadenas eran cuarenta.

—¿Y usted por qué sigue doblando así?

Se paró con la manga a medio meter.

—Pues no lo sé —dijo—. Llevo setenta años doblando ropa como si fuera a bajar una cadena.

Lo dijo sin ninguna carga y siguió doblando, y yo me quedé con eso en la mano un rato.

Me pasó una.

La hice mal tres veces. La primera metí las mangas rectas y quedó un bulto en el centro. La segunda la doblé en tres pero por el lado que no era y el borde quedó por dentro. La tercera me salió bien de forma y mal de tamaño, y no cabía en la balda.

—Otra vez.

—Llevo cuatro.

—Ya. —Se apoyó en la mesa—. Yo estuve dos meses.

La cuarta salió.

Salió porque a mitad dejé de pensar en cómo se hace y empecé a hacerlo, que es lo que él llevaba diez minutos esperando sin decirlo, y cuando la terminé la puso al lado de las suyas y las tres quedaron iguales, con los tres bordes hacia fuera y en la misma dirección.

Estuvimos veinte minutos en aquella habitación y en veinte minutos no se dijo la palabra analítica, ni la palabra precursor, ni la palabra lote.

Él no me preguntó por el cero coma cuatro. Yo no le pregunté por lo del miércoles, ni por lo que dijo, ni por lo que no dijo después.

—Helena —dijo, cuando ya me iba.

—Dígame.

—La manta de la cuarta se la llevó usted.

—Se me quedó debajo del brazo.

—Ya lo sé. La vi. —Cerró el armario—. Se lo digo porque mañana hace falta y la del carro está lavada dos veces desde el domingo y ya no calienta. Tráigala o pida otra a almacén.

Le dije que lo apuntaba.

Y lo apunté en el móvil, en la nota que sí tiene título, la de la lista de la compra de la casa, entre «pilas» y «gestoría».

Encima de la butaca de piel marrón, cuando salí, quedaron las tres batas dobladas en tres, con el borde hacia fuera, esperando al día siguiente.